3 diciembre, 2018

El hijo del policía

de Santiago Acosta | Inéditos

Sin pensarlo dos veces, me adentro en la pista de aterrizaje abandonada.

Una pareja de alazanes y un joven potro se alimentan tranquilamente del tierno pasto que nace entre el barro y
   la arena.

Sabía que a un par de kilómetros al oeste estaban las ruinas de un estadio de beisbol nunca terminado,
   que durante algún tiempo funcionó como estación de la Policía Independiente de la Costa.

El estadio fue un temido centro de interrogatorios, sobre todo después del descalabro del último gobierno
   del Partido.

Las huellas de las torturas aún pueden verse sobre la piel de los pescadores que cada mañana regresan
   de altamar.

Las cicatrices brillan bajo el sol igual que las escamas de las sardinas.

La población de peces ha repuntado después del cierre de los últimos hoteles y clubs vacacionales. He visto
   cómo, semana tras semana, las redes vuelven cada vez más cargadas de esa masa plateada
    y convulsionante.

De pequeño visitaba estas playas en compañía de mis padres, a veces todos o casi todos los fines de
   semana.

Solía perderme con los niños del pueblo. De no haber sido por mi piel bastante más clara, casi blanca,
    habría parecido uno más de ellos.

Esta costa era una especie de santuario, aislado del resto del litoral gracias al precario camino de tierra que
   lo comunicaba con la vía principal y a la desolación de sus playas vírgenes, que carecían de las
    comodidades exigidas por el turista medio.

En mis años de estudiante universitario me atormentaba un mismo sueño recurrente. Tras años de no
    haber regresado, llegaba para encontrar las colinas invadidas por cientos de edificios toscos y
    torcidos, que parecían a punto de desplomarse sobre la orilla del agua.

Para llegar al estadio hay que tomar un camino estrecho que se abre entre las uvas de playa.

A medida que asciendo, noto cómo la vegetación cambia rápidamente y los sonidos del mar son
   reemplazados por los de un bosque tropical seco y caliente.

Algunos pájaros dan pequeños saltos sobre la hojarasca, haciendo ruidos que se asemejan a pasos.

A cada momento giro mi cabeza esperando encontrar un animal grande o algún perseguidor sigiloso.

Me han advertido que debo andar con cautela. Tras el fin del Partido, el crecimiento acelerado de los pueblos
   vecinos los ha convertido en ciudades anárquicas.

La abolición de los sindicatos produjo una masa atomizada de individuos depresivos, que vagaban por el
    pueblo sin rumbo fijo.

Incapaces de recuperar las habilidades de la pesca y el cultivo, se dedicaron al robo, la extorsión y el bandidaje.
   

Sin embargo, la relación entre esas nuevas ciudades y el pueblo es generalmente pacífica y puramente
   transaccional.

De vez en cuando llegan en un tropel de motocicletas en busca de alimentos producidos localmente, que
    insisten en pagar a precios exorbitantes.

Al entrar en un claro del bosque veo por primera vez el estadio. Decido darle una vuelta de reconocimiento.

El calor reverbera con tal fuerza que parece hacer vibrar la estructura de acero y hormigón.

Sobre el talud de la carretera encuentro cientos de agujeros, seguramente producto de fusilamientos en masa
    ejecutados por la policía.

Con ayuda de mi navaja logro extraer una bala dorada. Me extraña que sea de una nueve milímetros. (¿Quién
    fusila con pistola?)

Pienso en las cicatrices de los pescadores, marcas de un pasado reciente sofocado en las redes de la historia.

Continúo bordeando el estadio y me encuentro con los restos de lo que parece la barraca del último vigilante.

Una vez que compruebo estar solo, decido adentrarme en la construcción.

Las historias de los pescadores giran dentro de mi cerebro como las aspas de un destartalado motor
   fuera de borda.

Desenfundo mi Canon T5 y disparo las primeras fotos.

Alguien ha pintado sobre el concreto, en rojo y blanco, un mural con calaveras, huellas de manos y la frase:
    «Los muertos danzan, la sangre llora».

Imagino cuerpos amarrados con cables y rostros destrozados por las mismas herramientas usadas en la obra.

El mediodía incandescente hace que las imágenes parezcan demasiado homogéneas y sin profundidad.

Pienso en lo limitado de toda representación, en lo difícil que es reproducir, no la realidad, sino lo que
    percibimos de ella.

Las finas nubes que por un momento tapan el sol le dan al cielo el aspecto de una fotocopia desleída.

El estadio ha tomado nuevo cuerpo ahora que las sombras parecen más leves, casi transparentes.

Aprovecho la oportunidad y disparo nuevas fotos.

Hago zoom en la pantalla de la Canon para examinar los detalles del mural y noto otra frase escrita en su parte
    inferior: «En memoria de los protectores — PIC».

El descubrimiento me alarma.

En la siguiente imagen veo, sobresaliendo detrás de una columna, el pequeño brazo de un niño de piel clara.

Una súbita ráfaga de viento hace sonar las palmeras.

Sobresaltado, me echo a correr por el camino que lleva de vuelta a la playa.

No sé si huyo del niño o si el niño huye de mí.

A lo lejos, escucho gritos y el rumor de numerosas motocicletas.

El niño me encuentra agazapado detrás de un montículo de cantos rodados.

En su cuello veo la cicatriz incuestionable del roce de un proyectil. Su oreja derecha parece apenas una
   esquirla de piel.

Quiere saber si yo fusilé a su padre, el policía.

Le respondo que son los policías quienes fusilan a los pescadores.

Se aproxima más y me pregunta si yo ejecuté a su familia.

Me aferro a mi navaja.

El ruido de las motocicletas se hace cada vez más estruendoso.

Las hormigas suben por mis piernas con la voracidad de una horda justiciera.

Pienso en las balas de nueve milímetros, en los fusilamientos que ahora me parecen una venganza colectiva.

«Los muertos danzan, la sangre llora».

En los puños de los motorizados resplandecen las nueve milímetros.

En los ojos del niño, los cuerpos de los policías fusilados en un levantamiento espontáneo.

Me habían advertido que debía andar con cautela.

Las historias de los pescadores se rompen en mi cerebro como olas contra un arrecife de acero y hormigón.





* Este poema pertenece al libro inédito El próximo desierto, ganador del III Premio Ciudad y Naturaleza José Emilio Pacheco 2018, convocado por la Universidad de Guadalajara y la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.


Santiago Acosta / San Francisco, California, 1983. Es un poeta venezolano radicado en Nueva York. Ha publicado Cuaderno de otra parte, Mañana vendrán las piedras y Detrás de los erizos. En Caracas fundó la revista de poesía El Salmón (Premio Nacional del Libro, 2010). Cursa el doctorado en Culturas Latinoamericanas e Ibéricas de Columbia University.