14 junio, 2021

Fascinación y pánico

de Maricela Guerrero | Reseñas

Rodrigo Flores Sánchez, Ventana cerrada, Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial / UNAM, 2020, 104 pp.

Al terminar de leer Ventana cerrada me quedé dormida y soñé con el libro: una constelación de perlas que se transformaban en racimos de uvas que, a su vez, se desbarataban en una especie de vendimia donde chorreaban jugos, cáscaras y semillas iridiscentes; los cuales, como era un sueño, conducían por un camino a una especie de zaguán y a su aldaba, y se abrían —algo me aterraba y fascinaba al mismo tiempo—. Abrir Ventana cerrada —con esa portada sobre un vibrante y cautivador fondo color mandarina y humo, al que se colocó una constelación de círculos plateados de diversos tamaños— es adentrarse en un libro espléndido donde el juego con las imágenes sonoras, verbales y visuales resulta sumamente seductor. Este es el libro quinto de la recién recuperada colección El Ala del Tigre, editada el año pasado por Robin Myers, en la que se publicaron —a pesar de la pandemia o quizá en beneficio suyo— los siguientes títulos: Ni visible, ni palpable, de la poeta Ana Belén López (Culiacán, Sinaloa, 1961); Lengua materna, de Yelitza Ruiz (Iguala, Guerrero, 1986); Me’on ts’ibetik / Letras humildes, de Ruperta Bautista (San Cristóbal de las Casas, Chiapas, 1975) y Bisturí de cuatro filos, de Vicente Quirarte (Ciudad de México, 1954).

En Ventana cerrada, Rodrigo Flores Sánchez (Ciudad de México, 1977) orquesta una lectura a través de tres veredas posibles y yuxtapuestas. La primera se esboza con poemas en mayúsculas, donde se expone el tema de una Hidra personalísima. La segunda se construye con poemas y prosas en que tratan asuntos anecdóticos diversos, vinculados por la idea de álbum familiar y de lista de reproducción. En la tercera aparecen imágenes intervenidas, donde el álbum fotográfico deriva en una puesta en escena de la retórica de la memoria con la que se componen los versos: supresión, inversión e intervención.

En ese sentido, Ventana cerrada pone en perspectiva la relación entre imagen y memoria a partir de algunos de sus teóricos canónicos: Susan Sontag, Giorgio Agamben, y de escritores como Jesús Gardea o Enrique Linh y, muy particularmente, Charles Baudelaire, quien suelta las palabras que dan nombre a este poemario de 48 elementos —entre poemas largos compuestos en tercetos, poemas de un solo terceto en mayúsculas e imágenes intervenidas—. Dice Baudelaire: “Quien desde afuera mira a través de una ventana abierta jamás ve tantas cosas como quien mira una ventana cerrada”.

Ventana cerrada se configura mediante este referente que expone la política del libro, y se plantea el reto de observar la historia propia y la colectiva, situada en el nebuloso espacio del recuerdo como una ventana cerrada. Así, aparece una serie de referentes comunes a quienes habitamos el Distrito Federal desde finales de los setenta —inmortalizado por Chava Flores, a quien se ofrece un espacio de evocación musical en uno de los primeros poemas “Click, click, click”— hasta épocas más recientes (en que apareció esa horrorosa etiqueta comercial donde el De Efe ganó en followers, quizá, lo que perdió de dignidad con el hashtag oficial #CDMX).

En este poemario asistimos a una puesta en crisis donde se privilegia la imagen y lo visual en la configuración de nuestras identidades —dicha configuración nos permite seleccionar los álbumes materiales e inmateriales de la memoria—; donde muchos de nuestros supuestos recuerdos se esparcen en narrativas adquiridas mediante mitologías, canciones y perspectivas familiares o comunes:

Quería hablar de mí Terminé
Hablando de La rama dorada
Ahora tengo un dedo entre los labios

 

Acerca de la persistencia errada de la memoria

No es la primera vez que Flores Sánchez resulta seducido por las imágenes y la errancia de la memoria a fin de componer materiales poéticos yuxtapuestos. Antes estuvo “Cameraman”, que forma parte de Tianguis (Almadía, México, 2013) y donde que se recuperan fotogramas de dos fotoperiodistas, Brad Will y Leonardo Henrichsen, testigos de su propia muerte registrada en imágenes mientras cubren sendos eventos históricos: la revuelta popular de Oaxaca en 2006 y el Tanquetazo en Chile en 1973. Vale la pena recordar que la estrategia de yuxtaponer imágenes con la finalidad de poner en crisis la memoria y la experiencia contemporánea para descolocar el discurso, aparece en otros libros de autores cercanos a Flores Sánchez: Guía Roji, de Sergio Loo, varios proyectos de Omar Pimienta o Catábasis exvoto de Carla Faesler.

