1 agosto, 2022

El abismo y la fractura: Trilce para jóvenes a cien años de su publicación

de Julio César Toledo | Ensayos

En un mundo donde se ha liberado la intención de la belleza con la misma dificultad que los desastres, y en el que resulta tan fácil acceder a información, lecturas, imágenes, vínculos que hace no tanto resultaban inimaginables, ¿qué guarda Trilce para los más jóvenes hoy? Aunque a veces preguntas como esta resultan obsoletas y gratuitas, hemos superado aquellos viejos congresos de literatura cuyas principal pregunta era: ¿Cuál es el estado actual de la poesía?

Me permito unas palabras a razón del festejo de esta obra.

Trilce no es nada —dijo un gracioso Vallejo en entrevista para El Heraldo de Madrid en 1937—, pero es una palabra hermosa, musical y que se presta a repetirse: Trilce. Y no creo que haya más que decir, o nada más exacto que pueda aducirse sobre la propia palabra o sobre el conjunto de poemas que viven a su abrigo. No son nada, pero en su repetición se encuentra cifrada la belleza y totalidad de la poesía. No es mi intención enlistar las cualidades del poemario, ni del autor; no voy a traer a la cita oportuna anécdotas de la vida de Vallejo que nadie conoce. Simplemente intento saber si en las aulas de las escuelas, en los anaqueles donde toman sus libros los más jóvenes lectores de habla hispana, se celebra (y por qué) la lectura de este monstruo que lleva por nombre Trilce (y también quiero repetir muchas veces la palabra: Trilce). En Lima, asumiré, se da por descontada su lectura y no nos vamos a preguntar si es un fenómeno o no —no lo sé, pero quisiera suponerlo.

Quizá no está en las respuestas inmediatas de los alumnos a quienes pregunto qué leen (de poesía). Pero siempre que digo su nombre —Trilce—, aparece una sonrisa, un levantón de cabeza o un gutural tsss. Expresiones todas que encaminan un cómo no, se me olvidaba, qué grande es.

Leer Trilce es asomarse a un abismo —dijo una joven estudiante—. Y creo poder apoyar dicha expresión. La composición del poemario muestra en descampada un abismo al que el lector se asoma, teniendo o no la posibilidad de arrojarse. Pero su mayor cualidad de precipicio tal vez sea que cada poema muestra sin recato la dureza del golpe al caer, lo seductor que resulta la oscuridad del arrojo, y tambalea entre ser una invitación abierta o mesurarse en la narración, hacer una crónica del que cae, que siempre es Vallejo cayendo. Y pienso: cómo no va a seducir esa cornisa peligrosa a los chicos que andan a la caza de peligro en sus lecturas. Que me digan quién no desfallece, rendido ante la invitación al infierno cuando se es joven. Poemas como barreno que abren un boquete en el planísimo suelo que pisamos, que nos muestran la absurda superposición de tradiciones que han ido cubriendo la fisura por donde se mira el abismo a nuestros pies, y que solo (sí, solamente) la poesía es capaz de traer a donde nos estamos quietos.

Y Vallejo nos muestra, en la suya, el verdadero abismo:

Estáis muertos, no habiendo antes vivido jamás. Quienquiera diría que, no siendo ahora, en otro tiempo fuisteis. Pero, en verdad, vosotros sois los cadáveres de una vida que nunca fue. Triste destino. El no haber sido sino muertos siempre.

(Vallejo, 2008, Poesías completas. R. Silva-Santiesteban, ed., Visor, p. 377.)

A mí se me rompió algo cuando lo leí —apuntó un chico que descubría por primera vez la obra que ya cumple cien años de su primera publicación—. Ojalá que siempre la poesía surtiera efectos así de destructivos. Claro que Trilce es un arma que por lo menos rompe, pero en general está hecha para demoler completamente. Y en ello encuentro una de las mejores cualidades de estos poemas. La congruencia que Vallejo halló en esta obra es el cazo lleno de oro al final del arcoíris: el encuentro de la estética propia; es, gracias a Trilce, que podemos referir con desenfado lo vallejiano. Ahí se hizo poeta. Esa fractura que se contagia al momento de leerlo es también la fractura del lenguaje y, de nuevo, cómo no van a buscar los jóvenes la adrenalina de ese riesgo. Pero hay que decir que esa fractura es también entendimiento. El lenguaje en Trilce no es solo la apuesta por la disolución de las formas clásicas del verso, sino el consciente manejo de la lengua la que permite construir a rajatabla también algo de muerte. Riesgo y rigor se hacen uno solo en estos versos, pues no hay película de acción que compita con eso. Por ejemplo, se lee esta joya en el apéndice de Trilce:

