14 marzo, 2022

Una (re)lectura de Carmen Nozal

de Eduardo Casar | Reseñas

Carmen Nozal, Poesía reunida. 1991-2021, Braun Ediciones, 2021, Ciudad de México, 372 pp.

Me da muchísimo gusto ver los poemas reunidos de Carmen Nozal (Gijón, España, 1964) porque, desde que la conocí en la Escuela de Escritores de la SOGEM, dije: “Aquí hay poesía”. “La poesía se advierte en muchos lugares”, decía José Gorostiza, y uno de los lugares privilegiados para advertirla es precisamente el poema. El poeta confecciona su artesanía con el lenguaje: el poema, y el lector —ustedes—: la poesía. Por eso, hay poemas que nos llegan y poemas que no consideramos poéticos.

Los de Carmen son excepcionales y ustedes lo van a poder advertir cuando lean esta Poesía reunida. Algunos de ellos pueden gustarnos más o menos, pero siempre vamos a encontrar una vibración del lenguaje, un movimiento del tapete que nos pone la lectura debajo de nosotros, donde tendremos que oscilar junto con el poema para encontrarlo.

Me gusta que se hayan reunido los poemas dispersos de Carmen. De hecho, tengo muchos libros suyos que están aquí antologados. También me gusta el formato de los libros delgados, transportables, portátiles, pero el hecho de ver una poesía reunida nos da cierta conciencia, asimismo, del tiempo. No de la evolución porque, en este sentido, no la evolución. Hay poemas de Carmen, tanto de los primeros como de los últimos, que tienen la misma intensidad poética. Se evoluciona en términos de edad, en términos deportivos, pero no en cuestión poética. Cada poema es una entidad con vida autónoma.

Una de las cuestiones que me agrada en poesía es que no se puede ponderar un poema solo glosándolo, contando de qué trata, sino que hay que citarlo literalmente, como las canciones. Cuando un poema nos conmueve, decimos: “Oye esto”, y leemos el poema para los demás. Cuando una novela nos conmueve, podemos contarla, contar una película o un cuento incluso (sin detrimento de las características de estos géneros); pero después de leer un poema uno no puede decir: “¡Ay!, es que acabo de leer algo que habla de que cae el sol y, entonces, los peces voladores brincan y se ve muy bien”. Uno tiene que decir: “Al golpe del oro solar/ estalla en astillas/ el vidrio del mar”. Y hacer ese haikú.

Dentro de las poetas mexicanas, Carmen resulta excepcional. Siempre que leo un libro de poemas, marco con rayas verticales debajo de la página y anoto si el poema me gustó o no. En el caso de Carmen, me encuentro subrayando el libro casi verticalmente.

¿Cuál es la célula del lenguaje poético? No es la palabra, sino el enunciado. Carmen hace una serie de enunciados que son reveladores. Pongo, para comenzar, un ejemplo de la página 41:

No quiero despertarte;
quiero que sueñes
y en una caja de hilos
ordenes tu pensamiento.

¿Qué hay ahí?: “y en una caja de hilos/ ordenes tu pensamiento”. Traigan a su imaginación una caja de hilos, que pueden ser o no enrollados, y vean, junto con eso, la acción de ordenar el pensamiento. Cuando esas realidades verbales y esas palabras se juntan, tenemos una revelación en el sentido en el que antes se revelaban las fotografías. Entran esas fotografías, esas impresiones ya escritas, dentro de la química de nuestra percepción y vemos algo. Algo que ella imaginó, pero que cada uno de nosotros concebimos de manera distinta.

“Y en una caja de hilos/ ordenes tu pensamiento”. ¿De qué color son los hilos de cada uno de ustedes? Quién sabe. ¿De qué grueso son esos volúmenes y esos enredijos de hilos? ¿Dónde se han anudado los hilos y dónde se han tergiversado con otros? ¿Qué hilo azul está haciendo el amor con un hilo blanco? Al leer el texto, cada uno lo imagina de manera particular.

Carmen tiene dos tipos de poemas: poemas que son una especie de cuento, de historia, de narrativa, y poemas que van sobre enunciados. No es una poeta que haga malabares sonoros. No está uno sintiendo que “al golpe del oro solar/ estalla en astillas/ el vidrio del mar”, como en el haikú de Tablada, sino que está sintiendo esos peldaños y, entonces, uno decide si sube o no por esa escalera. Para decirlo en términos de literatura infantil: desde “el principito” de sus poemas, ya uno sabe que está ante lo poético.

Hay zonas de poemas de pequeñas unidades. Destaco de esta esta magnífica edición el prólogo que hizo Óscar Oliva porque, así como las hormigas reconocen con las antenas a sus familiares, la afinidad familiar entre el tipo de poesía de Óscar Oliva y la de Carmen Nozal es muy grande. Leo un fragmento en la página 84:

Viajo a la sangre de mi casa
devoro mis apellidos
me confundo en el vientre de la noche
renazco sombra
me vuelvo nutria
mi piel amanece en sus hombros
Ella relincha
me convierte en piedra
me estrella contra su espejo
Soy una erre
escrita en un poema

“Soy una erre escrita en un poema”. Los poemas, cuando nos revelan lo poético de su golpe y de su luz, no nos esclarecen la verdad; nos están creando, a veces, enormes misterios. Carmen es una poeta que construye oscuridades y enigmas.

