15 agosto, 2022

Como en un remolino hecho de cosas

de Jorge Aulicino | Inéditos

 
Península Valdés

Chubut, Argentina

1

No por el placer o la fuerza visual del blanco se habló de nieve en los poemas. Se debe tener un corazón de invierno.*

Dejaste atrás
Montmartre, y tu corazón comenzó a interrogarse sobre el sabor de la aventura. De esa
en particular, la de alejarse gradualmente del primer punto de París que habías conocido;
era un sabor de humedad y decepción. Pero quince años después
nevó en París y el alejarse de los puntos
conocidos fue alegría de nieve sobre pizarra,
calles avistadas tras el vidrio vaporoso
en un coche.

Dejaste atrás
dos veces más
París, y te adentraste en la Península en otoño. No hacía
suficiente frío patagónico.
El lenguaje de la biología marina,
y el de la física, y el de las ciencias en general
es un lenguaje indiferente, como la dura
catadura de la meseta y su borde marino,
pero no cierto.
Un lenguaje exacto no es verdadero. Es un fantasma
hecho de filos alineados, escrito en la sombra,
pero no por exacto es verdadero.

Habrá, se dijo,
o hubo,
una lengua semasiográfica, en la que cada signo es por su sola vez
a menos que el momento se repita tal cual.

Como si cada canto
fuera un signo solo,
como cuando no se puede volver atrás ni tampoco
hay un norte;
se diluyen en la convulsión de los días
las manos, las frutas que una vez se vieron;
como en un remolino hecho de cosas,
un solo signo cada vez las contiene,
un signo que no se repetirá, pues hay
cuerpos que no deben repetirse en la aurora.**
 
 
2

La aurora en Nueva York fue blanca. No hubo celeste
en la ciudad.
Nueva York encerraba toda Europa, pero con su sentido cuáquero
del mundo,
nacida de las islas,
como hubiese navegado a través del Mar del Norte.
Encerraba vajilla inglesa, armaba puentes de hierro dos veces
más largos, barrios de Londres, niebla
del Riachuelo, con una voracidad cosmopolita como nunca se vio.

Pero fue blanca la aurora y oscura la ciudad
alzada
sobre un suelo de piedra, trescientos metros la cota
de sus torres,
un intento semasiográfico absoluto, cuerpos
que no se repetirán en la aurora.
 
 
3

Ahora estás
en la Península, no hay nada atrás
porque la Península es desierto que se adentra en el mar.
Un coito sosegado de agua azul y de tierra amarilla
en cuyos bordes no hay árboles, no hay altura,
no hay perfil, sino el color de lava o de azufre, que pone
      ese signo despojado
      como un instrumento quirúrgico primitivo o
      un arpón o un glande
      en el mar.

No dejás nada atrás.
Mirás una foca cuyos ojos no miran, ven solo
      el mar.
Las focas de lejos son como alga en la orilla.
La piedra se anima.
Las rocas agujereadas se mueven.
Un canino liquen muerde el mar con dientes desvencijados.

Disolución en la espuma, y luego gotas que parecen congelarse en el aire.
Nada queda atrás porque nada se repite. El signo es puro
y único, el aire es completamente transparente, como si
      no estuviera,
excepto en las narinas
que se mueven con movimiento de algas
o de focas,
semasiográficas.

* Wallace Stevens
** Federico García Lorca
 
 
 
El Puente Viejo

Barracas, Buenos Aires

1

El estrecho puente sobre el que
un mediodía de invierno se detuvo el Citroën 3CV
y lo arrancaste a manija, fines de los 70,
cuando atronaba el silencio del mediodía
y el agua densa remaba como una mala digestión,
hacia el Plata.

¿A quién le importaba la paradoja, en tanto retórica?
Era olvidable, mucho más que las chapas del Citroën
que se sacudieron cuando engranó de nuevo
el pequeño motor de dos cilindros.

Estacionaste el auto y en el húmedo y cálido útero
del bodegón El Puentecito comiste
una gigantesca milanesa a la napolitana.
 
