28 septiembre, 2020

Escribir nada más sobre insistencias

de Jordi Doce | Reseñas

Tomás Sánchez Santiago, Este otro orden. Poesía reunida (1979-2016), introducción de Álvaro Acebes Arias, Editorial Dilema, Madrid, 2019, 510 págs.

 
Desde el título mismo, Este otro orden, se hace referencia al título de uno de los últimos poemarios de su autor, El que desordena, publicado originalmente en 2006. Un título, sobra aclarar, con una vocación claramente autobiográfica; o, mejor dicho, metapoética, en la medida en que venía a definir la naturaleza del empeño poético. El poeta, así, en el poema inaugural de aquel libro, era, entre otras cosas, “el que no se conforma y rompe/ los espejos”, “el que abre por el centro las palabras/ en busca de otra luz”, “el que corrige su propio aliento”, “el que enciende la lengua/ y desordena”. Ese acto de desordenar, pues, tiene que ver con el lugar de la escritura en relación con lo real, con la posición del poeta en el mundo —un ángulo de visión oblicuo, un lugar casi furtivo, buscado y asumido cabalmente—, pero supone también la voluntad de proponer desde la escritura, en la escritura, un nuevo orden: este, el que aquí encarna o se encapsula. Este otro, el que se despliega en estas páginas.

No es poca ambición. Hay, desde luego, un elemento de reparación en este empeño. Reparar el daño, las injurias del tiempo o del prójimo, las secuelas más o menos perdurables del apartamiento o el menosprecio: “hacer incandescencia de lo calcinado”, como escribió con tinta morada en la hoja de respeto de mi ejemplar de Pérdida del ahí (2016). Hablo de reparación en un sentido de hacer justicia. En los poemas de Tomás Sánchez Santiago (Zamora, España, 1957), desde aquel remoto y juvenil Amenaza en la fiesta de 1979, tiene lugar algo así como un acto de transferencia que es también de sustitución: el yo se hace a un lado, busca las callejas y laterales de una vida, se vela o difumina a conciencia para poner en el centro de la escena el “resplandor tardío” de las cosas humildes, de la minucia doméstica u hogareña, de los rostros y cuerpos que trajinan lejos de las grandes avenidas mundanas; ese “murmullo del mundo” con el que ha titulado sus diarios y cuadernos de notas, escritos desde el mismo lugar y con parecido empeño. Donde haya seres indefensos lejos del poder, allí estará el poeta: cerca de las cosas, “seguro en la extrañeza”. Se trata de reivindicar —como lo hace esta escritura, sin estridencias, sin trampas ni falsos reclamos— la dignidad tácita de la vida allí donde se cumple y cobra sentido. Ese sentido se da siempre en el tiempo, como quería Machado, y tiene que ver con lo concreto, con las cosas, con el amor a las cosas y las manos que las toman y los cuerpos que conviven con ellas.

Y ese sentido, como señala con acierto Álvaro Acebes Arias en el largo y detallado estudio que abre este volumen, emana también de un espacio muy concreto, que es el espacio nutricio de la infancia y primera juventud: el hogar familiar, la tienda del padre, un ámbito de zaguanes y galerías y altillos y corredores y puertas que llevan, en fin, a esa calle Feria de Zamora que protagoniza la novela homónima de nuestro autor. Las abstracciones, en esta poesía, tienen que ver no tanto con categorías intelectuales o de pensamiento —y menos aún con ese fondo neoplatónico tan habitual en nuestro simbolismo—, cuanto con códigos de conducta o guías morales: discreción, parsimonia, respeto, dignidad, higiene… Es algo que conviene tener en cuenta cuando hablemos, más adelante, de la relación del autor con su lengua, con las palabras del poema.

