17 agosto, 2020

Rafael Cadenas: En busca del misterio perdido

de Josu Landa | Dossier, Ensayos

Primera parte de tres.

 

Rafael Cadenas / Foto: © Daniela Boersner.

Por debajo de toda la aventura de la filosofía,
de la ciencia y del arte late un aliento digamos
místico: devolver las cosas a su no-dualidad originaria.

Salvador Pániker, Ensayos retroprogresivos

1.

Rafael Cadenas (Barquisimeto, Venezuela, 1930) no es un poeta místico, en el sentido común de este vocablo. Tampoco pretende pasar por tal. Al contrario: tiene plena conciencia de los rigores que comporta consagrarse a la mística, y sabe bien que son muy pocos los mortales que ejercen con provecho un plan de vida así. No obstante, se siente fuertemente atraído por ese singular reino del Espíritu, estudia a fondo los escritos de algunos de quienes han dado cuenta de él y, sobre todo, le ha dado entrada en su poesía. Cadenas no es Juan de Yepes. Se parece más a Walt Whitman en la afirmación del misterio de la existencia, pero su alma poética se acerca más a la de alguien como Henri Michaux o Czesław Miłosz —entre otros autores que comparten el mismo aire de familia— por el temple, el tono y la actitud ante las cosas del mundo, aunque eso no implica que haya recibido un influjo avasallador de estos.

En todo caso, lo que interesa destacar y tener siempre presente es el estrecho vínculo de Rafael Cadenas con relevantes expresiones de la mística occidental y oriental, asunto que ha derivado en consecuencias decisivas en la índole y la sustancia de su poesía y de sus obras en prosa. Como sostiene María Auxiliadora Álvarez —poeta e investigadora que ha estudiado la poesía cadeniana en su encuadre en diversas tradiciones espirituales—, “la visión de la vida para Rafael Cadenas reúne espiritualidad, vida y lenguaje en una única base, sólida e indivisible”.

En la segunda mitad del siglo XX, la tradición poética venezolana se enriqueció con las obras de un grupo de poetas que, más allá de las notorias diferencias de temple, timbre e intención expresiva, tenían en común una sintaxis y una prosodia tocadas, en mayor o menor grado e intensidad, por algún avatar del Espíritu. Todos ellos apostaron por una conjunción de espiritualidad y modernidad. Quienes optaron por esta vía infundieron un temperamento de vanguardia a urgencias espirituales perennes, y espiritualizaron las irrefrenables tendencias en pro de una innovación estética que, por ventura, se impusieron en la atmósfera artística de la Venezuela de aquellos tiempos. La prueba de la fuerza y vigencia de esa corriente está en su continuidad manifiesta en las dos primeras décadas de la centuria en curso. Rafael Cadenas ha encarnado de manera asaz fecunda esas conjunciones y disyunciones, pero no ha estado solo en esa forma de ejercer una poesía tan intensamente contemporánea: al lado de su nombre, aunque manteniendo sus respectivas independencias, están los de María Auxiliadora Álvarez, Armando Rojas Guardia, Santos López, Reinaldo Pérez So, Luis Gerardo Mármol, Carmen Verde y algunos más.

2.
Apuntes sobre san Juan de la Cruz y la mística —publicado por primera vez en 1977, con una segunda edición en 1998— es la obra en que Cadenas sintetiza sus ideas y registra sus actitudes en torno a la mística y “lo místico”, sin preterir sus derivaciones en el plano del lenguaje y la poesía.

El título y el tono de esas prosas de Cadenas pueden despistar. La palabra “apuntes” puede dar la impresión de una escritura sin rigor y las alusiones, convenientemente reiteradas, a un artículo sobre el gran carmelita descalzo español —que se comprometió a componer, sin que lograra su cometido—, imprimen a la obra una coloratura de humildad que no se aviene con la ambición con que el poeta se adentra en las profundidades del discurso místico y el relativo a la mística; ni, tampoco, con la complejidad, profundidad y pertinencia teórico-estética de las preguntas que procura responder a ese respecto. No es arbitrario dejar sentado que quien se acerque a las glosas, comentos, reflexiones y aun admoniciones del poeta contra ciertas expresiones concernientes al asunto en cuestión, podrá constatar un interés por explorar con avidez y honestidad —también buen juicio— esos parajes, a la vez llamativos, áridos y oscuros, del Espíritu.

