14 marzo, 2022

No entiendo por qué las abejas deciden morir en casa

de Valeria Mussio | Inéditos

 

no lo hagas

si prendés fuego un animal que vive
va a correr huyendo del dolor
sin saber que es imposible desprenderse
de su propia carne que se incendia
el animal
prendido fuego
correrá
y sus pies calientes van a causar
la destrucción completa de esta casa
que existía mucho antes que nosotros
los que aprendimos a hacer fuego con las manos
e intentando salirse de sí mismo, va a provocar
un incendio forestal incontrolable
hasta que sus miembros chamuscados se desmayen
dejando restos que descansan libres
de culpa, de juicio y de recuerdo
porque casi todas las catástrofes que conocemos
se originan en un cuerpo maltratado
que no pudo frenar con el dolor.

 

no sé si te conté alguna vez mi teoría estúpida
pero estoy tan segura como para jurar
sobre lo más preciado que tenga que puede ser
este sándwich de palta y queso que sostengo con la mano,
que aunque no tenga forma de probarlo
estoy segura de que soy estéril.
mi argumento se funda en
nada, en la sensación de que mi cuerpo
no puede darle vida a cosas que no sean
coágulos de sangre o sentimientos
tristes que se vuelven rápido
formas torcidas que tropiezan
entre las cosas que están
bien hechas.  claro, no voy a ser tan tonta
de permitir que nosotros pongamos
una criatura en el mundo sin querer,
dos personas que se encuentran
jóvenes en la tierra y edifican de a poco
algo defectuoso que mame
el petróleo que sale de los agujeros
que deberían despedir nuestras lágrimas.
en este punto nos encontramos en la playa,
tu cuerpo recordándome que tengo
un cuerpo, mis brazos salados y rígidos que apenas
se dejan rozar. quizá sientas que tengas que decirme
que me querés más que nunca en este instante pero
ya sé que no es así, sé que estás solo y que yo
estoy acá, y cuando intentes tocar
mi estómago se va a volver
arena, que se va a confundir con más
arena, que se va a ir mezclando con esta
tierra seca que no se puede cultivar

 

ritos funerarios

no entiendo por qué las abejas deciden
morir en casa, por qué una vez que entran
por la ventana ya no pueden
salir, cómo es que se marean
tanto que confunden este vidrio
esmerilado y difuso con la claridad
del aire que las llevó
hasta esta altura insólita.
me decís que si las abejas caen
al suelo y no remontan
vuelo es porque tienen sed, y yo
ajena a los comportamientos animales
les acerco agua en la tapita de una botella
que ignoran completamente mientras agonizan
justo al lado de las flores que podrían
comer. pienso: cada edificio que construimos
le quita a alguien una montaña,
y algunas montañas que conocemos
simplemente como cúmulos de tierra
y rocas accidentalmente altas son
en realidad
cementerios antiguos.
como ese cerro triangular en el medio
de comodoro rivadavia, ese que de noche
se desprende de a poco en las tormentas
de viento más violentas que pasé
en mi vida. este edificio es un cementerio
de abejas, específicamente, mi casa.
dejo los cadáveres algunos días
en el piso respetando el tiempo
prudente que un alma requiere
para abandonar la materia, o más bien
últimamente estoy triste y me cuesta
limpiar. la casa es vieja y aunque intento
luchar contra el decaimiento
de los materiales me supera
el hecho de que, eventualmente,
todas las cosas se desvanecen; así
asistimos a la destrucción lenta
de lo conocido: yo refrescándome
con la losa, a mi alrededor
cadáveres de insectos, mi perro
lamiéndome los pies, por la ventana
entra el sonido del tren que llega
y otra abeja se mete para morir;
yo simplemente espero.

 

no creo que sepas el efecto que causás en mí, pero no dejes que nadie te convenza de que no existe tu belleza

con esto que siento por vos puedo entender
lo que hace unos años me pasó con ella:
quisiera contarte sobre lo que es
ser un cuerpo que crece sin ternura
y que alguien te acaricie el pelo
por primera vez. quisiera contarte sobre
lo que un cuerpo malnutrido es capaz
de hacer por vivir
eso de nuevo. tal vez no te resuene
para nada, pero a la luz de vos
cobra sentido lo que pasó con ella,
en ese momento también
intenté asimilarla a mi cuerpo y así
de a poco la fui deshaciendo
hasta empujarla lejos de mis manos.
ahora crecí un poco pero vos
sos más viejo que yo
y no voy a pretender que no se nota,
dudo mucho que entre tus clavículas
y la última de tus costillas esté prendida
la misma hornalla que despacita me quema
a mí, a mí por dentro.
voy a hacer un esfuerzo para no
arrasar con tu casa, pero si supieras
que si pusieras una mano tuya
ahí, donde arde
atravesarías mi pecho que se torna
blandito y se derrite con el mimo de cualquiera
atravesarías mi pecho que de a poco
deja ver un animal que lento
muy lento
se resquebraja
para dejar entrar solo
lo que se siente como esa primera vez
que alguien pasó una mano suave
por mi cara. voy a hacer un esfuerzo
por dejarte ir tranquilo y no volver
a quemar lo que amo intentado
evitar el derrumbe
quiero aprender
una relación tierna con la ternura
relajada, con confianza
como quien sabe que las frutas
siempre surgen en la estación que corresponde
no como un lobo
que cuando tiene la comida entre los dientes
la destroza.

 

Puedes seguir a la autora en su cuenta de Twitter: @unglitchin

 


Valeria Mussio / Tres Arroyos, Buenos Aires, Argentina, 1996. Es Licenciada en Letras por la Universidad Nacional del Sur. Dirige la editorial digital Matrerita y es parte del equipo de la revista Poesía Sub25. Realiza videoclips que se pueden ver en su canal de YouTube y sube sus poemas al blog hastaprontoquerida.tumblr.com. Es autora de los libros Manual de supervivencia para un ataque de ira y ¡Hasta pronto, querida!