18 octubre, 2021

Un rastro de alfileres rotos

de Mónica Braun | Inéditos

Serotonina

Privado de su ración de serenidad y tolerancia por dos días mi cerebro se niega a obedecerme. Y no me basta existir ni el ali­mento en mi boca ni el agua que sobre la mesa tiembla.

Otra vez esta tristeza sin nombre ni motivo, aquí enquistada. Un peso que me aprieta los pulmones, una fisura en mis ojos que enturbia los objetos de la casa. Certidumbre del dolor. Esta niebla. Esta fiebre tan dentro, aunque insensible. Moléculas que en el cerebro se empozan sin remedio y en cuya inmovili­dad todo se estanca.

Mañana temprano iré por mi ración de luz. El equilibrio roto se puede comprar en la farmacia.

Y sin embargo digo amargura, lo escribo, lo repito, y algo de ella escapa en las palabras. Hace un momento hubiera creído que es de la desesperanza el reino de lo inamovible. Tampoco ella dura.

 

Orfandad

I
Cuando un teléfono suena en la madrugada es para arrancarte de un terror etéreo y depositarte en otro del que no hay escapa­toria. Nada bueno anuncia su estridente llamado que interrumpe así el curso de tu sueño, su premura de estrépito sin horas.

Desde mi casa que es una habitación que es un claustro en donde me persigo, oigo sonar el teléfono en algunas madruga­das y desde el sueño, alerta, temo escuchar mi nombre o un llamado a mi ventana.

Porque las desgracias prefieren los martes por la noche, días destinados a la normalidad, días en que nada malo debiera sucedernos.

Sonará el teléfono en la madrugada y la sangre toda quedará suspensa hasta que vuelva el sueño o él venga y te diga con voz que no vas a olvidar lo que ya sabes: “Vístete. Tu padre ha muerto”.

II
Lo más inmediato es la certeza del dolor, la rotundidad de piedra de los pasos con que se acerca la muerte. Mi padre se extinguió a solas en un pánico sin tregua y se fue también el peso de su cuerpo sobre la tierra, de su cuerpo que ya no es él y que fue lo único que dejó para ser visto y tocado, para llevar su nombre. No sé desde qué lugar pueda oírme ahora que sus células se difuminan ni cómo amarlo desde su no existencia. Escucho su voz y ya no es suya, y no sé si estará en algún lugar del tiempo, si podré volver a verlo sin cerrar los ojos. ¿Sin ojos te veré otra vez?, pregunto. Nadie responde.

III
El océano a la intemperie trata de decir el nombre, pero somos esta agua sin recuerdo. Te pareces a tu cuerpo, que no te per­tenece. La pura voluntad de ser flota en el tiempo. Pretende que no sabes, que tienes un pasado, que hay la luz. Esta men­tira es todo lo que tienes: entrégate a este sueño. Ciudad en tinieblas. Mi padre vive en mi memoria. Es real su risa.

 

Traición

Dejaba caer voces de lluvia sobre las paredes de un edificio en cascajo, como su corazón. Aplaudía la sangre ofrecida en espectáculo pues le temía a la navaja del barbero, a un simple cuchillo de cocina. Podía meter un ojo mecánico en su jaula, pero no sacar sus ojos de su encierro.

Vino suplicando un incendio y luego huyó con sus muecas de espanto su hermana sorda su padre esquizofrénico su madre de ojos secos. Buscaba la aridez del jardín bucólico para sembrarlo en su pantano, la perfecta facilidad para tomar un fruto. Era una planicie sin eco, un círculo de perfecta inmovilidad. No era sino el reflejo sordo de mi propio incendio, estrellas muertas.

Dejó un rastro de alfileres rotos. Desfiguró con su voz el aire pronunciado, le quitó su redondez a las palabras. Todo lo empañó su turbia respiración. Le di una cobija y me devolvió una madeja de sucia lana.

Y siempre que prometa su corazón como una ofrenda habrá de recordarlo.

 

Estancia en Nueva York

Nos topamos de frente con la mujer más hermosa del mundo
y quedamos sin palabras.
Una mujer de madera suavísima; una mujer sin sombra.
Blancos sus ojos y los ojos de corales
atados a su pie firme y esbelto como un árbol.
Una mujer de labios imposibles,
para no ser besados jamás.

Sus ojos andaban perdidos en la tela.
Ah. Su breve respiración, sus ojos perfectos.
El color de su piel, susurramos. Es una diosa, me dijiste,
y la hermosura estaba en tu mirada.
Besé tus ojos llenos para siempre de ocres y naranjas:
toda la sangre de África llenó con su rumor nuestros oídos.

Con esa mujer hubiera podido contemplarte:
abrir para ti sus piernas y su boca,
sin más ruido que el de sus huesos blandamente tendidos en la cama
verte penetrarla con lentitud de paloma que cae en un inverso nacimiento.

Ni lo imagines, dijiste como quien escucha una blasfemia.
Esa noche nos amamos como dos bestias fugaces.

 

El pan de lo irremediable

y equivocarse no será la operación que combina las imágenes sino el consuelo

[de “lo mismo”,

el etcétera o residuo que se prevé en la aventura del espejo sordo, acumulativo,

[tatuado de carencia.

David Huerta

Adorador de la imagen, artífice de los objetos, escucha:
Construiste una casa cimentada en el miedo
y el miedo la habitó porque venía contigo.

Quien come del pan de lo irremediable está predestinado
a repetir su historia
y el que pide lo imposible nada quiere recibir.

Supiste quién era yo por mi manera de mover el abanico,
supiste desde siempre que tenía pájaros en la memoria
y mi razón murciélago colgaba del techo de la sala;
supiste por mis ojos que soy triste;
te dije desde antes: son filosos mis dientes.
Y me abriste la puerta.
Pero la puerta no daba a la salida,
la puerta daba a un sótano vacío
en donde un niño demente
se escucha en el espejo y tiembla.

Lo que amaste en mí fue la promesa de Lilit y sus demonios.
Lo que amas de verdad es el dolor.

Y yo me digo: Todo círculo por fuerza ha de cerrarse.
El rostro se repite para darle epílogo a la historia.
Irse a vivir debajo del paso de los trenes
presagiaba la noche junto al canal de aguas negrísimas.

Lo que ha de sobrevivir a esta intemperie
no es el recuerdo de la luz con que vestí tus ojos,
sino este fulgor que vive desde siempre en mí
y que hoy tengo en la mano como una moneda
purificada por el dolor.

El que no tiene fe no encontrará el milagro:
estoy lista para colocar mi corazón en su sitio verdadero.

Mírate mirarme en la última noche del amor.
Mójate la cara con tu sonrisa de los últimos días,
cuando dormía a tu lado siendo la más dichosa
y tú me abrazabas con el animal de tu abandono
enseñándome los dientes.

Te lo digo otra vez:
la luz va conmigo dondequiera que vaya.
Nada te debo.

 

* Estos poemas forman parte del libro El pan de lo irremediable (Universidad Veracruzana, 2021).


Mónica Braun / Ciudad de México, 1965. Narradora y poeta. Autora de La luz inversa (1996), Sexo chilango (2006, 2017) y Sexo sin dolor (2009), entre otros. Obtuvo el Premio de la revista Punto de Partida de la UNAM en 1994 y ha sido becaria del Programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes.