1 febrero, 2021

Diccionario lopezvelardeano

de Marco Antonio Campos | Ensayos

Primera parte de dos.

 

Nota introductoria

La idea de este diccionario surgió cuando leí el bellísimo Alfabeto pirandelliano de Leonardo Sciascia (1989). Me dio la idea de destacar alfabéticamente vetas lopezvelardeanas, o que no se habían resaltado o que no lo estaban de manera suficiente. A mi manera, igual que Sciascia, sin compararme con él, busqué para el lector una lectura amable. Creí que el diccionario no me resultaría complicado; lo fue en demasía y en algunas temporadas caí en el desaliento. Pero eso mismo, buscar las mínimas huellas y sombras en su vida y obra resultó una tarea apasionante: los hallazgos, si los hay, los dio el estudio, pero más de las veces el azar. Téngase en cuenta que quienes conocieron a López Velarde, a la hora de escribir o de contestar en entrevistas, lo hacían de memoria, y por ende, hay en algunas ocasiones imprecisiones. No faltan tampoco las leyendas urbanas, que se repiten a menudo más que los datos fidedignos, pero que no se sostienen por ningún lado, como, por ejemplo, que López Velarde reprobó la materia de Literatura o que Manuel M. Ponce, Saturnino Herrán y él se reunían en la ciudad de Aguascalientes para discutir sobre el arte criollo para nacionalizar y renovar el arte en México. No solo no reprobó Literatura, sino que en sus estudios en Aguascalientes y San Luis Potosí no reprobó una sola materia; tampoco podían reunirse Ponce, Herrán y López Velarde en Aguascalientes, entre otras razones, porque Herrán, después de la muerte de su padre, se vino con su madre a Ciudad de México en 1903, a los dieciséis años de edad, y nunca volvió a la ciudad natal, o no hay nada que lo indique, y López Velarde llegó de nuevo a Aguascalientes a finales de 1902, luego de sus estudios en el Seminario Conciliar y Tridentino en la ciudad de Zacatecas. A Ponce, por otro lado, López Velarde no lo mencionó cuando escribió en sus recuerdos a los amigos aguascalentenses en su breve prosa “Bohemio”, y de Herrán decía que andaba en Ciudad de México. Y más: Ponce era de 1882, seis años mayor que el jerezano, demasiada diferencia de edad en la adolescencia. En 1903, ni Herrán había pintado nada, ni Ramón había publicado nada, y más, quizá ni había escrito, ni estaban para hacer disertaciones teóricas en torno al nacionalismo en la poesía y el arte. Tanto a Herrán como a Ponce, salvo prueba en contrario, Ramón los conoció en Ciudad de México.

En la interpretación de la obra lopezvelardeana hay varias categorías en las cuales poetas, escritores, investigadores y periodistas han hecho una labor excepcional: en el ensayo (Xavier Villaurrutia, Pablo Neruda, Octavio Paz y José Emilio Pacheco), en estudios totalizadores (Allen W. Phillips y Alfonso García Morales), en una combinación de ensayo-estudio (Gabriel Zaid), en estudios temáticos (Luis Noyola Vázquez, Martha Canfield), en semblanza-ensayo (José Gorostiza), en rescates (Luis Noyola Vázquez, Elena Molina Ortega, Emmanuel Carballo, Guadalupe Appendini, Luis Mario Schneider, Elisa García Barragán, Guillermo Sheridan), en páginas de recuerdos (Pedro de Alba, Enrique Fernández Ledesma, Jesús B. González, Ermilo Abreu Gómez, Bernardo Ortiz de Montellano, Manuel Maples Arce). Mención aparte merece el rigurosísimo trabajo para hacer la edición de las Obras, primero en 1971, y luego en 1990, de José Luis Martínez. Hay asimismo libros de ensayos importantes como los de Víctor Manuel Mendiola, Vicente Quirarte, Fernando Fernández y Sofía Ramírez.  

En un artículo de agosto de 1934, publicado en El Libro y el Pueblo, Jorge Cuesta sentenció: “No son numerosos los poemas en que este poeta dejó lo mejor de sí mismo: son unos cuantos; pero bastan para que se le admire como el poeta más personal que en México ha existido. La llama que en su poesía se enciende no se limita a darle a ella su claridad, sino que ilumina el destino todo de la poesía mexicana”.

