8 abril, 2024

Eras dueño de alguna creencia establecida

de Ezra Pound | Traducciones

 
Versión y nota introductoria de Juan Leyva


Durante más de medio siglo, Ezra Pound (Idaho, Estados Unidos, 1885 – Venecia, Italia, 1972) dedicó la mayor parte de su fuerza creativa a la escritura de un poema extenso que, desde el principio, denominó Cantos. (O Cantares, como acordara para la versión en español con José Vázquez Amaral mientras traducía los Cantares de Pisa, cuya primera edición en nuestra lengua fue lanzada por la UNAM en 1956, cuando Pound se hallaba todavía recluso en el hospital para enfermos mentales St. Elizabeth de Washington). En el andar de todas esas décadas, Pound buscó en múltiples fuentes y tradiciones aquello que perdura, la esencia del saber humano; a su entender: qué es lo que sirve de verdad para vivir y qué es lo secundario o desechable. Al mismo tiempo, buscaba con afán nuevas formas de enunciación e incursionaba en variaciones métricas, en su ruta hacia el verso libre. Así, ya antes de finalizar la segunda década del siglo, había escrito algunas versiones de los primeros cantos, donde aquella búsqueda asoma en la heterogénea base cultural que caracterizará a la obra madura: tradición clásica, cultura china, Dante, la vena poética provenzal, el paisaje, la cultura y la lengua italianos, así como la vívida interlocución con las poéticas anglosajonas y sus principales representantes ─en este caso, Robert Browning, al que se refiere en el primer canto póstumo con una ambivalencia que, al mismo tiempo, acepta y rechaza los oficios brownianos─. (Aunque ya comenzaba su interés por la economía ─otro ángulo central de los Cantos─, sólo más tarde se intensificará, muy ligado a su entusiasmo por el fascismo, pero sobre todo a su idea de reformar la economía mundial con miras a una vida más libre y armónica.)
 
Muchos de aquellos materiales tempranos, y también muchos tardíos, fueron quedando a un lado por diversas causas, pero en 1988 Massimo Bacigalupo, oriundo de Rapallo y familiarizado con la persona y la obra de Pound desde muy pronto (lo conoció en su adolescencia), emprendió la tarea de revisar y seleccionar los fragmentos más valiosos conservados por el poeta (archivo de la Universidad de Yale) e incluso, a veces publicados. De esa labor tomó forma el volumen
Canti postumi, publicado por vez primera en 2002 (Milán, Mondadori). Doy aquí el primero de los “Three Cantos” [“Tres Cantos”], una de las versiones tempranas retiradas por Pound del corpus principal de su obra y que ya cuando estaba en prensa, en 1917, le producía insatisfacción. No se trata de una versión del Canto I “definitivo”, sino, más bien, de una de las tentativas iniciales de apertura de aquella ambiciosa obra o poema largo, donde hay alusiones y segmentos que después aparecerán en distintos lugares de los cantos que hoy tenemos por definitivos, aunque su autor siempre los haya considerado un conjunto provisional de tiradas líricas. Los reproches que le hace a Browning en este poema volverán al final de su vida, pero ahora contra sí mismo, ya un poco enfermo y deprimido, con la autocrítica exacerbada: “Escogí esta cosa y aquella otra que me interesaban y las metí todas revueltas en una bolsa. Y no es esa la forma de hacer… una obra de arte”, recuerda uno de sus biógrafos (Noel Stock en The Life of Ezra Pound).
 
La pluralidad de referencias y alusiones es vasta, pero, por fortuna, el lector cuenta hoy con un magnífico auxiliar en las anotaciones reunidas por
The Cantos Project, programa de investigación permanente y colectivo dirigido por Roxana Preda al que contribuyen numerosos expertos en la poesía de Pound; las apostillas a este canto se hallan en Roxana Preda, Companion to Three Cantos I. Para la traducción he seguido la versión original y me he apoyado, sobre todo cuando me encontré con algún pasaje oscuro o difícil, en la versión italiana del profesor Bacigalupo, a quien también consulté algunas dudas.



