6 diciembre, 2021

De la Pesadilla Debussy al sueño del agua

de Armando Oviedo R. | Reseñas

Luis Alberto Navarro, Pesadilla Debussy, Bonobos / Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado de Jalisco, México, 2021, 78 pp.

En mi lejana infancia, cuando llegó la televisión a casa y me iba habituando al lenguaje de las imágenes en movimiento, recuerdo dos apostillas de esa pedagogía visual aplicadas por mi hermano mayor. La primera es una escena de Los olvidados que otro día platicaré. La segunda no es muy precisa sobre qué película o serie fue, pero aún suena en mi memoria.

Se trata de un primer plano del rostro de una mujer —debe ser rubia aunque la imagen es en blanco y negro—, con grandes ojos y pestañas, cejas bien delineadas y mirada en éxtasis. Suena una música suave (tiempo después sabré que es de un piano). Ella desaparece (se “difumina”, como le dicen) y ahora se ve un paisaje de playa donde se tienden y destienden espumosas olas leves. Asombrado por el suceso visual le pregunto a mi hermano qué pasó ahí, adónde fue la mujer y de dónde salió el agua. Él, muy ufano y respetando mi bobería infantil, me dice: “Ella está soñando”. Desde entonces, la música de piano me remite al preámbulo que va de la realidad al sueño con los ojos abiertos.

Vaya esta anécdota para hablar del túnel del sueño traído por Pesadilla Debussy, el más reciente libro de poemas de Luis Alberto Navarro (Guadalajara, 1958). Poesía y música. Ensueño, leyenda, piano. Palabras que suenan a sueños pintados con palabras.

La unión de poesía y música data de siempre. Los mitos, las leyendas y las mismas expresiones versiculares dan cuenta de esto en distintas culturas. Desde entonces, se han hecho intentos por resolver esa separación forzada donde el oído sufre por dicho alejamiento. La poesía explora y explota otros sentidos, y la música, de vez en cuando, se asocia con la palabra. Ambas se buscan y se desean, se ven de lejos como Paolo y Francesca, los amantes condenados a ser un remoto destello líquido en un círculo del infierno, según refiere Dante.

Al obtener Bob Dylan el Premio Nobel de Literatura, a muchos les pareció una broma de mal gusto de la Academia Sueca. Otros lo consideraron las bodas del cielo y el infierno. Porque no hay que olvidar las palabras de Machado de Assis, citadas por Julio Torri: “Dios es el poeta. La música es de Satanás, joven maestro de brillante porvenir, que aprendió en el conservatorio del cielo. Rival de Miguel, Rafael y Gabriel, no toleraba la precedencia que ellos tenían en la distribución de los premios”. Se impuso al sonoro rugir de la literatura el lejano prestigio de la lira contra las secuelas que se convierten en escuelas líricas. Con Pesadilla Debussy, vuelve esta lucha del ángel y la unión de aparentes contrarios, más un agregado visual latente en todo verso.

De los poetas de su generación y su territorio, Navarro se guarda de aparecer en la palestra con los versos por delante. Antes bien es más conocido como académico, promotor literario y tozudo investigador; armado de blasones académicos, nos ha proporcionado rescates literarios de distinta catadura para sorpresa de muchos e inquietud de otros. Sobre esto último, recuerdo cuando él me dio un mensaje para el crítico y editor Huberto Batis (1934-2018): «dile que un investigador tapatío ha encontrado “ciertos cuentos de Huberto Batis” en el archivo de un periódico de Guadalajara». Esa noticia, en vez de alegrar al autor de Por sus comas los conoceréis, lo inquietó un tanto al sentirse descubierto; se supo practicante bisoño de un oficio que él mismo criticaba con ferocidad en otros autores y que él no ejercería más.

La poesía de Luis Alberto la podemos encontrar en libros como el tautológico Recuerdos memoriales (1980), Piedras inscritas (1986), Monzón en llamas (1999), Segunda sed (2010) y en la antología que lo coloca dentro de la rica y diversa ruta “occidental de la poesía”, Jalisco. Recuento de poetas, tomo 1, seleccionado y anotado por Hermenegildo Ortiz Reza.

Con esta discreción, se acata la intención versicular del poeta al medir sus tiempos y sus versos; no se da prisa para escandir y sopesar las palabras. Mucho menos ahora en su reciente poemario, donde toma por motivo un mito bretón como es la leyenda de la catedral sumergida a la que el devoto Debussy le hizo honores y por cuya imagen onírica y sonora muchos pintores han sido cautivados.

Por eso Pesadilla Debussy logra un cuadro de versos sonoros y, gracias a su buena edición, el poema fragmentado deja lucir versículos y retruécanos breves sin ser mezquinos: la página amplia es generosa al dejar expandirse las estrofas largas sin derrochar espacios. Leemos poemas colocados en distintos planos y en un cauce que semeja, al inicio, un poema-río, como bien afirma Vicente Quirate en la cuarta de forros.

