27 septiembre, 2021

El trino entrecortado del Pájaro Azulejo

de Brianda Pineda Melgarejo | Reseñas

Emily Dickinson, Las ruedas de las aves, Traducción y prólogo de Juan Carlos Calvillo, Aquelarre Ediciones, 2020, 242 pp.

Hay que pagar
para ver mis cicatrices, hay que pagar
para oírme el corazón:
sí, late de verdad.

Sylvia Plath, “Lady Lázaro”

 
En la Nueva Inglaterra del siglo XIX, no cualquier mujer tenía acceso a la educación. Emily Dickinson (1830-1886) estudió y por varios años. Las ramas masculinas de su árbol genealógico estaban adornadas con títulos importantes; su padre y abuelo fundaron el Amherst College. Este prestigio, sumado a la fortuna familiar, permitió a la poeta elegir el encierro después de explorar el exterior en varias de sus aristas y encontrarlo decepcionante. Más allá de las razones que pretenden explicar por qué una mujer tan joven e inteligente renunció a “la vida” y escogió el confinamiento, es un hecho que Dickinson, consciente de que el conocimiento es poder y viendo las prohibiciones y prejuicios impuestos a las mujeres de su época, decidió renunciar, voluntariamente, a esas ralas bifurcaciones que el afuera le ofrecía: ¿por una ruptura amorosa?, ¿gracias a los síntomas de una enfermedad mental?, ¿para consagrarse radicalmente a la poesía? No lo sabemos y resulta ocioso que nos importe tanto. Su excentricidad fue también su rebeldía. Fue fiel a una de las frases del libro Las ruedas de las aves, cuya reciente publicación por parte de Aquelarre Ediciones aquí nos ocupa: “Enséñale a un Corazón el camino que debe tomar y se desviará de él tan pronto como pueda” (p. 95).

Dickinson fue una excepción y con el tiempo se convirtió en una leyenda. Costó varias décadas recuperar sus poemas y publicarlos reunidos, sin la maldición del editor que intervenía los textos alterando su contenido. Fueron varios los hombres de su época que no la comprendieron y que, al seleccionar y corregir sus poemas, la desfiguraron. ¿Reconocer su talento? Era pedirle peras al olmo del árbol del patriarcado. Su rescate literario, la génesis de este, se da en una escena de sororidad: ¿qué hubiera pasado si Lavinia Dickinson —Vinnie, su hermana pequeña— hubiera ignorado, tirado o destruido los fascículos con los poemas que Emily pasó en limpio y sus miles de papeles sueltos? El tesoro se ocultaba en el baúl que Dickinson tenía al pie de su cama. Vinnie intuyó lo que valía. Y esa conservación la conjuró la propia Emily al adjuntar sus poemas en las cartas que enviaba a una red selecta de personas, o al transcribir de 1858 a 1864 sus poemas a los fascículos en papel estándar con el fin de salvaguardarlos. Ella conoció el mundo por medio de la contemplación y la escritura, compartió impresiones con otros y los leyó; su soledad no fue absoluta. Hay que decir que su revolución fue literaria; es cierto que políticamente no deja de ser siniestro para nosotros, lectores de otros siglos, imaginarla recluida en la casa paterna, al igual que a Sor Juana en el claustro, como única opción de ejercer su poder expresivo, ese que tanto asoció a la espera, ese que hermanó con la eternidad por medio del anhelo de la resurrección:

cuando queda deshecho su motivo
para cantar, a quién le importa el Trino
del Azulejo — si la Vida Eterna
esperó a que rodaran una Piedra —

(p. 24)

Lo interesante es hallar en un proyecto poético como el de la poeta estadounidense una serie de ambigüedades, contradicciones y evidencias que no temen nombrar inestable a la identidad. Quien escribe poesía, investiga. La obra, sin importar su extensión, es una suerte de estudio de la realidad. A nuestro alcance quedan los poemas de Dickinson para probar los frutos de su observación profunda. Son más de 1700 los que aparecen en las ediciones de su obra reunida, pero eso no es todo. El legado Dickinson abarca un montón de papeles dispersos. Las pieles caídas de “La Serpiente sin Padre” (p. 94) son vestigios, fragmentos de una relación intensa con el lenguaje. Las ruedas de las aves guarda entre sus páginas una suma de manuscritos autógrafos de la poeta. El libro recupera no solo las versiones al español de los textos sino también un dossier (en buena resolución) con las imágenes de los papeles originales. La edición da en el clavo de nuestra sed fetichista: contemplamos las pruebas de una “existencia grafomaníaca”, como la llama el traductor y prologuista Juan Carlos Calvillo (Ciudad de México, 1983).

Asomarse a una copia visual de lo que duerme en los archivos resulta estimulante. Más si se trata de inéditos que ocuparon espacios imprevistos en el mundo de papel de la poeta. Dicho por ella misma, este libro junta algunas de “las pequeñas oraciones que empecé y que nunca terminé — los pozos que cavé y que nunca rellené —” (p.80). De su cuerpo lumínico escaparon estos “fulgores diminutos” (p. 24), pensamientos que Emily plasmó en sobres ya usados, en envolturas de chocolate o recibos, transgrediendo así la ley honorable de usar la hoja en blanco. El balbuceo también es parte de la búsqueda. Y la poeta improvisaba, fiel a la obsesión de atrapar no al ave del pensamiento, sino la estela de su vuelo. Esa libertad cuya representación es posible, bendita paradoja, en lo inmóvil, tampoco pasó desapercibida para Juan Carlos Calvillo, quien establece una analogía entre el espacio elegido por ella para escribir, y las aves: “no es ninguna casualidad que los sobres que aquí se reproducen —ya cortados, despegados y extendidos— se asemejen a las alas de los pájaros que tanto admiraba” (p. 11).

