8 febrero, 2021

Diccionario lopezvelardeano (2)

de Marco Antonio Campos | Ensayos

Esta es la segunda parte de este ensayo. Puedes leer aquí la primera parte.

 


ÁGUEDA. La prima.
“Mi prima Águeda” es un poema que encanta a los críticos y a los lectores de López Velarde, y muestra el acezante erotismo cuando se unen el recato provinciano y el incesto que, al no poder realizarse, se sublima. Águeda, si ese fue su nombre, perteneció a la rama de los Berumen. Si habla de la madrina, es ya un tiempo en que no habitaba en la casa de la calle de la Parroquia, donde vivió hasta los diez años, sino en la casa de los abuelos de Plaza de Armas.1 O tal vez todo en el poema está transformado para que fuera más importante la verdad estética que la experiencia real. No pocas veces me he preguntado qué opinarían los miembros de la familia Berumen cuando leyeron el poema. Nadie, ni amigos, ni familia, ni jerezanos, reveló quién fue Águeda. Si la escondida prima leyó el poema, ¿qué habría sentido y dicho?

Da la impresión, al leer los versos, que a López Velarde se le quedó vívidamente el ahogo del deseo y algunas imágenes en el recuerdo: los ojos verdes y el vestido enlutado, la prima que teje en el corredor, la voz de Águeda a la hora de comer acompasando el sonido de la vajilla, el cesto de frutas sobre el viejo armario.

Especialmente atractivo me parece el análisis que Martha L. Canfield hace de la técnica, correspondiéndolo con los contenidos. Quizá al escribirlo no fue la intención de López Velarde, pero los resultados van muy a menudo más allá de la intención del autor. Transcribamos:

Mi madrina invitaba a mi prima Águeda
a que pasara el día con nosotros,
y mi prima llegaba
con un contradictorio
prestigio de almidón y de temible
luto ceremonioso.
Águeda aparecía, resonante
de almidón, y sus ojos
verdes y sus mejillas rubicundas
me protegían contra el pavoroso
luto…
          Yo era rapaz
y conocía la o por lo redondo,
y Águeda, que tejía
mansa y perseverante en el sonoro
corredor, me causaba
calosfríos ignotos…
(Creo que hasta le debo la costumbre
heroicamente insana de hablar solo.)

A la hora de comer, en la penumbra
quieta del refectorio,
me iba embelesando un quebradizo
sonar intermitente de vajilla
y el timbre caricioso
de la voz de mi prima.
                                      Águeda era
(luto, pupilas verdes y mejillas
rubicundas) un cesto policromo
de manzanas y uvas
en el ébano de un armario añoso.

 
Canfield analiza el hábil uso de las o, la acentuación en la métrica, la elección de las rimas, la pausa que dan los esdrújulos y las asonancias internas y las consonancias.2 “Se trata de una silva arromanzada, variedad métrica típicamente modernista”. Y en lo que me parece uno de sus mejores hallazgos, señala sobre la insistencia de las o:

La sostenida asonancia en o-o y la repetición masiva de esta vocal, reiteradamente asociada con la i, en sílabas vecinas, en hiato o en diptongo, dan a todo el texto el efecto tímbrico de una grave sonata monocorde. Véanse, por ejemplo, los vocablos de la rima: nOsOtrOs, cOntradictOrio, ceremOniOsO, pavOrOsO, sOnOrO, calOsfríOs, ignOtOs, pOlicrOmO, etc., y el verso metalingüístico:“Y cOnOcía la O por lO redOndO”. Nótese también el uso de la rima interior en los siguientes vocablos y sintagmas oxítonos: almidÓn (repetido dos veces), la O, corredOr, la vOz.Así todo el poema resuena como una prolongada interjección, una ¡oh! de admiración y desconcierto ante la naturaleza contradictoria e inquietante de la prima. 

Perspicuamente, Canfield subraya que todos los versos están acentuados en sexta y en vocal tónica natural.

