19 febrero, 2024

¿De dónde viene la poesía mexicana contemporánea?

de Luis Felipe Pérez Sánchez | Ensayos

 
Dice Adriana Pacheco que le llama la atención un libro que recoge el espíritu de un estado de cosas, de una época, como si fuera la respuesta a una pregunta que se han hecho varios. Javier Durán, artista plástico, desliza la idea de que la obra contemporánea o actual es una respuesta a las circunstancias, al contexto. Un agregado a esta idea distingue de esa contestación el gesto artístico, una intención.

Las dos preguntas que me hago ante la obra de Brenda Ríos (Acapulco, Guerrero, 1975) tienen que ver con la forma en que se incluye en la lírica Aspiraciones de la clase media (2018) y cuál es su intención, su gesto artístico. Brenda Ríos propone un texto conversacional. Se trata de un libro de poemas que deja entrar al lector a través de la experiencia. Podría decirse que es una obra que se vale de la lírica para mostrar una “literatura de reconocimiento”. Es decir, como explica Javier Marías, el lector, en el primer escarceo, dice ante estos versos como aforismos, “sí, así sucede”.

La materia de la que se sirve Ríos viene de la liturgia meritocrática y de ese mundo de lo laboral en la oficina. Es una meditación a partir de usos léxicos y hábitos de quien experimenta el mundo en horario establecido y entre mamparas, tablas de Excel, informes y metas de fin de mes.

Pero no se trata de un poema narrativo, aunque tiene la intención de escenificar un diálogo. Es una puesta donde hay referentes, sin embargo, no es un relato. Es mímesis. La intención produce un imaginario en el que, en medio de persianas de pvc y escritorios, se merodea un sentimiento que encuentra distintas manifestaciones. La queja de quien cuestiona los principios que hasta el momento han guiado los esfuerzos personales, la comprensión de quien no duda de esos empeños, protagonizan un ida y vuelta contradictorio lleno de sentido porque muestra una sentimentalidad propia de los dilemas y las coyunturas entre lo que se debe hacer y lo que se quiere, entre lo que se deseaba y la distancia que hay ante el escenario real o cotidiano.

Alejada de la lírica que aventura la denuncia con tonos elegiacos o tras el aparato de la invectiva, los poemas de Ríos pretenden una interlocución de tono mediano o burocrático, de charla discontinua, contradictoria, disparatada. Ella misma dice que piensa en Xel-Ha López (Guadalajara, Jalisco, 1991) o en Tania Carrera (Ciudad de México, 1988). Les atribuye una gracia en el tono que le sirve de modelo para proponer un tablero de juego entre la oficina y el monólogo interior con frecuencia sarcástico. Se trata de un stand up en el que siempre hay dos voces, una que vemos y otra que no, y ambas merodean la queja resignada; entre la alienación pusilánime y el espíritu contestatario de quien se piensa el retiro de ese medio. Las enumeraciones no son listas, sino zigzagueos donde se puede ver la oficina y sus imágenes como telón de fondo para una voz que se mantiene en la duda como en un cine de permanencia voluntaria.

¿Qué es lo que se busca al escribir poesía?, se pregunta Ríos en este libro. Se trata de la queja y la promesa incumplida. El tema se ilumina con objetos conocidos y el acercamiento ironiza y parodia. Ironiza porque se distancia; parodia porque en esa distancia el escenario la muestra a ella como protagonista de lo que aborrece. Es un campo semántico que ha sido explotado en películas, series, o nuestras vidas mismas que huyen de la oficina y lo que esto sugiere.

No; sugiere, no. Porque la sugerencia, al menos, crea expectativa. Hablo más bien de lo que supone. Hojas, monitor o plumas, atención a los pendientes y en horario establecido; sellos, firmas y oficios. Ríos encuentra en la poesía una teoría del conocimiento. La expresión de este conocimiento, que es la experiencia, radica en la escaramuza al acercarse a los temas.