En este libro-jaula, el lector puede reproducir las veces que quiera el trino entrecortado del Pájaro Azulejo que no supo esconder la desdicha y la alegría, llámese alma o condición humana, la luz de su canto acompañó a Emily Dickinson hasta su muerte:

su propiedad indestructible
ampara su morada —
Intocable como la Luz
que observa el mundo entero
e inexpugnable como el Oro
aún no descubierto —

(p. 69)

Digo “canto entrecortado” porque Las ruedas de las aves muestra una faz más fragmentaria, aforística, íntima y accidental de la escritora. Consciente de la vida breve, con otras ocupaciones como cuidar la salud de su madre enferma y la propia, leer y responder cartas, Dickinson puso a prueba las formas y bocetó. No renunció a ese continuo enfrentamiento con el lenguaje. El universo se expandía y se contraía, y los átomos del cuerpo de Emily —salvo el hidrógeno, según la ciencia—, todos ellos fabricados al interior de una estrella, obedecieron a la luz y sus intermitencias. Al igual que la Estrella Polar ella permaneció, mediante el lenguaje, fija e iluminada, orientándose a sí misma y a aquellos con quienes se comunicaba en la noche oscura del ser. Similar al astro que supera al sol en tamaño y es 2440 veces más luminosa que él, y más distante, se entregó a una quietud enigmática que guía todavía hoy a los lectores navegantes. Se sabe que la identidad de las estrellas polares cambia gradualmente con el tiempo. Así pasa con la nuestra; por ello, el carácter accidental del hecho creativo no se puede ignorar. Emily Dickinson, pese a la pulcritud y planeación de su obra, forcejeaba con la luz y los mensajes de esta llegaban a sus manos y oídos no siempre con claridad, pero ella atendía su dictado y a veces reflexionaba sobre su oficio sin remuneración: “¿No debería el Amanuense recibir también una comisión?” (p. 87).

En su encierro, la poeta fue “la estrella que no camina” pero todo lo altera con su luz. El uso de la forma, en poesía, acaso equivale al uso de la energía. Las evidencias que recupera esta edición son poderosas porque dan lugar al enigma; constituyen una prueba de la personalidad hermética que subyuga y fascina lo mismo en una sola frase o en un poema de varios versos:

A842 (PF21)

Así como hay Habitaciones
de la Mente a las que nunca
entramos sin Disculpa — tendríamos
que respetar los sellos de los otros —

(p. 85)

No etiquetar, ni querer definir con precisión quién fue aquella mujer extraña llamada Emily Dickinson. Leerla. La interpretación dependerá de la ubicación del observador al mirar su cuerpo de signos lumínicos. Un cuerpo que sigue dividiéndose: “Disculpa a Emily y sus Átomos — la Estrella Polar es de un pequeño entramado — pero es mucho lo que implica” (p. 73).

Estoy en desacuerdo con Juan Carlos Calvillo cuando dice en el prólogo que los trazos caligráficos de Dickinson y el espacio donde los ejerció son razón para inscribirla en la tradición de la poesía concreta. Existe una transgresión de la forma tradicional del poema, sí, y Emily acude a la eficacia de usar pocas palabras, pero la función del texto no tiene una intención ideológica tan clara como sí la tuvo cierta red de artistas asociados con el movimiento —pienso en los miembros del grupo Noigandres en São Paulo, en la década de los cincuenta del siglo pasado (Décio Pignatari, Augusto de Campos, Haroldo de Campos), por citar un ejemplo cercano—. Para ellos la crítica, el humor, la relación libro-objeto y sus posibilidades de sentido, el juego de palabras y la carga visual, fueron elementos imprescindibles. En el diálogo establecido por el arte de los concretistas hay una urgencia de testigos, un llamado a las masas, un elogio del arte conceptual. Emily Dickinson, en todo caso, cultivó una poesía atómica. Fue humilde al conservar no solo sus fascículos sino también sus tachaduras, sus pasos tambaleantes por el jardín de la conciencia. Las ruedas de las aves es un libro interesante, con sabor a secreto; guarda la luz de una estrella cuya silenciosa presencia dice a nuestra noche: “Es para Todos el Milagro” (p. 46).


Brianda Pineda Melgarejo / Xalapa, Veracruz, 1991. Ha publicado reseñas y artículos en La Palabra y el Hombre, comentarios sobre cine en la revista F. I. L. M. E. y traducciones y ensayo en Liberoamérica. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas. Forma parte de dos antologías poéticas: Versas y diversas: muestra de poesía lésbica contemporánea (Universidad Autónoma de Aguascalientes, 2020) y Novísimas. Reunión de poetas mexicanas 1989-1999 (Los libros del perro, 2020).