 

BAUDELAIRE. Influencia.
Mucho se ha hablado de la influencia de Charles Baudelaire. En una cuarteta inolvidable de un soneto, que repiten a menudo los críticos, RLV dice, a propósito de los olores que respira en el rebozo gris y blanco de la amada, que es como si respirara “la quintaesencia de tu espalda leve”:

(En abono de mi sinceridad,
séame permitido este alegato,
entonces era yo seminarista
sin Baudelaire, sin rima y sin olfato).

Si era seminarista, cuando vivió la experiencia de “adormirse sobre el rebozo”, sería entonces entre 1900 y 1902 cuando era alumno del Seminario Conciliar de Zacatecas, es decir, antes de su regreso a Aguascalientes, donde había vivido con sus padres de 1898 a 1900. En el seminario andaría por los trece y catorce años de edad. O más seguramente entre 1903 y 1905, en Aguascalientes, cuando estudió en el Seminario Conciliar de Santa María de Guadalupe, antes de cambiarse al Instituto Científico y Literario de esta ciudad.

Los mejores críticos de RLV señalan que la relación íntima y macabra de erotismo y muerte provino de la lectura de Baudelaire, o al menos, se la confirmó plenamente. En un artículo López Velarde escribe algo que lo confirma: “si, según la torturante insinuación de Baudelaire, las alcobas no preparan más que el hediondo festín de las fosas”.3 Creo que sería ese uno de los aspectos por los que Jorge Cuesta, en 1935,4 resaltó que en López Velarde había un antes y un después de Baudelaire. 

Importantes lopezvelardeanos han dividido sus opiniones sobre la influencia de Baudelaire: quienes la consideran fútil o casi sin importancia y quienes la consideran fundamental.

En su ensayo sobre el zacatecano, Xavier Villaurrutia, en 1935, con fineza y exactitud características, ahonda en cinco páginas acerca de la influencia.5 En un párrafo se hace dos preguntas: “Él mismo ha confesado haber sido uno antes y otro después de conocer a Baudelaire. ¿Leía Ramón López Velarde a Baudelaire en francés? Lo conoció solamente a través de traducciones españolas: la de Marquina, por ejemplo?” Y disparando la flecha en el blanco, Villaurrutia añade una primera respuesta esencial: “No es la forma lo que Ramón López Velarde toma de Baudelaire, es el espíritu del poeta de Las flores del mal lo que le sirve para descubrir la complejidad del suyo propio”. ¿En quién, sino en Baudelaire, se dice, toma la conciencia de las dualidades que se integran en una? “Cielo y tierra, virtud y pecado, ángel y demonio, luchan y nada importa que por momentos venzan el cielo, la virtud y el ángel, si lo que mantiene el drama es la duración del conflicto, el abrazo de los contrarios en el espíritu de Ramón López Velarde, que vivió escoltado por un ángel guardián, pero también por un ‘demonio estrafalario’”. La “afinidad de atmósferas, de obsesiones y aun de expresiones” con Baudelaire, Villaurrutia las encuentra en tres poemas del joven jerezano: “La lágrima”, “Hormigas” y “Te honro en el espanto”.

En su primer texto sobre López Velarde, otro miembro del grupo de Contemporáneos, Bernardo Ortiz de Montellano,6 lo ve de otra manera: acepta que en López Velarde hay, como en Baudelaire, la atracción simultánea hacia Dios y hacia el demonio, “pero semejantes en su raíz, como todo parece indicarlo, sus íntimos problemas acusan diferencias tan notables a través de sus poemas, que no es posible señalar huella alguna de influencia directa, ni moral ni estética, entre ambos” (El subrayado es mío). Ortiz de Montellano analiza lo que ve más como causas distintas que como coincidencias: la relación horror y erotismo y la relación mujer y muerte. Por otra parte, habla de una “irreductible distancia” entre la perfección técnica de uno y otro. Sin embargo en algún sitio —concluye— ambos “se hermanan para otorgarnos un estremecimiento semejante”.

