El palacio de mis encantamientos

Victor Segalen (1878-1919) es uno de esos inevitables personajes de vida rocambolesca y poética: nacido en Brest, Francia, Segalen fue médico, oficial de marina, etnógrafo, arqueólogo y poeta. Aunque no le gustaba el mar ni la navegación, disfrutaba en cambio de los desembarcos y las expediciones por tierra. Pasó dos años en Tahití, donde tuvo la suerte de comprar los últimos croquis de Paul Gauguin, que había fallecido tres meses antes de su llegada. Poeta de signo trágico (vivió hasta los cuarenta años), Victor Segalen escribió un célebre diario con ensayos sobre Rimbaud (El doble Rimbaud) y Paul Gauguin (Gauguin en su último paisaje) que fueron publicados de manera póstuma, en 1978.

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La Bestia que tus pies lame

Porque te odio, Sol, ¡oh, sí!, te odio, como/ el testigo impasible de terrenos dolores…/ Cual a un hombre, cosa de fuego, sin corazón,/ ¡te odio! Pasa el ser que adoramos: no mueres tú./ El verdadero sol que da la vida, ojo azul,/ perderá un día su azul, su fuego, su belleza,/ y la alumbrarás tú con luz impía, insultante/ de inmortalidad.

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Verlaine y Henry Kistemaeckers

La edición del poemario de Verlaine fue clandestina, una publicación sous le manteau. Eran dieciocho poemas escritos entre 1888 y 1890 que, se suponía, eran la continuación de los poemarios Amies y Filles. Se tiraron tan sólo 175 ejemplares; tan pronto como apareció fue confiscado por la policía belga…

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Paradise Lost, o la epopeya (re)made in Mexico

Cuán sorprendente resulta enterarse de que John Milton, el mayor de los poetas ingleses (sin demérito de Shakespeare, harina de otros genéricos costales) haya gozado de admiración profunda en México durante el siglo XIX. Alguna evidencia de esto puede encontrarse en una carta que, en 1872, el polifacético Ignacio Manuel Altamirano envió a una joven y anónima poetisa.

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El americano recalcitrante

Leer una obra literaria a partir de la biografía del autor permite, a veces, encontrarnos con la airada rebeldía de César Vallejo, a cuya sombra florecen sus Poemas humanos; vislumbrar la torturada lucidez y el saber científico de Jorge Cuesta, presentes en el “Canto a un dios mineral”; o vislumbrar, en las heridas de la dictadura, las raíces de la opaca ternura y la fugaz claridad que permean la obra de Juan Gelman.

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