8 febrero, 2021

Los pequeños mundos de Kaneko Misuzu

de Alonso Núñez Utrilla | Reseñas

Kaneko Misuzu, El alma de las flores, trad. de Yumi Hoshino y María José Ferrada, Satori Ediciones, España, 2019, 140 pp.

En marzo de 2011, un terremoto de magnitud 9.1 y los maremotos que desató arrasaron la región de Tōhoku, Japón. En los días que siguieron, mientras el país se encontraba sumido en los trabajos de rescate y reconstrucción, varias cadenas televisivas comenzaron a transmitir la lectura del poema Eres un eco, escrito por la poeta Kaneko Misuzu (1903-1930) en las primeras décadas del siglo XX.

Si digo “¿Vamos a jugar?”,
Dices “Vamos a jugar”.

Si digo “¡Tonto!”,
dices “Tonto”.

Si digo “¡No quiero seguir jugando!”,
dices “No quiero seguir jugando”.

Luego, me siento sola.

Digo “Lo siento”,
dices “Lo siento”.

¿Eres un eco?    
No, eres todo el mundo.

Este himno a la empatía y otros poemas de la autora han sido publicados por primera vez en español por Satori Ediciones, editorial especializada en literatura y cultura japonesa, bajo el título El alma de las flores, con traducción de Yumi Hoshino y María José Ferrada.

Dos son los temas principales en los poemas de Kaneko: la dualidad microcosmos/macrocosmos y la ya mencionada empatía, ambos conectados por medio de la visión infantil. Y es que, cuando somos pequeños, el mundo es tan reducido que se limita únicamente a escenarios como el hogar, el colegio, nuestros padres y vecinos pero, al mismo tiempo, es tan enorme que un jardín puede parecernos una selva.

El microcosmos de Kaneko Misuzu es el de las abejas, las flores y los peces; pero la perspectiva infantil sirve como un lente que los hace tomar las proporciones de todo un mundo y, al mismo tiempo, es esta fijación de la mirada en los pequeños seres lo que motiva la empatía hacia ellos, al caer en cuenta de que tienen su propia vida:

No se lo diré a nadie:

Esta mañana, en el fondo del jardín,
una flor derramó una lágrima.

Porque si corre el rumor
y la abeja lo oye,

irá y le devolverá su néctar
como si hubiera hecho mal.

La obra de Kaneko pertenece al género dōyō: canciones y poemas de temática infantil. Destacan la sencillez de su vocabulario, la constante repetición de algunos versos y —algo que se puede apreciar gracias a la edición bilingüe de Satori— el hecho de que, en su versión original, la mayor parte de los poemas están escritos en el alfabeto hiragana (de tipo fonético) y se recurre poco a los kanji (de tipo ideográfico), ya que los niños aprenden antes el primero.

Pero estos poemas no son solo para niños. La melancolía y la tristeza, tan presentes aquí, apelan también a la niña y al niño que fue cada uno de nosotros, y la soledad que transmiten refuerza, a su vez, esa sensación de descubrimiento infantil cuando sirve de ventana a los pequeños mundos que nos rodean. Sin embargo, esta mirada no carece de malicia: Kaneko sabía que los niños pueden ser crueles y egoístas; e incluso aquellos poemas impregnados de cierta inocencia, las más de las veces implican, justamente, la pérdida de ésta a cambio de tomar conciencia de la vida de los demás —es decir, a cambio de la empatía y la destrucción de ese egocentrismo pueril—. Una niña cuenta con gracia que el perro de la señora que siempre la regaña murió para, al final, llorar al darse cuenta de lo triste que es eso; otra observa las fiestas de los pescadores después de una buena jornada y piensa en los funerales que se estarán llevando a cabo en el mar; una golosina robada al hermano se torna amarga; una pequeña se lamenta después de una pelea:

Me quedo sola,
completamente sola.
Me siento triste sobre la estera.

Yo no hice nada.
Ella empezó.
Pero aun así estoy triste.

Y mi muñeca,
ella está sola también.
La abrazo, pero aun así estoy triste.

Asimismo, y de forma algo paradójica, este cuestionamiento del ego y el descubrimiento de la otredad sirven también para reafirmar la propia identidad:

Por más que me balancee
no se producirá un bello sonido.
Y la campana que suena,
no podrá saber tantas canciones como yo.

La campana, el pájaro y yo,
todos diferentes, todos buenos.

Los últimos años de la vida de Kaneko Misuzu fueron trágicos. Se casó con un hombre que terminó cerrando la librería familiar que tantas alegrías y lecturas le había brindado, le prohibió escribir y reunirse con su círculo literario de amistades y le contagió una enfermedad de transmisión sexual. Finalmente, ella consiguió el divorcio pero él se vengó quitándole la custodia de su hija. Sumida en la depresión, Misuzu se suicidó a la edad de veintisiete años y su obra se tambaleó al borde del olvido hasta que el poeta Setsuo Yazaki, después de descubrir su obra mientras hojeaba una colección de poesía infantil, se dio a la tarea de rescatarla. Es gracias a su labor y a la de personas como Yumi Hoshino y María José Ferrada que la puerta al mundo de Kaneko Misuzu; el mundo de los insectos, las flores y los peces; permanece abierta y el eco sigue sonando.


Alonso Núñez Utrilla / Ciudad de México, 1990. Es licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha colaborado en las revistas Penumbria, Punto en Línea, Marabunta, Punto de Partida y Primera Página. En 2015 publicó la colección de cuentos Terapia de shock (Ediciones y Punto) y forma parte del proyecto digital Ipstori. Imparte talleres de narrativa para la Escuela Nacional de Trabajo Social y la Facultad de Medicina de la UNAM. También ha dado cursos sobre ciencia ficción y manga. Actualmente estudia en la Asociación México Japonesa.