Con cierto enfado, Luis Noyola Vázquez lamenta que “cierta crítica se empeñe en buscarle analogías” a la poesía de López Velarde con Baudelaire por la familiaridad con que trata a la muerte en relación con la mujer. Para él “la simple y diáfana familiaridad que peculiariza al mexicano, y que le viene de la infancia”, es “con los juguetes que son ataúdes y sus golosinas calaveras de dulces”.7 En esto parece coincidir con un pasaje del ensayo de Ortiz de Montellano.

Allen W. Phillips,8 por su lado, particulariza que es principalmente en su poema “Te honro en el espanto”, incluido en Zozobra, donde Baudelaire dejó su sello. En el poema —escribe Phillips— “se funde como siempre la visión horrorífica con lo erótico”, muerte y mujer:9

ya que por ti he lanzado a la Muerte su reto
la cerviz animosa del ardido esqueleto
predestinado al hierro del fúnebre dogal;
te honro en el espanto de una perdida alcoba
de nigromante, en que tu yerta faz se arroba
sobre una tibia, como sobre un cabezal…

Phillips enlaza las imágenes de este poema con una prosa de El minutero, “Noviembre”. RLV fue un poeta —dijo en otra parte— “ávido del bien, pero seducido por el mal” (aunque ese mal, añadimos nosotros, nunca lo llevó a cabo en la práctica, o si lo hizo, fue contra él mismo o haciéndose daño a sí mismo).

Octavio Paz dedica dos páginas para mostrar que la influencia baudelairiana es capital e ilustra “muchas y profundas semejanzas”, y determina al igual que Ortiz de Montellano y Villaurrutia: “Baudelaire es un espíritu incomparablemente más rico y profundo pero López Velarde es de su estirpe”.10
 
Pero el péndulo con José Luis Martínez se va al otro lado. En su estudio introductorio a la obra de López Velarde —refiere el jalisciense—, “esta influencia no obtiene un progreso significativo ni profundo”. Salvo en tres poemas, sobre todo en el antedicho “Te honro en el espanto”, halla la huella evidente. En él “aparecen un ambiente y un espíritu que han dejado de ser los de los afanes angélicos y de pecador arrepentido del resto de su obra para proclamarse tan satánico o perverso como pudo ser su modelo”.

Cada crítico puede dar su opinión sobre si hay mucho o poco o nada de la influencia de Baudelaire, pero algo me deja del todo perplejo: una mención significativa y dos menciones de paso en la obra de Ramón López Velarde que contiene más de 900 páginas (incluyendo crónicas, crítica literaria, cuentos, cartas) ha hecho correr arroyos de tinta a lo largo de un siglo.11

Pero ¿qué y cuánto habrá leído —bien leído— López Velarde de Baudelaire? En mi opinión, muy poco, pero en esto coincido con Villaurrutia: el espíritu de Baudelaire quedó, o si se quiere, al menos se fijó en la conciencia de López Velarde en lo que este llamó “dualidad[es] funesta[s]” —o, adaptando con otras palabras lo dicho por Villaurrutia, la sangre devota pasó a ser una con la sangre erótica.12

 

BIBLIOTECA. Biblioteca personal.
Desgraciadamente no se sabe dónde quedó su biblioteca y qué libros tenía. Quienes pudieron contarlo, los amigos del primer círculo,13 se les olvidó o no les pareció importante. Sin embargo, hay un párrafo iluminador en una página de las memorias de Manuel Maples Arce acerca de sus visitas a López Velarde en avenida Jalisco 71,14 

En más de una ocasión me había mostrado su simpatía, invitándome a su pequeño estudio, en el que apenas uno podía moverse, oprimido por el escritorio y la abundancia de libros, y esto con tan generosa actitud, que borraba la diferencia de edades. Sentados frente al escritorio iluminado por la ventana que daba hacia “la privada” de los departamentos, me leía, con su voz agradable y la sencillez de su ademán, uno de sus poemas o alguna de sus pequeñas prosas tan características de su exquisitez. Mientras conversábamos, alguien de la familia nos regalaba con una taza de té, y el sol, sobre los grandes árboles de avenida Jalisco, dilapidaba las últimas monedas del atardecer”.