Tres Cantos

I

¡Al diablo todo, no puede haber más que un Sordello!
Pero digamos que quiero, que cargo con tu entero saco de mañas,
que doy entrada libre a tus extravagancias y trucos, y digo que la cosa tiene arte,
tu Sordello, y que el mundo moderno
requiere una tal bolsa de harapos para embutir ahí sus pensamientos;
¿digamos que vierto mi pesca, brillosa y plateada
como frescas sardinas aleteantes y resbalosas sobre el empedrado del borde?
(Estoy frente a tu puestecillo de feria, el discurso; mas la verdad
está dentro de este discurso ─este show rebosante de esencias de sabiduría.)
Abandona el método de tallado.
              Torre junto a torre
marrones bases curvas, y el plan
sigue el capricho del constructor. El leve gris de Beaucaire
salta desde la choncha base de Altaforte…
La ventana de Mohamed, pues que el Alcázar
tiene ese jardín atravesado por un manso arroyuelo.
El foso es de una anchura de diez metros, el patio interior
sobrenada en el lodo.
¿Calzas?
    No hay. Los hombres rudos salen
en ropas que se ven mitad romanas, mitad como la Sota de Corazones
y vislumbro tu historia:
          Peire Cardenal
fue medio precursor de Dante. Ese truco de Arnaut
de la inconclusa alocución,
y la mitad de tus fechas no concuerdan, confundes las etapas
para aquella gran fuente con Sordello sedente a un lado…
Éste es un pasaje inmortal, ¿pero la fuente?…
Está como dos siglos fuera de tiempo.
¿Importa?
    De ninguna manera. Los fantasmas se mueven en torno a mí
parchados con historias. Tenías tus propósitos:
comunicar cuantiosos pensamientos, muchísima emoción;
pintar, más real que cualquier Sordello muerto,
la mitad o un tercio de tu vida más intensa
y llamarle Sordello a ese tercio;
pero dirás: “No, no mi vida,
él nunca se mostró a sí mismo.”
No tiene caso negarlo. ¿Para que serviría
crear figuras e inspirarles vida,
si ampliaciones no fueran de la nuestra, tu vida, mi vida?
Camino por Verona. (Estoy aquí en Inglaterra.)
Observo al Can Mayor. (Puedes ver a quien gustes.)
    ¿Tuviste un hombre entero?
Y yo muchos fragmentos, ¿valen menos? ¿De veras?
Ah, ¿tenías tú mi edad, una edad tan bestial y cascarrabias?
Tenías algunas bases, eras dueño de alguna creencia establecida.
¿Acaso debo predicar? ¿Hay sitio para ello en la música?
    Paseo por la amplia calle,
miro cómo se encienden los adoquines con la cosecha de la amapola.
Este es tu “gran día”, el Corpus Domini,
y mi pueblito entero predilecto y peninsular
ha hecho un resplandor glorioso de sus calles,
sí, antes de que me levantara, con flores de amapola.
Mediados de junio: algún antiguo dios se alimenta del humo, mas no los santos;
y arriba y afuera de la capilla medio en ruinas,
no aquel viejo lugar sobre las rocas,
sino esa iglesia ancha, parecida a un granero, que el Renacimiento
nunca llegó a remodelar.
Igual de bueno es empezar aquí. Partió nuestro Catulo:
“Hogar del buen reposo, y de la risa honda de las olas”,
la risa que despiertan entre los juncos de la orilla.
Esta es nuestra casa, los árboles están llenos de risas
y las tormentas ríen a carcajadas, despedazando olas tumultuosas
sobre las “piedras más al norte”; y aquí la luz del sol
brilla sobre las aguas agitadas, y la lluvia
viene con paso suave, llega desde la Isla del Garda.
     Lo soleils plovil,
como Arnaut lo decía en la canción inextricable.
Llueve el mismo sol y su salpicadura de fuego
asaetea desde las ondas “lidias”; “lago de olas”, como Catulo, “lidiae”,
