28 septiembre, 2020

La tierra no se adapta a lo que el cuerpo le pide

de Tamara Tenenbaum | Inéditos

No sé, lo leí en un poema

Leí en un poema
que no tener padre
se siente como una
ausencia
que crece,
como
un árbol.
No sé, Sylvia.
Es verdad que crece
pero más
como un tumor
porque no va todo
hacia el mismo lugar
y mucho menos
hacia arriba.
Te lo encontrás
en rincones impensados del cuerpo
como protuberancias, como tubérculos,
como lunares
con bordes feos
o pelotas duras en lugares
que deberían ser
blandos.
Y si llegás muy tarde
solo se lo puede matar
con algo
que un poco
también
te mate a vos.

 
Hasta un reloj parado

A veces pienso
en Nurit, en Adela,
en Sarita. Las chicas del colegio
que hoy están casadas
y tienen muchos hijos
y no tienen nada más
(o eso me digo
a mí misma
porque tenerle lástima a gente
que vive distinto
es mi deporte favorito
y porque juzgar así
lo bueno y lo malo
lo justo y lo triste
me parece a la vez
una forma de coraje
y una de cobardía).
Me pregunto qué estarán haciendo
en un instante determinado
cuando yo estoy yendo al banco
a canjear un cheque
o entregando algo
para vivir
y pienso
que debe haber momentos
en que yo estoy en mi casa, mirando tele
y ellas están en las suyas
haciendo eso también
o que yo estoy en casa
cogiendo con alguien
y ellas en las suyas
haciendo lo propio
(the proper thing
to do)

con sus maridos
y estamos haciendo lo mismo
como esos relojes parados
que dos veces por día
dan la hora.

 
Génesis de las copas

Vivo en la casa de mis abuelos. En la primera casa
que tuvieron mi abuela,
maestra de tanaj,
y mi abuelo, que a veces trabajaba
pero en general no. Tengo unas copas
de cristal verde
de una época en que él tenía
un trabajo en la Embajada
(la de Israel), y justo se enteraron de que Eichmann
estaba escondido en la Argentina
levantaron la Embajada
y todos los empleados
se quedaron con algo. Después volvieron
a armar la Embajada
pero mi abuelo nunca devolvió
las copas. Y ahora son mías. Son de un cristal
tan finito
que a veces siento
que podría
romperlas con los dientes. Casi nunca las uso
pero una vez las saqué
la noche que vino a casa
una chica
con una serpiente tatuada
a la altura de la clavícula
y yo quería contarle esta historia
porque para darle un beso
me faltaban agallas.

 
Reconocimiento de terreno

Conozco la tierra.

Siempre me costó dormir
en superficies blandas.
Mi espalda enroscada precisa
un contrapeso
tan fuerte como yo
como mis huesos.
Si pudiera elegir dormiría
todas las noches
sobre un banco
de tierra mojada.
La tierra no se adapta
a lo que el cuerpo le pide
y está bien
porque hay cuerpos
que son como el mío.
Cuerpos equivocados
errados.
No saben lo que quieren.
Piden lo que les hace mal.
Lo que los encoge y los destruye.
Lo que los retuerce
como a un repasador
que usaste
para limpiar leche derramada
y queda para siempre
con olor
a leche podrida.

Hay gente que besa la tierra
cuando llega a Israel
aunque sea tierra de baldosas.

Los sefaradíes
entierran a sus muertos
sin ataúd. Como en la ciudad
está prohibido
por disposición municipal
llevan el cajón
lo rompen en pedazos
y después los tiran al agujero
primero los tablones
después el muerto.

Los soldados israelíes
cuando llegan a un lugar
a hacer la guerra
lo primero que hacen
es un reconocimiento de terreno.

En los campamentos del Once
jugábamos a eso: nos despertaban
en la mitad de la primera noche
y nos hacían salir
en pijama
descalzas
a conocer la ternura
y el sabor a hierro
de la tierra.

 

* Estos poemas pertenecen al libro Reconocimiento de terreno, publicado por la editorial Pánico El Pánico.


Tamara Tenenbaum / Buenos Aires, 1989. Escritora y periodista. Es autora del libro de ensayos El fin del amor (2019), del libro de cuentos Nadie vive tan cerca de nadie (2020), por el que ganó el Premio Ficciones del Ministerio de Cultura en 2018, y del libro de poemas Reconocimiento de terreno. Colabora en medios como Infobae, La Nación, Anfibia y Vice, entre otros.