Hay varias cosas muy interesantes. López Velarde estimaba tanto al joven Maples Arce que lo invitaba a su casa. La familia López Velarde vivía en una privada y el departamento tenía vista a otros departamentos y se podían ver los altos árboles de la avenida Jalisco. A decir de Jesús, el hermano de Ramón, cuando llegaron ambos en 1914 a Jalisco 71 el departamento que habitaron fue el tres, y con la llegada de la madre y la hermana, el nueve. El departamento no debió ser tan restringido —había aun un pequeño estudio— como para que vivieran en él Ramón, la madre, la(s) hermana(s) y dos hermanos. Maples Arce no dice títulos, solo que en el pequeño estudio había una “abundancia de libros”. Ramón, como a tantos amigos, solía leerle a Maples Arce poemas y breves prosas.
 
Como a muchos de los que conocieron y trataron a López Velarde, a Maples Arce la muerte prematura del amigo lo sorprendió y lo “angustió dolorosamente”. Después de asistir a la capilla ardiente en el paraninfo de la universidad, le dio esa noche por errar buscando el sitio de ningún lado.

 

CARÁCTER
No hubo prácticamente nadie que no destacara las altas cualidades como ser humano que tuvo López Velarde: sobrio, medido, tranquilo, bueno, noble, honrado, digno, educado, discreto, elegante, y ante todo, de una sencillez sin afectaciones…15 Era, como él dijo de Herrán, “falto de vanidad y sobrado de orgullo”.

Un amigo que nos hubiera gustado tener.

 

 

* Fragmentos tomados del libro Diccionario lopezvelardeano (colección Cátedra Universitaria, UNAM, 2020).


1 En la primera estancia de “Poema de vejez y amor”, escrito en 1909, habla ilustrativamente de ir año tras año “a la casa vetusta/ de los nobles abuelos/ como a refugio en que en la paz divina/ de las cosas de antaño/ solo se oye la voz de la madrina/ que se repone del acceso de asma/ para seguir hablando de sus muertos/ y narrar, al amparo del crepúsculo, la aparición del familiar fantasma”. Si López Velarde “era rapaz, y conocía lo o por lo redondo”, tenía ya la conciencia del sexo. Me doy por creer que los primos serían ya —si Águeda existió o es una prima transformada— unos adolescentes. De cualquier manera, sea la verdad biográfica o sea solo la verdad estética, es un poema perfecto.

2 La provincia inmutable, I, pp. 31-37, Ediciones La Otra, segunda edición, México, 2015.

3Holocaustos (Apuntes para la psicología de José Núñez y Domínguez)”, Revista de Revistas, México, 12 de diciembre de 1915. En el prólogo al libro Senda huraña de su amigo Adalberto Vázquez, escrito en 1917, dice que el potosino “no sufre, como Baudelaire, la fascinación de las gigantas”. Sería la tercera mención de Baudelaire por López Velarde.

4 La cita completa del artículo de Cuesta es: “En verdad, la poesía de López Velarde, en un aspecto que podemos considerar, aunque sin rigor, como su primera época, es natural, ingenua, simple: llama a las cosas con sus nombres directos y llanos; acude a ellas, por decirlo así, sin malicia y sin esfuerzo. Es el aspecto cándido y provinciano. Pero en su segunda época ‘después de Baudelaire’, se hace maliciosa y artística, difícil y complicada.” (El Universal, 27 de agosto de 1935).

5 Textos y pretextos. México, Casa de España, pp. 19-24. Quizá no fue la antología de Marquina donde RLV leyó a Baudelaire, sino como Reyes y Paz apuntan, en la de Enrique Díez-Canedo y Fernando Fortún. El ensayo de XV ya se había publicado como prólogo de Poemas escogidos de RLV en la Editorial Cultura (1935).

