Rafael Cadenas: en busca del misterio perdido (II)

Eso muestra a Cadenas como poeta pensador: alguien con las disposiciones anímicas aptas para generar una obra poética plenamente consciente de sí; una escritura presta al equilibrio entre sensibilidad, pensamiento y sentimiento; una poesía que nutre, así, su propia vida personal, al tiempo que esa progresión espiritual amaciza su pericia y creatividad artísticas. Por lo demás, todo ello enriquece su estro, al mismo tiempo que imprime nuevos bríos y vigores a las fuerzas vitales en su entorno. Eso evidencia y permite entender dos hechos que caracterizan a Cadenas: 1) el haber sido capaz de elaborar un universo lírico único, irrepetible, y 2) la encarnación de una identidad entre la labor poética y el impulso persistente, cotidiano, de vivir: algo que sucede en quien vive en, por y para lo poético: alguien que, en suma ha hecho de la poesía su forma de vida.

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Rafael Cadenas: En busca del misterio perdido

Rafael Cadenas (Barquisimeto, Venezuela, 1930) no es un poeta místico, en el sentido común de este vocablo. Tampoco pretende pasar por tal. Al contrario: tiene plena conciencia de los rigores que comporta consagrarse a la mística y sabe bien que son muy pocos los mortales que ejercen con provecho un plan de vida así. No obstante, se siente fuertemente atraído por ese singular reino del Espíritu, estudia a fondo los escritos de algunos de quienes han dado cuenta de él y, sobre todo, le ha dado entrada en su poesía.

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Una voz sin tretas. Antología personal

Abro la ventana y veo un ejército que recoge sus víctimas. Espectros que llevan en sus brazos espectros, y adonde camino descubro sus bocas. La penuria de sus trajes no es nada frente a la de sus ojos, y al pus del heroísmo, ¿qué decir de todo eso? Cuerpos transparentes al sol, con tejido de fantasmas. Si olvido, aún sé que siguen recogiendo víctimas —apenas comienzan— y no hay fin, durará hasta la noche y todas las noches y mañana y pasado mañana y después y siempre.

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Dos reescrituras de “Derrota”, de Rafael Cadenas

yo /
que he tenido diversos oficios /
que ante todos me he sentido débil /
que no perseguí los mejores títulos para la vida /
que apenas llego a un sitio ya quiero irme a otro o quedarme para siempre /
que he sido negada injustamente por los más aptos y por las más aptas también /
que me arrimo a las paredes para no caer del todo /
que soy objeto de risa para mí misma /
que he sido humillada por supuestos profesores de literatura /
que un día pregunté en qué podía ayudar y no obtuve respuesta…

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Los ámbitos del decir en la obra poética de Rafael Cadenas

Así, podríamos decir, sirviéndonos de una comparación: si en el caso de la poesía de san Juan de la Cruz, el mismo poeta intentó explicarle al lector el alcance y sentido de sus textos (por fortuna sin fortuna), Cadenas, por el contrario, lidia con las palabras, consciente de la imposibilidad de someterlas a cortapisas que las confinen a ser meros canales de transmisión de las ideas conglomeradas alrededor del poema, al momento de su escritura. A pesar de sus empeños para que las palabras “lleven lo que dicen”, sabe, en realidad, que es inútil pretender domesticar su impulso; sabe que “dicen”, precisamente, porque viven en constante pugna por salvaguardar los grados de libertad que les confiere el poema.

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La plenitud de la otra parte

Se bordea aquí el mundo intransmisible, rugiente, donde el poeta inversamente heroico ya no soporta su propio cripticismo: Celan hunde para siempre sus traducciones en la Sena, Osip Mandelstam en su invulnerable libertad, tan frágil e incorpóreo —memoria de Nadiezhda— o Ruth Klüger que ilumina la pura libertad de la bondad. Acción pura: estamos frente a poema y Jaffé traduce.

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La traducción de poesía como tiempo soberano

Cada vez que he de escribir algo relacionado con la traducción releo “La tarea del traductor”, de Walter Benjamin; es uno de los textos más extraños que conozco, nunca parece el mismo: ese modo de hablar extremadamente abstracto que, sin embargo, se compone de palabras tan fuertes y consistentes, tan materiales, de metáforas tan precisas y directas. Desde hace años, la lectura en estos casos se me ha duplicado y releo también el ensayo de Paul de Man sobre “La tarea del traductor”, que tiene efectos similares aunque su lengua asuma tanto poder analítico.

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Las voces a ellas debidas (2)

Siempre me ha intrigado el exilio de los poetas venezolanos, ese costo del habla en cuya promesa vivían, mientras que en el extranjero no acababan de afincar porque el país originario se les acrecentaba. […] María Auxiliadora Álvarez, en cambio, vive rodeada del inglés, lo que le permite la gran libertad de pulir el canto como cifra de una edad del habla dorada, cuando todos los poetas creían en la palabra justa y en la justicia poética.

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La flecha que nunca alcanza el blanco

En la nota introductoria que escribió para el tomo del Material de Lectura de la UNAM de Juan Sánchez Peláez, publicado por primera vez en 1995, Julio Ortega cuenta que el día que llegamos a la luna Sánchez Peláez estaba tan entretenido en una lectura que no quiso ver las imágenes por televisión. La anécdota apela, de algún modo, a la experiencia que brinda su poesía al lector: una caída libre que no por riesgosa es menos contemplativa; un camino al que hay que mantenerse atento aunque haya personas llegando a la luna en televisión, porque el recorrido puede cambiar de un segundo a otro.

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Miyó Vestrini: Esa muerte de la intemperie

Lo que en verdad importa es que Miyó Vestrini nos legó un buen puñado de poemas de gran hondura humana y de notable fuerza expresiva. Es cierto que, como advierte el poeta y crítico Rafael Arráiz Lucca, en la obra de Vestrini conviven textos “de estupenda factura al lado de otros que no gozan de tal realización”.

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