3 diciembre, 2018

Las piezas encontradas. Sobre César Vallejo

de Jordi Doce | Ensayos

Primera parte de dos.

 

Resulta difícil convocar a Vallejo de cuerpo entero, de texto entero, cuando él mismo practica en el espacio del poema un ejercicio tenaz de fragmentación corporal, un despedazamiento convencido que convierte el cuerpo en una “nómina de huesos”, en una suma ridícula o irrisoria de partes que son el emblema más puro, por terrible, de la existencia. Esto es lo primero que conmueve y, a la vez, intimida en esta poesía: el desconsuelo profundo y radical de sus premisas, el suelo de dolor y pesimismo del que brota y que —al menos en un primer momento— apenas la deja crecer, levantarse. La extrema gravedad de la escritura vallejiana tiene este doble sentido: conciencia del sufrimiento propio o constitutivo del vivir, sí, pero también ahogo, peso fatal, tirón desde abajo: “Hoy sufro desde más abajo. Hoy sufro solamente”. Y ese abajo es tan hondo, tan recóndito, que al poeta le parece que su dolor “no tuvo ya causa ni carece de causa”. Esto es, que no tiene raíz. No podemos rastrearlo. No podemos meter la azada y desenterrarlo. No se lo puede extirpar ni tampoco sepultar bajo más metros de tierra, con la esperanza de reducir su impacto. Está ahí, sin más. En contrapartida, con el tiempo iremos aprendiendo que ese dolor insondable que nos constituye es la condición necesaria y suficiente de la esperanza. Pero no adelantemos acontecimientos.

Sospecho que el lugar algo aparte que Vallejo ocupa en nuestras lecturas y jerarquías emocionales tiene que ver con este pesimismo radical, insobornable que determina su evolución. Más acá de su intensidad verbal y sus evidentes dones formales, hay en esta poesía una exigencia feroz que inquieta y emociona, pero que a menudo —no me avergüenza confesarlo— resulta abrumadora. Y lo es porque esos recursos formales que la crítica ha reputado de innovadores, rupturistas, marcas visibles de una posición decidida de vanguardia, no se pueden disociar de esa convicción que Vallejo expresó con rotundidad en tantos momentos de su obra, desde los memorables “golpes como del odio de Dios” del arranque de Los heraldos negros hasta el barroco “Sermón de la muerte” de Poemas humanos (“¿Es para eso, que morimos tánto? / ¿Para sólo morir, / tenemos que morir a cada instante?”), pasando por el broche nihilista de Trilce, LXXIII: “Absurdo, sólo tú eres puro”. Esta es la verdad, nos dice Vallejo, y se trata de una verdad incómoda, casi insoportable, ante la que resulta tentador o disculpable apartar los ojos.

Esa verdad, tal y como la conceptúa Vallejo, se sitúa fuera del arte, de la literatura, es un lugar o estado de la conciencia que se mide con el horizonte de la muerte, de este morir-a-cada-instante que es la existencia. Es la verdad que surge de afrontar sin velos engañosos ni ilusiones consoladoras el sinsentido del vivir. Y es que, a pesar de su fidelidad superficial a ciertas etapas de la actualidad literaria (el modernismo crepuscular en Los heraldos negros, cierto cubismo o creacionismo en Trilce, la poesía comprometida y el materialismo histórico en Poemas humanos), Vallejo nos deja claro en todo momento que él no está haciendo literatura, en el sentido más inmediato y retórico del término. Algo más serio se dirime ahí, parece decirnos, aunque si Vallejo escribe y nosotros lo leemos es porque todos, en rigor, compartimos la creencia en la lengua del poema, la palabra incondicionada, como lugar de cumplimiento o de comprensión del ser. Por lo demás, sería absurdo pedirle a un escritor que nos diga toda la verdad: nos basta con la suya, esa zona de la autoconciencia en la que convergen sus obsesiones, las leyes del deseo y el sueño, los fantasmas del miedo y la memoria, la angustia del tiempo. Pero algo, diría, en la manera implacable y perentoria que tiene Vallejo de darnos su versión hace que muchos lectores nos preguntamos: sí, es verdad, pero ¿es toda la verdad?