6 “Baudelaire y López Velarde”, revista Rueca, México, 1944.

7 Ibid., “La temática velardeana”, p. 27, FCE, México, 1988. Quizá el golpe va dirigido principalmente a Villaurrutia y a Bernardo Ortiz de Montellano.

8 Ramón López Velarde. El poeta y el prosista, “Concepción de la vida: temas y tonos”, IV, pp.168-169, INBA, México, 1962.

9 En su ensayo “Un poeta en la ciudad” (La lumbre inmóvil), José Emilio Pacheco, al referirse al flâneur que López Velarde fue, observa perspicazmente: “En su poesía, como en la de Baudelaire según Walter Benjamin, se entremezclan con una tercera imagen: la de la ciudad”.

10 Cuadrivio, “Los caminos de la pasión”, Editorial Joaquín Mortiz, 1963, pp. 72-74.

11 Algo análogo es el caso de Jules Laforgue, a quien buena cantidad de críticos mencionan como una influencia esencial. Margarita Quijano, el segundo gran amor del Poeta, en su entrevista con Guadalupe Appendini, subrayó como máxima esta influencia. Las coincidencias son numerosas como ha mostrado en varios ensayos José Emilio Pacheco. Sin embargo no hay una sola mención de Laforgue en toda la obra lopezvelardeana.

12 Ibid., p. 19.

13 Jesús B. González, Buffalmaco, en un artículo de recuerdos escrito a quince años del deceso de Ramón (“La familia López Velarde, Revista de Revistas, 21 de junio de 1936), dice que los más allegados a Ramón eran el poeta guanajuatense Rafael López, Pedro de Alba y Saturnino Herrán. Según escribe iban a menudo a comer: “En vida de Ramón (sic) y en los últimos tiempos, no falté un día a la semana en la mesa íntima familiar”. Y refiere de López, de Pedro de Alba y Herrán: “Todos respiramos aquel olor de las alacenas jerezanas, muy a menudo, y compartimos frecuentemente el pan honrado de aquella casa”. ¿No sería una frase más correcta: “En vida de Ramón, en los últimos tiempos…”? ¿Sería tan frecuente –un día a la semana- cuando iban a comer? Si fue aun en los últimos tiempos, ya no asistiría entonces Saturnino Herrán, que había muerto el 8 de octubre de 1918. Tal vez por ese entonces no vivía Fernández Ledesma en Ciudad de México. Por desgracia Buffalmaco no detalló nada de la casa, entre ellos los libros que tendría Ramón.

14 Soberana juventud, II, p. 60, Editorial Plenitud, Madrid, 1967. Si como dice Maples Arce, cuando conoció a López Velarde ya había publicado Zozobra, su trato empezó en 1919 o 1920.

15 Entre muchos y muchas que destacaron sus virtudes estuvieron Margarita Quijano, los amigos del círculo íntimo (Pedro de Alba, Enrique Fernández Ledesma, Jesús González, Rafael López), los poetas mayores que trató (Enrique González Martínez y José Juan Tablada) y jóvenes escritores y poetas a quienes tendió la mano (Carlos Pellicer, José Gorostiza, Bernardo Ortiz de Montellano y Manuel Maples Arce).


Marco Antonio Campos / Ciudad de México, 1949. Poeta, narrador, ensayista, cronista y traductor. Fue director fundador del Periódico de Poesía, investigador del Centro de Estudios Literarios del IIFL de la UNAM y coordinador del Programa Editorial de la Coordinación de Humanidades de la UNAM. Ha recibido distinciones como el Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores 1992, la Medalla Presidencial Pablo Neruda otorgada por el Gobierno de Chile en 2004 y el Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde 2010, por el conjunto de su obra poética, entre muchos otros. Ha traducido la obra de Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, André Gide y Roger Munier, entre otros autores.