10 diciembre, 2018

Miyó Vestrini: Esa muerte de la intemperie

de Miyó Vestrini | Rescates


Pensemos en Sylvia Plath, Alejandra Pizarnik, Martha Kornblith… El escándalo de sus biografías —en especial, de sus desenlaces— condiciona en exceso el diálogo con sus obras. Parece obligatorio rebuscar en sus versos las cifras de sus vidas y sus muertes.

La poesía de Miyó Vestrini (nacida Marie-José Fauvelles, en Nimes, en 1938; muerta por mano propia en Caracas, en 1991) parece destinada a ese acoso biografista.

Lo que en verdad importa es que Miyó Vestrini nos legó un buen puñado de poemas de gran hondura humana y de notable fuerza expresiva. Es cierto que, como advierte el poeta y crítico Rafael Arráiz Lucca, en la obra de Vestrini conviven textos “de estupenda factura al lado de otros que no gozan de tal realización”. Pero esos que sobresalen resultan insoslayables, ya que plasman, como pocos en la historia de la poesía, los virulentos conatos de una existencia que necesita con urgencia expresarse para poder seguir existiendo. Así que la escritura poética de Vestrini no versa sobre su vida, sino que es uno de los modos que tiene ésta de darse como vida.

—Josu Landa



Poca cosa en verdad

No es muy largo lo que debo decirte:
             tiemblo cuando hablo de ello.

             Poca cosa,
                      en verdad.



Valiente ciudadano

A María Inmaculada Barrios

Morid con el pensamiento cada mañana y ya no temeréis morir.
(Tratado Hagakuse)

Dame, señor,
una muerte que enfurezca.
Una muerte tan ofensiva
como a los que ofendí.
Una muerte que soporte la lluvia
de Santiago de Compostela,
y de paso,
mate a los que me ofendieron.

Dame, señor,
esa muerte de la intemperie
que sorprende y tranquiliza.
Haz que esté largando mocos y lágrimas,
suplicando piedad
y deseando muerte ajena.

Haz, señor,
que aquel hombre con piel inédita
reconozca en mí al animal de los olivares.
Que su cuerpo pese sobre el mío
y haga dulce
la entrada al fuego.

Te prometo haberlo visto todo.
La misma culpa con la que nací,
el mismo furor.
Haz, señor,
que esté escuchando a Vinicio de Moraes
y a María Betania
y prometiendo que mañana,
lunes,
me inscribiré en un curso para aprender brasileño.

Que venga la muerte
cuando descubras en mí
alguna oculta intención de poder
y cuando sepas,
por tus informantes,
de mis maniobras para pasar la historia.
Cuando te digan, señor,
que he agotado todos los recursos de la fatiga
sin pedir clemencia,
entonces, señor,
dame duro.
Haz que este golpe que tengo en la frente
por abrir puertas a cabezazos
se ponga
rojo,
latiente,
doloroso.

Supongamos, señor,
que eres el big-bang.
Que ningún territorio escapa a tu vigilancia.
Que los hot-dogs son tema de tu predilección.
Que tu deseo de mí es parte obscena
de tu personalidad.
Entonces, señor,
examina mi estómago abultado
          por los espaguetis de Portofino
          por las favadas del Guernica
          por los pasteles de coliflor de mi madre
          por los largos tragos de cerveza y ron.

Espía, señor, los rostros de mi espejo en el espejo,
             yo, la pusilánime astuciosa
             la del dedo en el aire
             abanicando a la aburrida concurrencia.

Podrías venir al cine, señor.
Veríamos Brazil,
La vaquilla,
Un día de campo,
El cartero y Gatsby.
Me escucharías
sacudida por la risa
y el temor.

Permíteme, señor,
contemplarme como soy:
       el rifle en la mano
       la granada en la boca
       destripando a la gente que amo.

Acuéstate conmigo en la madrugada, señor,
cuando mi respiración es un golpe de piedras
en la corriente del río.

Y verás cómo nada,
   ni siquiera la leche de tus cantares,
puede darme una muerte que me enfurezca.


Miyó Vestrini / Nimes, Francia, 1938 – Caracas, Venezuela, 1991. Poeta, periodista cultural y guionista de televisión. Autora de los libros de poemas Las historias de Giovanna (1971), El invierno próximo (1975), Pocas virtudes (1986) y los póstumos Valiente ciudadano (1994) y Es una buena máquina (2014)​, así como de dos volúmenes de narrativa y de entrevistas a escritores.