5 abril, 2021

José Luis Rivas: un pájaro que sabe del mundo de los hombres

de Josué Ramírez | Ensayos

Desde que empecé a leer a José Luis Rivas (Tuxpan, Veracruz, 1950), en 1982, he sufrido una impresión permanente, sostenida, voluntaria, renovada, donde mi ánimo y mi gusto por la vida se reafirman y maduran, se dinamizan y ahondan. Es una impresión positiva; me ayuda a estar alerta y a enfrentar con brío lo que viene. La vida. No se vaya a pensar que estoy llamando vitalista a José Luis Rivas, o que mi tentativa sea clasificar su obra toda bajo ese adjetivo. No. Más bien sostengo —luego de largas reflexiones derivadas de las lecturas repetidas, anotadas, que he hecho de sus libros— que en sus poemas coloca la vida, la canta y la cuenta, la presenta y pone en movimiento a partir de una perfecta narrativa de imágenes. Rivas no tiene un tema sino poesía de la vida. Una poética vital. Además, es una vida no idealizada, no idónea, pero sí deseada. Una vida vista desde la transparencia, la inmediatez; realista, imaginativa y creativa, crítica. Una vida vista aquí y ahora, o vista en el pasado, convertida en recuerdo que se revive al ser nombrado con palabras muy particulares, que no tienen conflicto entre el significado y el significante.

La obra de Rivas, desde Ecce Puer hasta Por mor de mar y Pájaros, va hacia adelante, hacia lo inmenso. Esto se explica de muchas formas; yo me centro en este punto: cuando se habla y se pone la vida en poemas aparece la poesía, esa que perdura y se vuelve una presencia permanente. En 1982 yo tenía diecinueve años. Recuerdo que era una esponja, sin esos filtros que dan las experiencias dulces o amargas y que nos llevan a la madurez. Cuando lo oí leer “La estación de los muertos”, el primer poema de su libro Tierra nativa, José Luis leía con calma, con ese tono y ese timbre, esa actitud suya, impar, frente a un público que lo escuchaba muy atento, silencioso. Esa noche, algo cambió muy particularmente en las tradiciones de la poesía mexicana que confluían en aquel momento. Por entonces, en los suplementos y las revistas literarias, se hablaba de su paráfrasis de la Tierra baldía de T. S. Eliot. Ese aspecto no era lo más importante porque la compleja manta de las influencias y los homenajes, los diálogos, los guiños, no es sino parte de la naturaleza literaria. Se decía, también, que su frescura era espontánea, que lograba captar la lengua de un lugar y su tiempo. En ese punto estuve de acuerdo. Y ahora lo vuelvo a sostener: su manera de cantar contando la vida contiene la evolución de la lengua, su momento y su contexto.

Al leerlo en 1982, y conocer poco a poco la crítica a su obra, en reseñas y ensayos, me percaté que algo había cambiado. Me di cuenta, también, de que era una forma nueva, compartida por una generación de poetas nacidos más o menos entre 1945 y 1960. Aquella impresión ha sido perdurable. La poesía es vital o mero artificio. Al escucharlo leer algunos fragmentos de los poemas que componen Tierra nativa, supe que estaba frente a un hecho histórico en la poesía mexicana. Un momento en el que algo nuevo empezó. Con los años lo he comprobado; se debe a la forma evolutiva de la obra poética de Rivas, cambiante en su forma y expansiva en sus contenidos.

Con el paso de los años fui entendiendo todo ese mundo que conforma la riqueza de su lenguaje, que nombra y presenta una cosmovisión; es decir, un lugar con sus palabras particulares, precisas, específicas. Y esto se debe a que en la obra de Rivas se nombran, en el tiempo, el tiempo diacrónico que encarna el instante en que un pescador se sube a su lancha; o el tiempo sincrónico en que aletea una mariposa o pasa zumbando un pájaro, o cuando habla mamá, la hermanita, el viejo capitán, las mujeres del puerto, los hombres y mujeres en sus oficios y ritos diarios. Rivas ha habitado, con el oído puesto a aprender cómo se nombra, cómo se cree, cómo se la habla aquí. Cruce de los tres tiempos, de las cuatro direcciones, del espacio y el paisaje. Una evolución del decir, una construcción paciente y permanentemente dispuesta a cambiar, a ensanchar el punto de vista con base en una voluntad de literatura —una voluntad calada por el oficio, el placer y el gozo de la lectura, por su indagación científica, quiero decir, lingüística.

Vuelvo a sus poemas como los animales al río. Y sé que nunca es el mismo río. Uno va de un lugar a otro; todo empieza con un vuelo ligero y llega hasta ahora como un oleaje de mundo contra el rostro del poeta, que no cierra los ojos y mantiene abierto el espíritu. Un día José Luis me dijo, cuando hablábamos de la violencia en el mundo, de la parte terrible y trágica de la vida de los hombres, que la vida es tan grande que contiene a la muerte. Nada más cierto ni más desconcertante. Me abrió a entender otras latitudes de la existencia, otras maneras de comprender este mundo de desigualdades, pobreza y podredumbre. Me recordó que la poesía es un envite para vivir con disposición a la alegría, sin negar lo que nos duele, sin darle la vuelta al horror, pero no dejando que la pesadumbre derrote el alma, que la voluntad del espíritu no cese de transformar las cosas; de construir no una realidad aparte sino otra realidad, para hacer que las cosas cambien y la riqueza sea en verdad riqueza: medida y disfrute. No tengo, como lector, sino gratitud con esta obra. No tengo, como persona, sino gratitud con un amigo generoso, que nos abraza con sus poemas, que nos presenta y comparte un mundo donde la vida sucede a pesar de las vilezas. Que sucede con sus tristes cosas y su indignación vital.

He leído todos y cada uno de sus poemas, y vuelvo a ellos y en ellos me reconozco a mí mismo. Y los gozo por esa capacidad suya de escribir siempre sosteniendo un ritmo claro y sin exabruptos, con una claridad que, como Gerardo Deniz fue a decirle un día a su cubículo en el Fondo de Cultura Económica, es una claridad que se entiende. Y nada más cierto. En la obra de Rivas todo se entiende; aquello que no se dice, sino que se evoca, no es un oscuro mensaje sino algo claro y puntual: el mundo que hemos creado en la Tierra es como un mar cuyo oleaje obedece a las corrientes de los vientos, los vientos del tiempo que traen tempestad y nos golpean el rostro.

Somos afortunados de ser contemporáneos de un poeta así de portentoso. De haber podido escoger, José Luis Rivas, capitán de los siete mares, hubiera nacido pájaro. Sus poemas tienen esa mirada de los seres alados, no un hombre-pájaro sino un pájaro que sabe del mundo de los hombres, que lo contempla y lo nombra.


Josué Ramírez / Ciudad de México, 1963. Poeta y editor. Es autor de varios libros de poesía, entre los que se encuentran Hoyos negros, Los párpados narcóticos, Ulises trivial y Trivio. Ha sido becario del Sistema Nacional de Creadores de Arte y de la Fundación Rockefeller. Ha publicado reseñas y ensayos en diferentes revistas y suplementos literarios.