La desolación basal de esta poesía, que perdura incluso en los tramos de optimismo ideológico, parte de una consideración avergonzada del cuerpo humano, al que ve no sólo como agregación de fragmentos inconexos, sino, al decir del Juan Malpartida, como “lastre que le recuerda demasiado nuestra naturaleza zoológica”1. Y añade: “Pocos escritores han vivido tan desesperadamente su propia fisiología”. El fetichismo corporal del poeta, que incluye también las ropas (zapatos, pantalones, calzones, chaleco, camisa abotonada) como parte de ese revoltijo grotesco que es el hombre, opera en un sentido totalmente opuesto al del impulso erótico: no aglutina, sino que aísla; no subsume las partes en un todo mayor que la suma de sus partes, sino que las pone en fila y las enumera para resaltar su disparidad. Si en el erotismo cabalmente cumplido los cuerpos parecen iluminarse desde dentro, aquí el cuerpo recibe —desde fuera— una luz cruda, desigual, que subraya o remacha su precariedad. Es verdad que la imagen culposa o problemática del sexo que aparece en Los heraldos negros y varios pasajes de Trilce se atenúa, por ejemplo, en un poema humano como “[Dulzura por dulzura corazona!…]”, que es en gran medida —y hasta donde Vallejo mismo lo permite— un poema de celebración amorosa (“¡Amada en la figura de tu cola irreparable, / amada que yo amara con fósforos floridos”), pero incluso ahí la representación del acto sexual (“yo… haciendo lo infinito entre tus muslos”) aparece envuelta en la atmósfera transitoria y casi furtiva de una pensión madrileña: “tu candado ahogándose de llaves, / yo ascendiendo y sudando…”. Es más, la ambigüedad de las imágenes es una forma de decirnos que no hay solución de continuidad entre ambos planos, que todo sucede a la vez como formando una misma trama espesa.

Ese “haciendo lo infinito” limpia la cópula de connotaciones culposas o animalescas, pero a cambio parece encasillarlo en el ámbito del “trabajo”, de lo funcional, que tanto importa al Vallejo de los años treinta. Recordemos que en un texto de Contra el secreto profesional, “De Feuerbach a Marx”, afirma muy al modo de William Blake que “Cuando un órgano ejerce su función en plenitud, / no hay malicia posible en el cuerpo”, pero una cosa es librarse de esa vieja imagen católica del sexo como mancha o como culpa, y otra muy distinta asumirlo con alegría, como excedente de goce que escapa a las leyes del trabajo y la economía contable del deber. El ideario marxista es un sedante que amansa o suaviza las sacudidas del dolor, de ese viejo dolor que siente (que es) sin causa ni motivo, pero la imagen del hombre como burdo agregado de partes no desaparece jamás y se mantiene hasta en los poemas de España, aparta de mí este cáliz, como ya vio el poeta José-Miguel Ullán en un breve artículo de 1978, hace cuarenta años:

Frente a los pueriles versos optimistas, rechazando los moldes tan al uso para fijar un heroísmo a toda costa mítico, César Vallejo dinamita la superficie de su propio “Himno a los voluntarios de la República” con el fluir feroz de lo despedazado: huesos, corazón, pecho, frente, codos, cola, meñique, uña que camina, ojos, bocas, gargantas infaustas, órbitas, espalda, perfil, cutis inmediato, hombros, rodilla, pestaña.2

 

 

Conitnuará…


* Este ensayo es una versión revisada de la conferencia impartida el 24 de abril de 2018 en Casa de América, Madrid, dentro del Coloquio “César Vallejo, 80 años después”.


1 Juan Malpartida, “El cuerpo, ritual fisiológico (César Vallejo)”, La perfección indefensa. Ensayos sobre literatura española del siglo XX, Ciudad de México y Madrid, FCE, 1998, p. 148.

2 José-Miguel Ullán, “Imagen española de Vallejo”, Aproximaciones (sobre libros y autores), ed. Manuel Ferro, Madrid, Libros de la Resistencia, 2017.


Jordi Doce / Gijón, España, 1967. Ha traducido la obra de William Blake, T. S. Eliot, W. H. Auden, Charles Simic y Anne Carson, entre otros, y recientemente ha reunido sus versiones comentadas de poesía en Libro de los otros (Trea, 2018). Su poemario más reciente es No estábamos allí (Pre-Textos, 2016). Actualmente coordina la colección de poesía de Galaxia Gutenberg.