21 junio, 2021

Hacer canciones

de Julieta Venegas | Ensayos

Empiezas con una frase; la anotas en una servilleta, en una pantalla o simplemente da vueltas en tu cabeza. Quizá, si la frase viene acompañada de una melodía y reaparece con insistencia, estás por escribir una canción. Muchas canciones nacen sin querer en papelitos regados por la casa. Piezas que arrancan como algo imposible: pequeños poemas que exhiben una tristeza contenida o una felicidad desbordante, las ganas de que una melodía nos ayude en algo que queremos decir. La canción, esa milenaria manera de contar historias, trasciende casi todas las otras formas de comunicar; tan simple y cercana, a la vez parece algo que viene de otra dimensión.

Alicia Juárez, última pareja de José Alfredo Jiménez, un día le anunció a este que no quería que volviese a cantar “Paloma querida”, dedicada a Paloma, su primera esposa. Más allá de lo que yo pueda pensar sobre los celos, no me parece excesiva la demanda de Alicia. Escribir es recordar; las anécdotas pueden quedar guardadas en la semilla de una canción. Aunque pase el tiempo y se olvide por qué ha sido escrita, queda algo vivo ahí, algo que se despierta cada vez que esa canción es cantada. Seguramente para José Alfredo y su alma romántica, aquella petición no era una locura: sus canciones fueron protagonizadas por las distintas mujeres de su vida. (Más de una, por cierto, vino de la mano de Alicia.) Cuando alguien canta “Yo no sé lo que valga mi vida,/ pero yo te la vengo a entregar”, el tiempo desaparece y solo queda el puro presente de la canción y de la voz que canta. Aunque José Alfredo, Paloma y Alicia hayan muerto, las canciones que unen a los tres sobreviven en otras personas e historias. Las canciones, cargadas de algo indefinible sin aroma ni solidez, agitan emociones que no dependen de ser explicadas para vivir y revivir en la melodía, para hilvanar la letra ajena y los recuerdos propios. 

Digamos que diste con una idea o una melodía mientras leías un libro, veías una película en el cine o salías a hacer las compras. Desconoces si esa idea resulta suficiente. Y lo aclaro de una vez: cualquier cosa puede ser el principio o el final de una canción. Su factura no viene rodeada de un halo misterioso, ni habita a la sombra de unas cuantas personas elegidas. La composición puede acompañar a todo el mundo, y creo lo suficiente en sus cualidades terapéuticas como para recomendarla a quien tenga las ganas, o el impulso, de experimentar ese proceso. 

Digamos que eres poeta: tienes un verso o una estrofa, escribes lo que sientes o imaginas sentir, lo sintetizas y lo guardas cerca tuyo. No es lo mismo que una canción, pero se le aproxima. El poema, sin embargo, se sostiene solo. Su lenguaje es el principio y el lugar donde se encuentra contigo y con el mundo. Las palabras son, en sí mismas, mito y oración. 

La cosa cambia cuando acercas el lenguaje a la melodía. Palabra y melodía son los complementos exactos y vitales de una canción. Pero, tanto en los poemas como en las canciones, palabra y melodía se encuentran en una dimensión donde, a su vez, poseen y proponen un uso distinto al lenguaje cotidiano; tienen otro peso porque despiertan sensaciones distintas al repetirse y entrelazarse en el tiempo que dura una canción.

Cada artista tiene sus rituales. Para Suzanne Vega, una historia puede rondarla durante meses; cuando da con el enfoque exacto, se sienta y escribe la canción en un par de horas. Como armar un rompecabezas. Tom Waits considera que escribir canciones se asemeja a pescar: sales un día y no hay nada, sales al siguiente y capturas uno o tres peces. Siéntate en un rincón, con o sin instrumento, y dale vueltas a esa idea o melodía para que aterrice. La mejor parte ocurre cuando adviertes la una o la otra desde diversos ángulos, hasta que topas con aquel que te abre un camino. “Se puede ser artesano sin ser artista”, afirma Christina Rosenvinge, “pero no se puede ser artista sin ser artesano”. Rosenvinge misma se sienta a hacer melodías antes de escribir letras, y ese momento de improvisación lo describe como “el ejercicio más sensual y adictivo”. Rickie Lee Jones se recuerda cada tanto que hay que tomar la composición como un juego. Las canciones se detienen ahí donde una las escribe profesionalmente, tomándoselas demasiado en serio o en busca de realizar algo importante, definitivo.

