28 agosto, 2023

Los cuatro horizontes de Gustavo Pereira

de Josu Landa | Dossier, Ensayos

 
Tengo una memoria débil, pero al menos conserva con vivacidad ciertas imágenes del día en el que la fortuna me deparó la experiencia de conocer en persona al todavía joven poeta Gustavo Pereira (Isla de Margarita, Venezuela, 1940).

Me place que esta evocación rebrote en el momento en que me entero de que Pereira ha sido galardonado con el Premio de Poesía José Lezama Lima, que auspicia la cubana Casa de las Américas. Me dio por pensar que podría tratarse del reconocimiento de una meritoria y constante andadura por los caminos de la composición poética y la alegría solidaria —alegrarse por el buen suceso del colega y amigo es más generoso que la compasión ante su desgracia, aunque tampoco cabe menospreciar el valor de toda sincera empatía con quien pasa trances lamentables—; acrece la gran satisfacción de ver vinculado, con plena justicia, el nombre del gran poeta margariteño al nombre del gran poeta cubano.

Ese primer encuentro entre nosotros sucedió en 1970 o 1971, en la localidad de San José de Guanipa, donde el poeta fungía como juez de paz. Nos presentó el narrador y promotor cultural Benito Irady. Yo tenía, a lo más, 18 años; no había hecho nada digno de consideración en ese tiempo y acababa de regresar a las siempre añoradas sabanas de Guanipa, luego de dos lustros de ausencia.

Rebobinar la ya larga película de mi existencia hasta aquel cuadro de sol invencible, decididamente apolíneo, de hace más de cinco décadas, aquel austero habitáculo de paredes de bahareque apenas recubiertas de cemento y exornadas con una como lechada de cal o carburo teñido de un discreto añil, bendecido por la impagable umbría de los frondosos y opimos mangos del entorno, erigido en aquel tramo de la carretera que todavía une las históricas poblaciones petroleras de San Tomé y El Tigre, a poco más de 100 kilómetros del Orinoco, a nada de los morichales, guardianes insobornables del apacible cauce del río Tigre, y de algunos de los ubicuos balancines que ordeñaban sin cesar las ubres subterráneas de la sabana ahítas de “aceite de piedra”… Regresar sobre mis pasos —decía— por la nublada y, a veces, incluso caliginosa topografía de la memoria, hasta aquel lejano fulgor, aquella inusual transparencia de lo vivido, es como volver a hollar, en sentido inverso, horizontes tras horizontes, otrora columbrados y traspuestos con variable fortuna. En lo que sigue, sólo voy a referir algunos que tienen que ver con la figura y los gestos siempre afables, con los dichos y hechos siempre tan raigalmente humanos, del hoy por hoy máximo poeta del Oriente venezolano, después de José Antonio Ramos Sucre.

 

1

Voy, en primer término, a repasarme ante el horizonte Gustavo Pereira poeta, a mirarme en mi propia mirada extendida en lontananza, en el momento de otear el poemario Poesía de qué, publicado justo en los tiempos en que se dio nuestro primer encuentro: en 1970. Para llegar a este punto, en la remembranza, paso por estaciones como la de Oficio de partir (1999), Escrito de salvaje (1993), La fiesta sigue (1991), Vivir contra morir (1988), Tiempos oscuros, tiempos de sol (1981), los dos Libros de los somaris (1974 y 1979) y Los cuatro horizontes del cielo (1974). Pero antes de vérmelas con el ya citado Poesía de qué, ya para cuando pude dar con la humanidad obstante del poeta, revoloteaban por entre las fibras de mi alma todavía tierna, dada a las ardentías y los dictados hormonales de la edad, por lo menos, los versículos de El interior de las sombras (puestos a rodar en el sísmico año 1968) y, sobre todo, las provocativos requiebros metaeróticos de En plena estación (verbigracia los motivados por Margarita Gautier y Kim Novak) y las contundencias de Hasta reventar (“Me voy por las calles por las páginas por los libros/ por las ceremonias y el fuego…”, etcétera), ambos volúmenes de 1966.

