21 marzo, 2022

Aún nos reunimos al ver fuego

de Bernardo Carbó | Inéditos

Invierno

Un ratón en la cocina hace como que no me ve. En el filo de su ojo, veo la prisa en recoger migajas. Parece que pegara su brazo al torso y escogiera manzanas en el mercado. Llámame ilegal, no indocumentado. Acta de nacimiento, tengo; huellas dactilares, en sus archiveros. Suena el teléfono y es un número de México: “Espero que el frío no esté muy duro”. Madre, no ha caído la primera nevada y los ratones ya barrieron el piso.

 

Peste

¿Pena de muerte? Se la ganó el mosquito por zumbón; se la ganaron dos, tres bichos cuyos nombres no quise aprender. ¿Y el ratón? Llámale peste. Remojar el pan en la sopa es una de las pocas tradiciones que no odio.

 

Guerra

Si a tu abuela le da escorbuto, no voy a llorar. Si famélicas bestias se asomaran por mi ventana, ¿se compromete el egoísmo a ser piadoso? Cuando sea niño, haré un montecito de sal, lo sacudiré en el mantel y dibujaré círculos con mi dedo. Mi padre me arrebatará el salero y me contará de las guerras milenarias por un simple mineral. Ya no me aburras con política, le contestaré el día que me advierta que yo no sé lo que es pasar hambre.

 

Elegidos

Todos los hombres son iguales, lo dice la Declaración de Independencia de Estados Unidos; también lo dicen sinfín de refranes para hablar de alguien perezoso, incomúnico y promiscuo; carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, fósforo y azufre. Alrededor de la fogata, el vaquero manipula cuerdas con sus dedos; la guitarra hace eco de sus intenciones; brinca el ritmo en un trance de serpientes. Mi talón derecho golpea el piso, las yemas de mis dedos hormiguean y mi expresión se infla como un pan. No importa cuánta tecnología haya, aún nos reunimos al ver fuego.

 

Fruta

El demonio es el progreso, es pura fruta del conocimiento. Qué sensual es la olla de acero, qué estéril, qué brillante; qué cosas tan fantásticas salen de las minas y del petróleo. En la parroquia dicen que nacimos pecadores; dicen que si me amanso venceré mis adicciones; dicen que tenemos las herramientas para liberarnos si se las entregamos; dicen que soy su puta y que las putas buenas serán recompensadas.

 

Afecto

Aquí en el rancho le llaman “romper al caballo”. No he olvidado una sola palabra en español, pero en la ciudad jamás oí un sinónimo violento para domesticar. Una vez que el caballo reconoce el peso de la silla para montar como el suyo, una vez que el caballo admite las órdenes del jinete como las suyas, aseguran los rancheros que su relación más íntima es con el animal. ¿Será? Después lo somete, después lo apapacha. A falta de cuerdas vocales, el caballo agradece lamiendo un cubito de sal desde su palma extendida. Ya se irá el vaquero a cenar filete, ya se irá a beber güisqui y bailar con sus botas de serpiente. Si tuviera pulgares, el caballo se quedaría en casa a lavar los trastes.

  

Oración

En la mesa, agradezco en silencio a quienes no tuvieron voz: a ellos en sus jaulas, a ellos en su martirio, a ellos paralizados, a ellos quienes nacieron sin pulgares para huir del cerco. Yo mastiqué sus retazos y se los di al perro por chiclosos. “Amén”, dicen los padres de mis amigos al terminar la oración. Yo asiento y sonrío. Son buenas personas.

 

Voz

Estoy enamorado de tu novio. No te preocupes, a él no le interesa. Soy un mendigo que no rompe en llanto cuando le dicen “ahorita no”. Cada vez que lo abrazo, puedo ver cómo en mí se desdoblan helechos. Él lo sabe. Desde mi piel, a medio milímetro, sé que hay un universo al que no puedo acceder. Cuando lo abrazo, siento que es media noche, lo busco y solo veo hacia adentro. No he olvidado palabra alguna en español, solo que ya no hablo con vaqueros; prefiero escuchar a los caballos.

 


Bernardo Carbó / Ciudad de México, 1988. Vive desde hace muchos años en el Viejo Oeste de los Estados Unidos, donde descubrió su pasión por la naturaleza, la música y la actividad física. Es autor del libro se cuentos Cicada (2020).