28 febrero, 2022

Un bohío en la tundra

de Katherine Bisquet | Inéditos

El proyecto del siglo
 
                                                                                     A mi madre fugitiva
 
 
Será el tiempo el que endurece los cuerpos de metal
o el que los corroe.
Será que cuando tocan la sal del océano
efectivamente se oxidan,
y temen navegar esos mastodontes armados
con los hierros del 80.
Será además que ya una vez huyeron
a otras tierras para formarse,
para armar la utopía del robot de hierro
y quedaron en la mitad del camino.
Será que en esas tierras se forjaron con lo imposible
en el momento de lo posible,
y después de tan pocos años cayó el colosal paredón.
Pendimos, aún pendemos.
Entonces cayó la esperanza de vivir de la energía,
cayó la esperanza de vivir con energía,
en una ciudad inconclusa,
en una generación inconclusa,
joven e ingeniosa aún.
Y el naufragio alcanzó a todos,
por estar hechos de uranio,
por no haber empujado la palanca,
por ver al robot que aún duerme,
en un apartado mundo que todos desconocen.*

 

Algo aquí se descompone

Los niños juegan pelota en la piscina olímpica.
Los niños se bañan bajo los muelles.
Y bajo los muelles y bajo los niños,
raíles ahogados.
ALGO HUELE MAL.

No hay muertos, ni idea de muerte.
No hay historia, ni idea de historia.
Toda el agua es salada, todo es piedra sobre piedra.
ALGUIEN TIENE MIEDO.

Se mide la energía con sigilo, o sabiamente.
Porque ellos sí saben de qué se trata.
ALGUIEN ME HA TRAICIONADO.

Se crea una idea de comunidad,
improvisaciones de una juventud inexperta.
Resultan animales sacrificados.
Animales que bordean la comunidad entera
con la idea de abastecer el hambre
de tantas bocas delgadas.
Y por las noches me despierto
espantado,
porque definitivamente
ALGO HUELE MAL.*

 

Año 92

Yo nací en el mes de diciembre
no en el mes ni en la ciudad del desencanto
porque mi madre aguantó sus intestinos
y los botó allá por el centro

dispusieron los oráculos mi cuerpo
donde mismo había creído mi madre
para ver si este destino rígido sucumbiría
a la desolación de sus ancestros
pero yo nací en el mes de diciembre
qué tengo que ver yo con lo inconcluso.*

 

De fierecillas
                                                                                     A mi hermano, a los chamacos del barrio, los chimarrones
 

Un plato para dos
una cuchara para dos.
Y con los años,
él, un platico azul
yo, un platico verde.
Él vino a nacer en medio de la hecatombe
no en el mes pero sí en la maldita ciudad,
en el año 94.
Mi madre lo soltó ahí
sin intenciones de cambio,
aunque mi padre seguía matando palomillas.
Él, un tractorcito con carreta
yo, una cama de madera para las muñecas,
juguetes que duran toda la vida,
recuerdos que duran toda la vida.
A las 8:00 dicen el número
a las 7:30 se cierra
a las 7:40 se empieza a hacer la comida
a las 9:00 se come.
Una gata
dos perros
todos muertos.
¡¡¡Los chimarrones!!!
Gritan,
quitar las pencas de otro CDR
correr bajo lluvia de piedras
hacer la cola para la caldosa.
Él le saca las viandas y las especias,
mamá no le enseñó a comer.
Yo como de todo.
Yo me voy a su cama de noche
por los fantasmas,
él me gruñe y me empuja.
Papá nos llama una vez por semana.
Salgo a buscarlo,
él juega.
No te dejes meter el pie,
y le parto la cabeza al abusador,
corro y me escondo en el closet.
Él llora.
Mamá me da con el cinto.
Yo aguanto las lágrimas
y doy el ejemplo.*

* Estos poemas pertenecen al libro Uranio empobrecido (Rialta Ediciones, 2021)

 

 

Un bohío en la tundra

Mi abuela es un león flaco de la Siberia
Frotándose
Contra las paredes descorchadas de la casa
Se arranca las malas pulgas.
Hambriento, se balancea sobre el fogón de luz brillante
Viene hacia mí, desde el centro de la cocina
Quejándose de la comezón que deja una piel cuarteada y reseca.