La opresión no está en la oficina sino en quien experimenta la posibilidad. Renueva, a partir de esta liturgia meritocrática, y sin miedo a tocar temas banales, lo que de tantálico tiene llegar a una meta; lo de Sísifo que significa el lugar común de volver al día siguiente a checar tarjeta o poner la huella o firmar la asistencia.

Podríamos decir que Aspiraciones de la clase media es un poemario temático que busca agotar su asunto imponiendo el coloquialismo como recurso lingüístico y la conversación distante, como oída en las escaleras, siempre en debate o en contradicción. Ríos elige la semántica de la oficina y lo que sucede alrededor como el modo en el que medita sobre la conciencia de clase, la división del trabajo y una suerte de existencialismo que crítica el estado de cosas, el suyo y el del entorno, a la manera de una crónica donde la protagonista decide abandonar la vida de oficina para apostar por la creación. No es la primera vez que vemos este caso de definición. Sin embargo, ese podría ser el gesto artístico.

La intención rabiosa o demoledora de quien legítimamente está enfadado. Estamos ante el proceso de pensamiento que ilustra los dilemas de una trabajadora de oficina que aspira a otra cosa, a la creación como un modo de vivir, en un país donde ese modo no es sino un anhelo.

Es cierto que corría un peligro ese yo lírico que reproduce el enfado. Se mueve en una delgada línea en donde se puede sentir intragable el lloriqueo en un listado que más que metáforas sonara a letanía. Dice la autora que el libro refleja “una especie de disculpa por haber dejado el sueño proletario”. Dice “tenía yo un empleo, ¿quién me pienso para irme de algo así?”

En el poemario hay algo metodológico. Un acto calculado, ensayado y probado que reflexiona sobre el discurso de la aspiración y su correlato en el contexto donde la quincena no alcanza.

Esta declaración de principios hace recordar aquella pregunta de Roberto Bolaño en “Sevilla me mata”:

¿De dónde viene la literatura latinoamericana? Venimos de la clase media o de un proletariado más o menos asentado o de familias de narcotraficantes de segunda línea que ya no desean más balazos sino respetabilidad. La palabra clave es respetabilidad. Ya lo escribió Pere Gimferrer: antaño los escritores provenían de la clase alta o de la aristocracia y al optar por la literatura optaban, al menos durante un tiempo que podía durar toda la vida o cuatro o cinco años, por el escándalo social, por la destrucción de los valores aprendidos, por la mofa y la crítica permanentes. Por el contrario, ahora, sobre todo en Latinoamérica, los escritores salen de la clase media baja o de las filas del proletariado y lo que desean, al final de la jornada, es un ligero barniz de respetabilidad. Es decir: los escritores ahora buscan el reconocimiento, pero no el reconocimiento de sus pares sino el reconocimiento de lo que se suele llamar “instancias políticas”, los detentadores del poder, sea éste el signo que sea (¡a los jóvenes escritores les da lo mismo!), y, a través de éste, el reconocimiento del público […] esos escritores que saben, pues lo vivieron de niños en sus casas, lo duro que es trabajar ocho horas diarias, o nueve o diez, que fueron las horas laborables de sus padres, cuando había trabajo, además, pues peor que trabajar diez horas diarias es no poder trabajar ninguna y arrastrarse buscando una ocupación (pagada se entiende) en el laberinto, o, más que laberinto, en el atroz crucigrama latinoamericano. Así que los jóvenes escritores están, como se suele decir, escaldados, y se dedican en cuerpo y alma a vender. Algunos utilizan más el cuerpo, otros utilizan más el alma, pero a fin de cuentas de lo que se trata es de vender.

Pensaba que era cínico el desencanto de la clase media, pero no. Es estoico. Suscribo lo que afirma Julián Herbert: “Se trata de un desencanto triste, no gracioso de a gratis. Una de las cosas que la poesía pretende siempre es darle complejidad y espesor al mundo que describe; parte de esa complejidad reside en darnos cuenta de que ese lenguaje ha trascendido la página”.

