25 octubre, 2021

Habitación 302

de Mario Montalbetti | Inéditos

Habitación 302

 

I

Me dan a elegir compota tibia de manzana o gelatina fría.

La elección llega sobre una bandeja de metal junto a una servilleta de papel de hoja simple.

Las visitas han sido canceladas.

En casos como el mío el paciente es colocado en una habitación con una ventana que da a un árbol caduco, pero no es mi caso.

No hay primavera afuera. No sé lo que hay. Es otra cosa.

Uno debe aprender a vivir con ciertos inconvenientes fue lo primero que me dijeron.

Mi reacción inmediata fue que eso de aprender a vivir es una idea muy tonta.

He pedido que restablezcan las visitas.

Pero admito que si preguntaran “Muy bien ¿quién deseas que te visite?” no sabría responder.

Comienzo a admirar ciertas proezas de mi cuerpo confinado: hablar dormido, asustarse de sí mismo, los codos tersos.

Mi único contacto con el mundo interior es la música.

Detesto cuando Debussy se hace el chino pentatónico. Me gusta cuando se siente perdido, como cuando duda entre Do# y no tocar nada al comienzo de su Prélude.

Mi hijo, tal vez sea posible que él venga a visitarme. Hago la pregunta.

Son estrictos, las visitas han sido canceladas.

Las visitas han sido sustituidas por lenguaje médico.

Mi boca está reseca. Me dan caramelitos. Caramelitos es lenguaje médico.

Han confiscado las hojas de afeitar en un intento maroquero de impedir que me duren el triple.

Comienzo a crecer involuntariamente una barba.

Que yo recuerde, ningún filósofo francés tiene barba. Descartes bigote. Bachelard es la excepción.

Yo no soy un filósofo francés.

Eso es lo que le digo al médico que viene a hablarme. No, usted no es un filósofo francés, confirma.

En lugar de primavera afuera hay una podadora de césped que hace un ruido infernal.

Pienso en el erizo de Larkin.

¿Por qué detestar los arrebatos pentatónicos de un compositor? Porque son falsos.

Debussy tenía barba.

De vez en cuando me traen una taza de té verde en la bandeja de metal junto a la compota o gelatina, pero aún no logro predecir su aparición.

Todo lo que consideraba estable ha colapsado.

En esos casos colocan al paciente en una habitación con una ventana que da a un árbol caduco, pero no es mi caso.

Hay días en los que no llego hasta la ventana. A medio camino decido sentarme en un sillón cubierto por un par de mantas.

Es el sillón el que está cubierto de mantas, no yo.

Desde allí, sentado en el sillón, contemplo todo lo que he perdido. No hablo de eso. Pero tampoco me da para seguir hasta la ventana.

Todo lo que consideraba establo es un caballo.

El sentido de una vida (no deberían permitir que continúe la frase) consiste en darle importancia a cosas que no la tienen.

No es muy original, pero requiere un esfuerzo muy grande.

Y fracasa porque aún si has hecho bien tu trabajo la falta de importancia siempre asoma.

Asoma como el erizo de Larkin al que la podadora de césped le rebanó la cabeza.

Hoy la gelatina es roja. Asumo que son los restos del cerebro del pobre erizo.

Cuando le pregunto directamente al cuerpo médico por qué estoy aquí me dicen que es para desintoxicarme.

Cuando le pregunto directamente al cuerpo médico desintoxicarme de qué no saben o no quieren responder.

En cambio, preguntan ¿por qué cree que está aquí? No pienso entrar en ese juego.

Deleuze, Derrida, Badiou, Foucault, ninguno tiene barba.

Baudrillard, Nancy, Meillassoux, Canguilhem, ninguno tiene barba.

Cassin, Beauvoir, Balmary, Dreyfus, ninguna tiene barba.

Sartre, Guattari, Rancière, Althusser, ninguno tiene barba.

Hecho trizas, largo e mesto, como el segundo movimiento de una sonata. Embates de inmensa tristeza.

Tengo emociones. Todas son elementales, ninguna tiene textura.

Mis emociones no vienen con la letra diminuta que se inserta al final de los contratos, la letra diminuta que impide demandar por fraude.

Embate es lenguaje médico.

Regreso a la podadora. Un aparato mecánico, artificial, diseñado para mantener a raya cualquier expresión de sinsentido.

Un aparato mecánico, artificial, diseñado para mantener a raya cualquier expresión de sinsentido también es un avión.

Esto ya ha ocurrido antes: ir en busca de algo y terminar devorado por los perros reunidos para la caza.

Camino, entonces, por mi habitación, sin buscar nada, hasta alcanzar la verdad.

La verdad también es lenguaje médico.

Me quejo. Me aseguran que es bueno hacerlo.

No pienso entrar en ese juego. Si quieren fricción que se pongan a descamar bonitos.

Bonitos como en sarda sarda.

Ciertamente mi mujer podría visitarme. Hago la pregunta. Ya sé cuál es la respuesta.

En realidad no. Me sorprenden. ¿Qué mujer? preguntan.

¿Cómo? Mi mujer, mi mujer, la mujer que más amé.

