10 diciembre, 2018

Las piezas encontradas. Sobre César Vallejo (2)

de Jordi Doce | Ensayos

Lee aquí la primera parte de este ensayo.

Llegados a este punto, me parece productivo dar un pequeño rodeo, o más bien retroceder, para fijarnos en ese largo poema en prosa que Vallejo escribe a raíz de su internamiento en el hospital de la Charité, en París, durante octubre de 1924. Allí le operan de una hemorragia intestinal y sufre, según confiesa, “veinte días horribles de dolores físicos y abatimientos espirituales […] increíbles. Hay —añade— horas más, acaso, mucho más siniestras y tremendas que la propia tumba”.

Este poema en prosa (que conocemos por su frase inicial, “[Las ventanas se han estremecido]”) es un texto pionero por su retrato crudo, expresionista y a la vez tremendamente fiel de ese mundo otro del hospital y la enfermedad. Todavía hoy no conozco, o no he leído, una representación tan intensa, abarcadora y desestabilizante del universo clínico. Este poema es también el nadir de la visión vallejiana, el punto más bajo de un trayecto que ya en Trilce parecía haber tocado fondo: piadosa pero incisiva, lúcida a la vez que hiperbólica, su mirada oscila entre el registro minucioso y la queja cósmica, entre la pregunta perpleja y la enmienda a la totalidad. Uno de los pasajes más significativos y a la vez más conmovedores es justo aquel en el que Vallejo descubre, no sin meditada ingenuidad, que el amor individual, el amor de un ser humano por otro, no puede curarnos de la enfermedad ni —por añadidura— salvarnos de la muerte:

Ignoro lo que será del enfermo esta mujer, que le besa y no puede sanarle con el beso, le mira y no puede sanarle con los ojos, le habla y no puede sanarle con el verbo. ¿Es su madre? ¿Y cómo, pues, no puede sanarle? ¿Es su amada? ¿Y cómo, pues, no puede sanarle? ¿Es su hermana? Y ¿cómo, pues, no puede sanarle? ¿Es, simplemente, una mujer? ¿Y cómo pues, no puede sanarle? Porque esta mujer le ha besado, le ha mirado, le ha hablado y hasta le ha cubierto mejor el cuello al enfermo y ¡cosa verdaderamente asombrosa! no le ha sanado.

Diría que una parte importante de la evolución poética e ideológica del poeta tiene que ver con la confirmación, en estas líneas, de la soledad fundamental del ser humano, de nuestra incapacidad constitutiva, no sólo para estar o ponernos en el lugar del otro, sino para, mediante el amor, salvarlo de su suerte. Como suele decirse popularmente, hay experiencias que nadie puede vivir por uno, que nadie sino uno debe padecer, y esto se vuelve particularmente cierto en los trances de la enfermedad, el dolor y la agonía, cuyo carácter intransitivo se ha ido reforzando conforme se suceden los avances médicos y el enfermo, el doliente, es apartado de los demás, puesto a buen recaudo en un cuarto de hospital y sometido a los cuidados expertos del especialista:

El cirujano ausculta a los enfermos horas enteras. Hasta donde sus manos cesan de trabajar y empiezan a jugar, las lleva a tientas, rozando la piel de los pacientes, en tanto sus párpados científicos vibran, tocados por la indocta, por la humana flaqueza del amor. Y he visto a esos enfermos morir precisamente del amor desdoblado del cirujano, de los largos diagnósticos, de las dosis exactas, del riguroso análisis de orinas y excrementos. Se rodeaba de improviso un lecho con un biombo. Médicos y enfermeros cruzaban delante del ausente, pizarra triste y próxima, que un niño llenara de números, en un gran monismo de pálidos miles. Cruzaban así, mirando a los otros, como si más irreparable fuese morir de apendicitis o neumonía, y no morir al sesgo del paso de los hombres.

La incapacidad del amor individual para vencer a la muerte es la raíz primera de la utopía vallejiana del amor universal, de su exaltación del amor fraterno de todos los seres humanos que alienta detrás de un poema como “Masa”, donde el muerto, “emocionado”, sí vuelve a la vida y se incorpora lentamente, nuevo Lázaro redimido por el amor insistente de “todos los hombres de la tierra”. El camino de esa utopía no está libre de problemas, como sabemos por ese poema memorable que empieza “Considerando en frío, imparcialmente, / que el hombre es triste, tose y, sin embargo / se complace en su pecho colorado…”. Un poema-bisagra que mira hacia atrás y resume esa visión del ser humano como “animal” de “encontradas piezas” que “canta, almuerza, se abotona”, pero que a la vez hace de antecedente directo de “Masa”, de preludio necesario, pues también aquí, all things considered, considerando esto y lo otro, el poema termina con un “abrazo, emocionado”, al prójimo. “¡Qué más da!”, dice el poeta, ya sabemos “que le quiero, que le odio con afecto y me es, en suma, indiferente”, pero eso no puede impedir que le acoja con un abrazo “emocionado… emocionado”.

