15 abril, 2024

Tener una idea de que las cosas siguen

de Orlando Mondragón | Inéditos

 
Balada para un loco

Con Ástor Piazzolla y Roberto Goyeneche

 
Tengo una cicatriz en la barbilla.
Me la hice a una edad en que tenía
un motor de colibrí en las alas.

Mamá asegura que no me asusté
cuando la piel abrió su terciopelo rojo.
Aunque yo no le creo,
nunca he sido valiente ante el dolor.

El resto de la historia
es esta cicatriz:
una huella pálida, sin vello,
la piel vulnerable en sus costuras.

Por eso no me dejo la barba,
habría un surco estéril, un río blanco,
un rayo de calvicie.

Y no es verdad que cada marca
que hace el tiempo implica una lección.
Yo no supe aprender.
Lo prueban las heridas
que me hago en todas partes
además del cuerpo.

Aunque ya no tenga
motor de pájaro
sino de lagartija,
sigo cayendo sin meter las manos.

 
 
 
Patinadores

 
Bajo la carpa del circo
una pista de patinaje.
Oscuridad sobre las gradas.
Un Mickey Mouse de fieltro
bailando sobre hielo macerado.
Un hielo viejo,
pajizo como un trapo.

Mi padre señala con el dedo
las líneas que deja el bailarín,
los trazos sobre el agua hecha vidrio.
Los signos, las cursivas
que no saben leer mis siete años.

Aquí se detiene.
No recuerdo nada más.

Imagino que así funciona.
La memoria es una pista congelada
y los recuerdos son las estrías que quedan en el hielo.

Por eso vuelvo a pasar la cuchilla
de mis patines sobre la pista.
Refuerzo la hondura del pasado.
Hago el recorrido una y otra vez
para salvar los trazos que aún no se borran
por la pulidora veloz
que corre detrás de mí.

 
 
 
A un oficio

Después de la jornada laboral
las mesas desentumen sus caderas,
se quitan los manteles
como quienes se quitan un sostén apretado
cuando llegan a casa.

Ejercen por oficio
la quietud y el silencio.

En la madera guardan
el recuerdo preciso de unos codos,
heridas de cuchillos
que tal vez sin querer
olvidaron sus marcas para siempre.

Cuando el restorán cierra
y se quedan desnudas,
fantasean con días más frondosos,
pasados cuando aún tenían savia.
Sólo entonces las asalta un recuerdo
que las hace tocar sus estrías de madera.

Quizá piensen, después de tantos años,
en cambiar de trabajo
pero con esos pies viejos e hinchados
¿a dónde llegarían?

 
 
 
A un traje para caballero
 
Este traje no fue hecho
a la medida
de mis hombros
ni de mis piernas.
No me reconozco
en los zurcidos expuestos,
en sus remiendos apurados.
Este, mi traje
de puños descosidos,
de dobleces rotos,
con el que a diario tropiezo,
se ha mojado conmigo.
Me pesa alzar un brazo,
me estanco en mi sitio,
me cuesta dar un paso sin sentir
el peso del agua,
su preñez insípida,
su claridad de nada.
Pero avanzo
con el sonido chirriante
y melancólico
de mis zapatos húmedos.
Y el agua, que también
tiene cuerpo, sustancia,
me enlentece.
La gravedad demanda
mis brazos al suelo,
mis pies, mis rodillas
abajo,
mas no para hacer tierra,
no para apoyar el salto.
Hoy que todo va igual
me pongo a secar en la ventana
pero nada se evapora.
Todo lo contengo,
lo acumulo entre mis hilos
y percibo al mundo así:
pesado, frío,
con la vida escurriendo.

 
 
 
Fábula

Para protegerme
guardé mi corazón en una caja
y lo escondí debajo del ropero.

Con cada nuevo amante
me adelanté a las decepciones:
las predije antes de herir.
De ser herido.

Con cada costra de polvo
mi corazón
fue haciéndose más duro
pero no más fuerte.
Receloso,
no más sabio.

Quise nombrar lo que sentía
para hacerme creer
que era capaz de dominarlo
pero todas las palabras
se rinden al silencio.

Para protegerme
me encerré en la inteligencia,
esa caja apretada y pequeñita.
Mi ojo fue apenas una cerradura.
¿Cómo crecer sin aplastarme?

No amé como debía.
No lo permití.

Me escondí detrás de una puerta
y tiré la llave.

 
 
 
Paisaje nevado con patinadores y trampa para pájaros

Tengo veintinueve años y no conozco la nieve.
Pero creo en ella, así como creo en la gravedad,
en la mitosis, en la consciencia.
Una aproximación teórica sumamente plausible
que no debe, no quiere ser ingenua.
¿Puedo explicarme la ausencia de la nieve?
¿Puede su falta, su olvido, explicarme?
Nuestra vida está escrita por la mano del sol
dice el poeta tropical con una voz agrietada,
con una voz sin sombra ni reposo.
En esta parte del mundo
las estaciones son más indecisas,
el verano se despide continuamente
hasta entrado el otoño, cuando el viento
ya se ha cansado de amontonar las hojas
para hacerlas arder en la oscuridad.
Es poco lo que necesitamos saber,
apenas una noción del cambio:
conocer el ritmo de la luz, el reloj de la noche.
Tener una idea de que las cosas siguen
un movimiento perpetuo       
y encontrar una despreocupada belleza
en cederlo todo, en dar espacio.
En seguirle los pasos a la vida
que juega a patinar sobre capas de hielo fino.
Más allá de la tristeza de las horas de invierno,
la ciudad se pierde en nubarrones de esmog,
en ese gris que filtra la luz con su ceniza.
Pero en algún lugar existe el blanco,
la incandescencia de una calma inmóvil,
apilada largamente en el sueño.
Tenemos la alegría de saber
que se puede necesitar poco.
Tan poco. Qué poca luz les basta.
Tan poco sol. Inconcebible
para nosotros, los que no tuvimos tiempo
de escapar de su mancha amarilla.
Nosotros, los minúsculos, los sonámbulos,
los migratorios,
iguales a los pájaros en estatura,
los que no medimos el tiempo en el paisaje
sino en una calurosa vida interior
que nos hace volar a otros conos.
Los que, como las aves en el cuadro,
vemos la trampa puesta sobre la cabeza
y preferimos ignorarla
con tal de ver unos instantes
nuestras huellas grabadas en la nieve
porque creemos que puede salvarnos.

 
* Poemas pertenecientes al libro Paisaje nevado con patinadores y trampa para pájaros, publicado por Pre-Textos en 2023.
 


Orlando Mondragón / Ciudad Altamirano, Guerrero, 1993. Poeta. Médico cirujano por la UAM-Xochimilco. Ganador del IV Premio de Poesía Joven Alejandro Aura por Epicedio al padre (2017), su primer libro. Becario de diversos programas de creación literaria, entre ellos Interfaz ISSSTE-Cultura en 2017, el Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico del estado de Guerrero (PECDAG) en 2018, y el de la Fundación para las Letras Mexicanas en 2019. Con Cuadernos de patología humana (2022) obtuvo el XXXIV Premio de Poesía Loewe en España. Paisaje nevado con patinadores y trampa para pájaros (2023), su tercer libro, mereció el Tercer Premio Internacional del Poesía Ciudad de Estepona. Actualmente cursa la especialidad en Psiquiatría.