Los Apuntes de Cadenas están lejos de cuajar un discurso improvisado ni —menos aun— una moda pasajera. En el ya remoto año 1966, el poeta demuestra estar familiarizado con el tema sobre el que versan aquellos, en una entrevista con J. R. Guillent Pérez, uno de los pocos venezolanos consagrados a la mística oriental y occidental, en aquellos tiempos turbulentos. Todo indica que, más allá de la historia personal y de las circunstancias políticas y sociales, un Rafael Cadenas todavía joven sentía en sus entrañas el gusanillo de las dudas e interrogaciones sobre el sentido profundo de la existencia personal y en torno a su lugar en el vasto, inabarcable, horizonte de lo propiamente real.

Estas últimas palabras apenas refieren una probable motivación in pectore, para que el poeta emprendiera la composición y publicación de sus Apuntes. Desde esa urgencia, la figura, la obra y el “estilo” místico de san Juan de la Cruz aparecen, a la vez, como asuntos de atención obligada y como pretexto para desatar el pensamiento y la palabra, que el poeta ha venido forjando y atesorando, a la espera del momento propicio para ofrecerlos a la luz pública. A eso se suma una atmósfera ideológica enrarecida por la larga preeminencia —por momentos, sucesiva; otras veces, simultánea— de lo que Cadenas llama los “cuatro positivismos: […] el de la Ilustración, el de la generación propiamente positivista, el de los marxismos y el más reciente, el moderno” (695), a la par de una instrumentalización de los grandes monoteísmos históricos. Se diría que la imposición y la expansión de tales visiones del mundo —lastradas por un realismo más o menos ingenuo, así como por el racionalismo, el ciencismo y la subyugación ante la técnica—, junto con la erosión de la religiosidad instaurada en Occidente por milenios, habrían agostado hasta la raíz toda expresión de fe y de furor místico o, cuando menos, la habrían reducido a una marginalidad extrema. Y, sin embargo, se mueven las almas vocadas a las profundidades del misterio. El hastío de muchos ante esas constricciones del Espíritu, así como los grandes fracasos y disfunciones materiales y morales asociados a ellas, han infundido nuevos bríos al interés por los grandes motivos de la mística, en las últimas décadas. Viene al caso, entonces, exclamar como lo hace el poeta, a fines de la centuria pasada: “¡Qué lejos y qué cerca de este fin de siglo se siente la mística!” (703).

Apuntes sobre san Juan de la Cruz y la mística resulta de la acertada ponderación que hace Cadenas de las referidas determinaciones externas y de la liberación de su propia fecundidad espiritual, que finalmente se evidencia como potencia bífida: fluye tanto por el cauce de los reclamos de lo real-misterioso cuanto por el de la composición poética. Después de largas exploraciones, lecturas, reflexiones y hallazgos de significación diversa, el poeta ofrece en esa obra el registro de un acercamiento vital y personal, no diletante ni erudito ni académico, a los dominios de lo místico y la mística. La dicción de esas notas es directa, sin pretensiones, como si se tratara de una proyección de la poesía de Cadenas, siempre refractaria a juegos fatuos y adornos estorbosos.

Es notorio que, para poder redactar sus Apuntes, Cadenas leyó una amplia serie de libros en torno a la mística, aparte de los de Juan de Yepes y su adlátere espiritual Teresa de Ávila. También se echa de ver que la lectura de esa bibliografía tuvo siempre un carácter crítico y dialógico. Esto sustenta la singularidad de sus respuestas a las preguntas que motivan su búsqueda teórica. Pero lo más destacable de ese puñado de notas, que a fin de cuentas se conforma como algo cercano a un tratado sobre la mística (sobre todo) occidental y sus nexos con el lenguaje y la poesía, es el peso que en ella adquiere la reflexión autónoma. Platón nos legó, en Sofista, una hermosa definición del proceso reflexivo: el diálogo del alma consigo misma. Cada cita, cada anécdota, cada comentario de los que dan cuerpo a los Apuntes de Cadenas, aparecen como la huella de un pensamiento integrado a su propia conciencia, por obra de un desdoblamiento dialógico interior; es decir: un pensar genuino y aun arriesgado.

