21 febrero, 2022

La llama de las otras

de Tes Nehuén | Reseñas

Jimena Arnilfi Villarraza, Campamento de supervivencia, Liliputienses, Isla de San Borondón, España, 2021, 96 pp.

“No hay nada más peligroso que lo reprimido y oculto, lo que queda dentro.” Lo dejó escrito Emilia Pardo Bazán, cuya obra se me ha pegado más firme que nunca y no dejo de sacarla en todas las conversaciones literarias. Una escritora adelantadísima a su tiempo: la primera trabajadora de la literatura, la primera moderna y también la primera en atreverse a divorciarse para que no le impidieran escribir… Leyendo Campamento de supervivencia, de Jimena Arnolfi (Buenos Aires, Argentina, 1986), he pensado en ella y en lo importante que es para nosotras tener esas extraordinarias voces mentales dándonos ánimo en momentos de flaqueza. Arnolfi se aferra a la palabra para, desde una dualidad conmovedora, construir una poética de la maternidad: el entusiasmo infinito de estrenar ese vínculo casi sagrado y el sacrificio que todo ese amor supone. Carne y palabra. Sangre y espíritu. Monte y casa. Todo confluye en una misma voz que es entrega al lenguaje. Un libro en un homenaje a las mujeres que, con sus palabras acompañan, nuestra soledad. En esos días de maternidad salvaje, Arnolfi recurre a la poesía y sobrevive en esa luz, en momentos de agotamiento extremo. “Es increíble todo lo que soporta un cuerpo”, leemos en uno de sus poemas.

Tenemos poemas que hacen pie en lo intestinal del lazo con la criatura: la responsabilidad como una bomba de relojería cuya detonación depende de la madre. “No debería enojarme con mi bebé,/ dice el artículo del pediatra./ Soy el único mundo amable y amoroso”. En esa reconstrucción del lazo hay una pregunta sobre la identidad —que nunca vuelve a ser la misma después de la maternidad, escribe Arnolfi—. El yo muta por caminos indescifrables. Ya nunca estás sola. Tu bebé es tu sombra. O tu sombra se agranda y le contiene. En ese camino de cuidados y de contención donde el yo queda subyugado para abrigar y proteger ese cuerpo vulnerable y necesitado, el cuarto propio también se transforma. Se hunde en el subir y bajar de las olas que amenazan con destruirlo todo. El cuarto, que ya no es habitación a solas, es cocina, sofá de amamantamiento, sombra de árbol de mandarina, compañía perpetua del tallo. Apropiarse de esos nuevos espacios, de esa nueva soledad compartida para que florezca la escritura, parece el gran desafío de este libro. Escribir como una necesidad. Escribir como una meta. ¿Habrá una forma más potente de sobrevivir al tiempo? Este libro se escribe desde el cuidado, en el momento del cuidado, y eso —para mí, que jamás seré madre— es algo tan abismal como asombroso. “En medio de la transformación,/ escribo para dejar constancia”. En medio del aquí y ahora la madre se sienta y escribe: repasa el embarazo, el parto, el puerperio y va desarrollando una poética de la maternidad que, imagino, puede ser diario, misal, compañía para aquellas mujeres que deseen lanzarse a una carrera tan agotadora como mágica. La madre, como animal salvaje que sabe que hará lo que haga falta por proteger a su cría de los depredadores: “Plantaría todas las hierbas/ que sean necesarias alrededor de lo que amo”. Plantar un libro así es proteger el tiempo que vuela. Me imagino a Chavela, la destinataria, leyendo estas líneas dentro de unas décadas y descubriéndose en las palabras de su madre. Porque eso al final es la literatura: reconocerse en lo desconocido, como algo siempre cercano. “La escritura del cuerpo es lo desconocido”, leemos. Y en otro poema: “No tengo ganas de tener destino, decías./ En la poesía hay algo mío que no conozco”.

Este libro puede servir también como un diario realista. El registro de una época turbulenta. Mientras la madre amamanta, el país sigue rompiéndose. El mundo, quiere decir, la realidad, quizás. “Afuera tiembla el país/ Las balas de punta hueca/ estallan después de impactar,/ así se instaló la violencia […] Solo nos queda el fuego”. En ese sentido, la estética de Arnolfi parece asimilar el sentido simbólico de lo material para construir poemas con viajes subterráneos de sensibilidad absoluta. Por ello no es un libro solo para madres, sino un libro para hermanas, para sentirnos y repensarnos en nuestros roles impuestos y escogidos, para entender por qué hacemos las cosas. Creo que a Pardo Bazán le habría gustado este libro. La imagino leyendo estos poemas y sonriendo, como quien sabe que su mensaje, que su esfuerzo, ha merecido la pena. Las que nos acompañan, las que hacen posible que hoy disfrutemos de nuestro cuarto propio. Esas madres que se entregaron a la palabra en cuchitriles para que nosotras no nos durmamos. En ellas, en Arnolfi, en las poetas salvajes y cabezonas que se sientan a escribir en mitad del desconcierto, se cumple esta premisa: “Escribir, dedicarse a escribir un poema,/ buscar la palabra como un tesoro/ entre las cosas perdidas”. Sobrevivamos en el campamento de la literatura, porque únicamente nos queda el fuego.


Tes Nehuén / Argentina, 1983. Poeta y periodista. Creadora del blog literario Bestia Lectora, donde realiza reseñas de libros y entrevistas a escritoras y escritores. También colabora con Cuento VoladorGalerna Estudio y Poemas del Alma.