Luego por una vez todos callamos.

Y enseguida eso fue decisivo.

Exagero. Nada es decisivo.

Nada es decisivo en el sentido de decisivo.

 

II

Corifeo
Como una disputa entre dos coros luteranos
lanzándose mutuamente himnos tardo-barrocos,
así transcurre el día en su mente.
Y él está en el medio, in medias res,
como una cosa distinta, bruta.

Es un niño, un cobarde, un gramático.

Cuerpo médico
Su desinterés vaginal hace imposible ayudarlo.
Descarga sobre espacios abiertos —¡ni siquiera en cancheritos!

¡Sobre el mundo! ¡Sobre el mundo!

Corifeo
Como ML004356.

Cuerpo médico
Es un niño, un cobarde, un gramático.

Corifeo
Y como todo niño, desea ser encontrado.
Y como todo cobarde, desea una segunda oportunidad.
Y como todo gramático, llora.

 

III

¿A qué huele? pregunta el cuerpo médico. ¿A qué huele la mujer, la mujer que más amaste?

A una gardenia, no a dos, respondo.

Los sábados nos bajan a la primera planta para participar en un taller de teatro. Es un infierno.

Digo que no me siento bien, que esta vez prefiero quedarme en mi habitación.

Creo que aceptan luego de lo mal que lo hice el sábado pasado.

Desleí las líneas que me asignaron, acusé a la novia de sarcasmo, olvidé las flores y me retiré de escena antes de la aparición del fantasma.

Aprovecho la tarde para cambiar de lugar las fotografías que he traído conmigo.

No hay personas en ellas, en las fotografías, solo lugares.

Colgar fotografías en las paredes, eso nunca funcionó realmente.

Y luego, cuando las cambio de lugar, algo en mí se rompe.

Los cambios seguramente expresan algo, pero yo no he querido expresar nada con ellos.

Solo no bajar al teatro.

Ahora soy, para muchos, el obstinado esposo de una mujer que no existe.

Algo había sido expresado después de todo con el cambio de lugar de las fotografías, pero no tengo lenguaje para ello.

Me duele. Ese dolor es como hacer geometría con subjuntivos.

El subjuntivo ha hecho cosas inexplicables en mi vida.

La primera vez que escuché a alguien decir que no hay mal que por bien no venga entendí que todo mal venga un bien anterior.

Todo eso me arruinó psicológicamente por mucho tiempo.

Sigo en el sillón y probablemente seguiré sentado en el sillón un buen rato.

Un turtupilín detiene su vuelo un instante y me mira a través de la ventana. Parece intrigado.

Mi paracleto parece intrigado.

No soy de aquí, le digo.

El turtupilín tiene el pecho rojo (la gelatina, el cerebro del erizo, la serie continúa).

Más tarde le digo lo mismo al cuerpo médico. No soy de aquí.

Nadie es de aquí, responden.

No, no entienden. Nadie es de ningún aquí, no importa de qué aquí se trate.

El cuerpo médico hace un aparte. Como afanosos ministros norcoreanos toman notas en libretitas baratas. Convienen en algo que no me dicen.

Tal vez haya té verde esta tarde.

¡Ah!, la indiferencia cósmica de esta habitación es abrumadora. Y en ella yo murmuro.

Y en ella cambian de lugar las fotografías que he traído conmigo.

Y en ella pienso en escapar.

Sí, alguna vez hubo un camino y bla bla bla.

No le entro a la ficción. No es por los caminos que se escapa.

Lo que le pregunté a la novia aquel sábado de teatro fue: “¿Usted me está terminando?”.

Toda pregunta exagera.

Como una señora gorda cuyas nalgas sobresalen de la poltrona, toda pregunta exagera.

Y toda respuesta es el intento desesperado de controlar el desmadre de una pregunta.

Nada es para siempre. Lo sé. Debe ser una de las máximas de Delfos.

Se sigue, entonces: amor tiene acepciones.

La más decepcionante de todas lo concibe como una teoría de finales.

Fue por eso que pregunté “¿Usted me está terminando?”.

¿Qué ocurre con los caballos que mueren y son separados antes de que puedan conocer el final? ¿Valió la pena el sacrificio? Nunca lo sabrán.

Me reúno con ellos, les explico qué fue lo que quise hacer. Me disculpo. Están muertos.

Anochece. Aún no he dicho corazón. Hay palabras que no volveré a decir. Exagero.

El cuerpo médico me pregunta si…

Yo los interrumpo y respondo que es posible, pero que no tengo argumentos a mano.

Pensándolo bien, tengo uno: la primera vez que me sometieron a un control de lectura en la escuela yo tenía nueve años.

Me dieron un texto y una serie de preguntas.

La primera pregunta era ¿Sobre qué es el texto? Y yo respondí: plantas.

En verdad, había muchas plantas en el primer párrafo.

Plantas en macetas, plantas colgando del techo, rosas, bejucos, cactáceas.

Pero la respuesta correcta era: amor.

La distancia entre plantas y amor fue tan insondable que caí en una depresión que me duró varios días.

No había entendido nada. Fue el mismo año que lo de los subjuntivos.