El poeta Cadenas no pretende hacer ciencia ni filosofía rigurosa; no tiene por qué ir más allá de la honrada forja de respuestas a preguntas acuciantes, a inquietudes abrasivas. En ese contexto heurístico, la meta no es la consistencia lógica de ciertos enunciados, sino la honradez y el espesor de la vivencia. Por eso, en algunos casos en que la razón no alcanza a comprender ni, menos aún, satisfacer cierta sed de absoluto —un anhelo de inserción en la unidad del mundo—, Cadenas siente la urgencia de asentar esta conciencia: “¿Me contradigo? Pues bien, me contradigo” (693). Palabras, estas, que en trance análogo pudo haber proferido alguien como Miguel de Unamuno, aunque en verdad este nombre brilla por su ausencia en el discurso cadeniano.

La poesía de Cadenas empieza a dar muestras de su apertura a lo real-mistérico desde el momento mismo en que entra en tratos con el discurso de lo místico. Al menos desde 1966, año en el que —como ya se ha adelantado— “se confiesa” con Guillent Pérez, el poeta reconoce: “tengo un respeto místico por la palabra. La palabra para mí es una religión…”. Pero será la década de los setenta y los primeros años de la de los ochenta —unos tres lustros, más o menos— el momento de ensamble o conjunción íntima entre la búsqueda espiritual y la escritura de Cadenas —en especial, su poesía.

Justo cuando aparece Apuntes sobre san Juan de la Cruz… salen a la luz también los poemarios Intemperie y Memorial, al tiempo que Amante hace lo propio, en 1983, acaso cerrando una etapa o tempo en la poética cadeniana, marcado justamente por la impronta de lo místico. Antes, en 1972, las prensas ponen a disposición del público Literatura y vida, mientras que en 1979 sucede lo mismo con Realidad y literatura y, en 1983, con Anotaciones. Estos tres volúmenes de prosa forman con Apuntes el cuarteto en que se condensa, con más sustancia y solidez, el pensamiento de Cadenas sobre la insondable interioridad humana, la realidad del mundo —siempre inabarcable e imposible de nombrar a cabalidad—, el hecho del lenguaje y su deriva en todas las formas de la poíesis, así como los vasos que comunican entre sí todos esos fenómenos.

Los efectos de la interfecundación entre la labor dirigida a limitar las pretensiones de omnipotencia del yo y las urgencias de la expresión verbal —es decir, la fusión de ascética y composición poética— se harán claramente patentes a la primera oportunidad; esto es, en las páginas de Intemperie. Cualquier lector atento puede notar esto, sin mucho esfuerzo, pero no estará de más valerse del criterio de uno de sus exégetas mejor dotados: Armando Rojas Guardia, quien advierte en ese libro una “hipertrofia de la conciencia”, así como un “criticismo radical” —signos, ambos, de rigor ascético— en la relación del yo con el yo, con el mundo y con la palabra. De entrada, Rojas Guardia detecta las secuelas disposicionales derivadas del acto que Elsa Cross describe como “ir hacia el interior por la vía […] de la contemplación del propio ser”. Por lo demás, se diría que el propio Cadenas confirma el cumplimiento de esa tarea poético-espiritual, cuando da cuenta de la literal alteración —es decir: conversión en otro— experimentada por el “hombre viejo”, que así entra en el trance tan bellamente poetizado por san Juan de la Cruz, en un celebérrimo pareado, como “un entender no entendiendo,/ toda ciencia trascendiendo”.

En el plano formal, los efectos de las disposiciones de cariz místico que se acaban de referir, en tanto que fuentes de lo que Rojas Guardia detecta como “empresa purificadora del ascetismo” en la dicción cadeniana, se harán visibles en una escritura libre de “la más mínima impostación de la voz [y] el más remoto énfasis”: una poesía despojada de todo “oropel sonoro que desvíe nuestra atención de lo fundamental: lo que está diciendo, lo que está ocurriendo en su lenguaje”.

Es en Amante donde acaso llega a su cenit el proceso cadeniano de trama y urdimbre de mística y poesía. Después de ese libro, se estatuye el idioma definitivo de Cadenas, que ya no va a ser el de Los cuadernos del destierro, Falsas maniobras, “Derrota”, incluso Intemperie; mucho menos, el de Una isla.

