El exiliado del Sur
Se me enredó en San Rosendo
un pie al cruzar una esquina
Violeta Parra y Patricio Manns
la casa de Palito
era un rincón extraviado
en Tucumán
de lunes a sábado
su padre improvisaba
un puesto callejero
de asado pasta y empanadas
la yema de los dedos despegaba
en la punta
las quemaduras los hijos
y las deudas del hogar
eran tantas
que ni sacapuntas o cubiertos bastaban
para rellenar
o amasar
la extraña delicadeza
en el patrón de los manteles florales
cubiertos de plástico
salíamos los hijos
bajo la lluvia
tan solo para descubrir
a mamá
en algo así
como un borde
de su verdadera vocación
comprendí entonces
que la vida empieza
de nuevo
en cada esquina
decidí escapar
y dejarlo todo
otra vez
Expongo aquí mi nombre y apellido: Sebastián Díaz Barriga
Así como mi hora y lugar de nacimiento: 7:57 a.m.
México, Distrito Federal.
También refiero el nombre completo de mi padre: Bernardo Sebastián Barriga Sánchez
Más su fecha de nacimiento y el año de su muerte: 20 de agosto de 1971/
2024.
Escribo esto porque me desprecio y lo desprecio.
Del amor no digo nada.
Autorretrato a los 22
Me acuerdo de una fotografía fechada el 8 de agosto de 1992. En ella mis padres, de diecinueve y veintitrés años, miran directamente hacia la cámara. Parecen felices, como en un sueño. Pero después llega el 9 de agosto de 1992 y todo ha terminado.
Me acuerdo de los juguetes que venían dentro del cereal, de lo mucho que me gustaban, y de cómo, desde hace años, también desaparecieron.
Me acuerdo del primer número telefónico que aprendí: 4423247988, y del segundo y del tercero: 4427103623 y 4423540180.
Me acuerdo de Jumping Jolly Pecker y de las máquinas de dulce.
Me acuerdo de los domingos.
Me acuerdo de los autos con cenicero y de las mesas de cantina con portavasos al pie.
Me acuerdo de las rocolas, del dominó, los juegos de baraja y de la música tan alta que no te dejaba escuchar tu propia voz.
Me acuerdo de los pasatiempos “une lo puntos” o del “encuentra las 10 diferencias”. De los horóscopos, los crucigramas, la cartelera de cine y de El Libro Vaquero.
Me acuerdo de lo mucho que me costaba respirar y de lo enfermizo que era (todavía me cuesta un poco).
Me acuerdo de los supositorios y los baños con agua fría.
Me acuerdo de un Volkswagen 70 y de su palanca de bola de billar (número 5). Me acuerdo de todas las veces que lloré dentro de él: 263 en total.
Me acuerdo de lo mucho que confiaba en las personas y de lo mucho que tuve que aprender a desconfiar.
Me acuerdo de una postal que me envió Sol desde su viaje a Monterrey: “Mi amor, la vida no es la que uno vive, sino la que uno recuerda”.
Me acuerdo de su papá, que era dentista y la había abandonado. También era luchador.
Recuerdo haberle escrito: “En medio del caos y de la belleza, intento llamar a mi único y verdadero amor” como parte de un poema que nunca terminé. En aquel entonces me sentía muy deprimido. El poema iba así:
a las 2 a.m.
“hay una enfermedad secreta llamada Sol”, etcétera etcétera
vuelven los recuerdos del pasado:
escenas perdidas en el camarote del amor y toda esa cursilería
vuelve la sonrisa
la película de Sol helada
en la cintura
en la ciudad
a las dos de la mañana.
en medio del caos y de la belleza
intento llamar
a mi único y verdadero amor
Recuerdo haber sentido vergüenza. Recuerdo que pensé: genial, mis versos ya no son malos, sino malísimos.
Me acuerdo del quemacocos del Falcon y del calor que hacía dentro del Falcon.
Me acuerdo de la ensalada de manzana con crema.
Me acuerdo de los anillos, las botas, los cinturones y las arracadas de papá.
Me acuerdo de su hebilla en forma de águila y sus camisas de vaquero.
Me acuerdo de los popotes de café que mordía (aunque él no bebiera café).
Me acuerdo de los viajes en motocicleta y de la sensación que esto causaba en mis oídos.
Me acuerdo de la primera vez que pude hacer el amor.
Me acuerdo de haber despertado de madrugada sin poder respirar. Durante algunos segundos creí que iba a morir.
Imaginé a mamá desconsolada, entregando una rebanada de pastel blanco —con mi nombre en letras negras— a todos y cada uno de los invitados del funeral (tíos que no conocía, parientes que me desagradaban, etcétera etcétera.).
Me acuerdo de algunas fiestas de cumpleaños.
Me acuerdo de los primeros días de clase y del primer día en la universidad.
Me acuerdo haber descubierto una revista pornográfica debajo de las cobijas de papá; por aquel entonces él vivía solo y hablaba mucho de la muerte. Tomé el camión hasta su casa —para pasar el fin de semana junto a él— y durante el trayecto me perdí. Llegué con tres horas de retraso. Ni siquiera preguntó por qué se me había hecho tan tarde. Comimos sopa instantánea y, durante la noche del sábado, vimos tres repeticiones de películas en una vieja televisión de los años ochenta. La mañana del domingo le pregunté por el significado de la palabra “papiloma”. Luego desapareció de mi vida para siempre.
Han pasado 11 años.
Me acuerdo del: ¿Puede salir su hijo a jugar? Y de cómo le decía a mamá que no, que sí, que estaba enfermo o que debía ayudar en casa.
Me acuerdo que una de mis más grandes preocupaciones era encontrar dinero en la calle: nunca sabía a quién lo debía devolver.
Me acuerdo que quería ser astronauta y que al poco tiempo lo dejé de querer.
Me acuerdo de los bongós que mamá me regaló y que yo nunca toqué, o que no quise, o que simplemente no aprendí.
Me acuerdo de un hombre que vivía en el edificio de al lado. Recuerdo su gabardina, sus anteojos y su boina de cuero.
Recuerdo haber pensado: ¿De dónde salió está persona?
Me acuerdo de los martes y las lluvias.
Me acuerdo de cómo permanecía solo, sobre la sala, coloreando mientras miraba la televisión.
Me acuerdo de cómo hacía todo esto mientras papá, en el cuarto bajo llave, lloraba sin parar.
Me acuerdo cuando se fue.
Carreteras de nuestra juventud.
Carreteras de imaginación.
Banquetas que poco a poco empiezan a desaparecer
sobre los valles de México.
Sobre el gran congelador de México Tenochtitlan
a las 4 de la tarde.
Tengo 22 años y te busco entre la noche blanca y negra.
* Poemas pertenecientes al libro Nada del otro mundo, ganador del Premio de Poesía Joven UNAM 2021.

Autor
Sebastián Díaz Barriga
Ciudad de México, 1998. Poeta. Autor del poemario Un rezo para mi padre (2018). Poemas y traducciones suyas han sido publicados en medios como Punto de Partida, Grafógrafxs, Low-Fi Ardentía, Carruaje de Pájaros, Círculo de Poesía, Poesía Mexa, entre otros. Administra e blog http://fabricandopajaros.blogspot.com/