1 febrero, 2021

Arturo Gutiérrez Plaza: Balance general

de Jorge Ortega | Reseñas

Arturo Gutiérrez Plaza, El cangrejo ermitaño. Antología poética, prólogo de Rafael Courtoisie, Visor Libros / Fundación para la Cultura Urbana, Madrid, 2020, 174 p.

 

Hemos crecido en la convicción de que la exuberancia representa el rasgo mayor de la poesía latinoamericana. Exuberancia entendida como profusión, elocuencia oracular, fraseo caudaloso, imaginación imbricada, versatilidad formal y hasta exotismo. La nota aplica de modo entrecruzado en periodos y exponentes, del culteranismo novohispano a Rubén Darío, de Neruda y Lezama al neobarroco de Marosa di Giorgio, José Kozer, Néstor Perlongher, Coral Bracho, por citar unos cuantos, amén de otras escrituras fuera de esa frecuencia: Vallejo, César Dávila Andrade, Olga Orozco, Álvaro Mutis, Enrique Lihn, Diana Bellessi. En la poesía venezolana dos poetas de fabulación sinuosa y expansividad telúrica: José Antonio Ramos Sucre y Vicente Gerbasi. El polo opuesto de esta amotinada y concurrida sensibilidad instaurada ya en nuestro inconsciente poético hasta constituir un hecho cultural, sería el de una poesía que, arraigada en el talante idiosincrático de Hispanoamérica, ha encontrado su tono y punto de mira en la frugalidad, el minimalismo, la agudeza, el realismo filosofante, la emoción introspectiva.

De tamaño linaje desciende Arturo Gutiérrez Plaza (Caracas, 1962), en el que lo preceden Eliseo Diego, Ida Vitale, Roberto Juarroz, Heberto Padilla, Óscar Hahn, José Emilio Pacheco, Giovanni Quessep y Fabio Morábito, y, en su país, Rafael Cadenas y Eugenio Montejo, de cuya tensión argumental y comunicación expedita estaría más cerca. Su antología El cangrejo ermitaño, lanzada este agónico 2020 en Visor, coeditada con la caraqueña Fundación para la Cultura Urbana y acompañada de un esclarecedor prefacio de Rafael Courtoisie, permite confirmar dicha filiación. De entrada, hay que advertir que la de Gutiérrez Plaza es una muestra no fechada, una decisión que implica tácitamente una idea de la poesía, la de su intemporalidad, fuera de que pueda ser, para apuntarlo con Machado, palabra en el tiempo, como ocurre con muchos poemas de El cangrejo ermitaño marcados a fuego por el hierro de la circunstancia. Dividida en ocho apartados que aspiran cada uno a reproducir cierta unidad de asunto, la selección de Gutiérrez Plaza tampoco está por lo tanto ordenada según los libros que ha publicado ni siguiendo la secuencia de su respectiva aparición. No obstante, esta distribución temática se relativiza en la medida que los ocho segmentos del índice mantienen una sutil correspondencia y un vínculo concatenante en torno a los avatares de la experiencia de socialización de la expresión poética.

Si bien los epígrafes de las secciones intentan inducir un matiz para distinguir los estratos de la bibliografía de Gutiérrez Plaza, El cangrejo ermitaño puede leerse como un libro de poemas y no como la suma esencial de un corpus; vaya, hay en esta disposición poco frecuente en el contexto de los florilegios de autor un toque lúdico que juega a destantear la progresión histórica de las variadas estancias del volumen, insistiendo en la asunción de la poesía, propia o ajena, como un presente perpetuo, un precepto que pretende en el fondo someter los poemas a una prueba de perduración más allá de la época y de la colección en las que fueron originalmente impresos. Como sea, los títulos que alimentan las páginas de El cangrejo ermitaño son Al margen de las hojas, de 1991; Principios de contabilidad, de 2000; Un sobre sin abrir, de 2006; Cuidados intensivos, de 2014; y el más reciente, Cartas de renuncia, de 2020. Algo menos de tres décadas de labor sistemática pautada de intervalos de seis a ocho años en cuanto al ritmo de las entregas. Pero al prescindir de la datación, Arturo Gutiérrez Plaza hace de El cangrejo ermitaño un repertorio personal en toda regla, optando por una norma radical que arropa a la vez una apuesta: la de anular la diacronía de un quehacer poético de años para compulsar su actualidad y, por ende, su vigencia.

Cuatro ejes atraviesan la poesía de Arturo Gutiérrez Plaza: la extranjería como viaje de ida y vuelta, las complicidades fraternas aunadas al sentimiento cívico, la confidencialidad amorosa y la mentalización del acto poético y su red de analogías. El movimiento pendular de la foraneidad posee una doble connotación: la del que está apartado de su patria y la del que regresa a ella y halla un territorio distinto. Entre la partida y el retorno, el tirante de la extrañeza que acaba tendiendo un puente entre los paréntesis de una ausencia. Mientras que “Destinados a la errancia,/ somos también los hijos de Babel”; igual que “Cuando el forastero llegó/ ya todos se habían ido”; dado que “Vengo de un lugar que ya no existe”, tal como lo asienta Gutiérrez Plaza en diferentes latitudes de la compilación, resolviendo su carta de rumbos en la resignación dubitativa —“Dos patrias, dos patrias tengo yo:/ ¿O son una las dos?”— o, de plano, la declaración de vínculos que disimula una declaración de apego a la verdadera querencia: “Pero soy de acá, este es mi hogar/ y aunque me vaya, aunque me escape lejos,/ este encierro siempre será mío”. Aunque esa identidad implique una adhesión ciega, incondicional, a una convicción tan abstracta como el concepto de nación, el imán del origen continúa siendo el kilómetro cero de la memoria y, en consecuencia, su capital.

