5 abril, 2021

Aves que descienden

de José Luis Rivas | Inéditos, Traducciones

El palo volador

Le chef de la danse ou k’ohal…
Guy Stresser-Péan

1
Como al remo de río
hojas y flores tiernas,
al palo volador
también le brotan alas
cuando vuelve al terruño.
Lo cuenta el k’ohal
a sus acompañantes,
cada vez que dirige
el retorno de un mondo
y seco zacat’kiwi
a lo alto del monte.

2
Y a este tronco ya hueco
que se ha despertado
convertido en tambor
(el k’ohal muestra su huéhuetl),
roncos cantos de ciervo
le brotan, si baqueta
o mano ducha sabe
tundirlo en una fiesta.

3
                              El k’ohal
El caporal, con manto
rojo y azul, se encarama
hasta el tope del mástil
donde le espera un rígido
bastidor por asiento…
Volviéndose hacia el este,
invoca a sus deidades
apuntando hacia ellas
sus alas extendidas.
Y sopla en su ocarina
remedos del chirriar
de las águilas; luego,
erguido ya en el tope,
se voltea por turnos
hacia los cuatro puntos
cardinales, alzando
por copa un güiro bajo
lienzo de blanco pulcro;
y un pomo de aguardiente
del que, una vez beberlo,
despide bocanadas,
casi al punto resueltas
en hebras de rocío…
Con su penacho puesto
(todo de plumas rojas),
danza batiendo alas
ante los cuatro vientos.
Y los cuatro danzantes
atados por la cintura
que pasan por debajo
del bastidor, se tienden
en caída hacia atrás…
Suspendidos, van
bajando muy despacio
hasta tocar el suelo,
describiendo una enorme
espiral a medida
que se extienden las cuerdas.
Retienen con firmeza
su cuerda entre los dedos
de sus torcidos pies,
a fin de que su testa
se mantenga hacia abajo:
sus brazos —separados—
cual aves que descienden
planeando y trazando
círculos en el cielo…
Luego el k’oal espera
unos momentos antes
de deslizarse al largo
de la cuerda de alguno
de los cuatro danzantes.
 
 
Isla de lobos

Treasure Island… off the coast of Mexico.
Near its southern point lies a cluster of rocks…

The Dictionary of Imaginary Places

Alberto Manguel and Gianni Guadalupi

En tardes bonancibles
se ve desde la costa
                                    la Isla de Lobos
¿Así fue bautizada
por el aullar del Norte en sus palmeras?
¿Porque lobos marinos
a veces hasta acá se aventuraban?
¿Porque los viejos lobos de la mar
—acaso Lorencillo o el mismo Morgan—
en ella sus tesoros enterraron?
Cabe pensar más bien en esto último.
El círculo concéntrico
de graníticas rocas que la ciñe
raras veces asoma sus negras crestas
a flor de las aguas:
una cortina de espuma blanquísima
encubre esos escollos
que empitonaban a menudo
desprevenidas embarcaciones.
“La historia del tesoro
vive flotando en esa isla
desde hace muchos años”,
escribió Federico Gómez.
Mas ¿quién se atrevería
a quitarle un doblón siquiera
a Lorencillo, Morgan
o cualquier otro pirata de su vuelo
luego de ver
                      Piratas del Caribe
en la pantalla?
 
 

VERSIONES DE GEORGES SCHEHADÉ (1905-1989)

Retrato de Jules

Ese joven que baja por una calle
    de Montevideo
Con un diamante en el dedo
Vestido de negro como un juez agrícola
Es Jules hijo de Jean
(¡quiere tomar una taza de té en un barco
    aunque la mar queda lejos!)

Sabe muchas cosas mientras camina:
Cómo responder a la urraca
Saludar en su ventana de azulejos
a la alumna de dieciséis años como una avellana
    en la noche.
(altos árboles ladean su follaje
    es un hermoso final de tarde en Uruguay)

Ahora Jules ¿qué es de ti
desde que perdiste los veinte años de tu sombra
y se marchitó la mimosa de tu chaleco florecido?
(afuera sopla un airecito indio
    que llora)

¿Cómo se imaginan tu rostro
Los que nunca te han visto
(sentado en los peldaños de tus libros
    o descalzo por tus fuentes)
A la luz de una vela que centellea
    Al sesgo?

¿Y si les dijera que pareces
    un cartero de los montes
un roble al que la noche le quitó las plumas?
Elefante y mariposa juntos bajo
    el mismo forro
(Con tu gran nariz como un maletín de viaje)
Con esas piernas que no terminan nunca
Pues eres largo Jules como dos veces
    tu edad

Si pudieran oír tu voz con rezongos de agua
ver ese mantón de penitencia en tus hombros
en esa casa de dos calles donde llevas Corona de santo

Nadie mejor que tú sacudió las ciruelas
    del árbol de poesía
Oh poeta familiar. . .

Que el caballo sentado en su trono
    en la calle de los panaderos
Abra su persiana al crepúsculo
    y echando vaho por los ollares recuerde:
¿Quién mejor ha celebrado su pecho de pelo
    y de perlas?
¿Quién lo paseó de un hilo de palomar por el Tiempo?
¿Quién juntó sus cuatro cascos
    en la tierra del reloj de arena?

¿Y el león?
¿Quién le cortó la barba en redondo con tijeras
    circulares?
¿Quién selló su pata de león
    sobre la rosa de primavera?
¿Quién le enseñó a hacer la reverencia en nuestras casas
    como una jovencita?
¿A ser rondín de noche en los poemas?

Los pájaros vuelan con alas universales
    para contento de los ojos
¿Quién los aprisionó en una pala de remo
Comerció en ámbar con un gato de tres kilos
Y puso en la alacena la mermelada
    de juncos
En otoño cuando personas y vientos se duelen?

No hay felicidad Jules que no sea
    melancolía
Ahora es de noche en la calle Massenet
    los ogros andan por dondequiera
Tu reloj montevideano está sobre la mesa
El sueño te ha aferrado de los hombros:
Combina la manzana de Francia con las cañas de azúcar
    de las hadas
Duermes como un gran álbum de estampas

—Homenaje a Jules Supervielle,
Nouvelle Revue Francaise, agosto, 1954.

 
 
El nadador de un solo amor

VII

Cuando la noche llega a la iglesia del pueblo
Los rezos salen de su escondite
Un ángel niño muda de pared

El incienso presta su cobertor de sombra
A los Magos dormidos
Junto a sus pies los lirios lucen opacos

Y por un cielo de candiles muy distante
Viajan los íconos

VIII

Antes de dormirse
Las hermanas de mi madre hablaban tan quedo
Que todo comenzaba a ser sombra
Las caras y las voces
Y aun el reloj en su caja
Que no tenía ya trinos
Entonces un cerillo se encendía
Y era posible ver por un instante
A mis tías arrodilladas
En una gota de oro

Versiones pertenecientes a los libros Las poesías y El nadador de un solo amor, de próxima aparición en la colección “Mar de Poesía” de la Universidad Veracruzana.

José Luis Rivas / Tuxpan, Veracruz, 1950. Poeta y traductor. Autor de una docena de libros de poesía que le han valido distinciones como el Premio Nacional de Poesía Carlos Pellicer, el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, el Premio Xavier Villaurrutia y el Premio Nacional de Ciencias y Artes, entre otros. Ha traducido la obra completa de T. S. Eliot, Arthur Rimbaud y Saint-John Perse, así como algunas obras de Jules Supervielle, Ezra Pound, Aimé Cesaire y Derek Walcott, entre varios más.