26 agosto, 2019

La ruta múltiple de Elsa Cross

de Minerva Margarita Villarreal | Ensayos



La obra poética de Elsa Cross (Ciudad de México, 1946) es amplia y compleja. Abarca no sólo su propia creación, sino una serie de hallazgos que, tanto en su trabajo de traducción como en sus ensayos, revelan una preocupación pertinaz: en un principio, por establecer puentes, y más allá —lo demuestran algunos de sus libros—, por explorar caminos inéditos y en ocasiones peligrosos, en los cuales se ha internado para conferir, a través de la palabra, realidad a lo inexistente.

La brújula en aquel viaje múltiple es el lenguaje, uno bastante rico, preciso, que anuda pensamiento y emoción, y permite alumbrar pasajes donde confluyen, desde abordajes diversos, infierno y paraíso, adversidad y gloria. Cross se ha internado en el mundo de los dioses de diferentes culturas. En su obra están presentes las divinidades griegas, pero también Cristo como personaje, como celebración, y rinde homenaje al politeísmo hindú con poemas dedicados a sus distintas deidades. De igual manera, está presente el mundo árabe y la cultura de los tuaregs de tradición nómada del desierto del Sáhara. Uno de los libros señeros de la poesía mexicana de los años ochenta —en el cual se alcanza la perfección y el lenguaje logra gloriarse en una suntuosa cadencia rítmica que explora paisajes inusitados y sorprendentes estados de conciencia—, es El diván de Ántar, que quizá tenga más que ver con los Cantos de los Oasis del Hóggar, explorados por Saint-John Perse, que con el Romance de Antar, la gran epopeya caballeresca árabe. De igual modo, prevalece un largo aliento potenciado.

Dar vida y poner a circular mitos de distintas culturas en sus poemas, invocar en ellos a dioses y santos, descender a los terrenos de Hades y participar de viajes al inframundo hasta ofrecernos sus frutos desgarrados, es una tarea que implica el ofrecimiento de la vida. Su propia vida.

Cross es una poeta fiel a una misión que le fue conferida, tal vez, sin que ella misma lo advirtiera. Porque su poesía es una mediación. Mundos distantes en el tiempo y en el espacio tienen la posibilidad de convivir en su escritura. Y no solo eso: este correlato ofrece respuestas reales, contundentes y sabias a cuestionamientos que hoy nos podemos hacer desde nuestro profuso vacío. Quienes participamos de su poesía ingresamos en una franja fronteriza que une lo real con lo imposible. Los migrantes que queremos pasar al otro lado debemos tener una visa hacia la conversión. Porque no se trata de mudar de patria, sino de abrirnos al umbral sin muros ni puertas donde lo invisible puede ser visto con los ojos internos de la contemplación, de la meditación continua y de la entrega. Con los ojos del sueño que despierta la poesía. El templo se ha derrumbado o nunca fue construido, pero la meditación lo edifica y lo trasciende, internamente, centrando a la palabra en lo sagrado.

Cuando hablo de conversión no me refiero a ningún credo ni práctica religiosa. Suscribo la posibilidad de encontrar en la poesía la fecundidad del espíritu. Cross logra consolidar un territorio de convivencia entre el mundo de la mitología griega y una playa de México, por ejemplo, donde hay ojos que te observan desde las hondas y cristalinas profundidades, ojos que ven salir a Venus naciente de sus aguas y que saben de una lo que jamás imaginaría. El territorio de convivencia fusiona eternidad e internidad, y permite el traslado. Somos, en las páginas de Cross, flores y pájaros, sierras, vapores, nubes que transmiten la voz divina. La meditación se convierte en canto, un canto que se eleva y alcanza a ser escuchado por los oídos de Dios. El círculo se cierra. Y participan diversas modalidades de la poesía: elegías, odas, ditirambos… Así nos lleva a la noche lírica griega; nos trae a las Oceánides, hijas del mar, a las Níctides, hijas de la noche, y a las Bacantes.

Esa capacidad de promover situaciones en las tramas de su creación proviene de varias fuerzas que la poeta ha ido ejercitando a lo largo del tiempo, desde su primer libro publicado en 1964. Cross ha tenido hambre de ser, pero la poesía la llevó más allá y su ser es la escritura que ha conformado: incitador, abierto, aventurero. Una poesía diáfana que promueve pasajes inquietantes donde los sueños disputan sus presencias con la realidad “despierta”. Un ser activo en la quietud, cuyas potencias —la inteligencia, la imaginación y el conocimiento— se someten al aliento de la divinidad.

Su poesía es también un trayecto al cielo, una carretera aérea donde planean las aves y se elevan los vientos y, con ellos, nuestros cuerpos que exigen el tránsito hacia esa frontera.

La producción de Cross reúne poemas en los que la exploración de imágenes y el ritmo sostenido bajo la ruta de un creciente saber lírico llegan a plasmar un aliento cadencioso, un erotismo desarmado. Varios de sus registros ponen sobre la mesa una visión mística y, en ocasiones, una mítica introspección en la que convergen el mundo prehispánico, la cosmovisión griega y el pensamiento oriental. En algunos de sus libros, la autora nos conduce por esta múltiple experiencia en trayectoria ascendente.

El hecho de que, por otra parte, sea una traductora que ha vertido al español libros de distintos tiempos y lenguas, la coloca como un puente entre tradiciones y culturas. No sólo tradujo Innana. Reina del Cielo y de la Tierra, de casi cuatro mil años de antigüedad, sino también a poetas que continúan nutriéndonos del orbe clásico al renovarlo en sus creaciones, como Ruth Fainlight e Yves Bonnefoy. Así, Cross conecta pasajes, símbolos y frutos atravesados por un misterio que abreva en la fuente de mitologías y religiones primigenias.

En el apartado “Las celestes y rojas utopías” de su libro Los dos jardines. Mística y erotismo en algunos poetas mexicanos (2003), Cross incluye un ensayo sobre la poesía de Ramón López Velarde. El paisaje interior lopezvelardeano, que influye en el erotismo de los cuerpos que se cruzan en la obra de Cross, se ve complementado por un paisaje vasto y supremo, una geografía que abarca sierras y montañas, ríos y mares, precipitaciones, olas de arena y pactos de agua que mucho tienen que ver con Manuel José Othón. En la lírica de nuestra poeta ambos influjos toman un cauce propio, se fusionan y elevan bajo la égida de un camino inaugurado por Octavio Paz.

La obra de Elsa Cross, como dijimos antes, es una indagatoria constante del ser y su aspiración de trascendencia. Es en este punto donde la filosofía, disciplina a la que se ha dedicado como maestra, y la poesía, vector de su creación, se dan la mano para consolidar un proyecto lírico de gran envergadura.

* Palabras leídas en la ceremonia de entrega del Premio Iberoamericano de Poesía “Ramón López Velarde” a Elsa Cross, el 4 de julio de 2019.


Minerva Margarita Villarreal / Montemorelos, Nuevo León, 1957. Es autora de una veintena de libros de poesía. Ha sido galardonada con el Premio Nacional Alfonso Reyes 1990, el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 1994, el Certamen Internacional de Literatura Letras del Bicentenario-Sor Juana Inés de la Cruz 2010 y el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2016, entre otros. Premio de Poesía Hispanoamericana del «Festival de la Lira», en Ecuador, 2017.