La poesía no solo va a decirnos: “Amé, fui amado, el sol acarició mi faz./ ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!” Muy bonito poema de Amado Nervo que sirve incluso de epitafio; cualquiera que se haya conformado con su vida puede usarlo. Pero también Nervio puede decirnos: “El agua mira el fin del mundo/ y el fin del mundo es un paréntesis” (p. 85). El fin del mundo es un paréntesis, ¡magnífica afirmación! Cualquier filósofo, cualquier científico nos diría: “Mira, no, el fin del mundo no es eso. ¡Cómo va a ser un paréntesis si es el fin del mundo!” En esa muerte sin fin, en ese fin del mundo, el fin del mundo es un paréntesis es algo que nos da un nuevo aliento para vivir, que está precisamente en toda esa protección e intimidad de un paréntesis. A eso me refiero: ¡Cómo, al contar palabras en un enunciado, esas palabras se vuelven poéticas! Cito otro poema, ahora de la página 58:

EL ESCONDITE

Vuelve.
Mis ojos son los niños que te lloran.
Se trepan a la luz para buscarte
en los breves colores del olvido
y hacer del universo un garabato.

Todos sus parques te recuerdan,
se tiran del tobogán
a las líneas de mi mano
y, entonces, huyes de ellas
como si de mi alma
se abriera un cuarto oscuro.

Pero no me temas como antes.
La fiera de mis años no tiene dientes
ni ganas de cazar más soledades.
La fiera ya no se mueve.

Mira el escondite
donde guardaba sus juegos
y al cachorro que perdió en una apuesta.

Qué voy a decirte ahora
que el tiempo no me enseñase.
Aprendí cómo tus ojos me veían
y como ellos te lloro.

Vuelve.
Aún me quedan charcos para que saltes.

Ese es el problema de los poemas: hay que irlos glosando, repitiendo, comentando, volviéndolos a decir. “Todos tus parques te recuerdan,/ se tiran del tobogán”. Se tiran del tobogán los parques, no los niños. “Se tiran del tobogán/ a las líneas de mi mano”… Vean esa continuidad que se ha hecho geométricamente entre la bajada de un tobogán y la geometría imaginaria que tenemos, en donde se supone poseemos otros toboganes: las manos. Una gran novedad.

Hay una cosa llamada “sabiduría popular”, que es muy poco sabia y consiste en lugares comunes. “Ah, es que te conozco como a las líneas de mi mano”: quiero, por favor, que alguien describa o dibuje la línea de su mano. En cambio, en este momento, en esta telaraña de significados que está abriéndonos y aportándonos y creándonos y enseñándonos por primera vez el poema, vean esa desembocadura que hay del tobogán hacia la mano.

“Pero no me temas como antes./ La fiera de mis años no tiene dientes”, no es lo mismo a decir: “Bueno, con los años he perdido un poco la limadura de mis dientes”, “ah, no, ya con los años ya tengo un puente que me puso tal…”, etcétera. “La fiera de mis años no tiene dientes/ ni ganas de cazar más soledades”: vean el arrinconamiento sobre la propia interioridad del poema que nos dice Carmen, que nos construye en esa casa, en esa pura sensación.

La poesía, hay que leerla despacio. Un poema no se lee: se relee. Al momento que nos topamos con algo que se mueve en un poema y tenemos la sensación de la poesía, lo primero que hacemos es volver a leerlo y, luego, volverlo a leer.

“Aprendí cómo tus ojos me veían/ y como ellos te lloro”. Un “cómo” que lleva acento y un “como” que no lleva acento, un “cómo” de adverbio exclamativo y un “como” de adverbio relativo: “Aprendí cómo tus ojos me veían y como ellos [es decir, al igual que tus ojos] te lloro”. Qué cantidad de complicaciones.

La poesía crea, como decía Baudelaire, un “bosque de correspondencias” entre las palabras. A la hora de escribir, Carmen lo hace con la libertad de haber creado durante mucho tiempo, durante mucha soledad, durante mucha compañía, estas posibilidades de movimiento.

Quiero citar otro poema que, ahora que ya viene el invierno, nos viene muy bien. Está en la página 114. (Lo bueno de los libros es que, como están numerados, sus poemas siempre se quedan ahí.)

INVIERNO

La luz
ojos de niña
para mirarnos frente a frente
Un río vencerá todos los mares
El semen nevará sobre los muertos

Pregúntenle a sus abuelos si esto les parece poético, “El semen nevará sobre los muertos”. Algunos dirán: “No, es pornográfico”. Pero piensen en las significaciones que se abren con ese enunciado y busquen la impronta, la tesitura, la cordialidad de la palabra y su aspecto cromático, todo lo cual hizo que Carmen pensara en la correspondencia entre nieve, donde se dejan las huellas, y semen.

Esta Poesía reunida nos da la oportunidad de entrar en una zona que, como decía Marianne Toussaint, tiene que ver con la Divinidad; no con una necesariamente religiosa, sino con lo Otro, lo diferente, el Numen del asunto. La poesía es algo que anda por ahí y que, al jugar con las palabras, al ponerlas unas frente a otras, la palabra —semen e invierno, por ejemplo—, nos abre caminos y nos hace navegar por significaciones desconocidas, que repercuten en nuestro propio imaginario.

 

Presentación transcrita por Maximiliano Cid del Prado, revisada por la Redacción del PdeP, y ofrecida el lunes 8 de noviembre de 2021 en el Auditorio Divino Narciso de la Universidad del Claustro de Sor Juana.


Eduardo Casar / Ciudad de México, 1952. Doctor en Letras y profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Autor de varios libros de poesía, entre los que se encuentran Noción de travesía, Son cerca de cien años, Caserías, Mar privado, Parva natura y Habitado por dioses personales, así como de un libro cuentos para niños y una novela. Ha conducido varios programas radiofónicos y es co-conductor del programa de televisión La dichosa palabra, de Canal 22. En 2015 obtuvo el Premio Universidad Nacional, en el área de Creación Artística y Difusión de la Cultura, y en 2009 el Certamen Internacional de Poesía “Letras del Bicentenario Sor Juana Inés de la Cruz”.