 
2

En el nuevo puente Pueyrredón, a unas cuadras,
una mañana de primavera se quedó parado el trajinado
      Peugeot 404,
porque no funcionaba el indicador del combustible,
y tomaste a tu hija en brazos, bajaste el puente, volviste con el
      bidón lleno.
La normal circulación no se alteró.
Tu epopeya fue tan mínima
que, en comparación, la de las hormigas junto al surtidor,
empeñadas en deshacer un pedazo de pan y transportarlo,
fue la hazaña gigantesca de ese día.
Pero todos los días estaban hechos de pequeñas epopeyas
y muertes silenciosas.
 
 
3

El olor del Riachuelo te despertaba cuando volvías de un viaje.
Era la señal de que estabas en casa. La ciudad resurgía en la
      ventanilla
como si no la conocieras.

El olor del Riachuelo era indescriptible, no era orgánico, era
el de la putrefacción de los metales
si fuera posible, un olor a maceramiento de ácidos y aguas
      cloacales, pero no repugnante;
era el olor de tus cosas, del borde de tu ciudad,
como el de un cuerpo que recién se despierta y deja
un suave hedor sobre la sábana.

(Bajo un puente, se hundió
      un tranvía en 1930.
El poeta Tuñón tenía 25 años y mencionó en la crónica
      que un obrero joven llevaba un sándwich de milanesa
      en el bolsillo.
Una milanesa simple, no una napolitana
como la que comiste en la orilla aquel invierno,
cincuenta años más tarde, en el borde
del agua negra y familiar, en el borde también de la ciudad
de los hechos,
de las cosas que se quieren y siempre son lejanas.)
 
 
 
Convent Avenue Baptist Church

Harlem, Nueva York

1

Baja a veces una piedad conmovida de los árboles.
Las calles tienen olor de piso fregado.
 
 
2

Sale de un auto una negra con un sombrero
que tiene una sola flor, derecha,
como el sombrero de Minnie
que las negras se ponen los domingos
—desde la época de la posguerra de Secesión y acaso antes—,
o para el oficio de Pascua, que consiste en el discurso del pastor
y el reparto de pedazos de pan y copas
de plástico con un sorbo de vino,
que no tienen el valor de la eucaristía, sino el
de la evocación, el recuerdo del hombre dios.
 
 
3

Negras con olor a lo que en los sesenta llamábamos spray.
Negras de peluquería barata, de prendas de colores,
de olor dulzón para estar vivas,
para hacer creíbles sus cuerpos —que son espíritus—,
en un siglo luterano.
Negras tibias, adolescentes de los coros de Harlem
negras de ojos movedizos, como los de los ángeles.
Negros que hablan de Miguel como de un vecino,
el tercero a tu lado.*
Negros que le dan existencia a una retórica
—“estoy en tu barca”—;
negros, negras, del canto segundo del Purgatorio,
a quienes no se puede abrazar, pero se los puede oír
se pueden oler, se puede ver cómo vuelan,
se van,
corren hacia la cima In exitu Israel de Aegyptus.
 
 
* La tierra baldía, T. S. Eliot
 
 
 
Escalera a un museo

Barcelona, Cataluña

1

Un pino contra la baranda de una escalera
evoca la vastedad de un mar gris, solitario,
con el reflejo del cielo, en el que hay destellos;

una soledad
que solo los dioses suelen recorrer.
 
 
2

Eran los dioses la materialidad de la ausencia.
 
 
3

Ruinas, techos, piedras quebradas,
el orín de los ladrillos,
una fuente, alguien que ríe en un zaguán.

Una ciudad vieja, un domingo,
pasos, gente
que pareciera estar lejos
y desierta,
como el mar.

 

* Poemas pertenecientes a El libro de los lugares sagrados (2022), publicado por Editorial Barnacle.
 


Jorge Aulicino / Buenos Aires, Argentina, 1949. Poeta y traductor. Es autor de numerosos libros de poesía, escritos entre 1974 y 2020, y compilados por Ediciones en Danza bajo el título Poesía reunida (2020). Ha traducido, entre otros autores de lengua italiana, a Guido Cavalcanti, Eugenio Montale, Cesare Pavese, Pier Paolo Pasolini, Franco Fortini, Antonella Anedda, Biancamaria Frabotta y Dante Alighieri. De 2005 a 2012 fue editor de la revista de cultura Ñ del diario Clarín. Administra el blog de poesía Otra Iglesia Es Imposible. En 2015 recibió el Premio Nacional de Poesía.