A nada que cruzo esas líneas que, en su momento, fueron horizontes: señuelos para la sed de visiones: voces para el espíritu urgido de vibraciones del sentido, revivo tantos y tantos encuentros con un estro curtido en la coexistencia anímica de borrascas y estados de sosiego, esperanzas atadas a audacias de vértigo y fulgores de un clímax en trance de reiteración sin fin, por obra de sus inmanentes intensidades, una exigente y muy libre voluntad de forma, reacia sin embargo a purismos y asepsias de la expresión. En una obra tan copiosa como la de Pereira, cunden proferencias como ya están vacías las cuencas que veían las sombras” o “mis caminos son las palabras que escribí” o como un poeta tonto entre miles de técnicos geniales en las suntuosas/ oficinas donde se deciden los destinos/ las fornicaciones/ y el hastío/ […] así tal vez seré algún día…”

También columbro en el empañado espejo retrovisor del tiempo vivido una de las más llamativas contribuciones de Pereira a la lírica: la invención del “somari”, una especie de poema-proyectil, que por su rotundidad, su economía expresiva, puede inducir a evocar las prestigiosas formas sintéticas sinojaponesas —por ejemplo, el que se titula “Escrito en la arena”: “Única misión/ dejar rastros…” o este otro, huérfano de título: “La solitaria cresta del mar/ apura su último sorbo de sol”—, aunque a menudo opera como un transgresivo, corrosivo, artefacto de comunicación poética con presurosos urbanitas, en general, vedados a la lectura de mediano y largo aliento: “La poesía debe ser vista como un cuerpo al que todos desean besar/ (aunque quema)/ y poseer/ (aunque se deshace en las manos)”, “Somari de los planes”: “Asciendo al cielo donde trazo mis planes/ Después desciendo al mundo y los deshago.”

La impugnación ético-política descarnada, la ironía, incluso el sarcasmo, los arrestos de tonalidad épica y la parresía por fuerza intempestiva siempre han sido ingredientes de buena parte de la poesía de Pereira, pero ello no ha sido óbice para sacar a relucir un lirismo demasiado humano y de genuina entraña, cuando la urgencia expresiva lo amerita. Aunque no faltan casos de entrecruce de una vertiente con la otra, como en su “Sonatina pendeja”: “Que las estrellas rodantes Que la pasión/ Que los dulces de fresa Que tus labios a medianoche/ Que las arandelas del sueño por donde pasa tu amor/ Que yo desnudo a tu lado Que el frescor de la mañana de domingo/ Que nada/ Que es mentira Que el calor de tu sexo como alud salvaje/ Que me olvidas/ Que apenas tienes valor para mirarme a los ojos/ Que te marchas/ Que jamás podrás hallar la puerta/ sino en la maraña de mis brazos.” La mitad del poema “Fin de partida”, en cambio, basta para comprobar la hondura de los socavones en el ánima y el ánimo del poeta siempre en trance de vida —es decir, de peligro, de vértigo, de lúcida serenidad pese a todo—: “Partir es renacer Así declaré mi mediodía/ y así deduje que avanzaba// Partir es encontrar otros tejados/ en la helada implacable/ bajo la cual una muchacha/ aguarda un hombre que no es uno// Se parte de sí mismo y se naufraga entre sábanas y humo/ o se parte de otros hacia otros/ Yo partí de mis sesos/ Conocí la más alta zozobra los declives/ los bares las colmenas/ las pesadumbres y sus azoteas/ los amores sin alma y las penas/ Y fueron mías la miel y la cadena/ y la pelambre húmeda y el riesgo/ y la locura.”

Cabe celebrar la compañía de Juan Liscano, en este alígero viaje al embrión de los horizontes atisbados en la poética de Pereira. Redescubro ahora un veredicto, no por añejo menos actual (por certero) de aquél sobre éste: “[El discurso de Pereira aprehende] la realidad física —cosas, elementos, desechos, entorno, objetos, aparatos, erzats, seres cotidianos— y [lo bate] como en una mezcladora obteniendo así́ un lenguaje de carácter fundamentalmente expresionista, sin filtro alguno, a medias magma verbal y escritura antipoética, con ráfagas superrealistas metafóricas y trazos caricaturescos, cartelarios, voluntariamente prosaicos, feos, miserabilistas, tremendistas, destinados a golpear, sacudir, imprecar por símiles. Pero ese exteriorismo discursivo trasuda vivencias, recuerdos, confesiones, autobiografía, afectos, ternuras.”