El turtupilín cierra los ojos y abandona la ventana.

Amor tiene acepciones. Pero una de ellas es para siempre.

Es otra máxima de Delfos.

 

IV

Algo en la luz.

Algo en la forma en la que entra en la habitación y rebota contra las paredes de fotografías cambiantes haciéndolas vibrar como un manto de seda al aire.

Algo en la luz que es anterior al sínodo de las cosas.

Una luz anterior al amor y a las plantas.

Una luz que no es del sol ni de la luna.

Yo estoy sentado en el sillón y no puedo sacarme de la cabeza el ruido de la podadora.

Algo en la luz.

Algo en la luz que es anterior a la oscuridad.

Algo en la luz que quiero llamar perpetuo.

Una luz perpetua: et lux perpetua.

 

V

Corifeo
Y como todo himno barroco
el niño cobarde gramático se repite,
se retuerce, gira sobre sí mismo, se invierte,
y no dice nada.

Busca un cuerpo que sostenga su cabeza,
una almohada.

Y una melodía que lo apacigüe.

[El cuerpo médico ingresa en la habitación.]

Cuerpo médico
¡No está! ¡Se ha escapado!

Corifeo
¿De dónde? O más bien ¿de qué?

Cuerpo médico
Está fuera de sí.

Ahora será imposible encontrarlo.

 

VI

¿Por qué me pregunto por el sol? Porque exagero.

El sol es mi comedia. Es intimidante.

Las estrellas dejan huellas.

Etimología, sí: s – t – r; pero también cicatrices.

Actrices enfermas. Como la novia a la que le pregunté si me estaba terminando.

Ser deja huellas, estar ninguna. Estar estrella.

Suena falso. ¿Por qué?

El cuerpo médico me pide que haga una lista de cosas que suenan falsas.

No pienso entrar en ese juego, pero lo hago.

El lenguaje, digo, suena falso. Puede no serlo, pero suena falso.

¿Aún si cierras los ojos? preguntan.

Es una trampa. Continúo: Debussy, digo, suena falso.

Los filósofos franceses suenan falsos.

La gelatina, el erizo, el turtupilín, las fotografías, toda la lista suena falsa.

Y los lenguajes se repiten como réplicas de un sismo sin epicentro y sin constelación.

Es hora de salir de aquí: no vaya a ser.

Aún si cierro los ojos: no vaya yo a ser.

Llamo un taxi para que me recoja esta misma tarde, esta tarde de té verde.

Es hora de salir de aquí.

Me preparo. Me afeito. Soy un filósofo francés.

 

VII

El taxi se detuvo junto al árbol caduco. Tenía las luces intermitentes encendidas.

La mujer que conducía el taxi me dice “Usted no es un filósofo francés”.

Es la frase que debe decir. Una de las tantas.

También pudo haber preguntado “¿De qué tamaño son los objetos en los que usted piensa?” y en ese caso la respuesta habría sido “Caldo de pescado y sermones”.

O pudo haber dicho “Me hubiera gustado que Sócrates callara en los últimos instantes de su vida” y entonces la respuesta era “La próxima vez me pondré un casco”, pero la mujer que conducía el taxi dijo “Usted no es un filósofo francés”.

Yo había propuesto responder “Pero me he afeitado hoy”, pero les pareció demasiado directo y convenimos en algo más insulso.

Le ofrezco la contraseña: “Llevo mi vida conmigo”.

Suba, me dijo.

El recorrido me dio sueño. Granjas, canales, postes, vallas. Un atardecer en lonjas de gris y naranja.

El problema con escapar es que nunca concluye realmente.

He dejado atrás el sillón, las fotografías y la máquina de hacer helados.

No he hablado de la máquina de hacer helados. Solo diré que ha sido dejada atrás.

Por la radio del taxi escuchábamos a dos personas que no tenían barba hablar sobre el sembrado de nabos en la región. Todo muy agrícola.

La voz humana es horrible. Disculpen. Soy un canalla. Lo sé. Pero es intolerable.

No es tan desesperada como el lamento de las gaviotas ni tan procazmente indiferente como el croar de los sapos.

Está en medio de tantos otros ruidos. In medio tot clamores.

¿Cambio de estación? me preguntó la taxista. ¿Qué quiere escuchar?

Le dije que me daba lo mismo con tal de que el nivel del volumen fuera un número par.

Cruzamos un río sobre un puente realmente hermoso.

Creo que me voy a quedar con esa frase.

Cruzamos un río sobre un puente realmente hermoso.

 

 


Mario Montalbetti / Lima, Perú, 1953. Es lingüista, ensayista y uno de los poetas en lengua española más influyentes de la actualidad. En 1979 fue cofundador de la revista Hueso Húmero. Ha publicado, entre otros, los libros Perro negro (1978), Fin desierto (1995), Cinco segundos de horizonte (2005), 8 cuartetas contra el caballo de paso peruano (2008) y Simio meditando (ante una lata de aceite de oliva oxidada) (2016). En 2013, la editorial Aldus reunió su obra poética publicada hasta entonces en Lejos de mí decirles. Su título más reciente es Cabe la forma (2021).