19 octubre, 2020

Rafael Cadenas: en busca del misterio perdido (II)

de Josu Landa | Dossier, Ensayos

Segunda parte de tres. Puedes leer aquí la primera parte.

 

3.
Apuntes sobre san Juan de la Cruz y la mística no solo es el gran “banco de huellas” plasmadas por Rafael Cadenas, en la pedregosa ruta en pos de una voz poética propia. También es un pregnante tratado sobre cierta idea de la mística y de los nexos de esta con el lenguaje y la poesía. Como se ha podido comprobar, una larga y accidentada peregrinación a las almas de prominentes emisarios de lo real-mistérico está en la raíz del tono, la sintaxis y la dicción de la poesía de Rafael Cadenas. Pero, asimismo, esa subida al monte de lo místico hizo posibles dos resultados —no por colaterales a lo poético, menos importantes—: 1) un estimable estudio sobre los asuntos esenciales de la mística, vistos a la luz de las exigencias inherentes a la forma de vida poética; y 2) un proceso de autognosis, tanto en el plano personal como en el artístico.

Es claro que el móvil de la juvenil curiosidad de Cadenas por lo místico y la mística consiste en tratar de salvarse del mundo que le tocó vivir, así como del lenguaje “realmente existente”, en la sociedad venezolana de la segunda mitad del siglo XX y de la tradición poética de la que tuvo que nutrirse en un principio, dada su circunstancia personal.

Así, Rafael Cadenas ofrece en Apuntes una relación amplia y bien cimentada de sus tratos con lo real-mistérico, según algunas de sus manifestaciones más llamativas: el milagro, la presencia, el misterio, el vacío, el nirvana, la “muerte en vida”, la experiencia de la unión del alma con esa realidad esquiva a todo nombre y a la que, paradójicamente, se le asignan tantas denominaciones, la nostalgia de la unidad perdida, la “envidia” de la iluminación de la que hablan los espirituales, los nombres del absoluto —incluso el problemático Dios monoteísta—, las paradojas de la quietud, la inacción y algunos otros tópicos afines.

En la medida en que uno se adentra en Apuntes, constata los efectos de las largas y quizá no tan sosegadas lecturas que Cadenas ha hecho de san Juan de la Cruz, santa Teresa de Ávila, Eckhart, Otto, Suzuki, Pániker y otros, porque se topa con reflexiones sobre la espera (del milagro y sus enigmas), la docta ignorancia, diversos procesos de conocimiento de sí, la importancia existencial y espiritual de la atención, el vínculo lenguaje-misterio-realidad, el combate ascético contra el apego a las cosas del mundo, las dubitaciones sobre la entidad del yo, lo sagrado, lo santo, los problemáticos nexos entre rigor ascético y sentido de la libertad, el peso de la teología negativa en los asuntos concernientes a la “vida a la divino”, la impugnación de los extremos en la senda del Espíritu, las conjunciones y disyunciones entre la religión y lo místico, las críticas al cristianismo (poco dado a la iluminación), las reservas ante la cosificación de la figura de Dios y otros asuntos por el estilo.

Pero el interés de Cadenas por lo místico no se limita a las dimensiones teóricas (filosóficas, teológicas) que este comporta. También se proyecta en sus implicaciones vivenciales, éticas, poéticas y políticas. En Apuntes, el poeta asume que la raíz verdadera de sus desvelos en pos del misterio yace en la voluntad de conciliación con lo que es, con lo absolutamente real. Está consciente a plenitud de que “a la mística le importa fundamentalmente la vivencia” de la fusión del alma con la realidad absoluta (691), con independencia de si se le llama “Dios” o se le dan otros nombres o permanece innominado (como debe ser, por lo demás). Cadenas descubre, así, que esa radical aspiración exige “afirmar la realidad” (704): entregarse a esta sin ambages: una “rendición incondicional”: el refinamiento espiritual de la genuina humildad (700).  Después de todo, “¿qué podemos hacer, si no entregarnos a lo que nos sobrepasa desmedidamente?” (691), se pregunta el poeta. Para quien decide internarse en los dominios del Espíritu, solo cabe una actitud: el respeto y la reverencia ante los seres, como prescriben Confucio (702) y todos los que han buceado en las honduras de lo real-mistérico. Aunque también se debe señalar que esa disposición está sujeta a límites, tal como queda asentado con palabras que el propio poeta pronunció ante el escritor Carlos Noguera, en una entrevista sostenida en 1985: “No estoy hecho para ascesis como la del zen. La awareness, el darse cuenta, está más a nuestro alcance”.1

