5 diciembre, 2022

La traducción de poesía como activismo
en tiempos de crisis

de Carlos Soto Román | Ensayos

 
El siguiente texto fue leído como parte de la ceremonia de inauguración del festival de poesía Latinale en Berlín, en 2021, junto al texto “Trece formas de ver un temporal de fantasmas” de la autora alemana Uljana Wolf (este último en traducción de María G. Tellechea y Martina Fernández Polcuch).

—La Redacción

 
Me gustaría comenzar esta exposición identificándome adecuadamente. Como estas características son las que inevitablemente sesgarán mi presentación, me parece que lo único que se puede hacer al respecto es ser lo más honesto y directo posible. Mi nombre es Carlos Soto Román, soy químico farmacéutico de profesión, escritor, poeta y artista; traduzco poesía, soy chileno (y, por lo tanto, extranjero en este lugar); residí algunos años en un país que no compartía mi lengua materna y no tengo ninguna afiliación académica o institucional.

Durante esa estadía en el extranjero tuve la oportunidad de dejar por un momento las ciencias, la farmacia y dedicarme por completo a la poesía. Hice un magister en bioética, amparado en mi labor profesional (la investigación biomédica), pero el motivo real fue un libro de poesía, que estaba escribiendo, el cual requería que profundizara en aspectos más filosóficos. Además de los estudios me involucré de lleno en la escena poética de Filadelfia, sitio que se transformó en mi nuevo hogar, y donde pude integrar un colectivo de poesía, organizar lecturas y eventos, e incorporar el aprendizaje de la lengua a través del conocimiento de autorxs nuevxs y clásicxs de esa tradición, como también mediante conversaciones e interacciones constantes con creadorxs y artistxs, las que sin darme cuenta iban ayudando a configurar una nueva comunidad.

Hace casi diez años fui invitado a dar una charla sobre traducción al Festival “One Makes Many” en Raleigh/Durham, organizado por la Universidad de Duke y la de Carolina del Norte, y hace exactamente tres años hice otra ponencia en un coloquio de traducción organizado por la Universidad Finis Terrae y por la Universidad de Santiago de Chile, por lo que hoy me parece adecuado intentar hacer un paralelo entre las situaciones que expuse en esos momentos y la actual.

Hace diez años, la crisis educacional chilena estaba en uno de sus momentos más álgidos. Lxs estudiantes tomaban las calles demandando educación gratuita y de calidad, y los problemas educacionales relacionados con la literatura que se detectaban en ese entonces, siguen siendo los mismos ahora: malos hábitos de lectura sumado a una pobre comprensión lectora. Se hacían necesarias nuevas estrategias para reencantar al público con la lectura, pero a este problema se agregaba el alto costo de los libros y las dificultades de edición en un entorno en el que la industria editorial local se veía disminuida ante el poder de los grandes grupos transnacionales, los que enfocan la cadena del libro como un asunto de negocios, comercializando con la lectura como lo harían con cualquier otra mercancía.

No pocos años después, la crisis educacional, política y social llegaría a un punto sin retorno de una manera impensada en Chile. Fue así como, una vez más, lxs estudiantes salieron a las calles a manifestarse en contra de un alza en la tarifa del transporte público, saltándose los torniquetes y tomando las estaciones del metro, para que, en un par de días, el país se viera envuelto en un inevitable estallido social, que desató fuerzas, ansias, frustraciones y heridas reprimidas desde la dictadura, y que los incompetentes gobiernos de la mal llamada transición no habían sido capaces de resolver. Luego vendría la pandemia, el confinamiento, la crisis económica, una vez más el miedo y la desconfianza, lo que prolongarían el descontento, el malestar, la incomodidad, la incertidumbre.