Exacto: es el poeta más personal entre nosotros y su poesía ilumina el destino todo de la poesía mexicana.

 

*

ABOGADO.
Guadalupe López Velarde, quien ejerció también la abogacía,1 desde que su hijo Ramón era aún adolescente le prohibió de forma terminante que se abocara a la literatura. Para eludir la severa admonición paterna, gran parte de sus colaboraciones de adolescencia y primera juventud en Aguascalientes, SLP y Guadalajara, las publicó con seudónimos. Sin embargo, estando ya su padre enfermo, el 13 de mayo de 1908, le escribe: “Comprendo hasta dónde trascienden sus enseñanzas sobre un cultivo irracional de la literatura; y penetrado de ellas le prometo seguirlas al pie de la letra, que con ello lograré ajustarme a los más indiscutibles principios morales y económicos”. ¿Qué entenderían en este caso padre e hijo por principios morales en el ejercicio de la literatura? En México ¿la práctica de la abogacía no es esencialmente inmoral? Por demás, o al menos no hay nada que lo muestre: ni en los López y Díaz (Velarde lo añadió el abuelo paterno) ni en los Berumen y Llamas hubo antes en la ascendencia un solo poeta y ni siquiera alguien que ejerciera alguna de las artes.

La muerte del padre en la ciudad de Aguascalientes, el 12 de noviembre de 1908,2 fue para el joven poeta y estudiante de Derecho, un golpe devastador; quizá la única cosa buena que le trajo es que ya no tendría a nadie que lo señalara con índice de fuego por su carrera literaria.

Pero en una carta del 13 de marzo de 1911, próximo a cumplir veintitrés años, López Velarde, desanimado, vuelve al difícil asunto, tan lleno de espinas, y escribe a su mecenas y mentor Eduardo J. Correa que no escribirá más. “Usted conoce el criterio de nuestros públicos: el abogado que se dedica a la literatura no sirve para nada”, dice con palabras que quizá son las que le decía su padre para disuadirlo que abandonara las letras. Y expone dos justificaciones: una, necesita dinero y la literatura no da; segunda, para cultivar su profesión debe salirse de la conservadora ciudad de San Luis Potosí porque ya estaba señalado por su conducta del año previo como maderista, y, a menos que no cambiase la situación en el país, “el medio oficial me será adverso”.

Pero su carrera de Derecho en el Instituto Científico y Literario de San Luis Potosí desde 1908 a 1911, ¿cómo fue? Por fortuna existe el documento de sus calificaciones y está fechado el 15 de noviembre de 1911, el cual recobraron tanto Guadalupe Appendini (Ramón López Velarde. Sus rostros desconocidos)3 como Luis Mario Schneider y Elisa García Barragán en su Álbum.4 Como estudiante fue de regular a bueno. En once materias sacó 9, en tres 7 y en tres 6. La suma de valores es 138. Firman al calce el Director y el Secretario de la carrera.5

Pronto, demasiado pronto, RLV dejó las vacilaciones entre la abogacía y las letras. Combinó ambas. En una tarjeta que Luis Mario Schneider y Elisa García Barragán reprodujeron en el álbum, se lee: “Eduardo J. Correa y Ramón López Velarde. ABOGADOS. Dedicación especial a asuntos constitucionales y administrativos. Primera de Guillermo Prieto, 12. Apartado Postal 1297. Teléfonos. Ericson 3506 y Mejicana 200, Juárez”. Probablemente sea de 1912 cuando ambos coincidieron por primera vez en Ciudad de México e incluso compartieron la misma casa de huéspedes.6

En Madero # 1, donde se alza desde 1956 la Torre Latinoamericana,7 López Velarde trabajó en un bufete de abogados al lado de Joaquín Aguirre Berlanga8 y Francisco Martín del Campo, antiguos compañeros de estudios en San Luis Potosí. No sé qué asuntos jurídicos RLV llevaría aquí ni si fue un buen o mal abogado. Algo es claro:9 no encuentro huellas de su actividad jurídica ni en sus libros en verso ni en El minutero. En las crónicas hay menciones irónicas, de paso, por ejemplo, en “La provincia mental” y en “Susanita y la cuaresma”: una, de su trabajo inmóvil de juez en Venado, SLP, y otra que, cuando conoció a la potosina Susana Jiménez, estudiaba “amor y Derecho”.