Hablé antes de reparación en el sentido de hacer justicia. Pero hay también un elemento de corrección en ese querer poner nuevo orden en lo real. Es un orden frágil y casi invisible —y quizá poco perdurable— que solo existe en el poema y en sus lectores. Con todo, sin ese anhelo de justicia correctiva no se podría entender, me parece, un empeño poético sostenido con fe y dedicación durante más de cuarenta años. Un empeño que ha aprendido a convivir a lo largo de los años con la dedicación igualmente obsesiva a la prosa, de la que ha tomado lecciones y hasta se ha contaminado, y que ha dictado su evolución como poeta hasta Pérdida del ahí.

Si leo los primeros libros hasta En familia, publicado en 1995, parece que la palabra de Sánchez Santiago se va asentando y afinando hasta llegar a ese libro nuclear, que vale tanto por lo que es como por lo que anuncia: la imantación barroca de la sintaxis y el léxico —y es claro, sin incurrir en falacias biográficas, que algo tiene algo que ver la lectura y el magisterio de poetas como Carlos Barral o Jesús Hilario Tundidor—, que en Vida del topo genera incluso una escritura que ronda los predios novísimos (“Serenas cornamusas dañan el lago, el circo/ helado en que perviven ocultas formas, sueños/ que los cuernos de caza convocan. Terciopelo/ y dentera”); el gusto por la imagen atrevida y expresionista, preñada de materialidad, que se aparta de la dictadura del ojo para convocar un mundo de sensaciones táctiles, olfativas, del gusto y del oído, reivindicando de este modo las texturas del mundo, sus grumos, sus pliegues y repliegues; y, asociado a esa sintaxis barroca que mencioné antes, el gusto por el encabalgamiento, por la frase que se despliega de verso en verso y se frena súbitamente o acelera y toma impulso aprovechando la entrada de un nuevo verso: abundan las aliteraciones, los enjambres sonoros y léxicos, el adjetivo sorprendente, los acentos que desafían a la preceptiva y juegan a salirse de quicio. Todo esto se percibe desde el poema inaugural de ese primer libro, Amenaza en la fiesta, titulado (sintomáticamente) “Cementerio”:

Lo penúltimo cesa ante esas puertas
llagadas de unos goznes gastados donde un olor
perpetuo a crisantemo aleja hasta la grima
la ternura tan tibia de la vida. Qué dolor
de cipreses lanzados a los nimbos como un rayo
sordo y generoso; qué silencio de violetas;
qué urdimbre de zarzas, de espinos,
de hojarascas como una viva amenaza
entre la muerte […]

La anemia verbal o lingüística con que muchas veces se ha ensayado entre nosotros una escritura de la experiencia cotidiana, ha oscurecido el valor genuino de esta propuesta. Creo, incluso, que ha impedido leerla como es debido. En el caso de nuestro autor, además, el gusto por la parsimonia y su noción de escritura como “secreta labor” llevan aparejados un tercer elemento: la escritura como rumia o digestión, como pensamiento dilatado en el tiempo y arraigado en la carne, en los ritmos del cuerpo y de la sangre. Lo dice él mismo en la nota prologal de En familia al referirse a la segunda parte del libro, El soñoliento: “[estos poemas] vienen generalmente determinados por una aspiración de contigüidad entre la experiencia y los lentos engranajes del meditar sobre ella”, y añade: “algo que ya pudiera comprobarse en buena parte del cuerpo de poemas que hasta ahora he escrito” (mi cursiva, en ambos casos). Lo subraya el escritor Luis Marigómez en una reseña de este volumen cuando afirma que estos poemas son obra de “un taciturno que medita lo que ocurre a su alrededor y descree de lo que ve” (“Palabras como pájaros”, El Norte de Castilla, 31 de enero de 2020); cabe añadir que ese descreimiento inicial es justamente la condición que sostiene el impulso reflexivo. Esta contigüidad entre experiencia y meditación ha ido haciéndose con los años más estrecha y también más natural, más familiar, y la escritura se ha ido depurando y afinando, despojándose de atrevimientos retóricos sin faltar a su lealtad con las palabras y la materia verbal, hasta llegar a Pérdida del ahí, libro que pudo pasar algo desapercibido en su día, pero que daba la medida exacta de esa depuración, que era también una exigencia moral, una forma de situarse ante el mundo y, por ende, ante el poema. Marigómez habla de una actitud “estoica, ascética”. Un poema como “Pájaro en llamas: Verano” lo atestigua:

