22 abril, 2024

Mi forma repite otra forma

de Aixa Rava | Inéditos

 
Dice Miyamoto en su Manuscrito del agua que “La posición fija es mala […] es el camino de la muerte, la fluidez es el camino de la vida”. Se trata, nuevamente, de la elección, del rumbo. Me ha llevado cuarenta años entender esto; por momentos lo olvido, me sorprende la facilidad con la que desaprendo ciertas cosas. Escribo para recordar, escribo para comprender. Las posiciones fijas escriben sus propias memorias —la astróloga señala que casi no hay agua en mis cartas—. Intento hacer en la tierra el espacio para el movimiento que necesito. Elegí el camino de la vida, me repito: elegí el camino de la vida.

Los siguientes poemas tienen como verso primero una de las posiciones de guardia o uno de los golpes que el maestro reúne en sus enseñanzas sobre la fluidez. Algo de este oleaje se entiende con mis manos. El resto del cuerpo aún nada como puede.

 
 
Golpear al adversario en un solo compás
como si fuera danza ese estar contiguo
movimiento que es espejo y no debe
confundirse el otro puño con el propio.
Golpear al adversario en silencio rito,

en un solo compás; el cine no ha mentido:
había también música en la guerra.

 
 
El ritmo de la segunda primavera
esa temporada de vuelo migratorio
de espacio cielo abierto
de cuerpo que se muda.

El aire tercia la luz sobre las hojas
mi mano avanza, tu boca tiembla.
Nadie detiene esta caída.

 
 
Golpear sin pensamiento ni forma
llevada por el impulso de lo que no
me atrevo a nombrar.
Me mostraron la sumisión
me dijeron que fuera dócil
que sonriera, no demasiado.
Ahora piden que sea fuerte.
Mi forma repite otra forma.
Me desconozco.

 
 
El golpe al azar

el del arrojo
el solo golpe.
Sin discernimiento, puro acto.

Como ese rayo que te parte los huesos y te deja
estaqueado en la mitad del patio
.

 
 
El golpe centella

rompe la vista como esa llama
que no se espera,
mata y deja en la res

una marca tibia que apenas
se percibe a contraluz.

¿Hay en la breve agonía un impulso de goce?

¿Hasta dónde llega el deseo?

¿Me sobrevive?

Creí que nunca confundiría tu tacto
y de repente
una mosca prende a mis labios
cosquillas sucias mientras me apago.

 
 
El golpe de las hojas carmesí
construye una imagen del desarme:
me encuentro sentada en la orilla
con las manos vacías.

 
 
El cuerpo en lugar del sable
el cuerpo en lugar del nombre
el cuerpo en lugar del signo
el cuerpo en lugar del cuerpo
el otro en lugar de uno
el uno en lugar de cinco

el puerco en lugar del hombre
el hombre en el lugar mío.

 
 
El cuerpo pegado

hace colonia

—también hace calor

que puede servir

para pasar la noche.

 
 
Apuñalar el corazón

como si fuera lo único

que mereciera morir.

 
 
Lo que un poema

¿Qué hace en mi mano esta moneda?

¿Cómo llegó a mí?

Esta mañana buscando los anteojos rojos para mi madre,
ésos que dejé de usar luego de la operación,
encontré en el fondo de un cajón
esta moneda, un centavo de cobre
con la inscripción Eire alrededor de un arpa.

Una pequeña moneda de cobre deslucido no es un tesoro,
no valdrá nunca mucho más de lo que vale.
Puede que un numismático me tilde de ignorante
pero un centavo es un centavo
o debería decir, mejor: a penny is a penny.

Y sin embargo, alguno de ustedes podría recordarme
por ejemplo, aquella vieja expresión inglesa:
a penny for your thoughts

y tirar por la borda mi frágil argumento
porque un pensamiento puede ser un tesoro,
un pensamiento es en potencia más que un tesoro,
podría valer lo que una victoria
      lo que una lealtad
      lo que una traición.

También podría alguien decirme:

a penny saved is a penny earned

y abogar que así me aseguraría yo un buen retiro

when I get older losing my hair many years from now…

Pero volviendo al inicio de hoy
que no es el inicio de este centavo
mucho menos de El centavo
    que sí debió hace tiempo, y para alguien, ser un tesoro.

