Sin la bendición del agua

Mi padre coloca su pie sobre mi espinilla. Ha aceptado el hecho que ya no se puede amarrar los zapatos. A meses de cumplir cincuenta, amenaza con cambiar a velcro, su panza una cúpula a la edificación de su cuerpo, encubriendo la vastedad de los años.

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Yo sé los nombres extraños

temblé una vez en la cama,/ el día en la ventana,/ cuando la bárbara vela/ quemó su piel amada./ gocé una vez, en la calle,/ al ver mis versos volar,/ pues supe que no hay quien calle/ la voz que puede migrar.

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Cosa extraña que piensa

Allá en el Sur
los árboles de la magnolia
explotaban en extraña fruta

morada era la pulpa
y sangrienta.

Ella las vio
y luego tuvo que escaparse
de la visión.

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