19 agosto, 2019

Otra selva arquitectónica

de José María Espinasa | Reseñas


Sergio Briceño González, En concreto (Xilitla), Ediciones Sin Nombre, México, 2019, 75 pp.

La palabra concreto, según el contexto en que se use, puede despertar en quien la escucha reacciones no sólo muy diversas sino hasta encontradas. Por ejemplo, si un filósofo nos dice “en concreto” no entendemos lo mismo que si lo dice un arquitecto, y aún menos un poeta. En este último campo hay que recordar que, en Brasil, hubo un movimiento muy importante que se conoció como poesía concreta. Si ponemos frente a frente al pensador y al aeda, es probable que lo concreto para uno resulte abstracto para el otro o a la inversa, pero no es el caso aquí porque tenemos que entenderlo, creo, en sentido arquitectónico. Y eso tiene que ver con el horizonte sobre el que está escrito este poemario: Xilitla, las ruinas modernas de Edward James en San Luis Potosí.

Es frecuente encontrarnos poemas que dialogan con las artes plásticas, con la música y la danza, con el cine y la fotografía, con el diseño y la comida, pero no es tan frecuente que lo hagan con la arquitectura. Sí, a veces, con las ruinas de ella si se trata de Roma, Grecia o Uxmal; en este caso, como dije, se trata de ruinas modernas, o más precisa y paradójicamente, de ruinas nuevas. Lo que nos llevaría a discutir el significado de la palabra “novedad”. En todo caso, la selva arquitectónica edificada por James en la Huasteca potosina nos introduce en ese universo edificado sobre contradicciones y afirmado en lo inútil que nos fascina e hipnotiza. Tal vez ustedes han experimentado esa sensación cuando, en una ciudad como la nuestra, ven una escalera a medio terminar que no llega a ningún lado, un puente sin orillas, unas orillas sin río, un río sin cauce; es decir, parejas disparejas, que encuentran su sentido en la intuición de la ausencia de él.

Sergio Briceño González (Colima, 1970) quiso explicarse su arrobo ante Xilitla y recurrió a la poesía. Y lo hizo con una pertinencia notable, al asumir el poema como un diario de ese arrobo, de esa hipnosis. El viaje —el camino— a Xilitla tiene algo de iniciático, se llegue por donde se llegue, sea desde Ciudad Valles, desde San Luis Potosí o, como lo hice yo la primera vez que fui, cruzando la Sierra Gorda. Ese cruce es ya una experiencia en sí: pobreza y desolación; eso que llamamos, con precisión notable, un peladero. Y uno que no se acaba nunca, que se llega a imaginar infinito y que sólo la sensación casi festiva de bajar hacia el valle (y sentir que se lo deja atrás) puede compensar. Y en el horizonte, en el espacio futuro, la humedad y el follaje de Xilitla sobre el concreto de esas construcciones tan imaginadas como reales.

Lo primero que me sorprendió de Briceño, un poeta premiado y con varios libros en su haber, fue su capacidad de manejar a la vez un cierto tono coloquial y una síntesis anímica y verbal: palabras precisas y ritmo conversado. No es fácil. A la vez consigue también dar la sensación de una quietud en movimiento. Es como si su verso se hubiera vuelto enredadera de las formas de James entre el bosque tropical, o como si tuviera la libertad de las caídas de agua que le dan su música a ese lugar imaginario que ha conseguido seguir siendo imaginario al volverse real. No es que Briceño recree Xilitla, sino que se vuelve eco y acorde de su música. En la página resuena la visión que una visión provoca: una visión al cuadrado o al cubo, en la que el poeta se descubre a sí mismo al descubrir esa fantasía (insisto en llamarla así) de un surrealista en tierras extrañas —aunque Breton dijera que son las del surrealismo.

Otro acierto de Briceño es no dejarse seducir por las sirenas surrealistas: el libro tiene que ver con Xilitla, pero no con el surrealismo. La alusión a la poesía concreta brasileña viene aquí a cuento: la concreción de este libro es muy distinta. Aquella tiene que ver con la forma, esta con la materia. Busca una manera de comunicar lo elemental de la experiencia, lo que tiene que ver con la materia. Porque esa materia, como la palabra, aunque sea concreta, está viva, es sentido. No otra cosa buscan los surrealistas en el encuentro de lo antitético y azaroso, la máquina de coser y el paraguas sobre la mesa de disección. Volvamos a la expresión “en concreto”. Puede ser terminante y autoritaria: te digo esto en concreto, no admite respuesta que no sea asentimiento. Pero también puede ser utilizada como sinónimo de evidente: lo que ocurre —en concreto— es esto. O de permanencia: “en concreto”, esa escultura te durará más. Experiencia o material, en Xilitla el concreto vuela y crece, da libertad a la materia.

El viaje a Xilitla termina por encontrar el viaje estático. Hay jardines que han imaginado el paraíso. Pienso en un referente anterior a Xilitla: Bomarzo; o en uno legendario, como la Alhambra, e incluso en uno mitológico: Babilonia. Xilitla es distinto, se nos presenta como un paraíso al que no podemos sino entrar, nunca salir, y menos ser expulsados de él. Sin embargo, Briceño inicia un diálogo con Xilitla como quien va a un templo. Así me imagino esos lugares en los que no he estado: Éfeso, Lourdes, Jerusalén. Xilitla es un templo con la presencia de lo divino, pero sin dioses. Una religiosidad extraña circula por el poema, dispuesta aunque descreída. Y esa, quizá, resulta la mejor virtud del libro: su unidad como poema. Es muy difícil separarlo en sus partes y pensar en un ejercicio antológico. Como en Xilitla, su sentido está en el conjunto, hay algo de condición orgánica, y el poeta parece decirnos: aquí, en este espacio construido por mí, se convoca la presencia de esos dioses que, según nos dijo Nietzsche, nos han abandonado.

En concreto es un libro que irá decantándose en el gusto de los lectores hasta volverse imprescindible, y que tiene un elemento llamativo: su condición arquitectónica ya mencionada. Se ha dicho que, por ejemplo, los autos sacramentales —tan importantes para la literatura en español— sólo tenían sentido en el contexto de una cultura cuya religiosidad vivida esevidente; si desaparece su espacio, desaparece el género. Hay, desde luego, algo de auto sacramental en esta poesía. Casi podríamos imaginar una puesta en escena de ella.


José María Espinasa / Ciudad de México, 1957. Poeta, ensayista y editor. Es editor fundador de Ediciones Sin Nombre y director del Museo de la Ciudad de México. Fue secretario de redacción de las revistas Tierra Adentro y Casa del Tiempo, así como del suplemento La Jornada Semanal. En Piélago (1977-2007), publicado por la UNAM, reunió buena parte de su poesía escrita. Es, asimismo, autor de múltiples volúmenes de ensayo.