Más acá de mí mismo y de
mi par de yemas, lo he entrevisto
siempre lejos de los destinos.                                                     (op. cit., p. 381)

Quizá la sombra que pensé que todos los autores rockstar le harían a Vallejo, no es sino cobijo al pensamiento, la justa dimensión de aquello que se dice con naturalidad porque se dijo alguna vez con tajo y mucho filo. 1922 parece cerca, pero median entre esa fecha y la nuestra un par de cataclismos, y un par de enormes poetas que se lo devoraron todo a su paso. Pero hay en Trilce una semilla en el aparador, una semilla serena y discreta aunque mortal cuando se abren las páginas del libro. Hay una infancia, una memoria, una descomunal idea de paraíso que se resquebraja y, por lo mismo, vuelve a Vallejo un eterno adolescente que, con naturalidad de quien está dentro del círculo de fuego, habla con los más jóvenes a pesar de estos cien años que lo flanquean.

No vamos a negar que, más allá del abismo y la fractura, Trilce es oscuro y, por momentos, un océano en el que se hunde el sentido. Pero no habría que negar tampoco que, como las viejas preguntas de los viejos congresos literarios, hemos superado ya esa engorrosa necedad de encontrar “claves” que nos permitan leer con claridad tal o cual obra fundamental. Y Trilce lo es. Me emociona saber que es allí donde se finca la posibilidad de la fluidez del diálogo, donde los más jóvenes encuentran en Vallejo a un interlocutor que habla su lengua: los LXXVII (77) poemas, más su apéndice, son un pasillo de experiencia corporal que vence al logos. Un tránsito que se ciñe más allá de, mero entendimiento, que lo trasciende. Estamos hablando, pese a no necesitarlas, de pautas esenciales de la poesía performática contemporánea, la cual tampoco es tan nueva. Si nos atenemos a lo dicho, cumple nada más y nada menos que un centenario, y Vallejo fue uno de los primeros que la escribieron.

Con claridad, puedo mirar ahora la potencia que hay en esta obra. Es brutal cómo, por contraste, tanta oscuridad arroja luz sobre los ojos del lector que se enfrenta plenamente a la marea que es. Qué absurda nuestra manía de preguntar cosas para acomodarle al poema un discurso que nos permita discurrir en cierta cantidad de caracteres. Aunque agradezco a los jóvenes que hablaron entre pasillos de Trilce, rescato a cuenta terminada los poemas en su dimensión de mapa de lectura; su cartografía propia que nos guía por los setenta y siete textos que se reúnen bajo ese título ineludible (no podría ser de otra forma), y que hoy celebramos —tangencialmente, por su aniversario, pero cuya fiesta está realmente en la lectura habitual que podamos hacer de Vallejo.

Trilce, eres nuestro. Es verdad, no vamos a negarlo. Faltan todavía generaciones para mover sus cabezas en señal de asombro, descubriendo pasadizos que llevan a otros lares del mismo mundo que se creó hace tanto y tan poco, en 1922. Trilce, eres joven. Y estás erguido todavía para jugar entre la boca de los jóvenes. Trilce oscuro y partido: eres nuestro. Trilce, feliz cumpleaños.


Julio César Toledo / Chicontepec, Veracruz, 1977. Poeta y dramaturgo. Es licenciado en Ciencias de la Cultura por la Universidad del Claustro de Sor Juana y cursó el posgrado en Literatura en la Universidad de Arhus, Dinamarca. Estudió Teatro en el INBA y es egresado de la Escuela Dinámica de Escritores. Es autor de Del silencio (2003) y Hombre, mujer y perro (2004), coautor de Quicio (2007), Los libros de la fatalidad (2012) y El fervor de la materia (2019), entre otros.