Esta pequeña moneda de cobre deslucido es un hallazgo.
El hallazgo de un recuerdo,
el recuerdo de un viaje a una isla
tan distante de la isla en que nací.
El hallazgo de una anécdota hasta ahora olvidada:

a penny like this one lo recogió una hermosa chica de ojos verdes
en medio del caos de Sycamore St
una noche de mayo

que cuando se irguió de golpe me empujó y volcó media pinta
sobre mi suéter —oh, sorry… bloody shit… sorry— she said,
y yo me enamoré, por primera vez, de una mujer.
El hallazgo de esos ojos verdes entre todos los ojos
que guarda mi memoria hoy
tan lejos de todos los ojos que alguna vez miré.
El hallazgo de un texto como éste

que quizá mañana valga
lo que un poema.

 
 
Ésta es una forma de vacío

En la pista de hielo de Río Grande
allá por el 88 mientras sonaba
una canción de George Benson
un chico me agarró de la mano cuando pasó a mi lado
y patinamos juntos toda la vuelta de la pista.
Hay recuerdos que por default vienen sin nitidez

sólo son un movimiento fugaz y una música de fondo.

Cuando el tema cambió, me solté y esta imagen
se configuró reiterativa.
Un presagio de todas mis relaciones de pareja:

una mano que me toma de repente y de la que también
de repente, me suelto.

 
 
Ésta es otra forma de vacío

Ella mira por la ventana el balanceo de copas
las chapas que tiemblan, el agua
en picada sobre las piedras de la playa.
Con las manos frías se acaricia la panza
siempre las manos frías, la estufa cerca
los 3000 km que la separan de la otra vida.
Un cuerpo pequeño como el que yace en la cuna
en la habitación contigua, se le mueve adentro.
No está sola, lo que la desespera precisamente
es que no está sola.
Aprende a habitar ese miedo con ferocidad
tanta
que el miedo la devora.

 
 
Ésta es la forma de la forma

Con ojos de ver, escribe Liliana.

Y un extrañamiento me separa de esa imagen
como si no supiera, justo yo, no supiera
que pueden los ojos no ver.

Los contornos de las cosas pueden desaparecer
pero sólo cuando eso ocurre necesitás acercarte
casi pegar la nariz.

¿Cuál era el encanto de la lejanía,

ese brillo ondulante que me hacía desear?

Cuando ya no existen los bordes de las cosas

y todo es forma informe que se mueve o queda quieta

cuando no hay manera de mirarse el fondo del ojo en el espejo
cada pelito porfiado del bigote
y en una jornada extenuante se pasan
como nada quince erratas

es momento de llanto.

Los ojos de ver se adaptan sin cálculo notorio
a la sorpresa, al cambio brusco.
Convergen los ojos de ver:

nunca replican la casita en la colina.

Yo tuve, en cambio, ojos esforzados, voluntariosos
ojos que adivinaban con escasa puntería,
ojos temerosos de pelotas de cancha,

de objetos del aire, pero ojos fieles, ávidos,
ilusionados, ojos lectores que son
los más propicios para la imaginería y la supervivencia.

Cuando me dieron los ojos de ver,

lloré, y una enfermera me cortó de un grito el júbilo.

¡No se llora en el estreno de los ojos de ver!

Con el uso, con el tiempo, con las cicatrices sanas
se llora
porque los ojos de ver

tienen las mismas pesadumbres que los otros.

 
* Poemas pertenecientes a Godai. El libro de lo manifiesto, publicado por Ediciones Liliputienses en 2024.

 


Aixa Rava / Tierra del Fuego, Argentina, 1982. Poeta. Profesora en Letras por la Universidad Nacional del Comahue. Directora del sello de libros ilustrados Tanta Ceniza Editora. Está a cargo de las cátedras Didáctica de las Segundas Lenguas y Lengua, Literatura y su Didáctica del Profesorado de Sordos e Hipoacúsicos del IFD N.º 4 (Neuquén). Autora de los libros de poesía Barda (2014), La luz no se corta como el papel (2016), Los sitios de mi cuerpo (2019), En el patio crece una planta rosario (2021) y Sobre esta misma nieve (2022). En 2022 obtuvo las becas Can Serrat y Faberllull para las residencias de escritura que le permitieron concluir su libro más reciente: Godai. El libro de lo manifiesto (2024).