Hablar de traducción, en este contexto, no es fácil. La traducción, entendida como una ocupación seria y sistemática en Chile, por lo menos hace diez o quince años atrás, era prácticamente inexistente. ¿Por qué? Básicamente porque no habían fondos para hacer traducciones, porque como negocio es arriesgado y poco rentable. Lxs editorxs locales no tenían dinero para pagar derechos de autor y no podían competir con transnacionales como Planeta, Alfaguara, Random House o Anagrama; y aunque la academia mantenía un pequeño circuito, que no contaba ni con los recursos ni con el apoyo para lograr una legitimidad contundente, la verdad es que el esfuerzo de traducción en poesía en Chile se construía a partir de la generosidad de unas pocas personas (como Rodrigo Olavarría y sus trabajo con Allen Ginsberg o Verónica Zondek y sus traducciones de Derek Walcott, June Jordan y Emily Dickinson, por nombrar algunos), quienes veían el campo y el oficio de traducir como una actividad casi espiritual, por la cual escasamente se recibía alguna remuneración o recompensa, excepto por el placer de publicar la obra traducida, la que muchas veces debían financiar de forma parcial o total.

En cuanto a traducciones, Chile subsistía principalmente de lo que se traducía en España y en otros países con industrias editoriales desarrolladas, como México y Argentina, hecho que configuraba un curioso monopolio, donde lo que se traduce (y por lo tanto, lo que se lee) responde a la aplicación de fórmulas comerciales ya probadas en diferentes mercados y no a un interés real o curiosidad intelectual específica de la cultura local, lo que causa importantes vacíos, deficiencias, omisiones.

Como poeta, esto fue lo que más me llamó la atención a mi llegada a Estados Unidos, país donde residí cinco años. Darme cuenta de la gran cantidad de obras y autorxs que eran absolutamente desconocidxs en Chile (Charles Reznikoff, Geroge Oppen, Charles Olson, Jack Spicer, Frank O’Hara, Diane Di Prima, Susan Howe, Lorine Niedecker, Alice Notley, etcétera), precisamente porque sus traducciones no estaban disponibles y, al mismo tiempo, siendo que Chile es un país que se jacta de producir excelentes poetxs de relevancia internacional, también me sorprendió la casi total inexistencia de traducciones al inglés de poetas chilenxs que podríamos considerar indispensables (como Rodrigo Lira, Jorge Teillier, Juan Luis Martínez, Gonzalo Millán, Carmen Berenguer, Elvira Hernandez, Soledad Fariña).

Comencé a preguntarme por la causa de estas ausencias y sobre la lógica detrás de estas injusticias.

Abordar la cuestión de qué y por qué se traduce, es un asunto complejo. Los criterios utilizados para seleccionar los trabajos son variados y muchas veces arbitrarios. Reconciliarlos podría ser tan difícil como llegar a un consenso sobre la definición de lo que en verdad significa la traducción. Sin embargo, lo que parece claro es que la discusión en este punto se centra frecuentemente en cómo abordar el trabajo de traducir, dejando de lado las preguntas sobre lo que debe traducirse. Conceptos como la fluidez, la fidelidad, la domesticación, la transparencia, la accesibilidad e incluso la ética inundan el debate, favoreciendo el “cómo” sobre el “qué”.

Pero hay un mercado para las ideas y un mercado para la traducción. Y mientras que el exotismo y el fetichismo (la comodificación de vivencias traumáticas como la dictadura, por ejemplo) parecen, a ratos, dominar los criterios en Estados Unidos. En cambio, la promesa del éxito comercial sería una de las motivaciones en Chile (el caso de los best sellers): literatura de entretenimiento en lugar de literatura reflexiva, libros no para comprender la realidad sino para escapar de ella. Desafortunadamente, lo que no está alineado con los intereses de los editores que financian las traducciones no es un negocio, y de acuerdo con las leyes del mercado, lo que no vende no existe.

En este sentido, la ética de la traducción no debería vincularse solo a la estética sino también a los aspectos políticos, especialmente aquellos relacionados con la capacidad de la traducción de hacer visibles, audibles y presentes a otras voces, a otras comunidades; con la capacidad que tiene de desmarginalizar poéticas diferentes junto con el poder de instalar o restablecer discursos que han sido injustamente ignorados u obliterados.