Y esa dichosa desandadura hacia lindes y límites franqueados en el musgoso suelo de la memoria viene ahora a ratificar lo tantas veces oteado en la zona de irradiación de la voz de Pereira: su impulso y alcance universales. Su gentilicio de tierras y mares por donde el sol se nos prodiga a diario es innegable y en ello arraiga algo que luce como un destino: no conozco ningún poeta oriundo o, cuando menos, avencindado con largueza en el Oriente venezolano, en los últimos sesenta años, que no esté en deuda, por sí o por no, con Pereira. En su caso, lo universal acontece por obra de un ir y venir de la experiencia vital a escala regional y local (playas, islas, reiteraciones sin fin de las muchas vastedades del mar, alguna autoctonía poética, efectos del precario canon literario escolar, conflictos sociales y tensiones políticas de cercanías) a la apertura sin límite ni freno hacia el anchuroso y ya no ajeno mundo de la mejor poesía de todos los puntos cardinales de la universalidad.

La poesía de Pereira brota del vórtice creativo en cuya rotación confluye lo mejor de las tradiciones poéticas de Venezuela, América y Europa, sin menoscabo de su empatía con partes de la de Rusia, además de las de China y Japón, que ya se han mencionado. Pereira, por cierto, no limita su sed de sentido y su ímpetu expresivo a los dominios de la lírica. Se ha pasado la vida formándose humana y académicamente, ha estudiado varias carreras en universidades de su país y del extranjero y es el autor de prosas de innegable solidez argumental, claridad expositiva, impecable e implacable factura y pertinencia cultural. Volúmenes como Los seres invisibles, Historias del paraíso, Costado indio y el propio Diario de revelaciones —el que premiaron en La Habana— entre otros, dan fe de este hecho. Esta vertiente de su labor intelectual no es una simple compañía en paralelo de la composición poética. Al contrario, ambas se entreveran, tanto por la circunstancia de que provienen de una misma fuente de creación, como por el hecho de que Pereira es de esos poetas que tematiza su oficio y somete a escrutinio algunas de sus dimensiones. En su caso, esa operación reflexiva cuajó en las páginas de El peor de los oficios, fecundo ensayo en el que la severa caracterización que el irlandés Mac Mahon hizo de la poesía, nada menos que en el siglo XVI, se confirma, amplía y profundiza, hasta los inasibles límites que el agudo ingenio y el afilado sentido crítico de Pereira es capaz de llegar.

 

2

Es propio de los horizontes la infinita simultaneidad de dos actos contrapuestos: recibir la planta del caminante, en el mismo instante en que la libera en dirección del siguiente, en la curvatura de la esfera térrea. Pero la memoria guarda cada uno de los tantos meridianos otrora hollados y me concede dar con el de Gustavo Pereira activista poético. En la Venezuela de los años 60, 70 y parte de los posteriores, del siglo pasado, sucedía mucho que quien militara en la poesía lo hiciera también en alguna causa política. En aquellos tiempos de caliente Guerra Fría en el país, la mayor parte de la poetería nacional comulgaba con programas de izquierda, aunque en la acera de enfrente se topaba con colegas como Juan Liscano, Guillermo Sucre y Vicente Gerbasi, notables adeptos del establishment antirrevolucionario, cimentado en el célebre Pacto de Puntofijo, suscrito en octubre de 1958, por la socialdemócrata Acción Democrática (AD), el demócrata-cristiano COPEI y la “centrista” Unión Republicana Democrática (URD). Podría decirse que, por razones de influjo familiar, así como por vocación y determinación propias, desde muy joven, el poeta Pereira se identificó con el sindicalismo combativo y el movimiento comunista venezolanos, aspecto en el que me detendré más adelante.