La intervención a las imágenes en Guía Roji ubica y disloca; en los proyectos de Pimienta, testifica y recicla; en Catábasis exvoto, precipita una transmutación, mientras que en Ventana cerrada recupera, astilla y sutura:

Pedregal 70

Remover la experiencia
Para desenterrar
Sus imágenes

Diseccionar mil novecientos noventa y uno
Año de la Cabra
Año de la mirada húmeda

Seamos precavidos
Los mitos alojan representaciones
Muy muy imprecisas

Mi pobre angelito
Danza con lobos
La caza del octubre rojo

Son rótulos
Rostros de una época
Rastros quebradizos y opacos

Mi papá conduce hacia ellos
Presiento su pena
Su pena pende del retrovisor

Tengo pendiente
No quiero ver
Escucho su voz entre cortada

Vamos a salir adelante
Escucho sus palabras
Imagino sus palabras exactas

Piedra papel o tijeras
Buscamos ser copilotos
Y atrapo sus lágrimas en la retícula del espejo

Una imagen se quebró
Permaneció sumergida
Veintisiete años o dos mil

En este poema, como en otros que componen Ventana cerrada, se recuperan con nostalgia eventos y lugares, referencias a diversos espacios del DF, para astillarlos y acomodarlos en tercetos con los cuales suturar la anécdota y suprimir los rostros de las fotografías del libro, lo que da un efecto de enrarecimiento, una pátina de situaciones e historias tan conmovedoras y sospechosamente comunes. Anécdotas y referentes en los que, de manera oblicua, reconocemos infancias, sensaciones, sitios con un aire o tufo de época compartidos con programas de televisión y radio, quizá menos volátiles y atomizadas que las referencias actuales: el LP y la figura de Diana Ross, los capítulos de La Dimensión Desconocida, los rotuladores Dymo, así como la fuerte inclinación de la clase media mexicana para armar álbumes fotográficos de viajes a Ixtapa-Zihuatanejo o a otro lugar turístico, y en los que Hidra fue mucho más que una antecedente mitológico. En el caso de Ventana cerrada, esa Hidra configura una narrativa en constante actualización:

UNA HIDRA ES SIEMPRE
INVISIBLE NUNCA ES ELLA
A QUIEN VEMOS

SI MI FAMILIA
ERA UN HIDRA YO
CORTÉ SU CABEZA

Arrojar los escritorios

Consciente de los fallos y las jugadas que la memoria nos plantea, Flores Sánchez presenta una perspectiva obtusa con un pretendido orden en triadas: ya sean los tercetos de los poemas más largos o de los poemas-emblemas de una sola estrofa, o las tres veredas yuxtapuestas que identificamos, así como las imágenes —incluidas las páginas en negro, que otorgan al conjunto el efecto de álbum fotográfico con huecos o espacios por llenar—. Flores Sánchez le propone al lector-espectador que se asome a su propia ventana cerrada o álbum familiar abandonado para que la noción de identidad se revele errabunda, borrosa, manchada, alterada y, sobre todo, fluida y flexible:

Tócame en la mañana

Cuando tenía tres años
Había un disco
Un disco al que temía

Le temía y me fascinaba
En el disco
En ese disco había un rostro

El rostro
De una persona
Una persona que me miraba

O que yo sentía que me miraba
Escudriñándome
Le temía pero regresé muchas veces

Tócame en la mañana
Dice la canción
La canción del disco homónimo

Tócame en la mañana y vete
Y ese disco es fascinación y pánico
Significa algo y no sé qué es


En Ventana cerrada se apuntan los detalles de una historia compartida donde nos percatamos del deterioro del discurso y de nuestra marginalidad respecto a la Gran Historia o al curso de los astros interpretados por el horóscopo chino. Hay, en la provocación de este libro, fascinación y pánico, imágenes sobre la incomodidad, el tiempo y las pérdidas narradas en álbumes familiares —donde el personaje lírico es fotografía, retrato, póster, portada de disco o de libro, y ojo detrás de la Polaroid.

Recientemente se estropeó el disco duro con las fotografías de infancia de mis hijos, que en un afán de cuidado nunca subí a la nube —y sigo confiando en que hice bien—. Tras la lectura de este libro me da la sensación de que, independientemente de los materiales fotográficos, cada Hidra familiar cambia mediante juegos de luz y oscuridad que no siempre podremos enfocar:

No sé si a mi mamá
Le gusta
Que escriba sobre ella

Tal vez no le satisface
La mitología
que propongo

En cada foto
Mi papá
Nos divisa desde sus lentes oscuros

Esas imágenes rotas
Me dan sentido
Sentido de un espejo que se quiebra.


Maricela Guerrero / Ciudad de México, 1977. Ha estudiado, escrito y trabajado en distintas instituciones públicas. Es autora, entre otros títulos, de Desde las ramas una guacamaya (2006), Se llaman nebulosas (2010) y El sueño de toda célula (Premio Clemencia Isaura de Poesía, 2018). Actualmente es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.