26 febrero, 2024

La imagen sin lugar de la fantasía

de Guadalupe Correa Chiarotti | Inéditos

 

Y donde voy yo,
no me importa ya,
vengo de los ríos
que dan al mar.

Fito Paez, “Parte del aire”

Descampa Ágatha

Esta tarde nos veremos en la calle
en un futuro de región transparente.
Vos cruzarás la avenida con paso rápido,
enarbolando alientos a cada dirección,
obsequiando sonrisas a unos conductores anónimos,
a los que nada importa,
para quienes nada serás al cambiar las luces.

Cuando estés justo en el medio del trajín
me mirarás achinando los ojos de alegría,
sorteando carros con pies ligeros,
en el gesto urbano que, desde este ángulo,
se transfigura en plásticos relieves.

Serás para mí un destello ígneo,
competencia de un sol meridiano,
envestido de galas y con patriótico ahínco,
fondo que nada te quita,
que se multiplica en tu diapasón,
que se abisma en tu prisma.

Yo, de este lado, arrobada,
entregada toda al espectáculo de verte,
a la alucinación primera,
nerviosa,
errática,
portal a una tarde sin tiempo
y, sobre todo, peregrina.

 

Área

El camino nada ofrece a la viajera
que concentrada en su vista interior,
en su fondo insensible al paisaje,
carente de simpatía astral
y ajena a la emoción del polvo,
sólo ve la imagen
sin lugar
de la fantasía.

 

Posibilidad remota

Y si atravesaras ese umbral
con tus tetas de vanguardia,
con tu dignidad afilando los pezones;
si entraras cantando,
la voz galante y la faz resuelta,
mirando unos focos imaginarios,
cerrando los ojos,
desafiando la luz nocturna,
tenue y general
como la humedad marina;
si fueran tus labios la activa advertencia
del deleite del cacao y el ron,
un imán atractivo a los míos,
fundidos ambos en pira de plumas;
si fueran tus piernas las que,
con paso métrico,
atrevesaran la puerta
antes de ser ellas mismas
tránsito variable al goce frutal,
al choque furtivo,
al botón del no pesamiento;
entonces,
yo te abriría los brazos,
en la noche mojada,
de sudores,
fluidos,
salivas
y aguas.

 

Disonante mar

La pesadez de los días perdura
en el sopor de la noche;
un segundero monótono rige
el motor de esta ciudad autómata.
El sol quemante, la luz, tan, tan lejos,
el pregón mecánico, el desperdicio,
el humo, la prisa, el gesto vacío,
el cuerpo cansado, la vista al suelo.
En este valle no hay tiempo, no hay calma;
no hay más estaciones
que la del tedio y la insistente lluvia.
Uno a uno,
apilados,
cual monedas,
sucios e idénticos caen los días,
vanos como el impulso de un bostezo.

 

Simulacro

Antes del atardecer,
en los umbrales de la calma
cuando las erinias imperan y los ánimos erizan,
sobreviene entonces la hora siniestra (y tan diestra)
del cataclismo postrero,
del día que sucumbe y resiste.
Son los estertores de una fatiga añera
por la extensión de las entrañas propagada
que hostiga con afanoso artefacto,
que oprime en alarde de arrogancia
y que amedrenta el sosiego
con probado método.

Simulacro, pues,
del proteico rostro,
que menguando lo comedido
despunta en el resquicio diurno
desde su fondo marino,
de la furia
colosal,
privativa,
bestial,
y esencialmente humana.

 

Ofrenda austral

Un tono agorero destila
el naranja del cempasúchil
en rojo sangre, derramada
al dios del cemento,
numen violento y vengativo
por el triste oro alucinado
y de apetencia redivivo.

¿Qué pasión antihumana los domina?,
¿qué pulsión siniestra los arrebata?
¿Cómo pueden comer sin vomitar
de la tahona el trigo
infecto ahora de humores turgentes?
¿Cuándo logran dormir?
Ojalá nunca sueñen.
Ojalá nunca sientan
los grillos de la noche y su dulzura.
Ojalá djinns furiosos
de cada vigilia hagan
oscura pesadilla.

Nuestros pasos anegarán las calles,
harán de su ignominia huella;
nuestras manos recogerán los restos
y tierra sobre tierra,
se rearmarán los huesos,
la carne,
la sangre de esta sangre.

La dignidad,
la resistencia,
el fuego andino de raíces plateadas
renacido surcará la transparencia austral
en vuelo tardo,
en suspenso aéreo,
inflamando las almas de las que abajo miramos,
pies en tierra y mano en alto.

Como rupestres vigías
dejamos al pie la ofrenda,
entre pabilos ardientes,
entre piedras y humos,
entre cantos y flores.


Guadalupe Correa Chiarotti / Cañada Rosquín, Argentina, 1979. Es profesora-investigadora de la Licenciatura en Letras Hispánicas y del Posgrado en Humanidades de la UAM-Iztapalapa. Edita libros de poesía y narrativa, y publica artículos en revistas especializadas sobre historiografía literaria, la producción editorial de mujeres y la cultura impresa latinoamericana en el siglo XIX. Escribe reseñas y traduce poesía del portugués.