Pero esa meta fervientemente anhelada —en principio tan sublime, tan etérea y, en apariencia, tan ajena al mundo que llamamos “real”—, requiere sustanciarse, dotarse en algún grado de la materia en que se afirma y fluye la vida de nosotros los mortales. Es cierto que una idea de la libertad entendida como despojamiento de determinaciones mundanas está en el núcleo de toda disposición a la mística, al extremo de renunciar a la palabra y a todo otro dispositivo simbólico.2 Pero también es verdad que, sin un mundo en el cual desplegar la existencia de quienquiera —incluso quienes profesan las disciplinas del Espíritu—, tampoco habrá de darse lo místico ni nada de lo que gire a su derredor.

A ese respecto, Cadenas tiene claro que “sin apertura hacia el enigma, la vida se vuelve unidimensional” (696). Pero igualmente sabe que, sin una disposición a ser en y con los vaivenes de la existencia, el alma preñada de puro Espíritu se volatiliza, hasta perder entidad en un vacío carente de significación humana. En la ya mencionada conversación con Noguera, Cadenas se pregunta: “¿Es posible el estado místico sin renunciar a la tierra?” La manera como se contesta a sí mismo evidencia la larga incertidumbre escéptica del poeta: “Esta es una pregunta que me hago desde hace años”.3 Finalmente, el despliegue del pensar llegará al punto de las respuestas, como cuando, por caso, el poeta espeta su acedía por la persistente crueldad de un género humano demasiado atenido a ideales vacuos (687); así como cuando, en consecuencia, se percata de que “el místico auténtico rechaza todas las banderías” (691). Aunque también se ha de apuntar el casi nulo relieve de aspectos como el dolor, el sufrimiento, la desesperación, la muerte o la redención en las reflexiones cadenianas sobre la mística y lo místico.

4.
El acercamiento de Cadenas al orden del Espíritu, del que da cuenta Apuntes sobre san Juan de la Cruz y la mística, culmina no solo con una notable comprensión de lo real-mistérico y con una ilustrativa erudición en torno a ese elevado ámbito de lo humano, sino también con un proceso múltiple de autognosis. Del fondo de tales “anotaciones” brota un conocimiento más amplio y profundo de la persona sensible, del ser abismado entre los seres, del hombre ávido de sentido que ha enriquecido su vida y la de sus prójimos a lo largo de su andadura, ya muy dilatada, por los senderos de este mundo. También se ofrece a la vista, en las páginas de ese libro, el poeta con alto grado de autoconciencia, el fabbro que coloca su oficio en el plano de la totalidad de la existencia.

Eso muestra a Cadenas como poeta pensador: alguien con las disposiciones anímicas aptas para generar una obra poética plenamente consciente de sí; una escritura presta al equilibrio entre sensibilidad, pensamiento y sentimiento; una poesía que nutre, así, su propia vida personal, al tiempo que esa progresión espiritual amaciza su pericia y creatividad artísticas. Por lo demás, todo ello enriquece su estro, al mismo tiempo que imprime nuevos bríos y vigores a las fuerzas vitales en su entorno. Eso evidencia y permite entender dos hechos que caracterizan a Cadenas: 1) el haber sido capaz de elaborar un universo lírico único, irrepetible, y 2) la encarnación de una identidad entre la labor poética y el impulso persistente, cotidiano, de vivir: algo que sucede en quien vive en, por y para lo poético: alguien que, en suma ha hecho de la poesía su forma de vida.4

Ese grado de autognosis permite a Cadenas una relación más intensamente adecuativa, conciliatoria y despierta con la realidad exterior. La sostenida aproximación del poeta a los dominios de lo místico condiciona, de manera positiva, su conexión con el mundo. Un mejor conocimiento de sí obra en favor de una más fecunda comprensión de lo real objetivo. El desarrollo espiritual de Cadenas persona-poeta comporta una tendencia a la fusión de interioridad y exterioridad, a la disolución de toda línea divisoria entre yo y no-yo.

