4 octubre, 2021

Mi mano ha sido siempre esta coladera

de Ángel Ortuño | Inéditos

Tuve suerte de nunca hablar con Ángel demasiado en serio. Lo conocí durante unos quince años y en todo ese tiempo, desde el primer saludo hasta el último acuerdo, todo era broma. Nunca hablamos de nada grave o formal, de nada abstracto o sagrado, que no fuera excusa o preámbulo para tomarnos el pelo. Además, nos parecíamos en algo: por fuera éramos callados, y por dentro, bastante idiotas. Lo digo con amor y respeto. Todo era juego pero jugábamos con seriedad. Como una obligación compulsiva o un sacramento inflexible.

Ahora Ángel ha muerto y me deja con un juego a medias. Hace tres meses topé, por azar, con una lista que enumeraba los títulos de un programa de TV atroz y degradante, una exhibición de baja humanidad, llamado El show de Jerry Springer. La lista era una ventana a un universo mental grotesco e irremediablemente abyecto. Al leerla en voz alta, me sorprendí entrando en trance. Además, comencé a reír —de manera vergonzosa, al principio; después de forma libre, infantil—. Naturalmente pensé en Ángel, así que lo llamé por teléfono y le conté todo. No parecía convencido; sonaba más seco que de costumbre (tal vez lo había llamado en mal momento). Al sentir esto, le pedí que me diera la oportunidad de leerle la lista. Sepa el lector que Ángel era una persona educada y amable. Aceptó.

Comencé a leer en voz alta. Diez minutos más tarde, ya un poco cansados de reír (mareado yo, lo recuerdo), acordamos escribir otro libro juntos. Al día siguiente, trazamos las reglas y la estructura. Tres meses más tarde, Ángel murió. Los textos que siguen a continuación fueron escritos por él y pertenecen a ese libro inconcluso que pretendo, con la ayuda de otros, llevar a cabo.

—Eduardo Padilla

 

Mi doctor nunca fue a la escuela

Yo
habría hecho lo mismo. Inclusive,
lo hice.
Nos conocimos un día en que ambos estábamos
en cualquier otro lado menos
en el salón de clases. Le mostré un colador y le dije: es
mi mano. Llevo
días
así. Tú dirás que mi mano es la que lo sostiene pero, sabes? No,
mi mano ha sido siempre esta coladera.

Mi doctor no es estúpido. Las metáforas
le importan muy poquito.
Como no fue a la escuela, es literal a un grado extraordinario.

Me leyó la fortuna y luego usamos
lo que no era mi mano, para cernir un poco
de tierra de panteón.

Desde entonces poseo una salud de hierro.

 

Mi esposo es una masa sin forma

La diferencia entre el verso libre y el verso
medido,

según dijo un poeta cuyo nombre no menciono pero no por plagiarlo
arteramente
sino como un exquisito juego de erudición,

la diferencia, digo y dijo él,
es como la de moldear arcilla y esculpir mármol o tallar
madera.

En el primer caso tienes que ir viendo cómo
se desenvuelve el material y va adoptando formas que no podían ser previstas. En
el segundo,
sabes que hay algo dentro y tienes que sacarlo
mediante la eliminación de lo que sobra.

Moldear es la tensión superficial, el verso
proyectivo.
La métrica es todo
lo contrario a mi esposo.

 

No logro superar a Elvis

Es muy
desesperante. Me parezco
a un maniquí sin brazos que siente comezón en mitad de la espalda
y no hay paredes, ni columnas, no hay ni siquiera
piso
para revolcarme y apaciguar la sensación de nunca haberlo visto.

Alguien grita entre el público: un árbol, podría
rascarse contra la corteza, como hacen
los osos!

Con un mínimo gesto, hago que dos ujieres fornidos y lustrados con aceite
de palma (mueran,
orangutanes, mueran),
lo lancen a la calle mientras canto
LOVE ME TENDER
otra vez.

 

Un fantasma me aventó por las escaleras

Afuera el día era hermoso:
cantos de pajarillos varios, de
catálogo. Mis vecinos
habían matado un cerdo a media calle e invitaban al festín a cualquiera que pasara.

Yo no quería bajar. Vivo
en un sexto piso. El edificio
es viejo. El ascensor da miedo y apesta
a orines de gato.

Me asomé a la escalera, eso
es cierto,
señor oficial. Pero no me caí.
Soy rengo, no
estúpido.

Le aseguro que ocurren cosas inexplicables. Lo he visto
en la televisión
todos los días.

 


Ángel Ortuño / Tlajomulco de Zúñiga, Jalisco, 1969 – Guadalajara, 2021. Poeta. Autor de Las bodas químicas (Secretaría de Cultura de Jalisco, 1994), Siam (filodecaballos, 2001), Aleta dorsal (Arlequín, 2003), Minoica (con Eduardo Padilla, Bonobos, 2008), Boa (Mantis, 2009), Mecanismos discretos (Mano Santa, 2011), Perlesía (Bonobos, 2012), 1331 (Práctica Mortal, 2013), El amor a los santos (Ediciones El Viaje, 2015), Tu conducta infantil ya comienza a cansarnos (2017) y Gas lacrimógeno y otras cosas que no son poemas (2018).