5 octubre, 2020

El río que regresa

de Roberto Culebro | Reseñas

José Pulido, Tigre, Cuadrivio Ediciones, México, 2020, 78 pp.

Hay fotografías a las que uno vuelve una y otra vez para convencerse de que nada, en realidad, puede fijarse. Imágenes borrosas, mal encuadradas, oscuras, que nos transmiten la lucha constante de los paisajes por no hundirse. Robert Frank, que tomó muchas de estas fotografías, dijo en una entrevista que nada es real salvo lo que está allá afuera y que todo lo que está allá afuera cambia todo el tiempo. En ese sentido, una foto es siempre un lugar imaginario.

Siguiendo una lógica parecida, José Pulido (Orizaba, 1985) decidió, al armar Tigre (Cuadrivio, 2020), no escribir un texto sino, por el contrario, dejar de escribir otros. Lo que leemos —nos enteramos ya en las primeras páginas— no es un libro de poemas: es una libreta roja prácticamente vacía, “un diario percudido que no llegó a escribirse”. Pensada en los márgenes de una experiencia, esta colección de fragmentos a veces líricos, a veces seca y violentamente narrativos, en realidad es una carta, el último espacio de comunicación entre dos personas, la revisión de la experiencia perdida a través de la creación de un pasado posible.

Tras Permanencia voluntaria (2015), un conjunto de poemas que utiliza la forma del guion cinematográfico para presentarnos al elenco y la trama de una película slasher, José Pulido reconstruye en este libro una historia más íntima, menos delineada; pequeños fragmentos en prosa que, a través del diario, la lista y el silogismo, nos hablan de todo aquello que, con su parálisis, deja incompleto una relación. Si hubiera que contarla brevemente, la trama que dibuja este libro de poesía podría resumirse así: alguien construye, mezclando datos históricos, accidentes y recuerdos ajenos e inventados, una estancia en Tigre —en el delta del Río de la Plata, en Argentina— que no sucedió nunca, compensando con ello esos planes que las parejas suelen hacer y no concretar jamás: “¿No quisimos ir o no pudimos? ¿Cómo era? ¿Vimos algunas fotografías en internet? ¿Pensamos en subir al bondi?”. Sin embargo, al igual que su estilo, el tema del libro es engañosamente claro. Como el río que lo atraviesa y le da nombre a la región, Tigre es un caudal que se enturbia conforme avanza y mezcla los sedimentos de historias privadas y sociales:

Un poema llamado Tigre. Un texto en prosa que hable de nosotros, pero también de algo más. Un rincón para tirarse largo rato. Un espacio en donde todavía podamos compartir algunas cosas. Una pileta para nadar con un traje de baño nuevo (aunque alguien más lo haya usado). La posibilidad de escribir.

Fragmentos como el anterior trazan una línea y se entretejen con el pasado de un lugar famoso, no solo por lo célebre de sus visitantes y su mitología vacacional, sino también porque durante los años de la dictadura argentina albergó un centro de detención clandestino: 

En el Delta también corría sangre. Un código distinto. Había un credo silencioso que algunos edificios retenían. Les cortaron las alas. Eran blancas pero todo quedó tupido por un olor rancio. La clave era entender que las fuerzas de seguridad estaban hipnotizadas por los gritos. Crecía alta la hierba. Un forraje oscuro que lo fue arruinando todo. Los atardeceres fueron desde entonces del color de las ciruelas. Si alguien presta atención se escucha una carcajada que quiebra los huesos.

Como en la Venecia de Thomas Mann, en este Tigre la imaginación de un deseo posible se toca también con aguas oscurecidas de cadáveres. Sin embargo, los canales inmóviles de la ciudad italiana son la contracara del río que imagina Pulido, el cual funciona como un espacio que, al igual que la forma misma del cuaderno, es el hogar de las experiencias inacabadas, abiertas, en tránsito. Como en el Diario argentino de Witold Gombrowicz, en Tigre el paisaje no es solamente un estado de ánimo, sino también un cuerpo embrionario, en perpetua transformación, ficcional en el sentido que este gesto permite compartirlo.

Si bien, por su tono, algunos fragmentos del libro mezclan la sencillez magnética de Claudio Bertoni con los artefactos enciclopédicos de María Negroni, la voz que escuchamos posee todo el tiempo una visceralidad que caracteriza a los mejores poemas de Pulido, donde la necesidad y el dolor del contacto humano son siempre urgentes, incluso —y sobre todo— cuando parecen ya no ser posibles: “Mírate las manos cuando leas esto. Mírate morir entre las manos. Es posible que las cosas se acomoden de otra forma. Es posible que un día podamos volver, por fin, a ese lugar al que nunca fuimos”. El libro no es la crónica de una separación, sino todo lo contrario: la certeza de que es posible modificar, completar, expandir una historia que parece ya definitivamente clausurada; de entender las posibilidades afectivas de ese fin. Por ello, no es casual que dos de las presencias que atraviesan discretamente el libro sean Henriette Vogel —cuyo suicidio con von Kleist tuvo lugar a orillas de otro río en 1811— y el Otelo del peruano Rodolfo Hinostroza, personajes para los que el sentido de un final —imaginario o verídico— solo interesa en la medida en que sea posible seguir imaginándolo, crear para él un espacio en el que continúe existiendo: “Te buscaré en Tigre un día para regalarte esto. No importa que nunca vayas, a veces es necesario que así sea,  pero tal vez puedas escuchar, si lo deseas, la música oblicua en Tigre”.

A través de la indefinición promulgada por Gombrowicz, este libro, este cuaderno vacío, busca constantemente insertarse en historias e idiomas ajenos; y entiende la poesía como un saqueo que suspende los aislamientos definitivos, donde el pasado no resulta menos habitable, por incomprensible, doloroso o imaginario que sea:

Que un perro negro y cojo nos persiga. Bañarnos en el agua helada. Sentir el repiqueteo del mar en los pulmones. Alguien cediendo su lugar a otra persona en el bondi. Tu cara llena de admiración una noche frente a la Casa Rosada. Comprender que murió gente. Escuchar la misma canción un sinfín de veces. Tener que salir siempre con una botella de agua llena. Encontrar cualquier lugar para beber agua de la llave. Comprender que murió gente. Una ocasión para sentir el aire. Trasladar significantes. Un hueco en alguna parte para pasar el rato.

Si en Permanencia voluntaria José Pulido utilizó el género noir para hablar sobre el espectáculo de la violencia, en Tigre los apuntes, las listas, los textos que parecen entradas de diarios o sueños recordados a medias permiten entender lo imposible de querer fijar una imagen, ya sea la de una relación o la de una pequeña ciudad argentina de provincia.

Mucho más libre y sutil, con este libro José Pulido logra crear un espacio imaginario que funciona dentro de la historia como prótesis, donde lo idílico y lo bestial conviven sin la carga mortal de ser irreversibles. Es este, creo, uno de los aportes más emocionantes de Tigre. Que, a través de fragmentos que son al mismo tiempo poemas y páginas en blanco, nos permite entender que la memoria también está allá afuera y que todo lo que está allá afuera cambia todo el tiempo. Que, por ello, podemos no solo aceptar dicha memoria, sino también seguir construyéndola.


Roberto Culebro / México, 1989. Poeta y ensayista. Coordinó en 2012 el libro Facciones: ensayos sobre Alfonso Reyes. En 2019 fue becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca en ensayo.