En el ministerio de Gobernación, quizá entre 1918 y 1920, en que era ministro su amigo el abogado Manuel Aguirre Berlanga, López Velarde fungió como abogado consultor. Juan de Dios Bojórquez (Djed Bórquez), que lo conoció por esa época, recuerda que se encontraban con frecuencia “en el restorán, en la calle, en el bar”.10 Y añadió con leve ironía: era abogado y lo disimulaba muy bien.

En los dos decenios anteriores, otro poeta, Manuel José Othón, a quien RLV admiró intensamente, y quien como él estudió Derecho en el Instituto Científico y Literario de San Luis Potosí, no dejó de combinar nunca la poesía y la práctica jurídica, con mucha mejor fortuna en la primera; en la segunda, como dice la expresión, la fue llevando.

Tal vez el licenciado Guadalupe López Velarde, de haber vivido, no se habría sentido traicionado del destino del hijo, pero como a él, la abogacía no dio a Ramón el dinero suficiente, quien debió ejercer otras labores: redactor de revistas, periodista literario y profesor de preparatoria. Sin embargo, lo que sí le habría sido muy difícil a don Guadalupe de entender es que su hijo sería considerado por muchos, en un país de poetas, como el mejor poeta mexicano, y que el apellido López Velarde sería por eso un emblema ardiente en los años y las décadas. Y más: el mismo licenciado Guadalupe López Velarde, paradójicamente, ha sido, es y será recordado por el hijo poeta y no por el hijo abogado. Será siempre el padre del poeta Ramón López Velarde.

 
ABUELO. Apellidos.
Según las indagaciones de Luis Noyola Vázquez,11 que encontró en Paso de Sotos, hoy Villa Hidalgo, las actas de bautismo del abuelo paterno y del padre del poeta jerezano, en Zacatecas el título de abogado del padre y en Jerez el acta de nacimiento de Ramón, el abuelo se llamaba Ramón López Díaz, pero por misteriosas razones se puso Velarde; la abuela se llamaba Urbana Morán. El Velarde lo escogieron porque debió parecerles prestigioso. O para precisar, el verdadero nombre de su padre debió haber sido Guadalupe López Morán y el del poeta Ramón López Berumen. Cuando pienso que estaríamos hablando ahora que el mejor poeta mexicano se llamara banalmente Ramón López,12 tal vez nos sonaría fuera de orden.

Parecido es el caso de Juan Rulfo, quien literariamente llevó, no el primer apellido, sino el segundo del padre. El padre se llamaba Juan Nepomuceno Pérez Rulfo; la madre, María Vizcaíno. Él era Juan Nepomuceno [Carlos] Pérez Vizcaíno. ¿Es posible imaginar que nuestro narrador por excelencia se llamara Juan Pérez, lo cual en México tiene un equivalente a equis o nada? Es decir, llamarse Perico de los Palotes, o Fulano, o Mengano, o Zutano o Perengano.

Y sin embargo fue así.

 
ACUÑA. Manuel Acuña y Manuel M. Flores.
López Velarde creía que desde Sor Juana hasta Manuel José Othón y Manuel Gutiérrez Nájera había un enorme vacío en la lírica mexicana. Parece no haber leído, o muy de paso, o tal vez porque no circulaban bien, ni a Ignacio Rodríguez Galván, ni a Ignacio Ramírez, ni a Laura Méndez de Cuenca. A Manuel M. Flores y a Manuel Acuña apenas los mencionó y fue para descalificarlos. Es decir, ningún poeta de los tres romanticismos mexicanos se salvó del cadalso. De Acuña hay una mención y una alusión. La mención es de 1907 y la alusión de 1909, es decir, cuando López Velarde tenía dieciocho y veinte años. En la primera, al hablar acerca de un justo homenaje que le rinde la Academia Mexicana de la Lengua a Manuel José Othón ocho meses después de su muerte, reprueba y recomienda que ya es tiempo “de que nuestra generación deje de entusiasmarse con el ‘Nocturno’ de Acuña y las Pasionarias de Manuel [M.] Flores”. Debe hacerse comprender “cuáles son las personalidades literarias de mérito limpio, y mientras esto no suceda veremos al público saborear los atentados que contra las letras perpetraron durante las guerras civiles los vates de uno y otro partido”. La alusión a Acuña está en una nueva nota sobre Othón dos años más tarde, donde se queja de que no se alce una estatua en San Luis Potosí al autor del “Idilio Salvaje”: “Así es como existe la estatua de un cantor suicida, que no pasó de promesa, en tanto que Othón esperará en vano su representación por largo tiempo”.

