22 febrero, 2021

Basta correr

de Julio Trujillo | Ensayos



Hay dos tipos de corredores, los que se desplazan en contra de algo o los que lo hacen a favor de algo. Los primeros compiten, ya sea contra otros corredores o contra un cronómetro, y esas metas específicas acotan el ámbito de su carrera como un trazo finito y perfecto, una línea, un circuito, un rastro prefijado entre dos puntos. Los segundos corren para y por el movimiento mismo, procurando un ritmo, una velocidad-crucero en la cual desaparecer: los dos puntos del principio y final de su carrera importan mucho menos que su propia articulación, y la figura que mejor podría describir su dinámica es la espiral. Aquellos corren afuera, en la evidencia del mundo, de una pista; estos corren adentro, en el terreno de la introspección que es imposible de registrar. La poesía se ha interesado por ambos, sin duda, pero se identifica con los segundos en tanto que nunca le ha importado llegar ni, acaso, le es posible rubricar las tres letras de la palabra FIN. El espacio de la poesía es abierto, y hay corredores que también lo entienden así. Alejandra Pizarnik ataja la cuestión con cuatro versos zigzagueantes:

correr no sé dónde
aquí o allá
singulares recodos desnudos
basta correr!

Basta correr, basta decirse, basta iniciar una expresión para descubrir (recompensa del poeta) los singulares recodos desnudos del camino, las sinuosidades del canto o del discurso, aquella idea compleja de subida, el desenlace de una rima en la bajada, los metros planos de la huida. La recientemente fallecida poeta estadounidense Jean Valentine dice: “Escribir prosa es como caminar, en tanto que un pie siempre está en el suelo; escribir poesía es como correr, en tanto que en un momento dado ambos pies se separan del suelo”. Quien corre, huye, pero esto no debe preocuparnos, porque la huida comenzó al nacer. Huir y correr, en inglés, comparten vocablo, run, pero César Vallejo está alzando las clavículas, quiere interrumpirme:

Va corriendo, andando, huyendo
de sus pies…

La competencia codifica la carrera, la registra y la inmortaliza, siempre comiéndole al medidor una centésima de segundo. Aún resuena el disparo humano de Usain Bolt, una oda a la velocidad de 9.58 segundos de duración, huyendo de sus pies, y tal vez falta un Píndaro que lo cante como hizo en su oda “pítica” a Hipocles de Tesalia, corredor en el estadio doble:

¡Feliz el hombre que en veloz carrera
alcanza, o en atléticos combates,
premios insignes! Cantarán los vates
brazo tan fuerte, planta tan ligera.

¡Feliz si vive hasta mirar la frente
de su hijo tierno con laurel ornada
del Pitio Circo! ¿Qué le falta? Nada.
Para escalar el cielo es impotente.

(Traducción de Ignacio Montes de Oca)

Se dice “pítico” recordando al dios Apolo, que venció a la serpiente Pitón. El corredor se endiosa venciendo no a otros corredores sino a ese otro dios, el tiempo, a esa otra serpiente que nos enrosca día tras día: la victoria es fugaz pero gloriosa, y no le falta nada (Píndaro no sospechaba que también escalaríamos el cielo). Nos gusta la velocidad porque es una conquista, un ejercicio de la voluntad y una demarcación de nuevos límites; siempre más allá, compitiendo incluso con la luz, con el sonido y, acaso, con nuestros propios pensamientos, un poco torpes detrás de la sinapsis, sabiendo que sabemos demasiado tarde. La mente es un atleta formidable y engañoso. Para el corredor, es una herramienta que requiere la misma fortaleza de sus piernas y que no debe prestarse a la peligrosa fantasía, a los espejismos del deseo. Lope de Vega lo refiere así:

Como suele correr desnudo atleta
en la arena marcial al palio opuesto,
con la imaginación tocando el puesto…

