La “romántica” olvidada

¿Qué es lo que me preocupa y qué estoy esperando?/
En el pueblo, me aburro; me apena la ciudad./
Placeres de mi edad/
Jamás podrán salvarme de este paso del tiempo./
Antes, las amistades y encantos del estudio,/
Llenaban sin esfuerzo mi tan tranquilo ocio:/
¿Qué objeto entonces tienen mis deseos tan vagos?

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Baudelaire, el albatros

Baudelaire, más que otros poetas, invalida toda pretensión de objetividad, invita más bien a referir la experiencia de leerlo. Y aun esa experiencia debería datarse, porque el Baudelaire que nos fascinó en la juventud tiene una faz diferente a los ojos del lector maduro o del lector que envejece, a punto tal que este último se asoma de nuevo a sus poemas y se pregunta, perplejo: pero ¿quién era entonces, quién es Baudelaire? Y sobre todo, ¿qué es?

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Quien fuera, estrella, como tú, constante

Quien fuera, estrella, como tú, constante
–No colgar de la noche en brillo ausente
Con los ojos de par en par, pendiente
Como eremita insomne y vigilante
Del agua clerical en sus rutinas
De ablución pura por la orilla humana,
O ver caer la mascarilla vana

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El cortejo pagano

El sentimiento religioso de López Velarde, de sus primeros a sus últimos poemas, es indudablemente sincrético. Los temas recurrentes de su obra —las nupcias imposibles, la generosidad sensorial del universo, la inminencia de la muerte y el retorno a la tierra— encuentran casi siempre una manera cristiana y a la vez pagana de manifestarse.

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Una canción para entonar en el más allá

Harto fecunda para los pocos años que cubrió su vida, la obra de Morgenstern buscó esa profundidad a través de distintos registros, uno de ellos su escritura aforística, pero casi siempre en formas poéticas fijas, que predominan en su obra y en las que él demuestra comodidad y dominio. Por ello sus críticos, como apunta Ernst Kretschmer, suelen dividir su trabajo entre los “registros serios” y los “lúdicos”.

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El espíritu del mundo

No vivo para mí, pero me vuelvo/
Parte de todo lo que me rodea /
Las montañas generan sentimiento,/
Tortura es el zumbido de ciudades:/
Nada detesto en la naturaleza/
Salvo ser eslabón de una cadena /
Verme clasificado entre criaturas, /
cuando el alma consigue así mezclarse/
con el cielo, la cumbre, los mares, las estrellas.

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El Anáhuac

Por diez veces la perla de los cielos,
Astro de paz, cuyo fulgor platea
Los seculares cedros de los bosques,
De los abismos las lejanas quiebras:

Por diez veces su disco, que apacible
La faz amabilísima semeja,
De un ángel, que vigila por él triste,
Desde el cenit de la cerúlea esfera:

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Los venenos de la literatura

En 1906 varios poetas viajan juntos en barco para dirigirse a Río de Janeiro; trabajan como diplomáticos y se dirigen a un congreso. Rubén Darío, de Nicaragua, coincide con Juan Ramón Molina, de Honduras. Pese a la diferencia de edad (el primero nació en 1867 y el segundo en 1875) ya están unidos por una fuerte amistad, que nace durante su primer encuentro en Guatemala en 1890. Darío ha causado una fuerte impresión en el más joven y ha influenciado sus lecturas. Se lanza un desafío y cada uno debe escribir un poema destinado a ser leído en público a su llegada. Molina lee su “Saludo a los poetas brasileños” y Darío rompe el suyo y abraza con respeto a su “poeta gemelo”… La prosperidad, por desgracia, no ha tenido el mismo respeto por este poeta de Honduras.

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Jicoténcal

Este poema apareció en la séptima entrega del Semanario Ilustrado, fechada el 12 de junio de 1868 en la ciudad de México, una publicación periódica que circuló viernes tras viernes hasta noviembre del referido año, y en la que colaboraron Alfredo Chavero, Luis Gonzaga Ortiz, Nicolás Pizarro y Rafael de Zayas Enríquez, entre otros, y en la que fueron dos presencias constantes Ignacio Ramírez y Guillermo Prieto. ¿Se debe a Fidel el interés en este poema de Plácido? A saber.

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