17 agosto, 2020

Dos reescrituras de “Derrota”, de Rafael Cadenas

de María Virginia Jaua y Adalber Salas Hernández | Dossier, Inéditos

Como parte de la celebración por los noventa años de Rafael Cadenas, propusimos a dos autores venezolanos que reescribieran uno de los poemas clásicos y más celebrados de su coterráneo: “Derrota”, de 1963. Presentamos aquí ambos resultados.

—La redacción

 

María Virginia Jaua

otra derrota

yo
que he tenido diversos oficios
que ante todos me he sentido débil
que no perseguí los mejores títulos para la vida
que apenas llego a un sitio ya quiero irme a otro o quedarme para siempre
que he sido negada injustamente por los más aptos y por las más aptas también
que me arrimo a las paredes para no caer del todo
que soy objeto de risa para mí misma
que he sido humillada por supuestos profesores de literatura
que un día pregunté en qué podía ayudar y no obtuve respuesta
que no podré nunca formar un hogar, ni ser brillante, ni triunfar en la vida
que he sido abandonada porque hablo poco pero cuando me atrevo lo hago sin concesión
que siento vergüenza por actos que no he cometido
que poco me ha faltado para echar a correr como una loca por la calle
que he creído perder un centro que nunca tuve ni tendré
que me he vuelto extraña para mucha gente por vivir a mi aire
que no encontraré nunca a quien me soporte
que fui preterida en aras de otras más desgraciadas
que seguiré toda la vida así y que el año entrante seré mucho más envidiada en mi ridícula condición
que estoy cansada de recibir consejos de personas ignorantes y sin escrúpulos
que nunca podré viajar, no habrá epopeya, no habrá poema, ni ningún retorno posible a algún país natal
que hice favores sin recibir nada en cambio y los sigo haciendo
que ando por una ciudad que no conozco buscándome como una pluma…
que jamás me he dejado llevar por los otros
que tengo una personalidad testaruda y he querido tenerla porque sí, porque me da la gana
que todo el día alimento una rebelión que nunca termina de estallar
no me fui a las guerrillas ni a defender causas perdidas
me fui porque me urgía vivir
que no he hecho nada por “mi gente”
me desespero por todas las desgracias pasadas y por las que vendrán…
que no puedo salir del exilio interno, mi dulce prisión
que he sido dada de baja en muchas partes por algo que intuyo aunque no alcanzo a descifrar
que en realidad no he podido tener un día sereno
que no me niego a reconocer los hechos
que siempre escupo sobre una historia que me es ajena y que al mismo tiempo me atraviesa y me ha dejado        marcada
que a veces me siento inútil y más que inútil, pero conservo un amor propio desde mi nacimiento 
que perdí el hilo del discurso que se ejecutaba en mí y no he podido encontrarlo
que lloro cuando no siento el deseo de hacerlo y me estremezco
admito que he llegado tarde a todo
que he sido vencida por tanta violencia y tanto silencio
que hoy ansío la inmovilidad perfecta de un colibrí, la brisa impecable y aromática perdida en la adolescencia…
que no soy ni seré la que soñé
que desde muy joven escucho una voz
que a pesar de todo procuro mantener un orgullo que poco a poco languidece
que a ciertas horas recuerdo haber sido humilde como solo las piedras pueden serlo
que he vivido muchos años dando vueltas en círculo
que me creía predestinada para algo fuera de lo común
que nunca usaré aquel traje sobrio de cuello ceñido y blanco
que a veces no encuentro nada, ni mi cuerpo
he percibido por relámpagos mi debilidad y no he podido desvanecerme ni alzarme para crear desde mi        ingravidez una frescura nueva
que obstinadamente pienso en el eco de un suicido que resuena en mi mente y me hace fantasear con un        anhelado regreso a la muerte
me levantaré del suelo para seguir burlándome de todos y de mí
me levantaré para agradecer a mi padre el inconmensurable legado de vida y de dolor
hasta el final de mis días

amén

 

Adalber Salas Hernández

(Derrota – remake)

Yo que nunca he sabido decir cuál era mi oficio.

