22 abril, 2024

Ganas de casi para siempre

de Luis Vicente de Aguinaga | Reseñas

 
Andrés Neuman, Casa fugaz. Poesía 1998-2018, Érika Martínez (prol.), Madrid, La Bella Varsovia, 2020, 193 pp.

 

 
Hace todavía poco tiempo, en septiembre de 2020, la editorial española La Bella Varsovia publicó el que hasta la fecha es el mejor libro para tener un primer acercamiento a la poesía de Andrés Neuman (1977): Casa fugaz. Poesía 1998-2018. Nacido en Buenos Aires, Neuman vive desde su adolescencia en España —en Granada, concretamente—, donde ha desarrollado una prolífica y exitosa carrera como novelista, cuentista, escritor de aforismos y editor de antologías. Y, por encima de todo, como poeta. Métodos de la noche, su primer libro de poemas, apareció en 1998, cuando Neuman había cumplido apenas veintiún años, y el último poemario que ha publicado, Vivir de oído, es de 2018, por lo cual resulta que Casa fugaz contiene veinte años de trabajo distribuidos en diez títulos.

Las poco menos de doscientas páginas de Casa fugaz están organizadas en cuatro secciones: “Poemarios”, “Series poéticas”, “Haikus” y “Poemas inéditos”. Estos últimos, que son cinco, de alguna forma condensan la prosodia, el tono emocional y los intereses temáticos que Neuman ha explorado a lo largo de los veinte años transcurridos. Podría decirse que Casa fugaz, como toda buena recopilación de poemarios, hace un corte de caja respecto a lo ya publicado y alimenta una expectativa respecto a lo que vendrá más adelante. Como es normal para muchos lectores de poesía, Casa fugaz es un libro que puede leerse comenzando por las últimas páginas.

El segundo poema de dicha serie, “Teoría y refutación de la tristeza”, es, casi podría decirse, una declaración de convicciones. Neuman es un poeta que desde su primera juventud parece luchar amistosamente contra la melancolía. No la maldice, pero sí la mantiene a raya. No logra erradicarla (La canción del antílope, de 2003, es en este sentido su libro más melancólico), pero sí negocia con ella: “Te invocaré, tristeza, con la puerta cerrada: / roba este espacio y vete”. No la exorciza, pero sí tiene con ella profundas discrepancias poéticas, ya que no sólo morales:

En la tristeza vibra el espejismo
de una sabiduría […]
Pero jamás tendrá razón ni puntería
para estirar deseos o traducir la rabia […]

El primer poema de la serie, por su parte, redondea en un solo núcleo tres de las preocupaciones recurrentes de un exiliado como Neuman: la pérdida, el envejecimiento y el dolor. Cinco estrofas le bastan para vincular el paso del tiempo al extravío neurológico de los nombres de las cosas, de las palabras en su acepción más práctica y cotidiana. Son cinco estrofas, también, en las que dejará claro que olvidar las palabras no supone olvidar el dolor de perderse a sí mismo. Huérfano de vocabulario, el poema designa las pérdidas con vacíos, canjeando éstos por aquéllas. Otro tema de Neuman, la naturaleza del presente, anuda todo lo anterior en una sola figura espectral:

Ahora me sucede eso de ahí,
donde te lo señalo,
como un pozo sin agua
o un ruido fuera de contexto.

Iré perdiendo así cada palabra,
canjeada por dolores,
hasta quedar sin léxico ni cuerpo,
fantasma de la lengua,
puro yo nadie.

Como todo poeta destacable, Neuman es muchos poetas. Es el poeta de los parques, los jardines públicos, las áreas de juegos infantiles y, en suma, el presente vivido como un sencillo asombro; es el poeta del país y los abuelos que fueron quedando lejos; es el poeta del día, la salud y las pequeñas alegrías en plural; es el poeta que “quisiera/ no añadir una coma/ al cielo literal de cada día”, pero también el que descubre “la paz de quien se mueve/ y se transforma en tránsito”. En este sentido, El tobogán (2002) y Vivir de oído (2018) son sus libros más representativos. Con todo, me parece que los mejores momentos de su poesía están en Mística abajo (2008) y Patio de locos (2011): el primero, quizá donde toma conciencia de que la felicidad no existiría sin el dolor (“Igual que una semilla atravesando el hielo/ el dolor nos empuja a preguntar”); el segundo, un mosaico, un monólogo desinhibido, casi un guion para una puesta en escena o una coreografía desquiciada, el boceto de una novela sobre la locura.

Del puñado de poemas inéditos que dan remate al volumen, el tercero, el cuarto y el quinto contienen a Neuman en toda su madurez literaria y plenitud humana. El quinto es un apunte del natural esbozado “entre el luto y la amnesia de estar vivos” al comenzar la epidemia mundial del año 2020. El cuarto es, en pocas palabras, un testimonio íntimo de la maravilla de la paternidad. Por último, el tercero, “Canto de ti”, es acaso el más bello de su obra, mezcla de conversación de madrugada, larga carta de cumpleaños, manifiesto de política sentimental y autorretrato pintado en el mapa del amor, menos espejo que horizonte, para decirlo con el poeta.

“Niño anciano” y “activista radical del aquí esto”, llama Érika Martínez, en el prólogo de Casa fugaz, al autor. Neuman parece responder: “el fugaz personaje que es mi cuerpo/ se empeña en resistir”.


Luis Vicente de Aguinaga / Guadalajara, Jalisco, 1971. Poeta, ensayista y traductor. Recibió el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes y el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta en 2003, así como el Premio Nacional de Ensayo Joven José Vasconcelos en 2005 y la Medalla Wikaráame al Mérito Poético en las Lenguas de América 2019. Qué fue de mí (2017) es su libro de poemas más reciente.