Una vez que la canción está lista, hay que cantarla. Ahí, donde el cuerpo pide que salga tu voz para internarse en la melodía. Ahí, donde se activa aquello que permaneció oculto en nosotros, mucho después de que la experiencia que le diera pie hubiese ocurrido. Mis primeros recuerdos musicales están marcados por los viajes familiares en carretera. Cantábamos canciones a todo volumen, con la alegría de un paisaje o el aburrimiento del paso de las horas en el auto. Y, por supuesto, con muchas notas desafinadas. João Gilberto canta: “En el pecho de los desafinados/ también late un corazón”. Y eso es lo único que necesita una buena canción: un corazón cantante. 

Ahora, cantemos nuestras canciones a alguien más. Que cantar en público sea una extensión de hacerlo en casa, por la mañana y a solas, o en una reunión con familiares y amistades. Que un concierto sea, también y cada vez, una experiencia íntima. Que nos comuniquemos a través de eso que hemos construido a partir del barro, esa escultura viva que ahora nos trasciende y conecta con alguien más.

Tanto para quienes están encima del escenario como para el público, todo es espera y todo es escucha. La filósofa suiza Jeanne Hersch describe el estar en un concierto como una participación alejada de lo pasivo, una escucha activa. “Soy receptiva”, escribe Hersch, “y siento esa receptividad como una actividad más intensa que muchas acciones o que muchos esfuerzos.” Eso, asimismo, buscaba John Cage. Ya fuera en un concierto, una acción o una conferencia, quería brindar una experiencia activa a los asistentes, que la repetición o el azar movieran las cosas de su sitio. Y, a través de dicha experiencia, generar una reacción. A veces las respuestas eran gritos y huidas; otras, en sorpresa, en una entrega total al suceso. En su obra más famosa, 4’33’, buscaba que cada persona que escuchara esa pieza o ese silencio, en realidad escuchase lo que solo podía suceder en ese concierto, en esa sala particular, en ese día en particular, y eso se convertía, cada vez, en una experiencia única. Cada tanto recorro internet en busca de versiones de dicha obra. Cuando veo a alguien sentarse al piano sin tocarlo, veo el espíritu y el sentido del humor de Cage atravesando el tiempo, un desafío a la seriedad con la que se toma su música —o para el caso, cualquier música—. Se trata de una refrescante forma de insistir en que “todo lo que hacemos es música”, que la música se cifra en la experiencia y en lo que cada quien haga (y escuche) de ella. 

Olvidémonos de solemnidades, hagamos canciones y cantémoslas. Vivamos las canciones y los conciertos arriba y abajo del escenario, moviendo los labios o cantando a gritos, en esa experiencia única y liberadora. Cuando alzamos las manos y entrecerramos los ojos, logramos olvidar por un momento que, allá afuera, nuestras diferencias se cristalizan y nuestros deseos se oponen. En plena celebración colectiva de reírnos de todo y disfrutar, ¿quién va a preocuparse del qué dirán?


Julieta Venegas / Long Beach, California, Estados Unidos, 1970. Compositora y cantante mexicana. Reconocida como una de las artistas más importantes de la escena del rock en español, ha obtenido diversos premios musicales, entre los que destacan el Grammy, el Grammy Latino y el Billboard. Su producción discográfica más reciente es La enamorada (2019). Actualmente radica en Buenos Aires, Argentina.