y lleno está el sitio de espíritus,
no lémures ni oscuros fantasmas sombríos,
sino vivos y antiguos, blanco-leñosos,
suaves como interior de corteza y firmes de aspecto,
lucientes de colores (qué digo, no lucientes,
mas llenos de color como el lago y las hojas de olivo),
Glaukopos, vestida como las amapolas, llevando grebas de oro,
leve en el aire.
¿Son dioses etruscos?
El aire es solar sólida luz, apricus,
nutridos por el sol allí vivimos (ahora en Inglaterra);
es tu forma de hablar, estar podemos donde queramos,
Sirmio es más de mi gusto que tu Asolo,
a la que nunca he visto.
     ¿Tu “escalón de palacio”?
Mi asiento de piedra era la guarnición de la Dogana,
y no había “esas chicas”, había una llamarada, una cara.
Fue todo lo que vi, pero era real…
Y ya no puedo decir qué forma tenía…
Pero era joven ella, muy joven.
             Cierto, era Venecia,
y en el Florian, debajo de los portales del norte,
vi otras caras y, es más, desayuné mis panecillos;
así, si de algo sirve, tengo ya el contexto.
    Y tú tenías el tuyo,
pudiste ver “el alma”, el alma de Sordello,
¿la viste absorber vida y crecer y estallar
“en el empíreo”?
Así que elaboraste una nueva forma, esa meditativa
historia un sí es no es o épica o dramática,
y diremos: ¿Qué más me falta por hacer?
¿A quién he de invocar? ¿Quién es ahora mi Sordello,
mi pre-Daun Chaucer, mi pre-Boccacio,
    así como tú tienes tu pre-Dante?
¿De quién haré colgar mi ropa luminosa?
¿Quién vestirá mi capa de plumas, mi hagoromo;
a quién adiestraré para deslumbrar a las serias edades del futuro?
Ni Arnaut ni De Born ni Uc St. Circ, que ha escrito las historias.
¿O debo hacer tu truco, el tenderete del showman, Bob Browning,
convertido a mi voluntad en el Ágora,
o en el viejo teatro de Arles,
y desplegar el lote, mis visiones, para dejar confusos
a los ingenios que lograron sobrevivir a tu maldito Sordello?
(¿O enfurruñarme y dar la palabra a los novelistas?)
¡Qué revoltijo armaste ahí!
¡Zanze y swanzig de todas las rimas oprobiosas!
Y te evades en mutis cuando así le conviene a tu fantasía,
ora en Verona, ora con los primeros cristianos,
ora con balbuceos acerca del “buccino tirreno”.
“La lira debe animar, pero no engañar a la pluma”.
Aquí es Wordsworth quien habla, señor Browning. (¡Qué frase!
¡Esa lira, esa pluma, esa oveja balante, Will Wordsworth!)
Eso te debería haber enseñado a no usar el habla figurativa
      y a exponer tu asunto
como lo hago yo, con frases simples y claras:
      Los dioses flotan en el aire azul,
dioses brillantes y toscanos, antes que brote el rocío,
¿es el mundo de Puvis?
         Jamás así de pálido, mi amigo,
es la primera luz, no aquella media, sátiros
y las ninfas del roble y las ménades
poseen la madera. Nuestra Sirmio olivácea
yace en su espejo bruñido, y los montes Balde y Riva
se avivan con el canto, y se llenan las hojas de las voces.
‘Non è fuggito’.
       “No se ha marchado”. Metastasio
tiene razón, tenemos ese mundo alrededor,
y las nubes se inclinan sobre el lago, y hay gente sobre ellas
por sus caminos de aire, moviéndose por Riva,
sobre la orilla oeste, hasta Lonato,
y el agua se satura de argénteos nadadores blanco-almendra,
el agua que barniza el pezón erecto.
¿Cómo empezar desde aquí, cómo iniciar la marcha?
Pace mi buen Ficino, decir cuando Hotep-Hotep
fue rey de Egipto.
   Cuando Atlas se sentó con su astrolabio,
   él, hermano de Prometeo, físico.