pájaro en llamas,

con su cayado
golpea el verano
sobre todas las ventanas ahora,

se apoya allí
con sus astas calientes y sus advertencias

su lengua roja de papel
ha dejado en los nudos cansados del invierno
música maniatada y un resplandor
de dátiles

vendrá a caer
cuánta luz excesiva
en las agendas contrarias
a la contabilidad […]

El poema que sigue a este que acabo de citar comienza con estos versos: “¿qué idioma hablo yo que ya no es/ el mismo idioma venial de mis hermanos?”. Y ellos nos introducen en uno de los grandes vectores de sentido de esta poesía última, y en realidad de toda su escritura, si pensamos también en el tono de sus libretas y cuadernos de notas. Nuestro autor observa cómo el lenguaje se va impregnando casi sin sentir, pero fatalmente, de los hollines de la mentira, la jerga evasiva, el interés, de esos tecnicismos que nada dicen o que encubren —a veces malamente— una realidad alternativa y amenazadora. Esa neo-lengua, de la que ofrece abundantes ejemplos en sus notas, supone una pérdida de sentido, de presencia real (por citar a Steiner) que es una pérdida de realidad, de tierra firme. Sigue el poema:

boca no domada por el interés
la mía

lengua cansada
y gorda
            y sílabas tan gachas
que se van al extravío
como esos animales pensativos,
con el cuello partido de la desilusión […]

Esas sílabas “tan gachas” de la humildad y la “desilusión pensativa” conducen finalmente al extravío. Pero aquí extravío, esto es, desvío, desviación, debe tomarse como la condición o el sentido natural de la escritura. La lengua instrumental, según Sánchez Santiago, no solo se agota en el cumplimiento de una función: también pierde sustancia, se adelgaza, se desrealiza. Y lo que parece estar señalando el escritor en sus notas y poemas es que la lengua instrumental, a fuerza de oscurecer y falsear sus verdaderas intenciones, ni siquiera cumple con la función que tiene asignada. Frente a esa neo-lengua, esa lengua instrumental solo en apariencia, o dirigida a alienar a sus víctimas y a divorciarlas de su propia vida, ser poeta consiste en “escribir/ nada más sobre insistencias”; es una tarea, o un empeño, que “no sabe del uso ni tiene cuentas/ pendientes con las comprobaciones”. Lo suyo es “manifestarse/ y basta”.

Esa manifestación supone un desafío tácito de la realidad creada por la neo-lengua, y a la vez una celebración del mundo en su riqueza vasta, contradictoria, profundamente material. Es un reordenamiento de las prioridades que, retomando el hilo que dejé suelto al comienzo, reordena el mundo, sus cosas, sus minucias, sus miserias. Asombro y perplejidad, merodeo y desconcierto, vuelo y desolación, serían algunas de las chinchetas que dibujan el viaje poético y creativo de Tomás Sánchez Santiago. Hora es de abrir el libro que lo despliega ante nosotros.


Jordi Doce / Gijón, España, 1967. Ha traducido la obra de William Blake, T. S. Eliot, W. H. Auden, Charles Simic, Sylvia Plath y Anne Carson, entre otros, y reunió algunas de sus versiones comentadas de poesía en Libro de los otros (Trea, 2018). Entre sus libros más recientes se encuentran No estábamos allí (Pre-Textos, 2016) y La vida en suspenso. Diario del confinamiento (Fórcola, 2020). Actualmente coordina la colección de poesía de Galaxia Gutenberg.