Es curioso: un sensual como López Velarde no apreció a Manuel M. Flores; quizá, de haberlo vuelto a leer, cuando vivió en Ciudad de México y conoció el jardín de las delicias, habría cambiado de opinión.

“El Nocturno” de Acuña era entonces el poema más leído, recitado y maltratado, pero no tiene ni de lejos el juego de ideas y el viento musical que hay en “A Laura” y la profundidad a la vez reflexiva y emotiva de “Ante un cadáver”. Pero ¿López Velarde los leyó y no lo deleitaron ni emocionaron? ¿O le pasaron de noche?

Algo es claro: desde 1909 hasta su muerte en 1921 no volvió a mencionar ni a Flores ni a Acuña. Probablemente ya no los leyó.

 
AGUASCALIENTES.
La familia se instala en la ciudad de Aguascalientes desde 1898 y López Velarde asiste a “la escuela de Angelita”,13 como recordaría en una de sus muchas y magistrales páginas autobiográficas. Sabemos que en 1899 su padre lo cambia al Colegio Particular del Señor San José para Varones, situado en la calle de San Diego No. 1.

La ciudad tendría una importancia afectiva y formativa que no lo abandonaría nunca. Su padre lo envía en 1900 a estudiar al seminario de Zacatecas. Desde fines de 1902, cuando regresa a Aguascalientes, hasta 1907, cuando parte en diciembre para la ciudad de San Luis Potosí, ocurrieron hechos fundamentales para su educación sentimental, su formación literaria, su trabajo periodístico y su trato con varios amigos que lo serían para toda la vida.

En Aguascalientes estudia de 1903 a 1905 en el Seminario Conciliar de Santa María de Guadalupe y de 1905 a 1907 en el Instituto de Ciencias. La familia reside entonces en la calle de Apostolado (hoy Pedro Parga) en el número 12, o sea, apenas a unos pasos del Parián y del Instituto de Ciencias y a tres calles de plaza de armas, catedral y palacio de gobierno. El despacho de abogados de su padre situado en Tacuba y Moctezuma, al costado norte de catedral.

Pero en vacaciones suele volver a Jerez. Hacia 1903, en uno de esos viajes, según cuenta su hermano Jesús a Guadalupe Appendini, cristaliza su amor por Fuensanta, y el amor continuará creciendo en los sucesivos viajes. Asombra descubrir algo: entre 1902 y 1907, de sus catorce a sus diecinueve años, con el corazón abierto a las imágenes femeninas, no hay el nombre de una sola aguascalentense que López Velarde deje en sus escritos, como lo haría después con varias de San Luis Potosí, Venado y Ciudad de México. Todo lo cubre entonces la sombra de Fuensanta.

El estro poético se le revela en Aguascalientes. Desconocemos si hubo poemas anteriores, pero el primer poema, “A un imposible”, malo como casi todos los primeros poemas de un poeta, data de 1905, el cual muy probablemente tenía ya como destinataria a la joven jerezana. López Velarde no solo publicó poemas: gracias a su mecenas y protector Eduardo J. Correa empieza a publicar en 1904 artículos periodísticos en el semanario independiente El Observador. Fue una fortuna: en esos artículos que pergeñaba están las raíces de una de las más bellas prosas de la literatura mexicana.

Salvo en ciudad de México, donde conoció a lo más granado de la intelectualidad de la década de los años diez, en ninguna otra ciudad formó parte de una cofradía que tuviera los mismos intereses literarios y artísticos: Enrique Fernández Ledesma, zacatecano del pueblo de Pinos, Pedro de Alba, quien venía de San Juan de los Lagos, y José Villalobos Franco, secretario a perpetuidad de Correa. Conoce también en la residencia aguascalentense al joven compositor Manuel M. Ponce, de quien escribiría un artículo afectuoso y admirativo en 1917 (“Melodía criolla”); su alma gemela, el gran pintor Saturnino Herrán, lo trataría hasta ciudad de México.