Poema-río porque es transparente e inquieto, salvaje y tranquilo, como la música de Debussy. Pero también porque el motivo que lo llama, como a Ismael, es llegar al mar y encontrar la catedral sumergida.

“Bajo el río la Pesadilla Debussy

Como loco escribes delicadas claves
Graves notas dándole forma a la inconsistencia
A la diafanidad y lo etéreo del aire.
(p. 14)

Pesadilla Debussy es una imagen acuática dibujada con palabras. El libro, contenido por la construcción, presenta la ligereza del agua gracias a una serie de versos porosos, de sentencia y clamor emotivos. Los diversos planos que muestra el texto siguen una ruta concreta: la del agua, el rumbo inquieto que hizo latir el corazón de Ismael, como leemos al inicio en Moby Dick. Y el motivo que guía al poeta en su pesadilla es buscar, encontrar y ver en su elemento la vieja catedral que suena a sueño, a melodía salvaje.

Pero no solo eso. El aventurero será engullido por el hechizo de esa arquitectura, buceará en sus profundidades (con)fundidas con la luz y el agua, y verá tal arquitectura como a través de un cuadro ya pintado antes de la melodía y del verso dubitativo.

Dice Ismael —y dice bien—: “como todos lo saben, la meditación y el agua están unidas para siempre”. Sin embargo, esta no será una simple reflexión a la orilla del deseo o del encuentro, sino que se convertirá en un atrevido sumergirse y un nadar candente en agua fría, hasta encontrarse cara a cara con la mansión de las aguas para rendirse, devoto:

Para quien entra al sentir las primeras gotas
y reza una oración olvidada;
para quien la noche guarda un sitio
entre reclinatorios y pilas bautismales;
para quien acude acompañado de su agio
y se da golpes de pecho;
para los que cruzan la mirada y se reconocen
en la tenue flama del alcohol
como el pabilo en su grasa a punto de apagarse:
para ellos suena la última nota y principia
otra música en la Catedral
(p. 27)

No la muerte por agua sino la vida por ensalmo del mar donde una catedral se ahoga. Pesadilla Debussy es un viaje al fondo del mar para encontrar una catedral y, en un arranque salvavidas, retornar a la tarde de reposo para verla emerger con plenitud, como despidiendo al atrevido buceador.

Dos viajes tiene el libro que conforman la ruta marina de Navarro. El primero (“Alta en su profundidad la Catedral”) es seguir la vía y encontrar el lugar del sobresalto, sumergirse después y recorrer en su elemento acuático la catedral señalada como su Ambulatrio, donde reside la pesadilla húmeda.

Sin embargo, en el segundo momento del libro, el buceador no cae en el hechizo que lo pudo ahogar en el asombro. El poeta emerge y espera la asunción de la catedral, que ella salga y anuncie su triunfo de arquitectura mohosa y, como todo sueño, constituya un momento contundente, como de piedra flotante, como isla de plegarias atendidas:

La catedral ya tiene voz
silabario musical creciente
al contacto de cada piedra.

Y el gozo de la visión durará un instante. Ya se sabe que todo lo sólido se desvanece en el sueño y la catedral volverá a su elemento onírico: lo del agua al agua, desvaneciéndose como en un cuadro dentro de otro cuadro:

Pentimento II: sobre un río el Sueño Debussy
Aguas amartilladas    Cinceles de plata como escamas
Al mirar
—el que pinta despinta
el agua asciende en el aire
o se vuelve blanca

miras
Cómo desciende la catedral.
(pp. 76 y 77)

La aventura iniciada como una pesadilla se convierte en un arrullo del sueño del aventurero que trae de las profundidades el testimonio del viaje: un poema en tres secciones con un título inquietante y preventivo. Más que un libro de poemas, Pesadilla Debussy es un poema rotundo como una mínima catedral y flexible como el agua.

Al escuchar este rumor de agua en el poema de Luis Alberto Navarro, me viene de pronto la imagen de Ada (Holly Hunter) en la playa tocando el piano —en la película homónima, dirigida por Jane Campion— mientras la niña Flora (Anna Paquin) danza alegre y se pasea inquieto un ceñudo George (Harvey Keitel), inquieto por lo que escucha. E imagino que más allá de este cuadro, mar adentro, se aletarga un cementerio marino que seguramente aloja una catedral de los ahogados del sueño, como “intraducibles arias en la verde epifanía”.


Armando Oviedo R. / Ciudad de México, 1961. Poeta, narrador y ensayista. Ha publicado el libro de cuentos Manzanas de Sodoma (2012), y el de poemas Zona de niebla (2013). Actualmente coordina el Taller de Poesía del Faro de Oriente.