Que siento tristeza y asco cuando escucho el tono con que dicen
viceministro, subsecretario, director.

Que quise escribir poemas como huesos secos,
pero terminé comiéndome toda su grasa.

Que creo firmemente que el corazón no es un músculo,
sino una araña ciega
cuyas patas se retuercen por todo el cuerpo.

Que no conseguí fiarme de las confesiones.

Que escribí y escribí y escribí como quien huye sentado.

Que vi un diente en la calle y no me atreví a recogerlo por temor a descubrir que era mío.

Que creo que los vestidos son más cómodos que los pantalones.

Que me asusto cada vez que escucho la palabra victoria.

Que me asusto con la autocomplacencia de los vencidos.

Que creí que me sería dado paso franco a otras lenguas,
pero ni siquiera puedo entrar a la mía.

Que lloro con el final de El Gran Dictador.

Que amé sin boca lo que amé.

Que tuve que obligarme a llorar por mis muertos más cercanos.

Que no creo en la fuerza.

Que entiendo la espontaneidad como otra farsa.

Que pienso que todos los héroes son mercaderes de muerte.

Que evado la mirada de los mendigos cuando doy limosna. 

Que a menudo sueño con hormigas que hacen nido en mi boca.

Que sé que soy un fraude, pero aún no sé cómo.

Que amé sin ojos lo que amé.

Que me toquetea la mano invisible del mercado.

Que escribí casi todo este poema caminando por Queens, pensando en mi declaración fiscal, y que ahora no comprendo ni el poema ni los impuestos.

Que no entiendo los autos deportivos. Que no entiendo la velocidad, el escándalo.

Que ya he ido a la India
(y todo lo que diga al respecto sería injusto)
(y que no tomé una sola foto).

Que colecciono supersticiones nimias, animales de la suerte,
gestos auspiciosos.

Que creí que mi padre era eterno.

Que aún me atemorizo con la magia simple del tacto. 

Que nunca quise reivindicar nada más que el derecho a decir.

Que fui tildado de tibio, que fui llamado indiferente.

Que me he quedado dormido y babeo sobre los hechos,
los datos, los sucesos, las cifras.

Que he sido débil e indeciso aunque cada noche apoye la nuca
en la roca de mi soberbia.

(Esa roca dentada).

Que he abandonado a los que me han necesitado.

Que no encuentro mi cuerpo
y que cuando lo encuentro no es más
que un campo de trincheras y mandíbulas y dedos sembrados.

Que nunca entendí la pasión por discutir, la necesidad compulsiva de tener la razón.

Que nunca supe cultivar enemistades.

Que nunca supe escoger facciones.

Que amé solo con los pies. Amor decapitado.

Que miro a la policía con una mezcla de rabia y vergüenza.

Que estoy convencido de que mi intimidad es ilegítima.

Que amo nadar porque bajo el agua el mundo tiene un peso blando.

Que duermo con un ojo abierto y miedo a mirar.

Que siento el deseo como una soga al cuello.

Que no podré barrer con todo ni derribar las piedras
que se van apilando en mí, como un monolito idiota.

Que no quiero burlarme de mí mismo ni de nadie; que solo
quiero seguir dando hachazos a los monumentos que me encuentre
hasta el día del juicio final.


María Virginia Jaua y Adalber Salas Hernández

María Virginia Jaua / Madrid, España, 1971. Escritora y editora venezolano-mexicana. Ha publicado, entre otros libros, Idea de la ceniza (Periférica, 2015), y México: ensayo de un mito (2016). Dirige la revista digital de crítica y análisis cultural campoderelampagos.org

Adalber Salas Hernández / Caracas, Venezuela, 1987. Poeta, ensayista y traductor. Autor de seis libros de poemas, ganó en 2015 el XXXVI Premio de Poesía Arcipreste de Hita con Salvoconducto. Su libro más reciente es Palabras sin dueñoVariaciones sobre la traducción literaria (Dirección de Literatura / UNAM, 2019). Ha traducido a Marguerite Duras, Antonin Artaud y Charles Wright, entre muchos otros autores de lengua francesa e inglesa.