Desde comienzos del siglo xx, Venezuela se abrió con entusiasmo a diversos movimientos de ruptura y renovación en todas las artes. Es probable que el transtemporal y ubicuo espíritu de vanguardia hallara, en la disruptividad ambiente de los años 60 —catalizada por el derrocamiento de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y el triunfo de la Revolución Cubana, todavía muy recientes—, la sementera en la que habría de germinar un potente y audaz vanguardismo poético —es decir: artístico—. Esto es algo que puede colegirse, por caso, del inventario de manifiestos vanguardistas recopilado por Alfredo Chacón en La izquierda cultural venezolana (1958-1968). Los ecos ya residuales del grupo Sardio y el brote de sus homólogos ulteriores, a cada cual más epatante: Tabla Redonda, El Techo de la Ballena, En Haa, Cuarenta Grados a la Sombra y otros fueron dando forma a una atmósfera iconoclasta, paralela a la agitación política revolucionaria. Con “paralela” quiero decir que se trataba de vertientes que fluían una junto a la otra —y es cierto que algunos poetas, narradores y pintores se sumergían en ambas a la vez—, sin que la creación poética, en sus expresiones más eminentes, perdiera autonomía.

En esa jungla de pulsionalidad y sobreexcitación del principio esperanza, Pereira estimuló y vivió junto con otros poetas (no sólo literarios) el corto verano de la vanguardia poética, en el Oriente venezolano, más o menos en el meridiano de los años 60 (1964-1965), con la agrupación Trópico Uno. Si traigo a cuento aquí este dato, no es con la intención de agregar nada al conocimiento de esa iniciativa cultural tan estudiada. Más o menos, partícipe de la línea de actitud, pensamiento y acción propia de El Techo de la Ballena, bastará con recordar lo dicho por Carmen Virginia Carrillo sobre Trópico Uno, en su libro De la belleza y el furor —título certero donde los haya—: “Con un estilo desenfadado propone la subversión estética al estilo dadá, así como el radicalismo ideológico.” Si menciono aquí esa etapa de la biografía intelectual de Pereira es porque me tocó constatar personalmente la resonancia de Trópico Uno, en la región oriental de Venezuela, todavía hasta la primera mitad de los 70, como mínimo. No me parece un mérito menor, en el país ultracentralizado que siempre ha sido Venezuela. Cuando a mis escasos 18 años se plantó frente a mí aquel juez afable, en una escenografía que hoy me impele a evocar ciertos ambientes de Canaima o de Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, supe entender y apreciar el ascendiente artístico y ético de un poeta bajo cuya égida y carisma se confabuló una suerte de cofradía poético-política con el legendario Eduardo Sifontes —una especie de Rimbaud tropical, cuando daba el salto de la partitura musical a la página en blanco y se lo permitía la conspiración guerrillera y la recuperación física tras las sesiones de tortura a que fue sometido—, el no menos conspirativo de pluma salamandrina José Lira Sosa, Luis Luksic y la también mítica Rita Valdivia —ambos procedentes de Bolivia; la última, implicada en la fallida empresa encabezada por el Che Guevara, en dicho país, hasta que cayó acribillada en 1969—, el pintor Eduardo Lezama y otros. Esa retrofiguración de aquel Pereira adquiere en mí, ahora, nueva vivacidad cuando observo entre lampos un tanto lábiles y comprensibles sombras al poeta que conduce, con la experiencia adquirida en tantas andanzas de poesía y apostolado artístico, el suplemento cultural de Antorcha, heroico diario sostenido y dirigido con dignidad por Edmundo Barrios y el panameño Juan Meza Vergara. En medio de tanta materia de difícil y acaso engañosa recordación, celebro la ventura de mantener presente el instante en que aquel ya para entonces legendario poeta Pereira ofreció a un mocoso don nadie como el que suscribe estas líneas las páginas de su publicación semanal. Sólo una ingratitud a la que estoy vedado me haría olvidar un gesto al que debo haber publicado algo, por primera vez, fuera del ámbito escolar; es decir, del bachillerato del que acababa de salir.