El de las mayores iniciativas, “el eje del cotarro”, era Fernández Ledesma, quien llegó a evocar al López Velarde de entonces como “un chamaco cordial y un poco triste”. En páginas de añoranza, Fernández Ledesma y Pedro de Alba han recordado las idas del grupo a ver a las muchachas en las tardes dominicales por los andadores de plaza de armas, las lecturas de novelas de amor en el jardín de San Marcos, las aturdidas conversaciones en una alacena del Parián, o la asistencia como espectadores a ver y oír a las estrellas teatrales y a las divas de la ópera de la transición del siglo en el Teatro Morelos, joya y luz de la arquitectura finisecular. Fue una suerte para el jerezano tener un grupo con el cual podía compartir charlas sobre libros y mujeres en los años del vendaval estudiantil. Para un hombre del talento prodigioso de López Velarde, cualquier mínima luz era suficiente para crear en poesía o en prosa un relámpago o una estrella.

Quizá a ningún poeta mexicano admiró en ese entonces como al potosino Manuel José Othón. En 1902 había aparecido Poemas rústicos en ciudad de México; López Velarde parece haber leído el libro muy pronto. En su simpático artículo sobre la revista Bohemio, evoca las tres veces que él y sus amigos vieron a Othón en la ciudad de Aguascalientes, cuando iba como gran invitado del gobernador porfirista Alejandro Vázquez del Mercado. A la muerte de Othón en noviembre de 1906, leyó casi de inmediato en revistas de la capital el “Idilio salvaje”, que a José Emilio Pacheco le parece “el mejor poema del siglo XIX que termina con la caída de Díaz”. Luego de la muerte de Othón, ya en San Luis, ya en Ciudad de México, siguió reclamando en acres artículos a los ignorantes y estólidos potosinos por no levantar una estatua y no enterrar en una tumba digna a quien creó el más hermoso poema de los bosques. En 1916 aun dedica la primera edición de su primer libro a la memoria de los espíritus de Manuel Gutiérrez Nájera y Manuel José Othón. En la segunda edición añade a Fuensanta (Josefa de los Ríos).

Bohemio, la revista literaria del grupo, contra lo dicho por López Velarde de que duró solo dos números a causa de las sustracciones crematísticas de su director Fernández Ledesma, llegó hasta el número nueve. La aventura persistió dos años: 1906 y 1907. Empezaron dirigiéndola Fernández Ledesma y Pedro de Alba, y la terminaron como directores Fernández Ledesma y Villalobos Franco. Desde luego en Bohemio López Velarde firmaba con seudónimo.

Al Aguascalientes porfiriano del primer decenio del siglo XX llegaba el ferrocarril y en las calles corría el tren eléctrico y se multiplicaban iglesias, casas, hoteles y aun algún castillo, diseñados y construidos por la imaginación simétrica del maestro de obras zacatecano José Refugio Reyes, hombre de genio. Continuaban, luego de décadas, las piadosas locuras enciclopedistas de Jesús Díaz de León, y se encandilaba en sus repetidos sueños reeleccionistas el gobernador Vázquez del Mercado. López Velarde empezó a beber las aguas afectivas y literarias del manantial misericordioso de aquel apartado Aguascalientes, que a Pedro de Alba le pareció a su llegada de San Juan de los Lagos “una ciudad musical”.

 
* Fragmentos tomados del libro Diccionario lopezvelardeano (colección Cátedra Universitaria, UNAM, 2020).


1 El poeta y periodista aguascalentense Fabián Muñoz encontró en la Biblioteca del Museo de Aguascalientes, en los periódicos El Republicano y El Católico, ambos de 1906, que el padre del poeta pagó una inserción para anunciarse. Ambas están idénticamente escritas: “GUADALUPE LÓPEZ VELARDE. ABOGADO Y NOTARIO PÚBLICO. Esquina de Tacuba y Moctezuma”.