           ¿Decir que fue en el año en que nació Moisés?
¿Exultar con Shang en cuclillas? El monstruo marino
resalta los bronces cuadrados.
(Tiempo después Confucio le enseñó buenos modales al mundo,
comenzó por sí mismo, creó la perfección.)
           ¿Con Egipto acaso?
¿Embadurnar de azul escarabajo y verde turquesa?
O con China, oh Virgilio mio, y grises escalones graduales
suben bajo las ramas planas de los cedros,
templo de madera de teca, y los arcos dorados
en tres niveles, banderas enlazadas por pared,
hermosos biombos con escenas, altas olas rizadas,
barquitas con dioses sobre ellas,
¡llama brillante sobre el río! Kuanón
en una barca pétalo de loto,
con un genio henchido de orgullo
guiándola, una mano en alto de alegría,
diciendo: “¡Es ella, su amiga, la poderosa deidad! ¡Himno de fiesta!
Canten himnos ustedes, juncales,
        y ustedes raíces, garzas, cisnes, alégrense,
ustedes, los jardines de las ninfas, echen flores’”.
¿Qué tengo de esta vida
    o incluso de Guido?
    ¡Dulce mentira! ¿Estuve allí de verdad?
¿Conocí Or San Michele?
    Supongamos que sí.
¿Creemos que la tumba que él
saltó era aquella de Julia Laeta?
Amigo, ni siquiera —cuando dirigió esa carga en las calles—
ni siquiera sé qué espada llevaba.
Bonita falsedad: “¡Yo viví!” Bonita la mentira: “Yo viví a su lado”.
Y ahora es casi verdad y memoria,
atenuada tan solo por atriciones del tiempo largo.
“Pero no lo olvidemos”.
     No, tómalo todo por mentira.
Apenas si he olido esta vida, apenas si un soplo de ella.
La caja de madera perfumada
evoca catedrales. Y fingiré,
     confundiré mi propio phantastikon,
o diré que la concha transparente que me encapsula
contiene el sol real;
¿confundiré lo que veo
con dioses reales detrás de mí?
     ¿Hay dioses a mi espalda?
¡Cuántos mundos tenemos! ¿Si Botticelli
la trae a tierra en aquella gran concha de almeja berberecho—
a su Venus (¿Simonetta?)
y Primavera y Aufido llenan el aire
con flores suyas de contornos claros?
Y basta. He aquí, lo digo, viene ella
“vestida como la primavera, honra a sus súbditos”,
(eso es de Pericles).
Oh, tenemos mundos suficientes y bellos escenarios,
y de estos suponemos un alma para el hombre
y creamos para él poblados aéreos.
Mantegna una línea más severa, y el mundo nuevo nos circunda:
luces prohibidas, grandes bengalas, nueva forma, Picasso o Lewis.
Si durante un año el hombre escribe para pintar, y no para la música,
¡Oh Casella!