Ammiel Alcalay (poeta, crítico, profesor y traductor estadounidense de origen judío sefardí serbio) dice, por ejemplo, que gran parte de lo que ha hecho en el campo de la traducción puede considerarse como un activismo literario, no solo como trabajo de rescate de idiomas subestimados (las lenguas eslavas en su caso particular, como en el caso de su traducción del poeta bosnio Semezdin Mehmedinović), sino también como un gesto de tomar el riesgo de la responsabilidad de dar una nueva vida a esas palabras, lo que les permite ser absorbidas por otrxs escritorxs en las posibilidades de su trabajo, para que no pierdan su poder transformador y político. Y cuando dice político, también se refiere al efecto que cualquier evento puede tener sobre la conciencia misma.

Jen Hofer (poeta, intérprete, traductora, educadora, activista, artista de libros objeto y fundadora del colectivo Antena) habla de la traducción como un discurso subversivo en la medida en que es capaz de trastocar, alterar o perturbar un orden particular. El inglés estadounidense contemporáneo, que ella identifica como “muy a menudo contaminado por un imperialismo xenófobo monológico, megalomaniacamente ‘English-only’, que busca imponer un lenguaje de totalidad hegemónicamente definida al resto del mundo”, es ciertamente un orden que merece ser subvertido desde el orden ético.

En 2011 nos sorprendíamos viendo cómo las asambleas populares, que aparecían de la mano del movimiento Occupy en Estados Unidos, restauraron el significado perdido de la democracia, devolviendo la voz a aquellxs a quienes el sistema descarta y discrimina. Curiosamente, dichas asambleas fueron similares a las que ocurrieron durante la crisis económica argentina de 2001, y que se volvieron a ver en Chile luego del estallido social y dieron paso a las discusiones que ahora tratan de redactar y configurar una nueva constitución; conversaciones que no estuvieron exentas de la influencia de poetas como Raúl Zurita, Elvira Hernández y José Ángel Cuevas, cuyos versos ahora transformados en grafitis inundaron las calles de Santiago. Dentro de esta lógica de invisibilidad y resurgimiento, creo que la traducción también puede actuar como un gesto democrático de reparación y de solidaridad.

Teniendo en cuenta que lxs traductorxs escriben lo desconocido, lo que aún no ha sido escrito en su idioma y teniendo en cuenta que tienen la capacidad de destacar ante esa falta desde un deseo de justicia, me parece que es tiempo de que lxs traductorex dejen de ser arqueólogxs que solo buscan tesoros ocultos o joyeros que solo comercian con piedras preciosas. Lxs traductorxs deben empatizar con la ira de los tiempos. Es necesario configurar y consolidar un espacio para una traducción independiente, comprometida, libre de las ataduras del mercado y que desafíe las tendencias y los caprichos de la academia.

Para traducir, uno primero debería preguntarse qué falta en un idioma. Según lo que he expuesto, lo que necesitamos son traducciones que acorten la brecha entre culturas, al tiempo que luchan contra el colonialismo y desmantelan la retórica hegemónica del imperio. En Chile, por ejemplo, faltan traducciones de poesía contemporánea brasileña, eslava, oriental, árabe; no sabemos lo que está ocurriendo escrituralmente en esos países. Brasil es el único país de Sudamérica que no habla español. Sin embargo, poco sabemos de su tradición literaria. Por otra parte, Chile tiene una importante colonia de ciudadanxs haitianxs, una de las migraciones más grandes de los últimos años que llegó como consecuencia de la intervención humanitaria/militar de Chile en Haití desde 2004, y una de las pocas migraciones masivas (junto con la de alemanxs y croatas a fines del siglo XIX) de comunidades de habla no hispana, cuyos poetxs (como Jean Jacques Pierre-Paul y Makanaky Adn) con mucho esfuerzo están empezando a abrirse paso dentro de la escena informal, luchando arduamente contra la barrera del idioma. Sin embargo, desconocemos cabalmente su tradición, su cultura y su literatura. También hay baches importantes: poesía norteamericana de los 70 en adelante (como la de las escuelas objetivista, la de Black Mountain, la de la Escuela de Nueva York y la de la L-A-N-G-U-A-G-E Poetry, por mencionar algunas), literatura contemporánea africana, árabe y sus respectivas experiencias de diáspora, pero sobre todo necesitamos urgentemente alternativas a las traducciones que vienen de España, llenas de localismos que muchas veces ya ni siquiera los españoles usan.