5.
El misticismo de baja intensidad que convencionalmente podría atribuírsele a Cadenas recurre a lo mundano, para evadir divagaciones sin sustancia y colocarse con entereza en el suelo no siempre terso del ethos y la poíesis. A eso responde la observación del poeta, en el sentido de que “cada vez hay más personas que toman conciencia del problema del yo o ego. Es quizá la única posibilidad de que ocurra un cambio en el mundo” (689).

Esa tematización y el consiguiente abordaje especulativo del yo deviene reconocimiento de, al menos, 1) la coextensividad entre yo —lo real interno— y mundo —lo real externo—, 2) la paradoja de que toda acción dirigida a una morigeración o a una pretendida superación de las ilusiones y excesos del yo, así como cualquier intento —por fatuo que termine siendo— en pro de una aniquilación de este, solo pueden ser obra del propio yo.

Cadenas está consciente de que la disyuntiva entre ego y mundo opera, a lo sumo, en el plano analítico. En los hechos, el yo es una proyección del no-yo y viceversa. Por eso advierte el poeta: “Solemos hablar del misterio del universo sin incluirnos, como cosa ajena, como si no le perteneciéramos […] El espacio más familiar, el espacio donde nos movemos, el espacio cotidiano, es el mismo de las estrellas” (699). Una vez que Cadenas pone de bulto esa enajenación —por lo demás, tan común—, asienta que “el misterio es una evidencia tan contundente como la realidad misma […] Se siente de manera constante” (701).

La postulación de esa coextensividad entre yo y mundo comporta el problema de las vías por las que se hace constatable como experiencia. En esto, se puede estipular una opción moderada —la atención a las presencias—, así como una posibilidad de mayor rigor ascético —la iluminación—. Quien experimenta la primera, puede dar cuenta —como hace el autor— de la circunstancia en que decimos “Tengo una sensación […], cuando en realidad somos esa sensación” (697). Se diría que la percepción derivada de la atención, la vivencia de lo dado, queda como impronta de la correlación inevitable entre yo y no-yo. Y hablar aquí de “las presencias” o de “lo dado” no implica, necesariamente, una coextensión de la interioridad subjetiva y la realidad exterior, sino que también admite los casos de una suerte de objetivación del propio yo, que se presenta así como motivo de interés del propio yo. Por eso confiesa Cadenas en Apuntes: “Procuro […] estar atento, sobre todo a mi inatención” (692). Actitud que, por lo demás, embona con la precaución ético-ascética que también declara el poeta: “me he acostumbrado a verme interiormente de manera imparcial” (691).

Con “iluminaciones” grandes y pequeñas como las que se han venido destacando en las líneas precedentes, Cadenas está en condiciones de afrontar la singular paradoja del ego: así como se presenta como fuente de hechos y situaciones indeseables e inadmisibles, si se le observa desde las más elevadas cotas de lo humano, también se muestra como una realidad, pese a todo, imprescindible para la vida (en especial la del Espíritu). El propio poeta asume esa imposibilidad de soslayar el yo y reconoce con claridad que se es “yoico”, incluso en la escritura impersonal (678). De ahí que, a fin de cuentas, como reconoció en una especie de reflexión en voz alta frente a un público indeterminado, en la localidad venezolana de Mariara, en 1996: “No es cuestión de omitir el yo, sino de verlo. No se puede destruir el yo. La paradoja central es que todo lo que haga el yo, sigue estando en el terreno del yo. Si el yo decide destruir al yo, esa es una acción del yo. Lo que el ser humano puede hacer es verlo, ver eso que somos”.5

Por su parte, la vía de la iluminación también está incidida por su específica ambivalencia. Hasta donde se sabe, esa opción de la experiencia humana aparece como una de las más radicales aproximaciones a la verdad del ser. Se trata de la mejor ventana de acceso a lo que es: una realidad indeterminable, que en la idea del poeta Cadenas se da como “gran misterio fundamental, eterno, inabordable, ante el cual la mente no puede sino enmudecer” (705).