Three Cantos

I

Hang it all, there can be but one Sordello!
But say I want to, say I take your whole bag of tricks,
Let in your quirks and tweeks, and say the thing’s an art-form,
Your Sordello, and that the modern world
Needs such a rag-bag to stuff all its thought in;
Say that I dump my catch, shiny and silvery
As fresh sardines flapping and slipping on the marginal cobbles?
(I stand before the booth, the speech; but the truth
Is inside this discourse—this booth is full of the marrow of wisdom.)
Give up th’ intaglio method.
            Tower by tower
Red-brown the rounded bases, and the plan
Follows the builder’s whim. Beaucaire’s slim gray
Leaps from the stubby base of Altaforte—
Mohammed’s windows, for the Alcazar
Has such a garden, split by a tame small stream.
The moat is ten yards wide, the inner court-yard
Half a-swim with mire.
Trunk hose?
  There are not. The rough men swarm out
In robes that are half Roman, half like the Knave of Hearts;
And I discern your story:
           Peire Cardinal
Was half forerunner of Dante. Arnaut’s that trick
Of the unfinished address,
And half your dates are out, you mix your eras;
For that great font Sordello sat beside—
’Tis an immortal passage, but the font?—
Is some two centuries outside the picture.
Does it matter?
   Not in the least. Ghosts move about me
Patched with histories. You had your business:
To set out so much thought, so much emotion;
To paint, more real than any dead Sordello,
The half or third of your intensest life
And call that third Sordello;
And you’ll say, ‘No, not your life,
He never showed himself.’
Is’t worth the evasion, what were the use
Of setting figures up and breathing life upon them,
Were ’t not our life, your life, my life, extended?
I walk Verona. (I am here in England.)
I see Can Grande. (Can see whom you will.)
You had one whole man?
And I have many fragments, less worth? Less worth?
Ah, had you quite my age, quite such a beastly and cantankerous age?
   You had some basis, had some set belief.
Am I let preach? Has it a place in music?
   I walk the airy street,
See the small cobbles flare with the poppy spoil.
’Tis your ‘great day’, the Corpus Domini,
And all my chosen and peninsular village
Has made one glorious blaze of all its lanes—
Oh, before I was up—with poppy flowers.
Mid-June: some old god eats the smoke, ’tis not the saints;
And up and out to the half-ruined chapel—
Not the old place at the height of the rocks,
But that splay, barn-like church the Renaissance
Had never quite got into trim again.
As well begin here. Began our Catullus:
‘Home to sweet rest, and to the waves’ deep laughter’,
The laugh they wake amid the border rushes.
This is our home, the trees are full of laughter,
And the storms laugh loud, breaking the riven waves
On ‘north-most rocks’; and here the sunlight
Glints on the shaken waters, and the rain
Comes forth with delicate tread, walking from Isola Garda—
    
Lo soleils plovil,
As Arnaut had it in th’ inextricable song.
The very sun rains and a spatter of fire
Darts from the ‘Lydian’ ripples;
‘lacus undae’, as Catullus, ‘Lydiae’,
And the place is full of spirits.
Not lemures, not dark and shadowy ghosts,
But the ancient living, wood-white,
Smooth as the inner bark, and firm of aspect,
And all agleam with colours—no, not agleam,
But coloured like the lake and like the olive leaves,
Glaukopos, clothed like the poppies, wearing golden greaves,
Light on the air.
Are they Etruscan gods?
The air is solid sunlight,
apricus,
Sun-fed we dwell there (we in England now);
It’s your way of talk, we can be where we will be,
Sirmio serves my will better than your Asolo
Which I have never seen.
    Your ‘palace step’?
My stone seat was the Dogana’s curb,
And there were not ‘those girls’, there was one flare, one face.
’Twas all I ever saw, but it was real….
And I can no more say what shape it was …
But she was young, too young.
             True, it was Venice,
And at Florian’s and under the north arcade
I have seen other faces, and had my rolls for breakfast, for that matter;
So, for what it’s worth, I have the background.
    And you had a background,
Watched ‘the soul’, Sordello’s soul,
And saw it lap up life, and swell and burst—
‘Into the empyrean?’
So you worked out new form, the meditative,
Semi-dramatic, semi-epic story,
And we will say: What’s left for me to do?
Whom shall I conjure up; who’s my Sordello,
My pre-Daun Chaucer, pre-Boccacio,
    As you have done pre-Dante?
Whom shall I hang my shimmering garment on;
Who wear my feathery mantle,
hagoromo;
Whom set to dazzle the serious future ages?
Not Arnaut, not De Born, not Uc St. Circ who has writ out the stories.
Or shall I do your trick, the showman’s booth, Bob Browning,
Turned at my will into the Agora,
Or into the old theatre at Arles,
And set the lot, my visions, to confounding
The wits that have survived your damn’d
Sordello?
(Or sulk and leave the word to novelists?)
What a hodge-podge you have made there!—
Zanze and swanzig, of all opprobrious rhymes!
And you turn off whenever it suits your fancy,
Now at Verona, now with the early Christians,
Or now a-gabbling of the ‘Tyrrhene whelk’.
‘The lyre should animate but not mislead the pen’—
That’s Wordsworth, Mr. Browning. (What a phrase!—
That lyre, that pen, that bleating sheep, Will Wordsworth!)
That should have taught you avoid speech figurative
       And set out your matter
As I do, in straight simple phrases:
    Gods float in the azure air,
Bright gods, and Tuscan, back before dew was shed,
It is a world like Puvis’?
          Never so pale, my friend,
’Tis the first light—not half light—Panisks
And oak-girls and the Maenads
Have all the wood. Our olive Sirmio
Lies in its burnished mirror, and the Mounts Balde and Riva
Are alive with song, and all the leaves are full of voices.