 

3

Voy a la traza del tercer horizonte. Ésta me resulta más difícil de otear en el paisaje de mi memoria. Lo que recuerdo es que, sin cortar sus lazos con lo universal, sin dejar de estar presente en la dinámica poética nacional —lo que, en buena medida, equivale a hablar de la poesía canonizada en Caracas—, Gustavo Pereira robusteció su raigambre en sus islas de referencia y en la tierra firme oriental venezolana. Entró a la planta docente de la Universidad de Oriente —UDO, la misma en que estudié mi licenciatura—, en medio de las ondas de convulsión que brotaban del epicentral año 1968. Cuando la tempestad apenas parecía amainar, en 1972, funda en esa casa de estudios el Departamento de Humanidades y Ciencias Sociales, instancia desde la que impulsó durante décadas —junto con un reducido grupo de cómplices de verdadero espíritu universitario— una labor humanista digna de la más alta ponderación.

No sé por qué, en general, no se le reconoce más relieve a esta faceta del cursus honorum cultural de Pereira. Para mí, es la continuación, ciertamente algo atemperada y en un ámbito institucional, universitario, de su activismo poético en los tiempos de Trópico Uno. Esto, por sí solo, ya me parece motivo de encomio. Pero esta vertiente de la labor intelectual del poeta luce tanto más meritoria, cuando se advierte que hubo de desplegarse en medio de considerables adversidades, tanto en su universidad como en su entorno regional y nacional.

José Balza —además de escritor y crítico de primerísima categoría, excepcional cultor del género de la biografía artística-intelectual, en Venezuela— recuerda, en su estupendo prólogo a la Poesía selecta de su contemporáneo margariteño, cómo los adecos1 destituyeron al poeta de su cargo de Delegado de Cultura, en el núcleo de Monagas de la UDO, en 1965, a los tres meses de haber empezado a ejercerlo, por razones de represión política. Ese dato exhibe con nitidez y crudeza la catadura de una institución, en general, controlada con mano férrea por AD, desde su fundación. Con todo, desde comienzos de los 70, Pereira consolida su arriesgada inserción en dicha universidad. Esto propicia el despliegue de una labor docente y de promoción cultural, cuya impronta positiva agradecen todos los alumnos —mujeres y hombres— que han tenido a bien aprovecharla. Debe destacarse que esa actividad universitaria transcurrió sin que el poeta se burocratizara ni renunciara a su vocación: durante más de tres décadas, siguió componiendo y publicando buena poesía, así como parte de su obra ensayística. En un medio social y escolar atosigado por el tecnologismo y la agresiva dinámica petrolera, mayormente, lejano y hasta reñido con todo lo que oliese a cultura, la estela de la acción poética y humanista de Pereira y sus colegas más afines tiene una valía imposible de exagerar.

 

4

El poema número xii de Los cuatro horizontes del cielo puede ofrecer la clave de la dimensión parapoética más compacta de la historia personal de Gustavo Pereira. Es una composición que parece consonar actitudinalmente con el célebre “Alta traición”, de José Emilio Pacheco. Como sea, se ofrece al modo de un manojo de versos a tono con uno de los asuntos de máximo interés, para muchos de quienes ejercieron los vanguardismos de los 60 en adelante: la adorosa parresía, a manera de bofetada grávida de ira y de denuncia ético-poético-política, vertida en el rostro de “el país”. Estos son sus últimos versos: “Este país que no tiene un punto fijo sino los cuatro/ horizontes del cielo/ para perderse o salvarse”.

Las dos bandas que flanquean ese dilema —perdición y salvación— atisbado en la suerte de un país sin asideros de trascendencia verdadera y sumido en las aguas turbias, ensangrentadas, de las injusticias sin freno moral ni legal y de la consiguiente conflictividad sin fin, por los siglos de los siglos, son los extremos entre los que fluye la firme pasión política que siempre ha caracterizado al Pereira ciudadano y poeta.

Pereira es una perfecta encarnación del poeta engagé. En su caso, este participio francés designa un compromiso con el mundo natural y social que le circunda. Su manera de ser “animal político” —alguien que sólo puede vivir en comunidad, en sociedad, en polis, según la archiconocida definición de Aristóteles— es siendo “animal poético”. Esto implica que, en último término, el más verdadero y profundo “enganche” de Pereira es con la poesía, en el entendido de que ésta, a fin de cuentas, sólo puede ser civil: sólo alcanza la gracia del sentido, cuando se endereza —no importa si por veredas no muy rectas— hacia algún avatar de la salvación de lo humano y los humanos. Que el poeta circule por la izquierda o por la derecha, en los caminos que llevan a esa meta, luce como un simple accidente del ser.