Sucede con frecuencia que la anticipación mental no cuadra con la capacidad física, y lo que el corredor celebra en la imaginación es la razón de su ruina sobre el tartán. Inscrita en el cuerpo pero trascendiéndolo, la mente colaborará aligerando al corredor si se resta, desgravando de ideas al organismo en articulación. Haruki Murakami, corredor profesional de maratónicas distancias, resume en seis palabras el contexto mental ideal: “Sólo corro, corro en un vacío”. Un instante después, como si persiguiera sus ideas, añade: “O tal vez deba expresarlo al revés: corro para adueñarme de ese vacío”. El cuerpo del corredor, como su mente, aspira a la evaporación, dejar de ser en la intensidad del ser corriendo, algo que el budismo zen y su anulación del ego conoce muy bien (y la meditación es una frecuencia de la carrera, un estadio dentro del estadio). ¿Qué sucede en la mente de los apenas verosímiles corredores tarahumaras? Digo “apenas verosímiles” porque la distancia de sus carreras es tres veces la de un maratón: 144 kilómetros, y la marcan con seis piedras puestas en semicírculo a las que hay que dar seis vueltas de 24 kilómetros cada una, según informa Fernando Benítez. ¿Les ayuda el dios que vive en el peyote? ¿Se alimentan de la ligereza de los ciervos? Alfonso Reyes responde con gran belleza y misterio:

Campeones del maratón del mundo,
nutridos en la carne ácida del venado,
llegarán los primeros con el triunfo
el día que saltemos la muralla
de los cinco sentidos.

En la mente de un rarámuri que corre, no es improbable que la muralla de los cinco sentidos haya sido superada y que todo se funda en un ritmo sináptico, resistente y ligero como las alas del colibrí. Todo en el corredor colabora para ganar ligereza: si su mente es una flecha, su cuerpo también debe serlo, y basta describirlo, atender a su “presencia real”, para que el testimonio de los sentidos, por sí solo, alce el poema. Walt Whitman así lo creía, y rechazaba la intromisión de la filosofía en favor de la instantánea de una figura compareciendo frente a él. Así, su “Corredor” es una polaroid verbal:

Sobre un terreno plano corre el bien entrenado corredor,
es esbelto y correoso con piernas musculosas,
va ligeramente vestido, se inclina hacia adelante mientras corre,
con puños suavemente cerrados y brazos parcialmente levantados.

Parece la anotación de un naturalista, evitando deliberadamente la intromisión de las imágenes, el parpadeo de las ideas y el auxilio de la metáfora, y regalándonos, junto con el dibujo veloz, la técnica misma del modelo: puños cerrados, brazos plegados, cuerpo inclinado hacia adelante.

Yo llevo ya varios días corriendo en la playa, manteniéndome siempre en la franja de arena dura y oscura donde el agua acaba de retirarse, jugando al mismo tiempo a que soy yo quien traza, con los pies, la línea loca del mar sobre la orilla. Es un desplazamiento serpenteante que me distrae del rigor de hundir y sacar los pies de ese tartán natural, doblemente exigente, en donde mis huellas se graban y casi inmediatamente desaparecen. Pienso en un poema de Mark Strand en el que dice que, dondequiera que esté, él es la parte que falta, el espacio que su cuerpo ha desplazado (él lo dice tanto mejor: “en un campo, yo soy la ausencia de campo”). Al moverse, las cosas detrás de él recuperan su integridad, como el espacio de mis huellas rehaciéndose con los trabajos del agua y como el mismo mar, que siempre recomienza.


Julio Trujillo / Ciudad de México, 1969. Es poeta. Cursó la carrera de Lengua y Literatura Hispánicas en la UNAM. Se ha dedicado a la edición de suplementos y revistas culturales, como la Revista de la Universidad de México, la Revista Mexicana de Cultura, El Huevo y Letras Libres. Es autor de los libros Una sangre (Trilce, 1998), Proa (Marsias, 2000), El perro de Koudelka (Trilce, 2003), Sobrenoche (Taller Ditoria, 2005), Bipolar (Pre-Textos, 2008), Pitecántropo (Almadía, 2009), Ex profeso (Taller Ditoria, 2010), La burbuja (Almadía, 2013), El acelerador de partículas (Almadía, 2017) y Jueves (Trilce, 2020).