2 “A las 9:35 am, dejó de existir, víctima de una penosa enfermedad, el Sr. Lic. D. J. Guadalupe López Velarde”, así lo expresa la nota necrológica de la columna “Gacetilla” del periódico El Republicano, de Aguascalientes, con fecha del 15 de noviembre de ese mismo año. Tomado del libro de Sofía Ramírez (La edad vulnerable: Ramón López Velarde en Aguascalientes, p. 100, Instituto Zacatecano de Cultura, Zacatecas, 2010).

3 Fondo de Cultura Económica, México, 1971.

4 Ramón López Velarde. Álbum, UNAM, México, 1988. 

5 Hasta 1923, al transformarse en Universidad por decreto del gobernador Rafael Nieto –me informa el poeta potosino Armando Adame-, el Instituto Científico y Literario estaba formado por las siguientes instituciones escuelas, facultades y planteles: Escuela Preparatoria, Facultad de Medicina. Facultad de Jurisprudencia, Facultad de Ingeniería, Escuela Comercial, Escuela de Estudios Químicos, Hospital Civil Miguel Otero en lo técnico-docente, Biblioteca Pública, Observatorio Meteorológico y Dirección de Educación Normal.

6 Ibid., cap., IV, pp. 130.

7 Que yo sepa, el primero que hizo esta anotación fue José Emilio Pacheco en su ensayo “Ramón López Velarde y la posesión por pérdida”, que se compiló en el libro La lumbre inmóvil (Editorial Era, 2018).

8 Joaquín Aguirre Berlanga (1885-1929) era hermano del ministro de Gobernación Manuel Aguirre Berlanga (1887-1953). Provenían de una familia coahuilense de San Antonio de las Alazanas, Arteaga. López Velarde los conoció cuando estudiaban Derecho en San Luis Potosí. Todos eran maderistas y luego fueron carrancistas.

9 Alfonso García Morales me dice que hay referencias jurídicas en la levísima huella del verso: “séame permitido este alegato”, y en el pareado de “La suave Patria”: “El Niño Dios te escrituró un establo/ y los veneros de petróleo el diablo”. Aquel, jurídicamente, es el “escrito o discurso en que expone el abogado en audiencia las razones del derecho de su cliente”; este, como si el Niño Dios al escriturar fuera un Gran Notario.

10 Lamentablemente Juan de Dios Bojórquez no puso los nombres de restoranes y bares donde se encontraban.

11 Fuentes de Fuensanta, “Datos para una biografía crítica sobre López Velarde”, pp. 113-119, FCE, 1988. Tercera edición, corregida y aumentada, del libro que se editó por primera vez en 1971.

12 Curiosamente uno de los compañeros de Saturnino Herrán en la Academia, de quien Orozco en su Autobiografía elogia su pintura, se llamaba Ramón López. Seguramente Herrán haría algunas de sus clásicas ironías con el Ramón zacatecano jugando con el nombre del pintor homónimo: los Ramón López.

13 “La directora era Ángela Díaz Sandi y sus hermanas Petra y Lola la auxiliaban”. Estaba situado —escribe Sofía Ramírez— en el número 11 de la segunda calle de Allende. Era una de las cincuenta y cuatro primarias que había en Aguascalientes. (La edad vulnerable. Ramón López Velarde en Aguascalientes, “Los años de su formación”, pp. 41, Biblioteca López Velarde, Zacatecas, 2010). Es simpático saber que entre las materias a estudiarse en las primarias se hallaban Cálculo Mental, Lecciones de Cosas y Urbanidad. No faltaba —lanza en ristre contra el analfabetismo oscuro de la infancia— el Silabario de San Miguel.


Marco Antonio Campos / Ciudad de México, 1949. Poeta, narrador, ensayista, cronista y traductor. Fue director fundador del Periódico de Poesía, investigador del Centro de Estudios Literarios del IIFL de la UNAM y coordinador del Programa Editorial de la Coordinación de Humanidades de la UNAM. Ha recibido distinciones como el Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores 1992, la Medalla Presidencial Pablo Neruda otorgada por el Gobierno de Chile en 2004 y el Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde 2010, por el conjunto de su obra poética, entre muchos otros. Ha traducido la obra de Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, André Gide y Roger Munier, entre otros autores.