1 agosto, 2022

Merienda con Virginia Woolf

de Yaroslabi Bañuelos | Inéditos

Merienda con Virginia Woolf

No se puede pensar bien, amar bien, dormir bien,
si no se ha cenado bien.

Virginia Woolf

Hay mujeres que desayunan sin la ansiedad de los relojes,
coronadas por las lilas llevan a sus labios perfumados
nectarinas y frambuesas;
cenan filete de lenguado o cordero guisado con trufas y perejil,
celebran banquetes donde se deshuesan faisanes,
toman el té con galletas de jengibre,
almuerzan estofado de cerdo o salmón a las brasas.
Mujeres que riegan un jardín de tubérculos,
pasan el domingo comiendo roast beef y budines de Yorkshire,
fabrican hermosos picnics junto a estanques japoneses:
no pueden faltar las ostras, mermelada de naranja,
el vino y la cesta de pan.

Hay mujeres suplicando a la Virgen para acabar con la oscuridad
y la hambruna.

Mujeres que descuartizan conejos y alimentan a sus perros
con el olor salvaje de la sangre.
Mujeres preocupadas por la inmensidad de los cuerpos,
por las costillas ajenas.

Obesidad: esa epidemia silenciosa que oprime al mundo.

También existen muchachas sedientas que nacen en ciudades sin ríos,
que asan codornices para otras señoras
aunque solo han desmenuzado en su boca mollejas de pollo.
Mujeres que no pueden
comprar racimos de uvas o encender un fuego tierno
para cocinar sopa de garbanzo,
que nutren sus inviernos con los tamales de la esquina
porque la masa es más barata que la fruta.
Mujeres que siempre durmieron en una habitación ajena y masticaron
las migajas podridas de todos los banquetes.

Mamá se niega a comer un plato de avena

Te digo, madre, bebe la luz tibia que se agita en el vaso,
come estas manzanas, guarda en tu boca un poco de miel y anís.
Tú prefieres regar los helechos, aplazar el hambre,
lavar la casa, limpiar las grietas hasta que se derrama la noche.
Estoy segura: perseguir el polvo es un viejo truco
para no escuchar la rabia de tu estómago.
Dime, ¿por qué encadenas el apetito a las patas de la mesa?
¿Por qué huyes del alimento como si dentro de tus ojos
no crecieran fantasmas insaciables?

Un día se le pudrieron todos los dientes.
Cayeron uno por uno
igual que la corteza gris de los árboles enfermos.
Remojar las muelas en Coca-Cola
parecía buena idea para entretener con azúcar
a los abismos de su boca.

Sepultó los rayos de sol en una caja de caramelos
y apresó sus pasos en los laberintos de la casa.
Su habitación era un bosque de alaridos y restos de papas fritas.
Lloraba junto a los grillos al amanecer.
Lloraba cuando se agotaba el chocolate o el pan dulce.
Lloraba de hambre. Hambre inagotable.

Aunque su estómago se sintiera
como un viejo patio invadido por los insectos y las yerbas.

Sin darse cuenta ató sus lágrimas a la cama,
el terror a los espejos la encerró entre cobijas polvosas
desde agosto hasta la primavera.
Odiaba la punzada en los riñones,
la hinchazón de las encías,
la carne blanda de sus muslos porque le recordaba
la piel de los cerdos.
Pronto aprendió hablar en el idioma de las cosas muertas
y pronto ya no había ni boca ni llanto,
solo existía el hambre.

Finlandia

Desgarras las fauces del internet y ahí está ella:
soltera, treinta y dos años,
sonriente como un jardín de enero
acariciado por el sol,
especialista en marketing, tejedora de aves en sus ratos libres,
amante de la comida mexicana
y las novelas de misterio,
signo piscis con ascendente en capricornio,
le gustan los perros y los viajes en tren, odia la impuntualidad
y el sabor de la cerveza,
ama las películas francesas, el vodka y cocinar espagueti.

Vuelves una y otra vez a las fotos de su perfil:
ella cobijada por un bosque de abedules,
ella en un parque de Helsinki mientras abraza a un samoyedo,
ella como hija de Helios derramando oleajes de luz.
En el cuarto de al lado
tu esposo escucha el noticiero;
cierras la puerta para no oír más sobre otro funcionario
que enterró su botín en Suiza,
cierras los ojos para deshacer nueve mil kilómetros de sombras.

Ahora solo son tú y la desconocida mujer
que callada invita a tus alas a tomar el primer vuelo a Finlandia.
En tu pecho hay un tumulto de pájaros,
ciruelas maduras estrujadas en la boca de la sed.
Piensas en la mejor manera
de iniciar una conversación, te preguntas si bastará con decir hola,
crees que si mira una foto de tu rostro
ella huirá antes de hablar contigo.
Ese rostro que aborreces desde niña,
tan redondo como una hogaza de pan,
tan gordo como el sueño de un animal atrapado en el invierno.
Tal vez le interesan solo las chicas altas,
o las pelirrojas, o las mujeres que saben empezar
una conversación.

Vas titubeante a la cocina y preparas el café
que exige tu marido, fríes salchichas para aturdir el hambre,
limpias el arenero del gato, levantas los fragmentos
de una tarde sin lluvia.

Las hebras del tiempo se quedan enredadas entre cuchillos
y sartenes sucios, el dolor de las rodillas se sumerge
en la cubeta del trapeador.

Y descubres
que detrás de ciertos silencios ya no hay nada:
ni mujeres que se besan bajo un abeto, ni auroras boreales,
ni perros blancos que pasean por caminos nevados,
ni sol de medianoche, ni Finlandia.


Yaroslabi Bañuelos / La Paz, Baja California Sur, 1991. Licenciada en Psicología por la UNIPAZ. Es autora de Micropesadillas (2016) y Otro agosto habita el aire (2020). Su libro Inventario de las cosas perdidas (Punto de Partida, UNAM, 2021) obtuvo el Premio Iberoamericano Bellas Artes de Poesía Carlos Pellicer para Obra Publicada 2021. Fue becaria del PECDA en 2016 y obtuvo la beca Inés Arredondo para asistir al Encuentro Internacional de Literatura 13 Habitaciones Propias (2018 y 2019).