Entonces, la pregunta que surge es cómo trabajar la traducción desde una perspectiva que no sea cómplice de una empresa hegemónica. Tratando de responder a esto, regreso a la escena literaria y editorial chilena. Desde hace varios años se viene produciendo un cambio significativo de manos de pequeñas editoriales llamadas independientes y también por parte de colectivos de traducción, los que se han establecido con éxito como espacios nuevos de creación y resistencia cultural, promoviendo y fomentando nuevos discursos, nuevas formas de hacer literatura y que, con pocos recursos pero mucha creatividad, han logrado resistir la lógica del mercado.

En cuanto al campo editorial, es evidente lo difícil que resulta editar y publicar en países que se rinden al poder del dinero y a los rituales de consumo, donde el libro se concibe como un producto en vez de un bien cultural. En medio de este escenario adverso, como dice el poeta Jaime Pinos, “la publicación independiente surge como una paradoja, que no debe jugar un papel político, sino que debería ser una política en sí misma”.

No veo por qué la traducción independiente no puede seguir la misma ruta. De hecho, paso a paso, ya lo está haciendo. Lo vemos en el trabajo de las revistas en línea dedicadas a promover la traducción como fue Calque en algún momento, o lo es ahora Circumference Magazine, AsymptoteJournal.com y ManifoldCriticism.com en Estados Unidos; o el sitio web Vallejo & Co., las revistas digitales Elipsis y La Raza Cómica en Latinoamérica; los esfuerzos editoriales de las firmas estadounidenses Ugly Duckling y Cardboard House Press; casos como los de Parasitenpresse, Hochroth, Verlagshaus Berlin o Elif Verlag en Alemania y de las editoriales Cuadro de Tiza y Pez Espiral en Chile, por mencionar algunos, que se han constituido como comunidades y han abierto espacios más democráticos, desafiando el statu quo, restaurando el diálogo donde el canon ha impuesto un monólogo y estableciendo prácticas basadas en la colaboración donde el mercado propone la competencia.

Pero también existen otros ejemplos, otras vías. Me detengo acá un momento para hablar de una interesante experiencia comunitaria de traducción que surgió en Chile luego del estallido social y que se cristalizó durante la pandemia: el Colectivo Frank Ocean.

El colectivo Frank Ocean, grupo de poesía, investigación, traducción y agitación, surge a inicios de 2018 como un taller de poesía y traducción en Santiago de Chile. Desde octubre de 2019, en el contexto del estallido social chileno, este colectivo (conformado por once poetas y traductorxs jóvenes chilenxs) sintió la urgencia de pensar nuevas formas de resistencia para enfrentar la violencia policial, que fue recrudeciéndose luego de las manifestaciones del 18 de octubre, dejando centenares de manifestantxs heridxs y varios muertxs.

A partir de la traducción poética, se gestó un espacio artesanal y comunitario que intentó rescatar algunas de las voces que se habían rebelado contra la represión policial, principalmente autorxs migrantes, afrodescendientes, mujeres y miembros de la comunidad LGBTQ+, que tenían en común el habitar los márgenes de una lengua y de un territorio.

