19 abril, 2021

Rabia. Literatura y pandemia

de Claudia Hernández de Valle Arizpe | Ensayos

Desde que se instalaron en el mundo, las palabras peste, pandemia y plaga se leen diferentes. Desde que se supo que habíamos vuelto en cuestión de días a la Edad Media: cadáveres en fila, hombres cavando fosas comunes en medio de las ciudades, hospitales improvisados en cualquier parte, la incredulidad y el miedo comenzaron a cundir como no lo habían hecho en cien años. Si la rabia proviene del miedo, ¿cómo vencerla? Transformarla en otra cosa sin que deje de serlo en esencia, es posible al pintar, al componer, al cantar, al construir, al filmar, al calcular, al escribir, tal y como subrayaba Octavio Paz en su carta a Pere Gimferrer, fechada el 17 de abril de 1966: “Tiene usted entusiasmo (don del poeta) y luz, también rabia y lucidez”.

“Perro rabioso”, decimos, y lo aceptamos para el animal, en su sentido más obvio. “Parece un perro rabioso”, exclamamos para el hombre. Rabioso como Jekyll al transformarse en Hyde: solo un ataque de la peor rabia puede llevar a un hombre a patear a una niña en la calle o a matar a bastonazos a un anciano. En el libro de Robert Louis Stevenson, la rabia va aunada a la deformación corporal, al terror de ser visto, al pavor ante el rechazo de los demás. En otros, como en Kaspar Hauser, el encierro provoca la gestación de un carácter distinto: el de la timidez que conduce al mutismo y a la incapacidad no solo de hablar sino de mover un cuerpo atrofiado. Indefenso pero también “salvaje” a los ojos de los otros, hace doscientos años el pobre Kaspar, tras pasar en confinamiento toda su vida (desde su nacimiento y hasta la adolescencia) sale a un mundo que no comprende y que tampoco lo entiende a él. Su aprendizaje y su “libertad” duran solo cinco años, antes de ser asesinado. Dice así “Canción de Kaspar Hauser”, de Georg Trakl, en la versión al español de Helmut Pfeiffer:

Para Bessie Loos

Amaba el sol que purpúreo bajaba la colina, los caminos del bosque, el negro pájaro cantor y la alegría de lo verde.

Serio era su vivir a la sombra del árbol y puro su rostro. Dios habló como una suave llama a su corazón: ¡Hombre!

La ciudad halló su paso silencioso en el atardecer; pronunció la oscura queja de su boca: soñaba ser un jinete.

Pero le seguían animal y arbusto, la casa y el jardín de blancos hombres y su asesino lo asediaba.

Primavera y verano y el hermoso otoño del justo, su paso silencioso ante la alcoba sombría de los soñadores. De noche permanecía solo con su estrella.

Miró caer la nieve sobre el desnudo ramaje y la sombra del asesino en la penumbra del zaguán. Entonces rodó la cabeza plateada del no nacido aún.

No es que vayamos a terminar como Hauser. No, al menos, quienes ya hemos vivido y disfrutado del mundo exterior y aprendimos a hacerlo todo sin tapabocas, pero sin duda, en lo que sí nos parecemos ahora más a Kaspar Hauser es en nuestro asombro ante todo aquello que nos parecía muy normal: desde un árbol hasta un parque, la posibilidad del mar o de la montaña; ese sol que Hauser amaba después de dejar su confinamiento, sus caminos del bosque, “el negro pájaro cantor y la alegría de lo verde”.

Hay rabia buena y mala. La buena es, justamente, aquella que Paz menciona en la carta a Gimferrer. También es la fuerza que sobreviene tras una injusticia y una muerte, tras verse obligado a hacer algo cruel o detestable, tras saberse traicionado o abandonado. Cuántos poetas no la han usado como núcleo y energía en sus textos. Lo confirman los de amor y desamor de Neruda, o estos versos de Salvador Díaz Mirón, que muestran la relación entre el miedo y la rabia, de su poema “Excélsior”, y que también exhiben la voz de un hombre que nunca supo controlar esa furia que lo convirtió en asesino:

¡Infames!
Os agravia
que un alma superior aliente y vibre;
y en vuestro miedo, trastocado en rabia,
vejáis cautivo al que adularais libre.

¿Hay sinónimos para la rabia? El diccionario enlista enojo, furor, furia, cólera, ira. Revisémoslas, veamos sus matices. Escribí antes que se puede distinguir entre enojo y rabia. Si la rabia fuera roja, quizá el enojo sería color vino. En cuanto al furor, es un arrebato, un ardor, pero no es rabia. Furia, cólera e ira están más cerca, pero no sé si son idénticos un irascible y un rabioso, o alguien de temperamento colérico y un rabioso. La ira y la furia pueden cegar, sin duda, como ciega la rabia. La ira puede, en palabras de Borges, cansarse. Dice en “Un ciego”:

No sé cuál es la cara que me mira
cuando miro la cara del espejo;
no sé qué anciano acecha en su reflejo
con silenciosa y ya cansada ira.

También hay furia del verano, o furia de río y de juventud, por no mencionar las trilladas furias de la tormenta, del fuego, de la pasión. Puede haber un sable furioso pero no veo un sable rabioso. La gradación de los matices enriquece invariablemente a una lengua.