Lo que se respeta es la congruencia del poeta en la procura de ese cometido. Lo que se aprecia es que el poeta no rinda su estro ante ningún factor antipoético. Pereira siempre ha mantenido su corazón político en el mismo lado en que se halla el biológico. Pereira militó en la izquierda durante los años de plomo de la democracia liberal puntofijista, con todos los riesgos que ello implicaba. En 1999, Pereira buscó con éxito el voto popular, para integrar la Asamblea que elaboró la constitución vigente en la Venezuela actual y cuyo preámbulo es de su autoría. En medio de venturas y desventuras, alegrías y sinsabores, bonanzas y privaciones, entusiasmos y escepticismos, tempestades y días de sol sereno, el poeta Pereira sigue fiel a sus querencias izquierdistas, sin renunciar a su comprobada autonomía crítica, y continúa reñido contra lo que considera posturas retrógradas, reaccionarias, fascistas y, finalmente, antihumanas. Es válido discrepar de esa postura. Es, asimismo, legítimo poner en cuestión la añeja disyunción izquierda-derecha y otras de parecido tenor. Como sea, está fuera de toda discusión el derecho de Gustavo Pereira a pensar como le venga en gana. Con todo, se puede convenir en que la civilidad, el compromiso consciente y solidario con la vida de la comunidad y la polis, es una virtud. La actitud contraria es, justamente, aquella para la que los griegos inventaron la palabra idios, de donde vienen “idiota”, “idiotez” e “idiocia”. Y lo poeta no quita a nadie su condición de ciudadano ni viceversa.

Ahora bien, desde el punto de vista de la virtud poética, lo que importa, se espera y se estima es que el poeta componga la mejor poesía; que no subordine su voluntad de sentido poético y su autoexigencia de rigor formal a las lógicas de ninguna variante de la propaganda. Todavía recuerdo la vez en que Pereira publicó una elegía por Alfredo Maneiro, lúcido filósofo y militante revolucionario a quien el poeta conocía y admiraba. Me quedé para siempre con la impresión de que, en ese poema, hay un equilibrio entre la expresión estéticamente solvente, el sentimiento personal y las ineludibles referencias de cariz político. No me parece haber visto, en aquellos versos, concesión alguna al panfletarismo. En las composiciones de Pereira las abundantes críticas, protestas y denuncias han pasado por el tamiz de la ironía, el sarcasmo, la burla, el juego con el lenguaje… En suma, los recursos retóricos aptos para la expresión fuerte y sustanciosa, que busca la resolución poética adecuada. Y —también hay que decirlo— así como el poeta ha rehusado el fácil y grosero expediente de lo panfletario, también ha rehuido, como si de peste se tratara, toda carantoña a adefesios de doctrina (anti)estética como el realismo socialista y afines. Más allá de hagiografías y diabolografías —tan frecuentes en tiempos de polarización general—, una ponderación justa de los casi 70 años de presencia de Pereira en la historia de Venezuela reclama, por fuerza, tener presentes esas maneras de entender la poesía como forma de vida.

***

Estos y todos los horizontes traspuestos por Gustavo Pereira justifican reconocimientos de tan alta dignidad como el Premio de Poesía José Lezama Lima, en la edición correspondiente a 2023.

Me topo con la sonrisa del poeta en las fotografías que registran el acto de entrega de dicho premio. No me parece diferente a la que selló aquel nuestro primer encuentro, en las sabanas de Guanipa, in illo tempore: cuando empezaba a declinar el siglo xx.

 

Ciudad de México, julio de 2023

 


1 Militantes de Acción Democrática (AD): homólogos venezolanos de los priístas mexicanos.


Josu Landa / Caracas, Venezuela, 1953. Filósofo, ensayista y poeta, profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Entre sus libros cabe destacar Treno a la mujer que se fue con el tiempo (1996), Estros (2003) y Anafábulas (2014) y La balada de Cioran y otras exhalaciones (2016), así como los ensayos de Tanteos (2009), Canon City (2010), Maquiavelo: las trampas del poder (2014) y Teoría del caníbal exquisito (2019).