Este león me asistió mientras dormía
Y me quitó el sueño
¿Qué hace despertándome a esta hora de la mañana?
Me habla de cuántas gallinas habrían muerto o cuántas le habrían robado,
De la soga de la bestia que rompió su piel y le dejó una llaga que nunca dejó de abrirse en la pierna izquierda:
El cansancio de criar animales
Cuenta —un león lleno de úlceras y de dolor—,
Las cosas que se hacen con el suero de la leche y con las vísceras
Cuenta,
Aullando en la noche con los ronquidos asmáticos del invierno,
Bajo el polvillo que sueltan las tablas de madera
Por donde pasan sigilosos
Los guayabitos recién nacidos del sembrado de frutabomba que crece justo al lado de su ventana.

Aquí tienes león hambriento un cangre de yuca fresca
Para que lo devores.
Y se lo pone en la boca como diez caramelos
O como diez chocolates.
Rumea el olor del dulce y el olor de los mangos maduros.
Piensa en el sabor cristalizado
Cómo se deshace en la saliva de su lengua áspera.
Piensa que sus patas son inservibles para el trabajo de la caza
Y se lamenta,
Echado al sol lamiéndose la herida
Untada de cualquier cosa, yerbas machucadas, colonia, millo mojado, gentamicina.

Estoy escribiendo un poema sobre mi abuela
¿Te dije que eso me despertó hoy?
Una imagen,
Mi abuela era un león enfermo.**

 

Seis de la mañana, cómo está tu cabeza?

Cómo ha estado todos estos años después de aquel café frío del Brecht?
Hace frío en Berlín?
Me acuesto esta mañana —intento cambiar mis hábitos— con una queja,
En el patio del frente hay un animal que se come las palomas del vecino.
M se fuma un cigarro mientras le escribe un poema a una mujer que ama, en ese poema él es un niño y está en
                    el invierno de Rusia, esa mujer es una princesa…
Yo no sé de la naturaleza de tal animal,
Pero te han culpado a ti de traerlo antes de tiempo,
Antes de que las palomas aniden en un nuevo amanecer.
Una vez regalé un zorrillo ruso plateado y alguien que me amó lo obligó a comerse un mamey.
El zorrillo le mordió la mano derecha y corrió a pedirme consuelo.
Yo no podía ser princesa y madre al mismo tiempo,
Mucho menos cuidar la mordida fría.
Tú podías cargar con ese animal cuanto pudieras, cuanto tiempo quisieras,
La fiera podría ser libre,
Yo podría ser libre,
Tú podrías ser libre.
La fiera se come todo lo que ve a su paso,
Cómo le digo yo que no se alimente de aquello que no le pertenece?
Hay cipreses allí?
Aquí las ceibas han perdido las hojas
Se pierde casi todo,
El día, la ciudad, la paciencia, la memoria.
Temo que un día de estos se pierda ese animal insolente y caiga de bruces en medio de la avenida del puerto
                    como un cóctel molotov y se incendie las patas y chille.
Te has imaginado a una fiera chillar de dolor?
Así era yo la noche pasada,
La bestia chillaba bajito
Sobre unos mosaicos lapislázulis de una fuente vacía.
Me duele la boca del estómago, es que me duele de verdad por el café
De aguantar las cortaduras en tu mesa de calados,
Te recomiendo que guardes los recortes de los papeles que botas
Para dibujarle a M el zorrillo plateado que perdió.**

 

Poema a una podóloga y a la SE

Y me curabas los pies,
Caían los pellejos como ángeles caían del cielo
Mientras en las afueras del spa El Paraíso
Les crecían los cayos a las guardianas de mi belleza.**

**Inéditos.


Katherine Bisquet / Ciudad Nuclear, Cuba, 1992. Graduada de Letras en la Universidad de La Habana. Ha publicado los libros de poesía Algo aquí se descompone (2014), Ciudad Nuclear mon amour (2020) y Uranio empobrecido (2021). En 2020 fue seleccionada para la residencia de escritores Can Serrat Primavera, Barcelona. En 2021 recibió la Beca Antonia Eiriz, con el proyecto de crónica Los Mojados, otorgada por el Instituto Internacional de Artivismo Hannah Arendt INSTAR a artistas e intelectuales independientes. Ha publicado poemas, crónicas y entrevistas en revistas y diarios como Vice en español, El Estornudo, Hyperallergic, Hypermedia Magazine o Rialta Magazine. Es cofundadora del proyecto Cine Cubano en Cuarentena, iniciativa de rescate, promoción e investigación creada en 2020 y orientada al cine cubano. Es escritora residente de la Künstlerhaus Bethanien (Berlín, Alemania).