‘Non è fuggito’.
      ‘It is not gone’. Metastasio
Is right—we have that world about us,
And the clouds bow above the lake, and there are folk upon them
Going their windy ways, moving by Riva,
By the western shore, far as Lonato,
And the water is full of silvery almond-white swimmers,
The silvery water glazes the up-turned nipple.
How shall we start hence, how begin the progress?
Pace naif Ficinus, say when Hotep-Hotep
Was a king in Egypt—

 When Atlas sat down with his astrolabe,
 He, brother to Prometheus, physicist—

   Say it was Moses’ birth-year?
Exult with Shang in squatness? The sea-monster
Bulges the squarish bronzes.
(Confucius later taught the world good manners,
Started with himself, built out perfection.)
    With Egypt!
Daub out in blue of scarabs, and with that greeny turquoise?
Or with China,
O Virgilio mio, and gray gradual steps
Lead up beneath flat sprays of heavy cedars,
Temple of teak wood, and the gilt-brown arches
Triple in tier, banners woven by wall,
Fine screens depicted, sea waves curled high,
Small boats with gods upon them,
Bright flame above the river! Kwannon
Footing a boat that’s but one lotus petal,
With some proud four-spread genius
Leading along, one hand upraised for gladness,
Saying, ‘’Tis she, his friend, the mighty goddess! Paean!
Sing hymns ye reeds,
   and all ye roots and herons and swans be glad,
Ye gardens of the nymphs put forth your flowers’.
What have I of this life,
   Or even of Guido?
   Sweet lie!—Was I there truly?
Did I know Or San Michele?
   Let’s believe it.
Believe the tomb he leapt was Julia Laeta’s?
Friend, I do not even—when he led that street charge—
I do not even know which sword he’d with him.
Sweet lie, ‘I lived!’ Sweet lie, ‘I lived beside him’.
And now it’s all but truth and memory,
Dimmed only by the attritions of long time.

‘But we forget not’.
     No, take it all for lies.
I have but smelt this life, a whiff of it—
The box of scented wood
Recalls cathedrals. And shall I claim;
      Confuse my own phantastikon,
Or say the filmy shell that circumscribes me
Contains the actual sun;
confuse the thing I see
With actual gods behind me?
       Are they gods behind me?
How many worlds we have! If Botticelli
Brings her ashore on that great cockle-shell—
His Venus (Simonetta?),
And Spring and Aufidus fill all the air
With their clear-outlined blossoms?
World enough. Behold, I say, she comes
‘Apparelled like the spring, Graces her subjects’,
(That’s from Pericles).
Oh, we have worlds enough, and brave
décors,
And from these like we guess a soul for man
And build him full of aery populations.
Mantegna a sterner line, and the new world about us:
Barred lights, great flares, new form, Picasso or Lewis.
If for a year man write to paint, and not to music—
O Casella!



Ezra Pound / Idaho, Estados Unidos, 1885 – Venecia, Italia, 1972. Fue uno de los grandes poetas del siglo XX. En 1908 se estableció en Londres, donde se convirtió en uno de los críticos de poesía más prominentes del mundo anglosajón y un defensor de la vanguardia artística. Exploró las tradiciones poéticas de la antigua Grecia, de China, así como la poesía europea y estadounidense de su tiempo, integrando todas estas expresiones en su propia obra mediante la traducción, la apropiación y el pastiche. Durante la Segunda Guerra Mundial residió en Italia; su defensa del dictador Benito Mussolini y sus transmisiones radiofónicas de tintes antisemitas generaron gran controversia. Al término de la guerra fue internado en un hospital psiquiátrico en los Estados Unidos. En 1958 regresó a Italia, donde pasó el resto de su vida. Los Cantos es considerada su obra maestra.