De esos usos coloquiales o cotidianos se vale Brenda Ríos para proponer la discusión sobre el dinero, la mujer y la creación. Hace pensar en santa Teresa que desafía lo simoniaco del clero en su cuaderno de confesiones. Hace pensar en Cristina Morales que toma de ejemplo a la monja. En su caso, la claridad viene de quien tiene honra o riqueza. Su declaración consiste en que no puede ser que las monjas pasen hambre porque así sólo se preocupan por las necesidades del cuerpo y no las del alma. Y a Teresa de Jesús, desde su posición, lo que le preocupa son las necesidades del alma. Se puede tender un puente hasta Virginia Woolf y preguntar, otra vez, qué es lo que significa el dinero para la mujer y, además, la mujer escritora. Es un debate abierto. La relación entre el dinero, la mujer y la creación es un triángulo que Aspiraciones de la clase media debate:

A mis 41 años siete meses de edad
busco empleo
nada del otro mundo
las cosas no salieron como esperaba

Los versos ejemplifican el coloquialismo, la conversación y el uso de las palabras de oficina o propias de una semántica de la vida esforzada de quien tiene un trabajo y juzga conveniente debatir, convencerse, volver, porque es peor no tenerlo. Así, el universo o la atmósfera de un sector y de su arquetipización se configura. Puesto el tono y las palabras, hay que destacar las fórmulas del desengaño como “Nada era verdad pero eso no lo sabías”, que hace las veces de una voz en off imprecativa, como la del protagonista de Birdman.  El inicio al poema “Clase media” es un gesto artístico, el de una ironía nada simple, que transforma al yo lírico en “una paria” o una “ingrata” de la clase media. “Entonces ese yo habita un mundo en el que aún no está tan claro que el camino de la escritura puede ser el principal, como si la escritura fuera una doble vida”, reflexiona la poeta.

La sorpresa de Ríos se centra en estar ante algo histórico o sistémico, macro, en donde parece haber sucedido algo que lo cambió todo mientras llegaba a la meta con la que alimentaba la voluntad y los esfuerzos. Lo podemos ver en “Prestaciones”, el poema que abre el libro:

La mayor aspiración de mi familia,
de mi generación,
de mis amigos
es tener un buen empleo.
Cualquier empleo.
Una plaza fija.
Vacaciones pagadas, prestaciones, café ilimitado,
clips metálicos,
fotocopiadora en un cuarto aparte,
persianas de plástico [tiras de algo blanco que permanece]:
qué belleza el pvc fracturado.
No podemos aspirar a más porque no hay más.
Lo sé, lo sabe mi familia, mis amigos, mi generación entera.
Y heme aquí, convertida en una gran empleada,
subida en el autobús del gran sueño de tantos,
dispuesta a gritar cuando los objetos se acercan al
borde de la mesa.

¿De dónde viene la poesía mexicana contemporánea? ¿De dónde viene Aspiraciones de la clase media, de Ríos? Vuelvo a Bolaño:

¿De dónde viene la nueva literatura latinoamericana? La respuesta es sencillísima. Viene del miedo. Viene del horrible (y en cierta forma bastante comprensible miedo a trabajar en una oficina o vendiendo baratijas en el Paseo Ahumada). Viene del deseo de respetabilidad, que sólo encubre al miedo. Podríamos parecer, para alguien no advertido, figurantes de una película de mafiosos neoyorquinos hablando cada rato de respeto. Francamente, a primera vista componemos un grupo lamentable de treintañeros y cuarentañeros y uno que otro cincuentañero esperando a Godot, que en este caso es el Nobel, el Rulfo, el Cervantes, el Príncipe de Asturias, el Rómulo Gallegos.

O el SNI.

 


Luis Felipe Pérez Sánchez / Irapuato, Guanajuato, 1982. Ensayista y narrador. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas, en la disciplina de ensayo literario, y obtuvo el Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández en 2012.