La impronta de la poesía de san Juan de la Cruz en Amante se evidencia, tanto en la actitud del artífice ante lo real-mistérico y la palabra como en la estructura de la composición y en la prosodia. Luis Miguel Isava —otro de los lectores más destacables de Cadenas—, tras asumir los hallazgos de Denis de Rougemont, en sus exploraciones en torno a los nexos entre amor cortés y mística, detecta al menos dos puntos de conexión de la poesía de Cadenas con la tradición mística: la relevancia del amor en la experiencia de la fusión con lo real y el influjo ejercido por san Juan de la Cruz en la composición de Amante y en buena parte de la escritura cadeniana. De acuerdo con el acucioso cotejo que hace Isava de Amante con poemas como “Llama de amor vida”, “Noche oscura del alma”, “Subida al monte Carmelo” y “Cántico espiritual”, la poesía de Cadenas se ha dejado permear por el lenguaje alegórico y muchos de los tropos formales a que recurre el místico español, para hablar de lo sucedido en sus tratos con Dios —también por la sequedad del tono que signa a sus versos.

Con todo, esas correspondencias puntualmente registradas por Isava no alcanzan al plano de la actitud de la que parte la expresión poética. Como es bien sabido, san Juan de la Cruz trata de llevar a palabra vivencias que resultan de una ascética de la renuncia al mundo y de la mortificación del cuerpo y de todo lo que conecte con la voluntad, así como de la consiguiente contemplación del Amado, mientras que Cadenas recela sin ambages de toda práctica de “autotortura” (686) y, en consecuencia, la evita. Otro punto que suscita discordancia o reservas en Cadenas es la inevitable referencia a Dios por parte del místico avilés. Más abierto, en este aspecto, a corrientes espirituales como el budismo, Cadenas parece obsedido por esa problemática figuración del absoluto que recibe el nombre de “Dios”.

Eso es algo que se infiere de la frecuencia con que el poeta alude a este asunto en sus obras y dichos. Por ejemplo, una conversación sostenida con Harry Almela, en 1993, es ocasión para que Cadenas deje sentado: “Lo que el místico busca es un contacto con lo que uno puede llamar el fundamento de todo, al cual se le ha dado otro nombre que confunde mucho […] que es el nombre de Dios”. En el caso concreto de los Apuntes sobre san Juan de la Cruz, la contrariedad de Cadenas ante esa Omnipotencia aflora de manera más tajante, como cuando sostiene que lo más honesto ante Dios sería callar —cosa que no hacen los místicos cristianos— o cuando asienta un tanto kantianamente que la noción de Dios proviene de una extralimitación de la razón o cuando se deja seducir por el dictum machadiano de que es mejor que aquel no exista, porque sería terrible que existiera (704).

Pese a que, como bien señala Isava, Cadenas ya da muestras de su atracción por el misticismo en obras anteriores, como Falsas maniobras y Memorial, será en Amante donde se podrá identificar con nitidez todo un conjunto de “elementos místicos”, que permite adscribir una parte importante de la poesía cadeniana en el orden de espiritualidad al que pertenece todo poeta interiorista, más allá de Juan de Yepes, Bashō y tantos otros.

En concreto, esos “elementos místicos” que refiere Isava son: “1) la ascesis: ‘ella lo obligó a la más honda encuesta, a preguntarse que era en realidad suyo’; 2) el conceder el fundamento de la existencia a ‘lo otro’: ‘… el tú magnifico … que te toma y te anula como tempestad y de ti arranca al que busca’; 3) la entrega: ‘sabe ya que nada, nada le pertenece, salvo su dependencia, y acata el extraño señorío’; 4) la supresión de la voluntad y el deseo: ‘donde las manos ya no persiguen, apareces’; 5) la negación del yo: ‘mas una vez alojados olvidan su rostro y viven’; 6) la renuncia a todo soporte ajeno, inauténtico: ‘los arrimos se le desmoronaron uno a uno. Ahora vive, y debe regocijarse’; 7) la revelación (siempre inmanente en Cadenas): ‘tras el espacio donde el solo existir sobrepasa todo quehacer’; 8) la presencia de lo sagrado: ‘es a él que lo sagrado quiere encomendarse’; y por último la unión, también inmanente en apariencia, que ocurre en la segunda parte”.


Josu Landa / Caracas, Venezuela, 1953. Es filósofo, ensayista y poeta, profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Entre sus libros, cabe destacar Treno a la mujer que se fue con el tiempo (1996), Estros (2003) y Anafábulas (2014) y La balada de Cioran y otras exhalaciones (2016), así como los ensayos de Tanteos (2009), Canon City (2010) y Maquiavelo: las trampas del poder (2014).