27 julio, 2020

Un mausoleo prestado

de Nahuel Lardies | Inéditos

Ángeles

Donde estaba el impulso
ahora hay una cuchara.

Donde estaba la taza
hay un círculo negro.

Donde estaba el verano
quedan miga y harina.

Donde va el adjetivo
hay un círculo negro.

 
No ficción

¿Por qué me distrae una pérdida en la ducha
y no la lluvia afuera?

Traté de ir adaptando la cabeza
para el show,

traté de darme más
capacidad de ahogar el grito,

los cortes en la piel
bajo la gasa frágil de la prosa,

pero no aprendí a contar,
tuve que usar los dedos,

tocar el aire con las yemas,
no desmayarme,

dejar correr el agua.

 

Sobre el dolor

Evadí al dentista cuanto pude, traté
de no arriesgar los huesos,
traté de no quebrarme.

Nunca tuve un yeso con grafitis;
sigo sin corona.

Pero eso hubiera compensado,
formado parte del mundo exterior
como unas plantas en el alféizar,
un ventilador de pie al que le cuesta arrancar,
una edición de Tolstoi papel Biblia o no sé,
la brisa intermitente por los pies.

Cerrá los ojos, esperá con atención
el momento del sueño,
tranquilizate,
adentro nada tiene forma,

es como ese líquido pesado que te dan
cuando te hacés una tomografía,
para que el daño brille,
para bajarte el pulgar o ponerle enduido a la ruina.

¿Pero quién va a escanear el lenguaje?
Y lo que voy a poder ver de mí
son las palabras dichas por los otros.

Me quedo acostado, espero
a que pase, nada más.

Siempre se termina, en algún momento se termina.

 

La vida es sueño

Llegamos de a poco a reunirnos ante el nicho,
un mausoleo prestado.

Quién hubiese dicho que iba a ser necesario
erigir un lugar de reposo
(la obra está en proceso—le quedan tres vacantes);
es como cuando
una pareja joven alquila su cochera.

Y de a poco los otros empiezan a irse,
es como si los palcos y plateas,
los asientos delanteros
se desintegraran y ante la escena desnuda,
el escenario vacío, el drama,
solo quedásemos mi hermano y yo.

Como la puerta de una heladera
cierran el nicho ante nosotros.

Mi hermano dice cómo puede ser,
cómo puede terminar la vida
ahí.

De a poco nos vamos nosotros también.

El gozne del portón del cementerio
gruñó a nuestras espaldas.
Las cadenas, el candado se cerró.

Ya está. Se terminó.
Miramos para atrás.

Nadie nos sigue.

 

Géminis

Una rueda, los rayos disolviéndose al girar
como remos en el agua;
el radio de las llantas. El diámetro de las cubiertas.
Un silbido, una frecuencia va perdiéndose.

La ruta 22 divide la ciudad,
una ciudad de viento seco y espantoso,
como en declive hasta que se hunde en la corriente;
de las bardas, altas, secas y escarpadas,
hasta el agua fresca del río y las piedras del fondo,
tapizadas con musgo.
Uno no llega al cruce. Neuquén la ciudad
espantosa. Confluencia de arcilla.

Un accidente.

Marcos y Pablo, los castores. Qué familia.
Iban al río en bicicleta. Iban siempre
muy rápido en su corriente de inconsciencia.
Numerosa, su familia los despreocupó.
Uno era dibujante, el otro, repitente.

El cuadro de la bicicleta retorcido,
planta rastrera en el asfalto,
tridente abandonado de su tío.
El otro no sabía si era él, quién era quién.
¿Dónde lo llevan?
La gente iba acercándose al lugar,
la hermana, la madre habían llegado.
Reconocieron un boceto de persona
al lado de una bicicleta retorcida.
La rueda aún giraba, los rayos disolviéndose
silbaban, iban perdiendo la frecuencia.
La madre en llanto dijo Marcos,
los peritos delinearon con tiza su silueta
en el asfalto, su nombre fue rumor
que se hizo eco en cada casa.

Desde entonces me dedico a repetir
la misma escena, la dibujo y dibujo,
mitógrafo obsesivo,
pero las líneas se confunden, los Gemelos,
la estela de los remos en el agua,
pararayos, un fuego raro sobrevuela el mástil,
los dioscuros por el aire
en una atmósfera de tiza
como hámsters en su rueda.

 

Limbo

Llueve y no termino de mojarme,
por eso camino despacio,
así no llego a abrirle tanto
los alvéolos al humo.

Piso una baldosa floja.
Cae una gota en la pantalla.

Me contengo, tomo distancia,
ensayo la vida a solas
sin mensajes de texto confusos.

Que un sol tibio deje cálida la ropa húmeda,
nubosidad, demora
y un rayo recto centrifugue
las partículas más tristes.

Que un viento sople el olor a ceniza
y colillas aplastadas
al pulmón del edificio,
que suba a perderse en un aire mejor…

Somos sombras arrastrándose
detrás de cuerpos apurados.


Nahuel Lardies / Buenos Aires, Argentina, 1987. Vivió sus primeros 18 años en la provincia argentina de Neuquén. Prologuista y cotraductor de La belleza mortal, una antología del poeta inglés Gerard Manley Hopkins, editada en Argentina por Audisea y en México por la Universidad Autónoma de Nueva León. Es editor de la revista Hablar de Poesía.