Esta emoción es un brote perpetuamente renovado del amor cordial de Cristo, conciencia amorosa de la esencial fraternidad de los seres humanos que se asocia, en muchos de los Poemas humanos, al principio de la esperanza. La esperanza existe porque existe el dolor, nos dice Vallejo en “Voy a hablar de la esperanza”, pero es también fruto de ese imperativo crístico de “amar al prójimo” que es, quizá, su lección más básica y a la vez más perdurable. Amarlo, esto es, no a pesar del carácter absurdo, irrisorio de su existencia, sino justamente por ello. El compromiso ideológico de Vallejo, su adhesión al marxismo, no puede concebirse fuera de un cristianismo cuyo carácter revolucionario estriba, inicialmente, en su extensión del amor a todos los hombres de la tierra, su conversión subversiva del extraño, del extranjero, en prójimo y semejante.

Cabe subrayar, por último, que este principio de esperanza y amor cordial se expresa, poéticamente, en una simplificación de la prosodia y el léxico que suaviza las aristas cortantes de Trilce. Hablar de simplificación en Vallejo es arriesgado, y el proceso, por lo demás, no está exento de retrocesos, demoras y titubeos. Quizá se vea más claro si nos asomamos al predominio que la anáfora y las estructuras reiterativas van cobrando en los Poemas humanos y en España, aparta de mí este cáliz, ensayando una estrategia que dará fruto en grandes tramos de la poesía europea de posguerra, esa que suele conceptuarse como “nueva austeridad” (según la feliz intuición crítica de Michael Hamburger en su The Truth of Poetry1) en su intento de enfrentarse al paisaje de ruinas físicas y morales que dejó la Segunda Guerra Mundial. La disposición anafórica de no pocos poemas de este Vallejo final (muchos de los cuales, como “Nómina de huesos”, “Yuntas”, el ya citado “Masa” o “[Un hombre pasa con un pan al hombro]” están entre sus grandes logros) es una forma de pasar una y otra vez por el mismo sitio hasta dejar huella, una insistencia que no excluye ligeras variaciones que modulan y matizan el sentido.

Este volver una y otra vez sobre la misma estructura sintáctica se parece al trabajo de una costurera que debe pasar y repasar por el mismo tramo de tela para afianzar y redondear su labor. Con sus repeticiones, su sintaxis a veces machacona, sus binomios de pregunta-respuesta, Vallejo parece querer volver sobre sus pasos y remendar los fragmentos, “las piezas encontradas” del viejo ser humano, creando con ellas un “hombre nuevo”, un conjunto orgánico mayor que la suma aritmética de las partes… El estilo iterativo de estos poemas hace un traje a los huesos que evoca el milagro de la profecía de Ezequiel. Y lo que impide —repito— que el resultado sea un monstruo como la criatura grotesca de Víctor Frankenstein, un simple agregado de miembros dispares unidos por costurones, es justamente ese impulso cordial, profundamente cristiano y fraterno, que fusiona contrarios e insufla su aliento vital a la figura inerme.

Ese “hombre nuevo” del último Vallejo tiene y no tiene que ver con la utopía revolucionaria, pues la vieja “fórmula famélica de masa” donde resuena la “famélica legión” de La internacional se convierte, al final de su vida, en esa “masa” viviente y amorosa que logra resucitar al muerto. El corolario no es tan limpio ni tan fácil, desde luego. Hablamos de una visión muchas veces precaria y amenazada desde diversos frentes. Pero sí lo bastante intensa como para explicar la fuerza peculiar de un puñado de poemas que seguimos leyendo, casi un siglo después, conmovidos y asombrados.



* Este ensayo es una versión revisada de la conferencia impartida el 24 de abril de 2018 en Casa de América, Madrid, dentro del Coloquio “César Vallejo, 80 años después”.




1 Ver Michael Hamburger, “A New Austerity”, The Truth of Poetry. Tensions in Modern Poetry from Baudelaire to the 1960s, Hardmonsworth, Penguin Books, Middlesex, 1972, pp. 242-293.


Jordi Doce / Gijón, España, 1967. Ha traducido la obra de William Blake, T. S. Eliot, W. H. Auden, Charles Simic y Anne Carson, entre otros, y recientemente ha reunido sus versiones comentadas de poesía en Libro de los otros (Trea, 2018). Su poemario más reciente es No estábamos allí (Pre-Textos, 2016). Actualmente coordina la colección de poesía de Galaxia Gutenberg.