Junto al permanente estado de peregrino en tránsito que es ser un “forastero” en el exterior y un fantasma en suelo natal, concurre a El cangrejo ermitaño una conciencia solidaria con el prójimo que, desde la empatía de la anonimia y la orfandad del ciudadano de a pie, cierra filas alrededor de un sentir comunitario, una querella colectiva, recuperando el dictum mallarmeano de la poesía como el tamiz que restituye determinada pureza al idioma de la tribu. “Mi voz es el milagro de los que nunca la tuvieron”, escribe Gutiérrez Plaza. Sin embargo, nuestro poeta no se decanta por el acendramiento de la semántica o de la fonación, sino por el mutismo voluntario como una especie de altiva, digna indiferencia ante la temeridad del poder: “La gente invisible sabe cantar/ pero prefiere el silencio”. Cautela, desconfianza frente a los tentáculos de la retórica oficial que no depara más que una trampa de la elocuencia, una estratagema de la demagogia para acrecentar la falacia, el olvido hacia los numerosos avatares de la marginalidad. Es la resistencia y el escepticismo de la poesía sudamericana en su relación conflictiva con la autoridad y la hidra de las potestades fácticas, como lo consigna uno de los poemas: “La obediencia a la patria,/ al dinero/ y a Dios”. La fatalidad de los pueblos, la inesperada eventualidad de los individuos. “Yo hubiera querido,/ Yo hubiera deseado hablar de otra cosa”, confiesa una de las composiciones. No siempre es posible elegir qué decir. La poesía no es un arte programático y guarda su continuidad en las pulsiones del día a día y de umbral en umbral, para recordar a Paul Celan.

No todo culmina en la aporía de la bilis y la incierta esperanza depositada en el vocablo unificador, inducido como una suerte de hermandad ambulante para los desposeídos, sino a la par en una poesía cálida, entrañable, hospitalaria, que aspira a registrar una vida íntima, singular, que honra el fuero del yo, su ámbito nuclear, como el centro de irradiacón de una energía interior que trasciende con franqueza y naturalidad de lo privado a lo público. Así, “Dos agujas que deseaban sanar” compensan el desencuentro en aras de un temperamento “fiel a los caprichos del deseo”, por el que “te haré mía sin nombres/ sin palabras, sin promesas”. La pasión es un rapto de ilusa posesión y absoluto despojamiento. Entre la concesión y la saciedad, un extenuante vaciamiento que va del balbuceo a la claudicación, de la turbación física a la mímesis locutiva, dos cabos que ejemplifican la estirada cuerda entre lo poético afectivo que se vuelve familiar y la propagación de la enunciación poética mediante la cual los poetas prestan su locución a los demás, reconociendo que, mientras “Escribo/ imitando una voz que no sale de mi voz”, en la penumbra de la alcoba “Mejor es que sigamos durmiendo.// Ya mañana, con calma, hablaremos”. Arturo Gutiérrez Plaza enaltece una poesía cuyo diámetro de alcance corre de los aposentos a la calle, pasando por la preocupación metaliteraria y las fluctuaciones del nomadismo.

La creación poética y sus paralelos con la cotidianidad articula, como afirmé, uno de los vectores de la obra lírica de Gutiérrez Plaza. De esta manera, “En el dolor/ se maceran palabras/ que jamás serán escritas.// Sobre ellas escribimos sin saberlo”. He ahí la secuela fabril, incluso provechosa, de la congoja, pero, asimismo, la equiparación de la temporalidad y la acción sanadora con el yunque del oficio poético que templa los ánimos y restaura el alma. El cangrejo ermitaño brinda entonces constancia de un imaginario literario sin cortapisas que engarza las múltiples capas de incumbencia de una receptividad integral, prendada no solo por las intransferibles peripecias de un yo particular y colectivo sino, además, por la injerencia del compromiso ético de la poesía consigo misma —sus desafíos intrínsecos— y con las condiciones políticas o las querellas del mundo que la inspira. Para Arturo Gutiérrez Plaza el género poético demanda infaliblemente un discurso transversal que horade y zurza las cambiantes vetas de la actividad humana, sin renunciar a las exigencias estéticas de la poesía; un lenguaje sometido a proclamar lo más con lo mínimo desde una música única, una dicción directa y efectiva que sostenga el géiser de la palabra poética contra la sequía de la angustia y la incertidumbre de la hora actual.


Jorge Ortega / Mexicali, Baja California, 1972. Poeta y ensayista. Doctor en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Barcelona. Autor de una docena de libros de poesía, entre los que destacan Ajedrez de polvo (tsé-tsé, 2003), Estado del tiempo (Hiperión, 2005), Devoción por la piedra (Mantis, 2011, 2016) y Guía de forasteros (Bonobos, 2014). Obtuvo en 2010 el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines. Ingresó en 2007 al Sistema Nacional de Creadores de Arte.