El cortejo pagano

El sentimiento religioso de López Velarde, de sus primeros a sus últimos poemas, es indudablemente sincrético. Los temas recurrentes de su obra —las nupcias imposibles, la generosidad sensorial del universo, la inminencia de la muerte y el retorno a la tierra— encuentran casi siempre una manera cristiana y a la vez pagana de manifestarse.

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Una canción para entonar en el más allá

Harto fecunda para los pocos años que cubrió su vida, la obra de Morgenstern buscó esa profundidad a través de distintos registros, uno de ellos su escritura aforística, pero casi siempre en formas poéticas fijas, que predominan en su obra y en las que él demuestra comodidad y dominio. Por ello sus críticos, como apunta Ernst Kretschmer, suelen dividir su trabajo entre los “registros serios” y los “lúdicos”.

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El espíritu del mundo

No vivo para mí, pero me vuelvo/
Parte de todo lo que me rodea /
Las montañas generan sentimiento,/
Tortura es el zumbido de ciudades:/
Nada detesto en la naturaleza/
Salvo ser eslabón de una cadena /
Verme clasificado entre criaturas, /
cuando el alma consigue así mezclarse/
con el cielo, la cumbre, los mares, las estrellas.

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El Anáhuac

Por diez veces la perla de los cielos,
Astro de paz, cuyo fulgor platea
Los seculares cedros de los bosques,
De los abismos las lejanas quiebras:

Por diez veces su disco, que apacible
La faz amabilísima semeja,
De un ángel, que vigila por él triste,
Desde el cenit de la cerúlea esfera:

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Los venenos de la literatura

En 1906 varios poetas viajan juntos en barco para dirigirse a Río de Janeiro; trabajan como diplomáticos y se dirigen a un congreso. Rubén Darío, de Nicaragua, coincide con Juan Ramón Molina, de Honduras. Pese a la diferencia de edad (el primero nació en 1867 y el segundo en 1875) ya están unidos por una fuerte amistad, que nace durante su primer encuentro en Guatemala en 1890. Darío ha causado una fuerte impresión en el más joven y ha influenciado sus lecturas. Se lanza un desafío y cada uno debe escribir un poema destinado a ser leído en público a su llegada. Molina lee su “Saludo a los poetas brasileños” y Darío rompe el suyo y abraza con respeto a su “poeta gemelo”… La prosperidad, por desgracia, no ha tenido el mismo respeto por este poeta de Honduras.

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Jicoténcal

Este poema apareció en la séptima entrega del Semanario Ilustrado, fechada el 12 de junio de 1868 en la ciudad de México, una publicación periódica que circuló viernes tras viernes hasta noviembre del referido año, y en la que colaboraron Alfredo Chavero, Luis Gonzaga Ortiz, Nicolás Pizarro y Rafael de Zayas Enríquez, entre otros, y en la que fueron dos presencias constantes Ignacio Ramírez y Guillermo Prieto. ¿Se debe a Fidel el interés en este poema de Plácido? A saber.

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La impotencia del decir

Sin duda, los cuartetos tienen carácter de ofrenda. Así los leo. Como materia a compartir. También como pequeñas iluminaciones que, en su invencible amatoria de lo efímero, aluden a la más alta ausencia y conducen, por esa vía, a la experiencia íntima del vacío.

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Y el naufragio me es dulce en este mar

Tú duermes, te ha amparado un fácil sueño/
En tus tranquilos cuartos; no te roe/
Ningún afán; no sabes ya ni piensas/
Qué llaga abriste en medio de mi pecho./
Tú duermes: yo a este cielo, que benigno/
Parece al ojo, a saludar me asomo,/
Y a la antigua natura omnipotente/
Que me hizo para el ansia. A ti esperanza/
Niego, me dijo, aun la esperanza; y nunca/
Brille en tus ojos nada más que llanto.

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El palacio de mis encantamientos

Victor Segalen (1878-1919) es uno de esos inevitables personajes de vida rocambolesca y poética: nacido en Brest, Francia, Segalen fue médico, oficial de marina, etnógrafo, arqueólogo y poeta. Aunque no le gustaba el mar ni la navegación, disfrutaba en cambio de los desembarcos y las expediciones por tierra. Pasó dos años en Tahití, donde tuvo la suerte de comprar los últimos croquis de Paul Gauguin, que había fallecido tres meses antes de su llegada. Poeta de signo trágico (vivió hasta los cuarenta años), Victor Segalen escribió un célebre diario con ensayos sobre Rimbaud (El doble Rimbaud) y Paul Gauguin (Gauguin en su último paisaje) que fueron publicados de manera póstuma, en 1978.

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La Bestia que tus pies lame

Porque te odio, Sol, ¡oh, sí!, te odio, como/ el testigo impasible de terrenos dolores…/ Cual a un hombre, cosa de fuego, sin corazón,/ ¡te odio! Pasa el ser que adoramos: no mueres tú./ El verdadero sol que da la vida, ojo azul,/ perderá un día su azul, su fuego, su belleza,/ y la alumbrarás tú con luz impía, insultante/ de inmortalidad.

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