Una de las primeras acciones del colectivo consistió en pegar afiches de sus traducciones en los alrededores de Plaza Dignidad (el nuevo nombre que recibió durante la revuela la Plaza Italia, ubicada en pleno corazón de Santiago y que se volvió el epicentro de todas las manifestaciones del estallido), en medio de una de las manifestaciones, para así aportar con poesía y solidaridad a la protesta callejera. Luego, al tener que enfrentar la pandemia del Covid-19, la cual intensificó las desigualdades que hace ya varias décadas se venían profundizando en Chile, se vieron en la necesidad de buscar nuevos formatos para la distribución del trabajo. Es así como el colectivo crea una cuenta en Instagram, en donde empezaron a publicar, a manera de afiches o pósters, las traducciones que la misma contingencia política y social iban demandando. A dos años del estallido, queda entonces una selección de poemas contra la policía pero también contra el racismo, el patriarcado y la violencia doméstica, con la intención de abrir un diálogo con otros territorios del mundo que lamentablemente viven también estos tipos de violencia. (tiempos / décimas de dolor / tiempos / que algunes contemplan / como si nada / como si estuvieran viendo una película // Adriana Lisboa).

Pero también es posible mencionar los fondos de traducción del Consejo del Libro, instancia de apoyo gubernamental en Chile, los que, si bien son absolutamente perfectibles, han marcado una cierta diferencia, subvencionando cerca de 60 proyectos de traducción por año y permitiendo un crecimiento y una diversificación notoria en el campo. Sería interesante ver cómo evoluciona y se consolida este apoyo en el tiempo, incluyendo quizá fondos de apoyo a la gestión de derechos y, por qué no, un premio a la mejor traducción local del año. Considerar también en este punto el apoyo de instituciones extranjeras, como embajadas o programas de intercambio de traductores (como Übersetzerhaus Looren, cerca de Zúrich, que mediante su programa de residencias ofrece un lugar para que traductores de todo el mundo trabajen en sus proyectos, ofreciendo a través de talleres y conferencias una amplia gama de oportunidades de educación e intercambio).

Personalmente, he tratado de incorporar estas problemáticas en mi práctica y en mis decisiones curatoriales como traductor. Aunque es justo considerar que el idioma puede ser una limitante, desafortunadamente solo manejo el inglés, por lo que solo puedo traducir desde él. Digo esto con un grado de frustración, porque sin duda me gustaría muchísimo aprender otros idiomas para poder leer y traducir desde ellos; sin embargo, creo que he hecho lo posible por incorporar otros discursos, otras voces, no comúnmente representadas y las que usualmente no son seleccionadas por los traductores chilenos o latinoamericanos. Es así como dentro de los proyectos de traducción que llevo actualmente se encuentran los poemas del poeta egipcio Maged Zaher, de la poeta libanesa Etel Adnan, de la poeta iraní Gazhal Mosadeq y, últimamente, la poeta norteamericana de origen chino, Victoria Chang. Todxs ellxs escriben en inglés, pero todxs representan o provienen de diásporas de culturas con una vasta y rica tradición literaria, las que de alguna forma, dentro del crisol cultural de Occidente, dan origen a maravillosas mezclas e interesantísimos discursos de los que poco sabemos en el sur más profundo.

Ciertamente no es fácil responder a todas las necesidades del rubro, sobre todo en momentos de crisis, donde la cultura pareciera no ser una prioridad para los gobernantes; pero a través de la idea de promover la comprensión entre culturas, eliminando la traducción del aparato que mantiene subalternxs a lxs subalternxs, tomando el gesto como una invitación a escuchar realmente lo que otras personas de otros lugares tienen que decir, y en la forma en que han decidido decirlo, la traducción independiente surge como una de las maneras posibles que se pueden ayudar a restaurar la traducción como un espacio real de encuentro y articulación, así como un camino hacia el entendimiento mutuo a través de la diferencia.

 


Carlos Soto Román / Valparaíso, Chile, 1977. Poeta y traductor. Tiene un Magister en Bioética por la Universidad de Pensilvania. Es autor de los libros de poesía Haikú Minero (2007), Chile Project: [Re-Classified] (2013, 2015), Antuco (en coautoría con Carlos Cardani Parra, 2019), Common Sense (2019), Nature of Objects (2019) y 11 (2018, Premio Municipal de Poesía de Santiago), entre otros. Una de sus traducciones más relevantes es Holocausto de Charles Reznikoff (2019).