Mala en el estancamiento, buena en su alquimia, esta emoción forma parte de la vida humana. En el terreno de la poesía, la rabia tiene permiso. Cercana a la pena (“la poesía está en la pena”, dijo W. H. Auden), rabia y pena aparecen juntas en los poemas, por ejemplo, de la guerra. Aquí un fragmento de “Extraño encuentro”, del soldado británico Wilfred Owen, muerto en combate a los veinticinco años, durante la Primera Guerra Mundial:

Porque por mi alegría han reído los hombres
y de mi oscuro llanto algo ha sobrevivido
y debe morir ahora: la verdad nunca dicha,
la pena de la guerra.
Ahora a muchos hombres
contentará lo que nosotros malgastamos
o, tal vez, descontentos, lo verterán en vano.

La mayoría de los poemas de guerra contienen, lógicamente, rabia y pena, ira y desconsuelo. Seguramente una rabia mayor a la que puede sentirse ahora, con la pandemia, porque la guerra es provocada directamente por el hombre y siempre habría podido evitarse. Las pandemias han aparecido y siguen surgiendo porque hay virus que atacan y mutan; virus que al manifestarse por primera vez, nos sorprenden ante su naturaleza y sus alcances. La violencia con que enferma, desahucia y mata un nuevo virus, la describe Bocaccio en su Decamerón:

¡Cuántos valerosos hombres, cuántas hermosas mujeres, cuántos jóvenes gallardos a quienes no otros que Galeno, Hipócrates o Esculapio hubiesen juzgado sanísimos, desayunaron con sus parientes, compañeros y amigos, y llegada la tarde cenaron con sus antepasados en el otro mundo!

La primera arma de defensa recomendada es encerrarse. Aun para quienes disfrutamos estar guardados en casa, y tenemos ahí nuestro lugar de trabajo, la prohibición pesa, y hace evocar otros encierros. Pienso en quienes están presos de verdad, en la cárcel. Pienso también en encierros literarios como el de Gregorio Samsa, mirando la calle desde un sillón de su habitación, encaramado ahí su cuerpo de insecto, tristísimo, mientras recuerda su vida de trabajo y de viajes. Difícil no trazar analogías con los tiempos de pandemia que atravesamos; con el encierro impuesto que, aun llenándonos de miedo y de preocupación, nos ofrece la posibilidad de mantener la calma junto al deseo de vivir. ¿“Nobles cuerpos provistos de todo lo necesario…”? ¿Somos eso, también, que nombra Kafka en su relato “Un artista del hambre”?

El miedo que deja huellas profundas ante las pérdidas queda expuesto en el siguiente pasaje de Calendas griegas (1992), de Gesualdo Bufalino, que describe la vida en Sicilia hacia 1922, tras la influenza española: “Así, entre temporal y bonanza, juega febrero. Ayer caían chuzos, esta mañana el sol se recupera, aunque sea un sol despreciable, un calavera que deslumbra un minuto, y, burlón, se esconde tras una nube después. Les gustaría abandonar las ropas pesadas, pero nadie se atreve. Los estragos de la española siguen en la memoria de todos y en cómo la gente moría a diestra y siniestra; no bastaba el tío Tabbuto, que era el único carpintero de ataúdes del pueblo, para dar salida a los encargos. Y tan de repente enfermó que ni siquiera llegó a tiempo para fabricar el propio, tuvieron que acomodarlo entre cuatro vulgares tablones”.

La carta de Octavio Paz a Pere Gimferrer y que ha guiado estas páginas, enlista, pues, cuatro palabras: entusiasmo, luz, lucidez y rabia. ¿Por qué las retuve?  No deja de ser una opinión personal, derivada de una convicción también personal. Paz pudo haber mencionado otras cuatro, tan válidas como las que eligió: pasión, asombro, claridad y decantación; libertad, idea, imagen y emoción; transgresión, ritmo, abstracción y síntesis. Todo eso, y mucho más, es la poesía. Todo eso, y también más, necesita el poeta para escribir. Probablemente me resultaron importantes sus cuatro palabras porque me llevaron a reflexionar sobre la naturaleza del poeta y a preguntarme si es posible escribir poemas que no partan del entusiasmo de revelar, de traducir, de condensar, de alterar la realidad conocida. Si es factible, igualmente, escribirlos lejos de la luz, sin pizca de rabia, y fuera de un estado de lucidez. Mi respuesta fue no. Mi coincidencia con el poeta, innegable.

El paraíso existe aquí en la tierra. Es, a un tiempo, paraíso, purgatorio y, a veces, infierno. El poema no deja afuera a ninguno porque su condición misma se lo impide. Le impide ver una sola realidad, no se contenta con lo plano, se siente mejor entre ascensos y descensos. Si fuera una gráfica, el poema sería un dibujo que toca los extremos, una imagen electrizante, un corazón con vías alternas donde se registran cortos circuitos que destruyen la puntualidad de una frecuencia.

*Fragmento del ensayo “Rabia”, del libro inédito Cuatro palabras.


Claudia Hernández de Valle Arizpe / Ciudad de México, 1963. Poeta y ensayista. Es autora de una docena de libros de poesía, entre los que cabe destacar Trama de arpegios (1993), Hemicránea (1998), Deshielo (2000), Perros muy azules (2012) y México-Pekín (2013). Su obra ha sido reconocida con distinciones como el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta, el Premio Iberoamericano de Poesía Jaime Sabines para Obra Publicada y el VII Certamen Internacional Sor Juana Inés de la Cruz, entre otros.