24 agosto, 2020

Animales que toman distancia

de Julieta Marchant | Inéditos

Un vacío
en el lugar de la extremidad.
Es posible imaginar
que tocamos a alguien
con la mano que perdimos
y palparlo con el pensamiento.
Con la prótesis que es el pensamiento
o con las palabras.
La manera de hacer de una oración
algo comprensible
a pesar de que la idea continúe innominada.
Es posible sentir dolor
en el órgano que amputamos
y desear aliviar una herida
que no conserva su raíz.

En este punto, acaricio tu cuerpo que ya ha sido y que, a pesar de su pasado, encontró la manera de borrar el camino que labró para alcanzarme.
Y te quemas por frío.

En el lugar de la pierna, la palabra pierna. Oyó el sonido de la sierra aun cuando la sierra ya no estaba allí. Se quedó en el instante preciso en que el metal calaba el hueso. Se quedó en el instante preciso en que la boca se abrió y gritó un nombre. En el lugar del grito, la palabra aullido. Baladro, queja, súplica, demanda, fervor, delirio. Se afana el cuerpo en quedarse en el grito cuando no soporta su altura y su materia. Se afana en sobrevivir con o sin las partes que lo componen. Se afana la lengua en sostener un corazón y ver cómo se contrae fuera de toda lógica y naturaleza. Nos afanamos como los animales a los que se les escapa una presa y acechan la zona de desaparición. Entonces, se afana en el dolor que siente en la pierna mutilada y golpea la prótesis para aliviarse. Flagelamos una extremidad para apaciguar el dolor de la extremidad que en realidad nos lastima, y tú dices suturar.

Cuánto tiempo necesita un cuerpo para desaparecer
cuánto debió estar el tuyo en el agua.
Cuál es la última palabra que alguien piensa
antes de desplomarse.

El cuerpo humano está compuesto en gran parte de agua. Sin embargo, si lo sumergimos en su elemento se abandona. Inmersión, el rostro. Sumersión, el cuerpo. Y hubiera querido nadar contigo, ver el movimiento regular de tus brazos sobre la cabeza, los hombros alineados, las palmas de las manos ingresando para empujar el agua, el compás de la respiración, las piernas extendidas.

Se muere más rápido en agua dulce que en agua salada.
Hubo un océano.

Se cierra la garganta para que el agua no ingrese. El agua: ola, batiente, marejada, golpe, agitación, embate. Se cierra y por defensa se asfixia. O tal vez tu cuerpo no se defendió: el cauce de un río ingresa en el cauce de una boca, laringe el canal, agua el pulmón. Maceración en el roce con la humedad.

Se hincha
y ablanda la piel.
Parpadea
no hay constelación.
Hubo un océano de agua dulce
y te quemaste por frío.
Escribo pensando en las maneras
de suturar un corazón
en las puntadas e hilos
que anticipan la rajadura.
Enhebra un órgano
adiestra la finitud
conserva.

Escribir, ahora, únicamente para que sepan que un día dejé de existir; que todo, encima y alrededor de mí, se tornó azul, inmensa comarca vacía para que emprenda el vuelo el águila cuyas alas potentes, al aletear, repiten hasta el infinito los gestos que marcan el adiós al mundo.

Se abre un pecho que dejará una cicatriz vertical que le recordará al cuerpo que se abrió el pecho. El cirujano ingresa las manos para frotar un corazón inmóvil. Con el contacto es posible contraerlo.
Espasmo y latido
fulguración.
Y aparece ante nosotros el relámpago. Volvemos a parpadear y las estrellas forman una figura inaudita. Imaginar el peso de un cuerpo que alguien encontró flotando, el peso que adquiere en el instante en que otro lo levanta y lo eleva justo sobre la línea que define el agua. La altura que se requiere para sacarlo y no hundirse por inquietud o desgarro.

Escribo pensando en las palabras pero son justamente las palabras animales que toman distancia. Un conjunto de peces ve una mano hundirse en un acuario. Solo el más pequeño se queda con la cabeza hacia arriba y apoya su boca circular en un dedo. Las demás palabras se retiran. Amontonadas al fondo parecen manchas de carbón. Es cierto, tú dijiste suturar y yo bajé la cabeza. No fui al fondo a esconderme pero la bajé. Vela tu cuerpo al mío cada mañana en que no logra despertar, con las manos levantas mi cabeza y con la boca me quedo adherida a uno de tus dedos. A las palabras, a los peces, a la escena de alguien flotando en el agua. A la imagen de un bosque que se quemó por frío, pero que limpiaste pacientemente para construir un jardín. Siembra en silencio y desde mi insignificancia observo cómo el paisaje reverdece.

 

* Fragmento de En el lugar de la mano, el ímpetu de un río (inédito).


Julieta Marchant / Santiago de Chile, 1985. Ha publicado Urdimbre (Inubicalistas, 2009); Té de jazmín (Marea Baja, 2010); El nacimiento de la hebra (Edicola, 2015), parcialmente traducido al inglés como The Birth of Thread, traducción de Thomas Rothe (Tinfish Press, 2019); Habla el oído (Cuadro de Tiza, 2017) y Reclamar el derecho a decirlo todo (Pez Espiral, 2017; Jámpster eBooks, 2019). Es codirectora de los sellos Cuadro de Tiza Ediciones y Editorial Bisturí 10.