12 abril, 2021

Miramos al cielo como buscando difuntos

de Roberto Cambronero | Inéditos

1
Cada vez me siento más Juan Sin Tierra,
quiero decir, más jorobado y funesto.
Sí, soy un pródigo Juan Sin Tierra.
Soy un Monarca, eso es cierto,
pero uno del que dirán:
murió porque vio una nube
o murió camino a la heladería, fue Magno
como Alejandro pero murió tocándose
las rodillas. Fue un Espada Suave que
habitó las guarderías de la castidad
y el arroz pulcro de la salud, su corte real (de haberla tenido)
eran catorce madonas que soñaban estar
lejos; en la terraza con un café arrugaba
las servilletas, tomaba cucharitas de postre
y estornudaba, temiendo que Marte se
estuviera incendiando, más temeroso que
los jóvenes anclados a columnas del Mar
Adriático esperando los leones de Pompeyo.
Muy lejos de Inglaterra, del rosal de certezas.   
Dirán que dejó de buscar su Tierra Perdida.

 

2
Es un jueves,
   día de Júpiter,
      Júpiter está en ascenso, en el cinturón del cielo estrellado, antes que Orión, mi patio sucio de briznas petróleo y cardos
   llega a mi patio un toro color del tronco
   se levanta en sus dos patas; como el minotauro, pienso,
¿que hará en Mata Redonda? distrito de calma, con sus heliconias y vuelos de crisopas igual que lechugas escarchadas, 
   se presenta: Baco
Baco vaca baco vaca habla
   y es como un mugido y como un aforismo y como vainilla,
pero sobre todo en realidad es un lamento
   le dije: tranquilo, veamos las aguas del María Aguilar, como pasan;
él mencionó a Heráclito,
   entonces mejor fijémonos a esa mosca que pasa,
Baco recordó que era Cuaresma y no se podía comer la carne que tanto atraía a las moscas, ni hablar del vino que tanto le gustó en su momento ni la uva ni la semilla y que la vid se marchita en la arena y en el Bósforo,
   vamos adentro al aire acondicionado es una noche de marzo,  
no, dice, habrá que cosechar la cebada con esta luz-carruaje-anillo de Júpiter, todo es trabajo,
   le sugerí solo estar en silencio y se marchó (se fue su sombra monacal)
me quedé solo: estaba la luna y el murmullo fluvial; pero tengo que admitir que no me pude quitar una zozobra, una inquietud aunque fuera delicada como fósforo en ventolera

 

3
   Detengamos el transcurso
   de la carroza nocturna
   con todos sus bronces negros
y aliviados sobre la rosa mosqueta
nosotros dos reposemos como adoquines
   hundidos en mala hierba, sí, van a
tronar olas sables, ¡qué importa!,
el que está a la par es bueno como
novillo, crujen estrellas oxidadas,
la nación se hunde igual que
   esas siete vacas a la ribera del río
      que se desmayan anémicas, llegan
         las sanguijuelas del caos, y quizás
haya una entre las sábanas porque me
   duele la cabeza, pero ¡qué importa!
qué importa si estamos juntos.
   Al oriente Azrael señala (afónico) que
nace una gota de amanecer: cáscaras
   de cebolla leonadas, no se detuvo
   la noche. Eso sí importa y mucho
   porque no se detuvo la carroza del tiempo,
porque se nos acaba lo importante

 

4
Un poema de William Carlos Williams me refirió a una pintura de Brueghuel. La caída de Ícaro. Aquel en que la atención no está en la mitología.
   No.
   William Carlos Williams apunta que es primavera.
   Quizás ahí está lo importante, pero se me escapa el porqué.
   Nos enfocamos en un hombre y su caballo. Una faena callada y seca. En un barco.
   Hay que concentrarse (solo eso exige El Viejo), entrecerrar los ojos como Noé buscando el olivo entre las aguas reposadas. 
   Escollos, ovejas más grandes que las dos piernas representando a Ícaro.
   W. C. W. lo describe como un chapoteo. Su genialidad está en sonorizar los óleos. Golpea con su bastón y hace hablar a las piedras, las hace sangrar. 
   Brughel y W. C. W. concuerdan en la insignificancia de Ícaro, del hombre, de las proezas, de la humanidad, quizás hasta del Sol. Esto no es tan impresionante. Lo es que coincidan en que el fracaso es equivalente en su nimiedad.

 

5
El nacimiento de la Vía Láctea, Rubens (1636)
                  ¿no tendrías una fresa para tu pájaro errante?
                  Emily Dickinson
Había una noche de anatomía celeste—
Sí—
El asador estaba apagado y
solo algunos carbones permanecían arrullados
por un fuego transparente, nostálgico—
No recuerdo—
Entre las latas vacías, un pájaro—
Uno nocturno, confuso, sediento—
Miramos al cielo como buscando difuntos—
Sí, sí—
Dijiste que la Vía Láctea, para los vikingos—
El reino de los guerreros muertos—
Algunos mapaches se acercaban, los postes
se encendían; la Vía Láctea—
Que un río de plata o una serpiente que cazaba—
Sí—
Pero lo que más me gustó fue—
Los griegos, decían que—
La leche que salió del pecho desnudo de Hera—
Estaba enojada. Furiosa—
No era leche de madre, mariana—
Un camino de rencor cruzando el cielo
como la cicatriz de una cirugía—
Y yo vi una lágrima—
No recuerdo—


Roberto Cambronero / San José, Costa Rica, 1995. Estudió Literatura y Lingüística en la Universidad Nacional de Costa Rica. Obtuvo el premio UNA Palabra en la Rama de Dramaturgia por El insólito rapto de doña Inés (2016, EUNA). Colabora como columnista en la revista ViceVersa.