En el terreno de la tradición filosófica occidental —donde también se registran experiencias afines a las de cariz místico—, podría designarse con la voz “iluminación” el acontecimiento de la contemplación inmediata de las realidades inteligibles y aun el ser en sí. El desenlace del discurso de Diotima de Mantinea expuesto por Sócrates en el diálogo Banquete, la Alegoría de la Línea en República y ciertos pasajes de la Carta VII de Platón, por lo menos, tratan de exponer momentos en los que se cumple de manera inesperada la conciliación del alma racional, afanada en el ejercicio de la dialéctica, con lo real absoluto. En tales casos, la vivencia de índole mística aparece como la expresión más lograda del logos-noús —la razón, “inteligencia ígnea del universo”—, a escala de lo humano.

En el caso de la mística propiamente dicha, el alma transita vías trazadas en los oscuros dominios de la fe, la revelación, el pathos de una posesividad abalanzada hacia lo que por esencia es humanamente imposible de poseer, el don gratuito de lo divino y una simbólica determinada, a la que se apela solo en la medida en que se la puede negar y preterir. La razón también aparece adscrita al orden del Espíritu, pero sus alcances en la experiencia mística están por demás acotados. Cadenas demuestra, una vez más, tener una clara conciencia de ese doble carácter de la razón: por un lado, espontaneidad irrefrenablemente volcada a la comprensión de lo real; por el otro, disposición al exceso, la desmesura, la desviación vanidosa, la voluntad de dominar que también es de destruir… Esto es lo que permite al poeta discurrir en el sentido de que “nadie puede estar contra la razón; pero cosa muy diferente es identificarse con ella sin ver sus límites, sin saber dónde debe callar, sin reconocer sus estragos” (695).

La razón humana no es una facultad omnipotente y libre de restricciones. Puede desempeñar algún papel en la dinámica del Espíritu, pero siempre sujeta a límites y a la posibilidad de un desdén definitivo por parte de los intelectuales y los espirituales. De ahí otra paradoja de la iluminación: se la pretende con ansiedad desde las facultades del alma con vocación mística, pero su cumplimiento obedece, por lo general, a la intervención de factores inexplicables por vía de razón y refractarios a la expresión verbal. Por eso, según otra atinada observación de Cadenas, “la experiencia mística, teóricamente accesible para todos, en la práctica no lo es” (692). En el fondo, se trata de un don (692) y así es como debe asumirse, si se quiere evitar caer en alguna variante de la infatuación.

Además de las paradojas anteriores, la iluminación mística nos depara otra: por mucho que se la procure, lo cierto es que conviene no buscarla. En palabras plasmadas en Apuntes, “buscar la iluminación es alejarla, ya que se trata de un deseo, como cualquier otro” (688). Y la base de esa advertencia de Rafael Cadenas, como sucede con frecuencia en su caso, es la experiencia propia. El poeta adjudica el silencio de diez años que separa a Falsas maniobras de Intemperie y Memorial, a que en todo ese tiempo “andaba en busca del satori. Era mi obsesión, hasta que me di cuenta de que eso no se debe buscar”.6


1 R. Cadenas, Entrevistas, p. 114.

2 Cf. R. Cadenas, Apuntes…, pp. 678, 682.

3 R. Cadenas, Entrevistas, p. 114.

4 Sobre la idea la poesía como forma de vida, véase Josu Landa, “Primero sueño, de sor Juana Inés de la Cruz: poesía y forma de vida”, en Albrecht Buschmann et al. (ed.), Literatur leben Festschrift für Ottmar Ette, Frankfurt am Main, Iberoamericana-Vervuert , 2016.

5 R. Cadenas, Entrevistas, p. 179.

6 Ibid. p. 260.


Josu Landa / Caracas, Venezuela, 1953. Es filósofo, ensayista y poeta, profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Entre sus libros, cabe destacar Treno a la mujer que se fue con el tiempo (1996), Estros (2003) y Anafábulas (2014) y La balada de Cioran y otras exhalaciones (2016), así como los ensayos de Tanteos (2009), Canon City (2010) y Maquiavelo: las trampas del poder (2014).